
La Revista Mundo Diners publicó una entrevista con don Carlos Arcos Cabrera, miembro numerario de la Academia, tras la reciente edición de su novela «Vientos de agosto». La reproducimos en nuestra web para ustedes.
Carlos Arcos hurga entre las similitudes de un cholo comunista y un patriarca conservador
(por Gabriel Flores Flores)
El escritor ecuatoriano Carlos Arcos es el autor de Vientos de agosto, una novela que en 2003 ganó el Premio Joaquín Gallegos Lara y que este 2026 fue reeditada bajo el sello de Dinediciones. En esta entrevista con Mundo Diners, el autor reflexiona sobre los personajes principales, la ciudad donde está ambientada la historia y sus conexiones con el presente.
Carlos Arcos (Quito, 1951) publicó Un asunto de familia, su primera novela, en 1997; tenía 46 años y una carrera como sociólogo. Seis años más tarde, en 2003, apareció Vientos de agosto, la obra con la que ganó el Premio Joaquín Gallegos Lara, que entrega el Municipio de Quito. Ese reconocimiento fue un parteaguas en su vida; un impulso para convencerse de que su existencia tenía que seguir anclada al mundo de la ficción literaria.
¿Cómo ha sido el ejercicio de volver a Vientos de agosto, tras 17 años de la última edición?
Ha sido un ejercicio interesante, el tiempo te da una perspectiva muy distinta de lo que has escrito. Volví a leer la novela, porque no quería correr el riesgo de relanzar algo que literariamente no funcionara y me sorprendió la frescura y la actualidad que tiene. Siento que es una historia que no ha envejecido.
Los protagonistas de la historia son un cholo de ideas comunistas y un patriarca conservador; dos personajes cuyas vidas, en teoría, no tenían por qué cruzarse.
Lo que los une es su fascinación por la historia. El cholo comunista es un profesor marxista, que ve la historia desde el materialismo duro y ortodoxo. Mientras que el patriarca conservador ve la historia como un intento de encontrar respuestas a preguntas muy íntimas relacionadas con su vida. Juntarlos en esta novela me pareció un juego interesante, porque a veces, a pesar de las contradicciones entre las personas, se crean espacios de encuentro.
Estos personajes de mundos opuestos viven en Riobamba. ¿Por qué eligió ambientar la historia en esa ciudad?
Sinceramente, creo que Riobamba es una metáfora del país, un país que hasta ahora no se encuentra; y que está lleno de sueños que siempre se desvanecen, y de realidades que nos ponen frente a una especie de abismo. Riobamba tuvo una élite, cuyo sueño era construir una gran ciudad, pero ese anhelo fracasó y eso generó una ruptura histórica. Hay que recordar que allí se realizó el Congreso en el que se aprobó nuestra primera Constitución, solo ese hecho dice mucho de la importancia que tuvo en sus inicios.
En la novela hay una intención de su parte para que los personajes protagónicos regresen a ver su pasado personal y colectivo.
Creo que volver conscientemente a mirar el pasado es una forma de luchar contra el olvido; la memoria no es algo que está escrito en piedra, sino algo que hay que recrear. Hacerlo colectivamente, me parece una buena forma de enfrentarnos a un futuro que es complejo mirarlo con ilusión o con optimismo. Hace unos meses, tuve que prepararme para la ceremonia de incorporación como Miembro de Número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua; leí las novelas históricas de la Independencia y de los primeros años de la República, y me pareció curioso cómo la literatura trata de mirar y de recrear esa historia, a través de ciertos mitos que la realidad ha cambiado o destruido.
Si estuviera escribiendo Vientos de agosto en este 2026, ¿con qué personajes reemplazaría a los protagonistas de su historia?
El mundo está viviendo un nihilismo brutal. En ese contexto, uno de mis personajes seguro sería un nihilista, alguien que descree totalmente de la historia. El presente está superando a todo lo que hemos vivido antes. Solo pensemos en lo que dijo Donald Trumpesta semana, sobre acabar con toda una civilización. No sé si no nos hemos dado cuenta aún, pero eso supera, y por mucho, a la ‘solución final’ (desaparición de los judíos) que propuso Hitler. No se trata de desconocer la realidad del Holocausto y de sus víctimas, pero hay que entender que Trump tiene un poder mediático y militar nunca antes visto en la historia y eso está creando un escenario radicalmente distinto a lo que habíamos conocido en Occidente.
En ese contexto, todo puede ser arrasado por el ‘viento’, incluso la memoria.
Hay una frase de Marx que dice: “Todo lo sólido se desvanece en el aire”. Yo creo que, incluso, la memoria se desvanece, pero también se recrea.
Ahora hay ‘vientos’ que no solo arrasan, sino que parecen tenernos al borde de la extinción.
Siempre me he identificado con el filósofo francés Emil Ciorán, y siguiendo una de sus reflexiones, este día de abril de 2026, no hay ninguna razón para justificar la presencia del hombre en la Tierra, ninguna. Tenemos una capacidad de destruir al resto de seres vivos y a nosotros mismos, que espanta. Los vientos de agosto ahora se han convertido en unos huracanes terribles, que nos llevan a una situación de absoluta irrealidad, uno se pregunta si es real todo lo que nos está pasando.
¿Cuál es el papel que juegan la ficción y la novela en este contexto?
El papel que tuvo siempre, no tanto responder sino formular preguntas que lleven al lector a tratar de encontrar respuestas, si es que las hay porque puede que no existan. Es difícil encontrar una respuesta a la locura humana, a cosas como el estalinismo o el fascismo. Si una persona no es militante o creyente es complicado no ser fatalista en este contexto.
En el prólogo de Vientos de agosto, María Hayek dice que su novela dialoga con otras como Los Sangurimas o Cien años de soledad, ¿usted, a qué otra historia la siente cercana?
Al final, uno se alimenta de tantas lecturas, que es difícil precisar con qué novelas dialoga una historia. Por ejemplo, a mí siempre me fascinó La casa verde de Mario Vargas Llosa. Es una trama que sucede en Piura, una pequeña ciudad de provincia, como Riobamba.
La primera edición de Vientos de agosto, su segunda novela, se publicó en 2003. ¿Qué queda y qué abandonó del novelista de aquellos años?
En realidad, lo que queda es la certeza de que la literatura era mi camino. El premio que recibí por la novela reafirmó una veta de mi vida que tenía que asumirla. Fue una siembra muy importante, el viento que me impulsó a seguir. Ahora, creo que tengo un grupo de novelas bastante interesante, entre ellas Memorias de Andrés Chiliquinga. Por otro lado, lo que abandoné fue esa intromisión de la mirada sociológica en la mirada literaria. Eso se expresa con mucha fuerza en libros como Un día cualquiera o en El invitado.



