«Último trago en Salango», por don Óscar Vela Descalzo

Esta novela de lenguaje cuidadoso y pulido, con personajes muy bien definidos, encierra en una trama general la historia de Ignacio Quiñoñes, un novelista y catedrático de literatura que ha resuelto hacer un viraje brusco en su vida tras una…

Des­pués de un pro­lon­gado exi­lio, Jaime Mar­chán (Quito, 1947) está de regreso con su nueva novela, titu­lada Último trago en Salango (Edi­cio­nes El Nido, 2026).

Esta novela de len­guaje cui­da­doso y pulido, con per­so­na­jes muy bien defi­ni­dos, encie­rra en una trama gene­ral la his­to­ria de Igna­cio Qui­ño­ñes, un nove­lista y cate­drá­tico de lite­ra­tura que ha resuelto hacer un viraje brusco en su vida tras una tra­ge­dia fami­liar y el ase­si­nato de su padre, un ex con­tra­lor gene­ral del Estado, cuya trama se irá desen­tra­ñando poco a poco a lo largo del texto.

La idea de un año sabá­tico para escri­bir un ensayo sobre el poeta y narra­dor Paco Tobar Gar­cía, mar­cará el ritmo de una his­to­ria ade­re­zada por la belleza de las pla­yas mana­bi­tas, por sus deli­cias culi­na­rias, por el con­ta­gioso dis­frute de Qui­ño­nes de cada vaso de gine­bra, por la mag­né­tica pre­sen­cia de anta­gó­ni­cos per­so­na­jes loca­les, y por las deli­cias del amor reciente que se con­ver­tirá en una tabla sal­va­vi­das para el fallido escri­tor, que se ha empe­ñado en ter­mi­nar de escri­bir una novela que lleva archi­vada mucho tiempo.

“Al des­per­tar en Salango el pri­mer día de mi sabá­tico, una cas­cada de luz inundó la habi­ta­ción. Salí a la terraza y con­tem­plé el mar y la playa ancha y parda. El hotel estaba al fondo de la ense­nada, al pie del arre­cife en cuya punta se levanta el faro marí­timo. Debajo, en la den­tada escar­pa­dura, hierve el agua en medio de bur­bu­jas espu­mo­sas. Al otro lado, en tie­rra firme, se divisa una colina cubierta de cei­bos, sama­nes, cao­bas, cedros, gua­ya­ca­nes y otros árbo­les de la flora tro­pi­cal seca; bajo el sol ecua­to­rial —tré­mulo y vibrante— cru­jen las ramas y se cal­cina la tie­rra”.

Tomo un par de pala­bras de Jaime Mar­chán en este frag­mento para des­cri­bir el avance de su novela “tré­mula y vibrante”, en espe­cial con la apa­ri­ción impo­nente de Paco Tobar Gar­cía. Al ini­cio su pre­sen­cia es refe­ren­cial, bio­grá­fica, que se desen­vuelve en medio de un sesudo e inte­re­san­tí­simo estu­dio de su obra, siem­pre con­ju­gando entre sus nove­las, poe­ma­rios y obras tea­tra­les, las peri­pe­cias de su vida per­so­nal en las que sobre­sa­len sus dele­ga­cio­nes diplo­má­ti­cas, amo­res y desa­mo­res, muje­res de paso, repre­sen­ta­cio­nes y mutis por foros inter­mi­na­bles, repu­dios y dis­tan­cias, hasta reca­lar en la Casa de las Igua­nas, su hogar pos­trero, un sen­ci­llo paraíso per­so­nal ubi­cado en algún recodo del Estero Salado. Y es allí, en esas esce­nas que cons­ti­tu­yen los pun­tos más ele­va­dos de la narra­ción, cuando Tobar Gar­cía se erige como una som­bra que lo domina todo.

Con­fe­saba el autor en la pre­sen­ta­ción de su novela en la Uni­ver­si­dad Andina Simón Bolí­var de Quito que Paco Tobar Gar­cía se con­vir­tió en un per­so­naje domi­nante de este Último trago en Salango, y que su pre­sen­cia des­co­mu­nal lo abrumó a lo largo del pro­ceso de escri­tura. Incluso pensó que no iba a poder con aque­lla narra­ción que de pronto tomaba por asalto la forma, la voz, la ima­gen y la fuerza vital del poeta, su viejo amigo, su bio­gra­fiado, su néme­sis tem­po­ral.

Así des­cribe el autor su encuen­tro fic­cio­nal con Paco Tobar en Gua­ya­quil:

“Fue una calu­rosa tarde de marzo cuando emprendí mi viaje para visi­tar al poeta Fran­cisco Tobar Gar­cía… En un punto de ese pai­saje flu­vial, en una pequeña pro­pie­dad deno­mi­nada la Casa de las Igua­nas —cer­cada por un vallado de bam­búes— vivían, hacía ya varios años, él y su esposa Helena… Al verme entrar, el poeta se levantó de su sillón de lec­tura para reci­birme con un cálido abrazo. Llevaba una gua­ya­bera hol­gada y pul­cra como man­dil de ciru­jano. Me invitó a sen­tarme en una de las buta­cas de cedro y coji­nes de cabuya. El viento del estua­rio soplaba sobre el techo de cade y ali­viaba el calor. Helena se acercó con una ban­deja y sir­vió tres vasos de hor­chata de ajon­jolí, lige­ra­mente endul­zada con panela”.

Esta novela calei­dos­có­pica, con sal­tos de tiempo y espa­cio, se resol­verá como un cru­ci­grama en el que cada pala­bra per­mi­tirá des­cu­brir las cla­ves que el autor ha ocul­tado desde sus pri­me­ras líneas. Así, el lec­tor podrá des­ma­de­jar el ovi­llo de la tra­ge­dia de la esposa de Igna­cio Qui­ño­nes, de los repro­ches, cul­pas y desen­cuen­tros con su hijo, y vivirá el amor con Celia, una arqueó­loga que ha con­se­guido reno­var su ilu­sión por amar y vivir; y, al des­bro­zar capas y capas de recuer­dos, memo­rias y narra­cio­nes, des­cu­brirá la ver­dad detrás del cri­men de su padre, mien­tras en la Casa de las Igua­nas o en Madrid, en Salango o en Quito, la ciu­dad mal­dita, la som­bra larga y oscura de Paco Tobar Gar­cía, rebelde, indo­ma­ble, elo­cuente, bri­llante y tam­bién mal­dito, nos ofrece el cálido cobijo de sus letras.

Este artículo se publicó en la Revista Forbes de junio de 2026.