
Después del triunfo de Argentina y Asociados sobre Egipto, ya no se tienen deseos de analizar lo que sucede en el Mundial, total, ya sabemos a dónde van Infantino y su Princesa. Por eso trato de entretener a mis lectores con este tema que esconde aristas dignas de ser sacadas a luz: el de los libros que no se pueden leer.
Cuando se habla de libros prohibidos nos viene a la memoria, con toda razón, la Inquisición y el famoso y ya periclitado “Índice de Libros Prohibidos”, allí se encontraba la lista de los libros que los católicos de a pie tenían la prohibición de leer, por sus contenidos heréticos o inmorales. Las personas con formación suficiente podían recibir un permiso para leerlos. Lo que la gente suele ignorar es que también las monarquías absolutas tenían sus listas de libros prohibidos, sobre todo aquellos que ponían en duda la legitimidad del poder real sin condiciones o defendían el tiranicidio.
Ya en tiempos más cercanos a nosotros, los regímenes totalitarios y dictatoriales también tenían sus listas de libros malditos, nadie los podía leer y quien los tuviese en su poder era considerado un delincuente e iba a la cárcel, cuando no desaparecía.
Pero existe otra forma de impedir que los lectores accedan a ciertos libros: simplemente no publicarlos o entorpecer su venta de cualquier manera. Vengan algunos ejemplos.
El famoso novelista Julio Verne, que hiciera las delicias de varias generaciones de niños y adolescentes, entre ellas la de quien esto escribe, publicó por entregas la novela El conde de Chanteleine en una modesta revista, allá por 1864. En ella trata de la resistencia de los católicos contra la Revolución Francesa y la correspondiente represión sangrienta del Comité de Salvación Pública. Verne trató de publicarla en forma de volumen en 1879, pero no lo consiguió. De hecho, los poderes públicos y los intelectuales liberales con influencia impidieron que esta obrita volviera a editarse hasta 1971, por tratarse de un texto crítico de la Gran Revolución. El conde de Chanteleine se tradujo al español en 1870, pero casi no llegaron al público las dos o tres ediciones que dicen se imprimieron, por oposición también de los dueños de la cultura. Hace pocos años se reeditó con la misma traducción del siglo XIX.
El novelista español Tomás Salvador es hoy día un perfecto desconocido, a pesar de su alta calidad literaria y de haber ganado varios premios, cuando estos sí representaban calidad, entre ellos el Planeta en 1960. Pero tuvo la desgracia de ser falangista, de combatir en la División Azul y de tener la profesión de policía, pestes que la izquierda no le perdonó nunca; resultado: hoy día, sus excelentes novelas, cuentos, crónicas, no se consiguen ni por oro ni por plata, a pesar de su sobresaliente nivel literario y de que no trasluce ningún extremismo.
Una anécdota personal, para poner fin a este recuerdo de los libros escondidos. Hace veinte años publiqué mi librito ‘El Principito: el sentido de la vida’, que ha tenido una modesta suerte, pues ya lleva dos ediciones y una reimpresión. Y aquí viene el cuento: recién salida la primera edición, fui de librería en librería ofreciendo mi libro en consignación; en una de ellas, la señora encargada, después de revisarlo, me pidió cinco ejemplares. Al cabo del plazo establecido fui a averiguar los resultados. La señora me dijo que no se había vendido ni un solo ejemplar y que me los devolvía; fue al salón de exhibición de libros y metió la mano detrás de un par de enormes libros de arte y sacó los ejemplares del mío, que nunca se había expuesto al público. Literalmente los había escondido. Todavía no me explico el por qué los recibió.
Este artículo se publicó en el diario La Hora.



