«Angustia y miedo», por don Marco Antonio Rodríguez

“Cuando me asalta el miedo invento una imagen”, reconoció Goethe. ¿Existe hoy la necesidad de inventar imágenes cuando televisión y redes muestran guerras y conflictos armados in situ, o aterradoras…

“Cuando me asalta el miedo invento una imagen”, reconoció Goethe. ¿Existe hoy la necesidad de inventar imágenes cuando televisión y redes muestran guerras y conflictos armados in situ, o aterradoras persecuciones a los expatriados del mundo, siempre corriendo a ninguna parte? ¿Cuando, además, el realismo virtual nos convierte en actores de esos episodios, mediante vivencias inmersivas que nos desquician y enajenan?

No existe especie más miedosa que la humana. Es el precio de nuestro peregrinaje por esta aventura bella y atroz que es la vida. “Nuestra propensión a ser previsores y sentir ansiedad origina muchas de nuestras virtudes, pero también algunos de nuestros fallos más inhumanos”, señala Orval H. Mowrer. La inteligencia emancipa y encelda. Vislumbra lo que va a ocurrir —revelación que nos ayuda a resistir—, pero que puede sobrepasarse o camuflarse y engendrar esas patologías del anticipamiento que describe la psiquiatría.

Los miedos se gestan en la confluencia de un incentivo ambiguo y otro repulsivo, y se sostienen mediante un refuerzo negativo que activamos para evitar lo temido. Deambulamos entre recuerdos e imaginación, espectros del ayer y del futuro, evocando viejos daños y catastróficos nuevos indicios. Confundimos realidad e irrealidad. Nos volvemos versados en atarnos para caminar en círculos sin salida. Y coronamos nuestro itinerario temiendo al propio miedo de tanto repensar en él. Así, el miedo se multiplica y desborda toda frontera.

¿La repetición sin tregua de imágenes enmienda los desastres y el abismo —¿insalvable?— que separa a los dueños de todo de los sin nada? La imagen reiterativa alimenta el sistema de muerte que hemos erigido con obstinación y pertinacia, excavando una fosa entre ricos y pobres tan profunda que podría fagocitarnos a todos en un tiempo no muy lejano.

Vivimos un insólito “estado de sitio” propiciado por las redes, suerte de cardumen de peces luna —los más lerdos para nadar— avanza la humanidad siglo XXI al borde de la nada. La era digital nos rebasó. No obstante, hay quienes aún se aferran a ciertas ideologías como dogmas de fe. La fe ciega amortigua y paraliza, pero cada día son menos quienes hablan de revoluciones que van a transformar el mundo en un colosal paraíso.

Heidegger, en su obra Ser y tiempo, sella miedo y angustia como opuestos, pero es un hilo apenas visible el que los separa. Conducido por su existencialismo, sostiene que la angustia brota de las interioridades del ser frente a su propia existencia, mientras el miedo ocurre por circunstancias del entorno. Se diría que, para Heidegger, la angustia es subjetiva y el miedo objetivo.

¿Qué sentimos ante la oscuridad? El miedo a ella parece eterno, aunque a veces este se confunda con estadios de angustia. La ciencia ha comprobado que una criatura en el claustro materno siente los miedos de su madre y que las fobias son congénitas. Nacer es dejar la oscuridad para siempre. Y desde entonces la luz guía nuestro camino hasta que la oscuridad final nos envuelva como única mortaja.

La muerte es oscuridad eviterna. En ella el ser humano deviene en memoria por un ínfimo tiempo para disolverse en el olvido. La luz es vida, la muerte oscuridad atemporal.

Para las filosofías orientales, en cambio y en particular para el Tao luz y oscuridad no son adversas; la luz es claridad, vitalidad, energía; la oscuridad es sosiego, enigma, cambio; dos caras de la moneda del tiempo.

Desde los albores de la humanidad han existido diásporas. Grandes masas humanas se trasladan de un lugar a otro en busca de mejores horizontes. La migración es tan antigua como el ser humano y la historia enseña que, a lo largo del tiempo, ningún país del planeta ha estado exento de oleadas migratorias. Tras las conquistas advienen los colonos, y la confrontación de originarios y colonizadores es inexorable. La creencia de razas distintas sigue siendo uno de los mitos más perversos inventados por el ser humano. La única nacionalidad que debería existir es la humanidad.

Pánico. Tiemblan legiones marcadas por las guerras y tiemblan los advenedizos de la vida: migrantes a quienes se nombra con rabia y desprecio “alienígenas”; mientras, en sesiones extenuantes, los amos del mundo deliberan sobre cómo repartirse los territorios de los países sometidos.

Escenario de la guerra y de la política, la ciudad empezó a diluir la frontera entre policía y ejército: mientras la primera aseguraba la ciudad, el segundo resguardaba el Estado. Con el tiempo, la centralidad política del Estado llegó a su fin.

“Como los soldados-ciudadanos que somos no se asemejan a los de la polis griega, estamos dominados por el miedo y el pánico a la inseguridad antes que por un sentido de deber hacia nuestra nueva e insólita ciudad-Estado”, sentencia Paul Virilio.

Este artículo se publicó en el diario El Comercio.