
El 13 de noviembre de 2025 don Álvaro Alemán Salvador, miembro numerario de la academia, presentó la ponencia «Camille Flammarion en el Ecuador», que se llevó a cabo vía Zoom en el marco de las conferencias conmemorativas por el sesquicentenario de la corporación. Compartimos a continuación el texto.
“LA BÓVEDA CELESTE ES EL LIBRO DONDE ESTÁN ESCRITOS LOS POEMAS DEL UNIVERSO”: ASTRONOMÍA, LITERATURA Y PEDAGOGÍA EN EL ECUADOR DECIMONÓNICO
Me alegro mucho de que en la América no sean oídos
los de Flaubert Daudet, Sardou,
y otros de estos que están llenando los ámbitos de… París;
y no hay quien no pare la oreja cuando se nombra a Flammarión.
(Juan Montalvo, en El Espectador, 1886).
Flammarion: ¿quién como él nos lleva de estrella en estrella cual mago que dueño de tesoros y palacios, los muestra con orgullo; poeta del cielo, sus estrofas se escriben con soles …ese artista de la ciencia, ese soñador de mundos reales y de seres extravagantes y fantásticos.
Zarelia. (Zoila Ugarte) “Ayudad al que empieza”, julio de 1893.
En la Francia de finales del siglo XIX, Flammarion desarrolló un ambicioso programa de astronomía popular, que incluía sociedades amateurs, instrumentos científicos, literatura de ficción, e incluso metáforas inspiradas en la armonía de los cielos que permitían su extrapolación a los problemas sociales de la época. Era una astronomía “popular”, de gran alcance internacional, que se dirigía a sectores amplios de la población en un momento de gran crecimiento de la industria editorial. A través de observaciones telescópicas, artículos de prensa, publicaciones periódicas, libros de divulgación, novelas, conferencias y cursos públicos, Flammarion presentó las maravillas del cielo y la tierra con un lenguaje sencillo, literariamente bello y ambicioso, que merece ser estudiado en detalle, de manera dinámica y renovada.
Las teorías y vida de Flammarion aparecen en varios artículos traducidos y reeditados en periódicos ecuatorianos. Tan temprano como 1872, el médico y naturalista de Guayaquil, Alcides Destruge publica en el periódico La Prensa, una versión resumida de La pluralidad de mundos habitados traducido por él mismo. Al verse cuestionado por el obispo y el presidente de corromper a las masas ignorantes, Destruge responde que la divulgación científica no debe tener censura.
Montalvo, luego de asistir a varias de sus conferencias en París, lo describe de la siguiente manera: “Flammarión, sin ser músico ni pintor, no se corta el pelo: esponjado, crespo, se le levanta á prodigiosa altura, y dilatándose por las sienes hace de la suya una cabeza de cometa, esos cuerpos celestes de los cuales habla con tanta pasión”. Para el ambateño, incluso su fisionomía parece mostrar esa dualidad entre el artista que utiliza la imaginación, y la observación metódica de los científicos. Un retrato que hace eco a esta descripción se publica en el de El Grito del Pueblo de 1899.
El presente trabajo registra la influencia, uso y apropiación de Camille Flammarion (1842-1925), tanto en el campo de la educación y divulgación científica, como en la literatura y periodismo, por personajes multifacéticos como Francisco Campos Coello (1841-1916), Juan Montalvo (1832-1889), Juan Bautista Menten (1838-1900) y Augusto Martínez (1860-1946).
Este documento apareció, de forma más extensa, como un capítulo de la obra Astronomía, Literatura y Espiritismo. Camille Flammarion en América Latina (RIL editores, 20222), elaborado por Elisa Sevilla y quien suscribe estas palabras. La versión presentada ahora, en el contexto de las conferencias del sesquicentenario de la AEL, abordará en su mayor parte las contribuciones de Campos y Montalvo, por asunto de brevedad.
Las figuras antes mencionadas fueron instrumentales en la transición en tierra ecuatoriana de un sistema educativo fundamentado en el dogma religioso y la formación legal y retórica, hacia una incorporación de la observación y experimentación en la educación. El ambiente intelectual del último tercio del siglo XIX se vio marcado por una profunda reforma a la educación, iniciada por el gobierno de Gabriel García Moreno y continuada por los gobiernos progresistas, que buscaba reemplazar las profesiones clásicas (teología, leyes y medicina) por las ingenierías, e incluir en la educación secundaria la formación en las ciencias experimentales y de observación. A la vez, había una preocupación por evitar el materialismo con el que usualmente se asociaba esta educación científica, encargando los colegios y la recientemente creada Escuela Politécnica de Quito a la Compañía de Jesús. También existieron iniciativas locales en la misma dirección en varios colegios de ciudades como Latacunga, Ambato y Guayaquil. Por otro lado, este periodo se caracteriza por la creación de revistas, periódicos y sociedades que combinaban las artes y las ciencias.
Así, Campos, Montalvo y Martínez pertenecen a una generación que resignifica la figura del pensador al combinar una creciente autoridad del científico y el literato como una persona involucrada en el quehacer público a través de su papel como experto, divulgador y reformador de la educación y la modernización de las ciudades. Dedicaron todos sus esfuerzos a transformar la sociedad de su tiempo a través de la administración urbana y la reforma educativa, cultivando cuidadosamente la opinión pública y el civismo por medio de una presencia permanente en la prensa y en la emergente cultura de masas de su tiempo. En tanto, la revolución liberal de la última década del XIX significó un periodo convulsionado y de transformación institucional e ideológico abrupto, Campos y Destruge presentaron un modelo de mesura: liberales, pero católicos, modernizadores, pero arraigados en la historia y las tradiciones locales, futuristas, pero comprometido con un positivismo robusto, capitalistas, pero filántropos, cosmopolitas, pero guayaquileños de origen. Augusto Martínez y Montalvo se alinearon al proyecto liberal de distinta manera y desde la especificidad de su adscripción territorial en la Sierra, el uno desde los cargos públicos ligados a la educación y la ciencia, y el otro desde el periodismo de trinchera.
A diferencia de lo que pasaba en Inglaterra y Europa, donde comienza a discutirse una fisura entre las “dos culturas” en un contexto de profesionalización y construcción de la autoridad científica objetiva, en el espacio latinoamericano florece el espíritu romántico que ve a las artes y las ciencias como disciplinas que se apoyan unas a otras para el progreso material y espiritual. El papel histórico del romanticismo en la legitimación del discurso de la ciencia apenas empieza a estudiarse, en el caso de los autores ecuatorianos que reseñamos, su trabajo intelectual manifiesta una continuidad entre las actividades de divulgación y descubrimiento científico y la de la creación artística. En ambas se destaca la importancia de la experiencia sensorial, del acrecentamiento de la sensación de misterio y asombro que provoca el mundo natural. De manera significativa, además y en plena coincidencia con Flammarion, los ecuatorianos destacan el poder de la ciencia (y de la expresión artística) para transformar la mirada humana ante el universo y la sociedad.
1. Ciencia y ficción: Entretener para enseñar
La denominación ciencia ficción responde a una serie de circunstancias puntuales que tienen lugar en el ámbito de la cultura letrada occidental: el desarrollo de una visión materialista del universo, la progresiva secularización de la sociedad, el ascenso y la aceptación gradual de la ciencia como discurso legitimador y de la idea del progreso, el advenimiento de la cultura de masas, la presencia constante y desestabilizadora de nuevas tecnologías, el ascenso y la hegemonía del capitalismo y del imperialismo anglo norteamericano contemporáneo, la incorporación masiva de audiencias al consumo letrado, la consolidación de mecanismos de comunicación entre autores y lectores, la creación de un pujante mercado de libros junto con el triunfo del realismo como modo narrativo dominante. Todo esto ocurre en el siglo XX. Mientras algunos de estos elementos están presentes y se vuelven relevantes en el XIX, su concurrencia y cohesión genérica permite leer la ciencia ficción como un discurso asentado en la conciencia de sus consumidores, con características transnacionales, apenas después de la segunda guerra mundial.
Para redundar, los textos que hoy señalamos como ciencia ficción del XIX no aluden a un género literario puro, en su lugar observamos las transformaciones de formas genéricas previas, el gótico, sin duda, pero también, en el caso latinoamericano y ecuatoriano, el costumbrismo, el romanticismo, el modernismo y el realismo.
Aunque el asunto de identificar un origen para la ciencia ficción es notablemente complicado, y por lo general se pronuncia a favor de un grupo de textos emitidos desde la cultura anglosajona a finales del siglo XIX, y con la emergente potencia geopolítica de los EE.UU., una historia alternativa ubica ese proceso en Francia en la década de 1860, en la cresta de una ola vinculada a la popularización de la ciencia. Las incursiones mejor conocidas de este género consisten de los libros tempranos de Julio Verne y le siguen los “romances científicos” de Flammarion, en particular sus Récits de l´infini (1872), junto a una pléyade de otros autores. Brian Stableford señala que la conducción editorial de Louis Figuier, que publicó un semanario popular de divulgación científica, La Science Illustrée, le permitió cultivar un género de ficción especulativa apoyada en la ciencia de su tiempo. El ejercicio no tuvo suerte, por diversas razones que escapan el alcance del presente texto, pero fijó las condiciones de posibilidad de un emergente modo de escritura (y lectura) que tuvo la suficiente energía cultural para viajar por el mundo.
De hecho, la tarea de catequesis científica tanto de Flammarion como de Campos parecería enrolar a la narrativa de ficción como anzuelo para el cumplimiento de metas compartidas por ambos. El caso de Flammarion es dramático en el sentido de que elaboró sus obras de “ficción” en un momento en que el método literario de lo que décadas más tarde se llamaría “ciencia ficción” moderna aún no se había perfeccionado. El hecho de que su interés primario reside en el potencial didáctico de su obra lo aleja de formas narrativas que, en manos de Julio Verne, H.G. Wells y Edgar Allan Poe, alcanzarían enorme prestigio. En su lugar, Flammarion (y Campos en menor medida) se inclina hacia formatos híbridos, como el diálogo filosófico y el viaje onírico, y hacia instrumentos artificiales como otorgar inteligencia y voz a objetos inanimados o figuras simbólicas.
El lugar puntual de encuentro de literatura y ciencia como facetas distintas de un impulso compartido, al mismo tiempo que de similitud de Camille Flammarion y Francisco Campos Coello, es la noción de la “pluralidad de mundos habitados”. Ya en 1710, Leibniz había elaborado la idea de que existe una pluralidad de mundos, de hecho, la primera formulación de la estética moderna sostiene que el arte en sí es uno de esos mundos, forjado a la luz del mundo experiencial, pero estructurado por medio de leyes para producir un efecto placentero. Pero es en el contexto del gran despertar espiritista de fines del XIX en que Flammarion articula o, más bien se suma, a la noción de la pluralidad de mundos habitados. Su contacto con Allan Kardec, la principal figura del espiritismo europeo lo lleva a suscribir al postulado de que el universo debe albergar vida, distinta a aquella que habita la Tierra, con la noción de la reencarnación en otros planetas. En aquello consiste la peculiaridad de la obra de Flammarion, en su unión de las ciencias naturales con las espirituales. El mismo Kardec sostenía, al hablar del espiritismo, que este modo de conocimiento debía ser considerado una ciencia experimental, a la vez que doctrina filosófica. La segunda mitad del siglo XIX, como señala Michael R. Finn es “un período tumultuoso para la ciencia positiva en Francia puesto que el ocultismo y lo paranormal parecía irrumpir en las fronteras de la ciencia”.
Flammarion y Campos son así seres que rechazan la compartimentalización del conocimiento y de la(s) disciplina(s), al igual que otras figuras célebres: Gérard Encausse, Charles Richet, Césare Lombroso. De hecho, según Charles Noiray (1981) Julio Verne, junto a Auguste Villiers de l’Isle-Adam (un eminente literato perteneciente al movimiento decadente, también autor de un libro de ficción científica) compartían una concepción cuasi mágica de la electricidad. La publicación de Flammarion en 1864 de La Pluralité des mondes habités sin duda influyó en la escritura del libro de Verne De la Tierra a la Luna, que apareció un año más tarde. Verne lee a Flammarion y lo cita, en el sexto capítulo de Robur le conquérant:
¿Cuándo dejará el hombre de gatear por los suelos para vivir en el azul y la paz del cielo?” A esta pregunta de Camille Flammarion, la respuesta es fácil: tendrá lugar en el momento en que el progreso de la mecánica permita resolver el problema de la aviación. Y después de algunos años—desde ya se puede prever—un encauzamiento más práctico de la electricidad deberá llevar a la solución del problema.
Para Flammarion, sin embargo, el medio de viajes interestelares no es tecnológico, consiste más bien en la desmaterialización del espíritu, que se desplaza a los confines del universo y a otros planetas. Tal vez su obra de ficción más importante sea Lumen que aparece por vez primera en sus Recit de l´infini en 1874. El texto presenta una serie de diálogos entre un hombre y un espíritu incorpóreo que se desplaza libremente por el universo. La obra incluye observaciones sobre las implicaciones de la velocidad finita de la luz y múltiples imágenes de seres alienígenas adaptados a mundos distantes. Los diálogos celestes tenían ya un antecedente importante en la obra del estadounidense Edgar Allan Poe, una figura literaria de gran renombre en Francia y un autor admirado tanto por Verne como por Flammarion, puesto que extrapola y ficcionaliza a partir del conocimiento astronómico a su alcance. Flammarion, como lo hará Campos en su propio espacio, participa en una negociación literaria con la ciencia, pero una ciencia, la decimonónica, que tenía una relación nada contradictoria entre el pensamiento libre científico y el interés en lo oculto. Esto a su vez demuestra en estos autores, la coherencia entre la idea de progreso científico y la capacidad de asombro ante nuevos descubrimientos. Ese asombro era el que llevaba a entender, todavía a fines del XIX, los nuevos ámbitos que abría la ciencia, al mundo de lo misterioso y lo desconocido, o simplemente a espacios de manifestación de algo maravilloso. Flammarion escribe:
Astronomía, física, análisis espectral de la luz, vapor, telégrafo eléctrico, teléfono y tantas otras maravillas, nos ofrecen, en este momento, dentro del estudio del magnetismo, del hipnotismo, del espiritismo, las ramas del futuro, las nuevas esperanzas (…) De hecho, en la naturaleza no hay nada oculto ni sobrenatural; únicamente existe lo desconocido.
En cuanto a conexiones directas entre Campos y Flammarion, el ecuatoriano dice, en una de sus primeras publicaciones, Elementos de física y astronomía, escritos en vista de los textos más acreditados por Francisco Campos, profesor de matemáticas y física del seminario de Guayaquil:
¿Habrá probabilidad de la vida en los planetas? ¿Existirán allí seres organizados? Nadie puede afirmarlo, pero ¿quién se atreverá a negarlo? La diversidad de climas y otras circunstancias físicas no serían una razón suficiente. Es cierto que la vida no puede presentarse entre nosotros, sino bajo ciertas condiciones de temperatura y humedad, pero ¿quién podrá asegurar que estas no se encuentran sino sobre la tierra? Por lo que sucede a uno de tantos cuerpos celestes que giran en el espacio, ¿quién podrá imaginar lo que acontezca en los otros, donde ocurren tantas otras diferencias? El que jamás hubiese visto el mar, ¿creería posible la existencia de tantos animales bajo las aguas? Es posible, pues, que las fuerzas orgánicas y sus funciones puedan ejercerse a pesar de las circunstancias de temperatura que parecen absolutamente incompatibles con la vida.
Treinta años más tarde, en Viaje a Saturno, Campos Coello vuelve a rescatar esta idea de la pluralidad de los mundos habitados, haciendo que su viajero interplanetario concluya que:
Ahora que he visto estas construcciones admirables, que he palpado inventos de los cuales no tenía idea alguna, estoy persuadido de que el mundo no es la Tierra y que el poder, la gloria y la majestad inmensos del supremo Hacedor de todo lo creado, no han limitado a la Tierra la habitabilidad de seres inteligentes, y si creó otros astros, los dotó de seres que le adoren.
Estos fragmentos ratifican la extraordinaria tesis de Flammarion, comentada en su momento bajo el nombre altisonante de poligenesia cósmica, la idea, derivada de las tesis de Darwin, de que existe una diversidad infinita de formas de vida en entornos cósmicos puntuales, cada uno de los cuales, por medio de la adaptación a sus propias circunstancias, se manifiesta de formas distintas. Al igual que Campos, Flammarion admira en esta hipótesis la grandeza de la creación y la humildad humana al no ser la Tierra el único planeta habitado. Observamos aquí la ambición del proyecto intelectual de Flammarion articulada con fuerza en su novela Lumen (su primera versión dentro de un compendio es de 1872; su primera versión independiente es de 1887), esencialmente la ficcionalización de las ideas expresadas en Pluralidad.
Si bien Campos coincide con Flammarion a nivel de su aceptación de la tesis de la habitabilidad del universo, y lo hace ante la resistencia institucional de la Iglesia, de la que se declara creyente, es notable que en Viaje a Saturno también parece manifestar algún grado de empatía con la visión espiritualista de Flammarion:
—Además, usted, amigo mío, lleva a Saturno la resolución de un problema filosófico, que sostuvo usted con varias personas notables, en Londres, el año pasado. ¿No recuerda?…
—Pues bien hoy conferenciaré con el habitante de Saturno que está aquí, conferenciaré con el habitante de Marte y con la Reina de Júpiter. Tendremos entonces cuatro naturalezas diversas y de la conversación filosófica que tendremos, tal vez, surgirá la luz que debe iluminar ese punto oscuro de la filosofía trascendental…
En este fragmento existe una aproximación a la visión de Flammarion de que el progreso material (y tecnológico) es un corolario del progreso espiritual, junto a la noción de que la ciencia consiste en una colaboración pan-nacional. Véase este otro fragmento del mismo libro:
En este momento entró el saturniano y dijo:
—Señores: dentro de dos horas nos marchamos de Marte. A despedirse de la reina Kami, que los espera, y del muy honorable jefe de este territorio, que está afuera.
—¿Y por qué este apuro? —dijo.
—Porque se está evaporando una de las sustancias que son necesarias para nuestra ascensión…
—Corrijo: travesía —dije.
El narrador escucha al saturniano decir que el viaje a Saturno consiste en una “ascensión”, un término aplicable tanto a la aeronáutica como a la divinidad. En ese momento decide interceder, evidentemente perturbado por la connotación religiosa del término, que enmienda por aquel, más secular, de “travesía”. Puesto que el autor, el propio Campos, se desdobla en la novela por medio de estos personajes, podríamos decir que este intercambio registra la dualidad, ambivalencia o polivalencia del autor ecuatoriano ante el proyecto de Flammarion.
La visión flammarionesca, en su adopción parcial por parte de Campos, implica otros atributos. Flammarion no puede sino importar una versión Lamarckiana de Darwin a su cosmología. El autor de Lumen entiende a la evolución como un proceso de continuo mejoramiento y creatividad. Es el primer autor en aplicar la teoría de la evolución, como acertadamente observa Stableford, a la construcción integral de alienígenas auténticamente diversos, que no llevan deuda con la antigua tradición antropocéntrica de ficción especulativa. De hecho, desde fines del XIX, H.G. Wells, en La guerra de los mundos (1897), dio cuerpo a aquello que se convertiría en tendencia dominante al momento de imaginar seres extraterrestres: el traslado de características beligerantes a alienígenas dispuestos a cumplir con la regla de la supervivencia del más apto. Al spencerismo wellsiano podemos contraponer un lamarckismo flammarionesco. El astrónomo francés jamás enfatizó la lucha por la existencia en la vida interestelar, puesto que, en su versión espiritista, la muerte sirve únicamente para liberar al alma, para que esta continúe en el camino de su propia evolución.
El proyecto de Flammarion hizo eco en un pequeño puerto en la mitad del mundo, en un autor tan autodidacta y extravagante como su contraparte francesa. Francisco Campos también expresó ambiciones cívicas y metafísicas, y al igual que Flammarion, escribió textos híbridos y extraños que siguen siendo, hoy en día, verdaderos triunfos de la imaginación exploradora.
2. Montalvo
Por su parte, Juan Montalvo, que vivió en París en los años 1880 publicó el periódico El Espectador entre 1886 y 1888. En los años de su trabajo como editor y principal cronista del periódico menciona varias veces a Flammarion, volviéndose seguidor de sus escritos y de sus conferencias en el salón del Boulevard Les Capucines, entre ellas una en que explica las lluvias de estrellas como desprendimientos de los cometas. Montalvo se refiere al conocimiento científico mediante una metáfora arbórea, comenta su gusto por “el tronco” de las ciencias, pero señala, “lo que me embriaga es la flor”, que es la astronomía. Montalvo en el primer tomo compilado de El Espectador, hablando de las lluvias de estrellas y el cometa de Biela, al comentar una conferencia de Flammarion sobre el asunto concluye que “La poesía, que es inseparable de las flores, es también una con las estrellas. La bóveda celeste el libro donde están escritos los poemas del universo”. El ambateño realiza un retrato literario de Flammarion, donde rescata un aire entre científico y artístico en el personaje, también lo reconoce con admiración como “orador poético lleno de elocuencia”, como uno de los oradores y escritores “que me enseña cosas útiles ó santas” y se propone hacer crónicas de sus conferencias en El Espectador.
Montalvo se refiere al grabado de Ambroise de Paré, que representa el cometa de 1579 con la temible imagen de cabezas cortadas y contrasta esa representación con su propia observación de un cometa en 1858. Para Montalvo, el grabado de Paré descrito como “el núcleo del cometa está lleno de cabezas cortadas, cabezas de gigantes muertos, a cuál más fea y espantable”, es el producto de la ignorancia, reflejo de un tiempo sin ciencia ni razón. Montalvo observa que el cambio en la mentalidad y la tecnología van de la mano, y concluye que Paré “las vio, sin telescopio: para la oscuridad y las supersticiones de ese tiempo bastaba la simple vista”.
El mismo Flammarion, en Les Merveilles Célestes, inicia su capítulo sobre los cometas con un extracto de Molière que parodia las supersticiones históricas del choque de cometas con la Tierra, y al igual que Montalvo en su artículo, argumenta que se trata de actitudes del pasado. Para Flammarion, este cambio viene con la humildad que el conocimiento científico imparte, con la perspectiva que acompaña el constatar la pequeñez del ser humano ante la inmensidad del universo y con el inicio de un entendimiento en donde los fenómenos naturales se explican por leyes naturales y no por medio de su relación con el destino.
Al igual que Flammarion, Montalvo critica que la astronomía no sea parte del currículo escolar o universitario, y anota que “la astronomía es ciencia de aficionados, no la saben sino aquellos que se dedican á ella fuera de los términos de la educación obligatoria”. Para Montalvo, el periodismo tiene un fin didáctico que busca instruir a la vez que entretener. Flammarion tenía la misma visión de la educación en ciencias, así argumenta que su libro las Maravillas Celestes fue pensado “más bien como una obra literaria que un tratado científico”, pues su propósito no era tanto “enseñar, sino contagiar el gusto por el estudio y mostrar cuán agradable debe ser el instruirse”.
El cometa de Donati del que escribe Montalvo fue uno de los fenómenos celestes más comentados en la prensa mundial de su tiempo. En los diarios surgió una reflexión popular centrada en su naturaleza física, en la relación de la astronomía con el infinito y en el concepto del tiempo astronómico. Se trata del primer cometa fotografiado y el primero en ser estudiado a partir de la astrofísica con el análisis de su espectrometría. Todos estos temas aparecen en la reflexión de Montalvo, deslumbrado por la frase de Flammarion que el periodista ecuatoriano toma de una de sus conferencias: “El hombre puede seguir con el pensamiento lo infinito, y es del todo incapaz de concebir lo finito”. Así, los cometas permiten a Montalvo comentar el entendimiento humano a la vez que temas políticos, como la tiranía y la libertad. Al evocar la trayectoria de cometas autónomos, libres de órbitas que podrían ser capturados en un sistema planetario, Montalvo escribe: “Los que comparecen dentro de períodos conocidos, son ya cautivos del astro que los ha aspirado, los ha forzado á variar de rumbo con su poder misterioso, y les ha señalado camino diferente del que recorrían cuando eran dueños de sí mismos”.
Igual que el astrónomo y literato francés, Montalvo ve a los cometas como seres atípicos, libres como un “astro cosmopolita”, excepcionales en cuanto al resto de cuerpos del universo. La frase resuena con el título de los periódicos que publicó en vida el ambateño. El Cosmopolita fue el nombre de una revista de enfoque político, periodístico y ensayístico redactada por Juan Montalvo. Sus entregas fueron nueve, publicadas entre 1866 y 1869. El primer número presenta el siguiente epígrafe: «De cosmopolita hemos bautizado a este periódico y procuraremos ser ciudadanos de todas las naciones, ciudadanos del universo, como decía un filósofo de los sabios tiempos.» La referencia es seguramente a Diógenes, pero parece escucharse, en la sustitución de la palabra “mundo” atribuida al filósofo cínico, por “universo”, un ligero rumor flammarionesco.
A diferencia de Flammarion, Montalvo no elimina el velo de misterio de los cometas; mientras que el primero dice que sus órbitas elípticas son predecibles y que responden a la misma fuerza de la gravedad que el resto de cuerpos celestes, el último asegura que (el cometa) “desconcierta al sabio y aterra al ignorante, porque no está sujeto a las leyes conocidas de la naturaleza y sale de la armonía general del universo”.
Montalvo canibaliza todo acontecimiento, incluyendo la observación de cometas, a favor de uno de sus temas predilectos: el racionalismo opuesto a la superstición religiosa. En el artículo que aquí comentamos, en que discute los cometas y su percepción popular, Montalvo recuerda el paso de un cometa por los cielos cuando era niño. Dice que su padre le tranquilizaba diciendo “no es nada, no es nada, es un cometa”, y que su madre iniciaba el rezo familiar todas las noches pidiendo la protección de San José y la Virgen de la Merced, y agradeciendo el estar vivos, mientras el cura local predecía el fin del mundo. Más adelante se presentó un terremoto, por lo que incluso su padre, que era normalmente templado y racional, terminó pidiendo misericordia. El escritor concluye que “La casualidad suele ser cómplice de la ignorancia; triunfó el cura”. De esta manera, algo que la ciencia pudo estimar como una coincidencia debido a la recurrencia de temblores en esa zona, la superstición religiosa interpretó como castigo divino. Con este relato, el escritor ecuatoriano rescata el racionalismo de algunos hispanoamericanos, pues retrata a su padre como alguien que ya tiene una autoeducación en astronomía. “Pero la astronomía, que no se estudia en Francia, que no la saben ni los sabios, ¿la había de saber un buen señor, patriota de la América Española?”. Así, Montalvo escribe desde París mostrando que ni él, ni sus padres, ni sus compatriotas son hijos de la Edad Media, pese a que la coincidencia de un cometa y un terremoto los hizo temblar de horror. Esta misma argumentación reaparece en Pedro Fermín Cevallos al reflexionar sobre la conexión entre las premoniciones asociadas al cometa Donati de 1858 y la coincidencia con el terremoto de Quito de 1859. Pedro Fermín Cevallos, “Terremotos y erupciones volcánicas que han ocurrido”, Cap. VII, en: Resumen de la Historia del Ecuador desde su origen hasta 1845, Tomo II, Guayaquil: 1886.


