
La tecnología ha invadido casi todos los órdenes de la vida. La cultura, la política, las relaciones interpersonales, el derecho, los negocios, la literatura, las artes, el pensamiento, las ciencias, la medicina, están influidas y, en algunos casos, sustancialmente transformadas por internet, la IA, están sometidas a la poderosa acción de las redes sociales y, en muchos casos, a la vigencia del espectáculo.
¿Cómo ha afectado la tecnología a la República, a la democracia, a las reglas de relación con las personas? ¿Estamos frente a una República virtual?
1.- Es un mundo nuevo el que vivimos. Enfrentamos una circunstancia esencialmente distinta de la que tuvimos hasta hace pocos años. Y la República inserta en ella se está transformando también en una realidad virtual, aunque conserva en su fachada la estructura tradicional, algunas instituciones y modos de entender el poder. No podemos hacer abstracción de las modificaciones que ha sufrido tanto la República como la democracia, y no debemos olvidar el hecho incuestionable de que la tecnología impera en ellas y sobre ellas y que en el futuro regirá con mayor fuerza. Por tanto, no es una suposición, es una certeza que desplazará la forma de entender y ejercer el poder, a los canales de relación con los ciudadanos, al derecho y a sus formas, y a conceptos esenciales, como las fronteras, la soberanía, la opinión pública y las relaciones internacionales.
Sin hacer juicios de valor sobre los indudables beneficios de la tecnología, y sin entrar en el complejo y siempre riesgoso mundo de las calificaciones o de las preferencias, la verdad es que vivimos otro mundo. Los recursos de la tecnología han facilitado la existencia, han creado otras posibilidades y las generaciones jóvenes, con notoria frecuencia, no tienen otro modo de entender el mundo si no es a través de la IA, las redes sociales, tik tok y las plataformas. Tampoco de puede negar que están creando innumerables problemas sociales y transformaciones sustanciales que harán poco reconocible a la sociedad del inmediato futuro. Todo eso es incuestionable.
2.- Pero, más allá de la utilidad innegable de la IA y de los demás recursos tecnológicos, es preciso pensar en lo que ocurre y, dejando de lado la prisa que siempre nos agobia, y que también es producto de las nuevas circunstancias, es necesario mirar objetivamente este conjunto de fenómenos, reflexionar en sus implicaciones sobre el poder, las instituciones, la economía, las relaciones internacionales, y el concepto mismo de República.
Hay que pensar sobre temas tan diversos como la educación frente a la tecnología, sus incidencias en la familia, la crisis de las ideas y creencias, las modificaciones en la forma de entender y practicar los valores y en el hecho, especialmente, complejo de que algunos referentes sobre los que hemos vivimos anclados, se han quedado sin sustento, que las religiones están en entredicho y que nuestra vida misma se mueve en un entorno distinto, veloz, saturado, demandante, y a veces incomprensible.
Así, pues, el reto y la obligación es pensar, valorar, apreciar la nueva circunstancia como seres humanos a cargo de nuestra existencia y de la existencia de las nuevas generaciones; no renunciar a la reflexión, no permitir que la tecnología nos suplante en esa tarea, preservar las libertades, afianzar los derechos, todo sin hacer oposición a lo inoponible, no ser conservadores frente a lo que irreversiblemente cambia, sino liberales en la forma y en el compromiso de admitir que la libertad supone entender la circunstancia en que la ejercemos, pero sin abdicar de nuestras capacidades. Pensar críticamente, ese es el reto.
3.- Se dirá, no sin alguna razón, que la historia siempre ha sido igual en sus causas profundas, que las razones ocultas han estado en la base de la construcción de países e imperios son las mismas, que el Renacimiento y la Ilustración modificaron el mundo, como lo hizo la revolución industrial, que las ideas determinaron las revoluciones, que la independencia nació de teoría y de hechos, y que la República misma es producto de la evolución de las creencias, las doctrinas y los intereses. Es verdad todo eso, pero lo de ahora debe pensarse en la perspectiva de la absoluta novedad que la tecnología implica, de que la tecnología ahora penetra en todos los intersticios, que tiene autonomía, que, para el hombre común, es anónima, y que está cambiando la cultura, y le está despojando a la gente de la capacidad de pensar, porque, como dice Yuval Harari, de instrumento, de herramienta que debe ser, se está transformando en agente, en una suerte de entidad difusa pero presente, que de la inteligencia, es decir, de la capacidad de entender y resolver problemas y de interpretar hechos, empieza a convertirse en conciencia. Que dejando superando su dependencia, empieza a adquirir autonomía.
4.- Las personas han demostrado que tienen una gran capacidad de adaptación al entorno; ese es, probablemente, el secreto de la sobrevivencia de la especie humana, y de la expansión de las culturas pese a sus propias crueldades, a sus guerras, conquistas, invasiones y exterminios. Es el único ser que ha llegado el extremo de normalizar lo insólito, de habituarse a lo que alguna vez pareció inadmisible, a tolerar los extremos y hasta a justificar matanzas y revoluciones, egoísmos rapaces y prácticas absurdas. Tenemos los humanos una gran capacidad de explicación y de justificación. Ese es probablemente uno de los secretos de nuestra historia.
Así pues, empleando ese gran inteligencia de adaptación, esa constante habilidad para proyectar el futuro y revestir con la la carátula de progreso a los hechos más insólitos, como la depredación del ambiente, y la evidente destrucción del mundo, debemos, creo yo, emplear esa habilidad paradójica para entender esta nueva circunstancia, ejercer la curiosidad que ya tuvieron los hombres desde el tiempo de las cavernas, para ejercer la crítica y dotarle de mínima racionalidad a lo que ahora vivimos, para asumir consciente y críticamente el mundo que vemos. Es preciso aproximarse con mente crítica, y sin prejuicios, a una sociedad distinta, y bajo la idea de que el reto que tenemos es que en ella deberían prevalecer y sobrevivir aspectos, elementos, referentes y valores que nos permitirán guardar los necesarios espacios para que la conciencia no sea absorbida por los algoritmos, para que la inteligencia artificial no suplante a la moral, para que podamos resistir a la tentación de adorar sin reservas al novísimo becerro de oro, que nos dice que todo vale, que las responsabilidades se diluyen, que el poder y la economía están sobre todo.
5.- Antes de abordar el tema específico de la transformación de la república en la república virtual, señalo algunos temas que pueden ayudar a entender el entorno en que ella y sus instituciones operan ahora.
Para mejor comprensión, debo destacar como premisa fundamental de mi razonamiento que esa república, en América, es vieja herencia que nos llego como tarea pendiente de construirla, hace dos siglos. Que fue una estructura de poder imaginada en los días de la Ilustración, para preservar las libertades y potenciar los derechos, y todo esto en el siglo XVIII, cuando no existían los recursos, procesos y realidades que ahora son parte de la vida cotidiana: no había información ni noticias en tiempo real, ni el desarrollo científico sin precedentes, ni televisión, ni electricidad, no existían carreteras, aviones, telefonía celular, internet, etc.
El concepto político de República, el de las revoluciones norteamericana y francesa, y la que nosotros fundamos en 1812 y en 1830, y que aún no terminamos de construir, se pensó, se inventó cuando no había masas y nada estaba lleno como ahora, cuando la multitud no era un hecho constante, una suerte de patología invasora y depredadora, transformada ahora en una realidad virtual a causa de las redes sociales. Las sociedades era absolutamente otras, la gente era otra gente, la vigencia de la religión era incuestionable, los espacios eran cortos, los esfuerzos grandes, los países, unas provincias con historia. Es suficiente leer las crónicas antiguas, las cartas de los viajeros, las notas sobre el comercio, para entender que, efectivamente, el mundo era una gran provincia en buena parte despoblada. El contraste entre los días de la fundación de las repúblicas y estos tiempos, es, si se me permite el término, brutal.
Para enfatizar:
La prensa escrita, el periódico de papel, ya no existe, u opera precariamente; los libros sobreviven de milagro y no sabemos por cuánto tiempo; las oficinas ya no son los sitios habituales de trabajo, hay quienes trabajan pero nunca asisten a un despacho; las reuniones presenciales se extinguen, el zoom las desplaza cada vez más, el diálogo bis a bis es cada vez más escaso, se imponen los chats y se produce un agresivo y, al parecer, imparable proceso de despersonalización de las relaciones. Hay cada vez más amigos virtuales, y cada vez menos amigos personales.
Este es uno de los cambios más radicales en influyentes en la vida personal y en la vida pública: la velocidad y la saturación informativas no permiten que la opinión pública se consolide; al contrario, la atomizan. Las tendencias en las redes son notoriamente volubles, con frecuencia de origen anónimo, pero la democracia es un sistema político que se sustenta en la opinión pública. ¿Puede operar sin ese sustento y solo basada en actos electorales, en sondeos o en lo que se dice en tik tik?
Por cierto, el mundo laboral que ha transformado internet y el trabajo a distancia, tiene ventajas incuestionables, y es una solución parcial en las ciudades saturadas, al tráfico insoportable y a la inseguridad. Pero hay un proceso de desempleo creciente, de anulación de profesiones y de trabajos, y por cierto, de incertidumbre. Pienso que, incluso, habrá que cambiar la idea de relación laboral, y probablemente, habrá que repensar si rigen aún los conceptos de dependencia, horario, puesto y horario de trabajo. Frente a las nuevas realidades el Código del Trabajo empieza a parecer caduco, parte de la caducidad de otras instituciones de la política y del Derecho.
La velocidad se impone. Un alegato, una demanda se hace en horas y quizá en menos tiempo, lo que antes implicaba días de trabajo e investigación. Los análisis son, en buena medida, el resultado de la actividad de la IA. En los negocios también, en la banca, en los seguros, en el derecho público, incluso en las sentencias judiciales, prevalecen las opiniones de la IA. Y no se diga en la ciencia.
La literatura dejó de ser patrimonio de iniciados. El concepto de intelectual ni rige ni importa. En pocos años, la tarea de escribir se habrá transferido definitivamente a la IA, así lo intuye Nuval Harari, en reciente entrevista publicada en El País, de España.
6.- Desde los días de la Ilustración, Occidente ha construido un sistema de poder (la República) basado en certezas, en leyes, reglas, límites, potestades públicas, derechos individuales, sustentado siempre en la previsibilidad objetiva del poder, y en su visibilidad. Lo aleatorio, lo hipotético no era parte del sistema sino como excepción no admitida. Incluso las ficciones necesarias, como la presunción de conocimiento de la ley, la sabiduría del pueblo, la representación política, la teoría de las mayorías, se transformaron en dogmas en el afán de eliminar las probabilidades en que podía jugar el poder. Las instituciones procuraron despersonalizar la autoridad. La república liberal, la de Montesquieu y la de Locke, era adversaria de lo virtual, no cabía en ella lo aparente, lo hipotético, de allí el principio de legalidad que es el sustento de Estado de Derecho: solo se puede hacer lo que está normado, lo escrito, lo establecido, de modo que los márgenes de arbitrariedad son mínimos o no existen, de allí el `principio de motivación objetivo, basados en hechos probados y en normas expedidas y aplicadas. De allí la necesidad de que exista un marco normativo explícito: la constitución a la que deben sujetarse todos.
El estado era una gran estructura de normas, procedimientos, teorías, potestades y limitaciones. Pese a ser organización jurídica y política, no era una hipótesis, no era una realidad vaporoso o virtual.
Me pregunto, y les pregunto a ustedes, si la virtualidad dominante, si la atomización del poder en actos que nacen y se expiden con frecuencia bajo la inspiración de internet, no han cambiado la estructura sociológica y moral de la República, si la opinión pública, sustento de la democracia, atomizada en cientos y miles de opiniones del público, no estarán provocando un sismo en el sistema, no estarán cambiando las reglas del Estado de Derecho y de la democracia? ¿No estaremos asistiendo al nacimiento de un sofisticado autoritarismo, de un totalitarismo virtual? ¿Estaremos asistiendo a la concentración de poderes no escritos, de reglas no expedidas, de poderes paralelos? ¿No estará la democracia en los sondeos, y no en la voluntad popular? ¿Está el pueblo, titular de la soberanía, en la enorme masa que concurre en las redes sociales, y que no tiene necesariamente opiniones concurrentes y estables que soporten a la democracia, porque solo tiene opiniones individuales, volubles, sugestionadas e inestables? Sea lo que fuese, hemos visto cómo el poder de las redes sociales tiene enorme fuerza de determinación de las decisiones de los gobernantes quien se apoyan en esa voluble opinión
7.- Los factores de obediencia. Un tema importante para entender los asuntos atinentes a los problemas de esta nueva república virtual que tenemos al frente. El estado y su forma, la república, liberal o autoritaria, el estado unitario o federal, se sustentan en la obediencia de la población, legítima en el primer caso, ilegítima en el segundo, pero sea como fuere, el tema es que el poder implica siempre obediencia a las reglas o a las personas, a las instituciones o a los gendarmes. El abate Sièyes, el cura revolucionario, en los tiempos de la Revolución Francesa, ilustraba el tema diciendo, “Viva la ley. Abajo la autoridad”. En cualquier caso, obediencia a los factores tradicionales de obediencia: convicción, interés, temor y costumbre, se agrega ahora el poder de inducción de las plataformas y las redes. Tema importante para desarrollar pensamiento suficiente.
8.- La fuerza mayor extraordinaria política, tecnológica, la globalización, ¿han superado a los referentes jurídicos que estructuran los estados modernos? Con ocasión de pandemia y sus efectos en el mundo, y ahora con la expansión y la fuerza de la tecnología, de la IA, he pensado, y cada vez con mayor preocupación, si este conjunto de hechos, procesos y realidades, que podría constituir lo que yo llamo “la fuerza mayor extraordinaria social y política”, en el sentido de que no fue predecible por la mayoría de ciudadanos y de estados, y de que resulta irresistible, y de alguna manera inevitable, estará superando a los presupuestos, a las reglas básicas de convivencia y de relación social con el y al estado de derecho?, y esto porque el imperio de la ley, como la democracia y la república nacieron con la Ilustración, en el siglo XVIII, y bajo los concepto de división de funciones, limitación objetiva del poder, sujeción a las normas, personalidad autónoma del Estado.
Frente a la globalización del poder, frente a la incuestionable fuerza social de la IA y a sus efectos, ¿están plenamente vigentes los viejos conceptos republicanos? ¿Es el populismo una respuesta a la crisis, son los sondeos sustitutos de la voluntad popular?
¿Las redes sociales son opinión publica? ¿La hiperinformación y la vigencia de los “opinólogos” ha sido útiles para la democracia?
9.- La “cultura telegráfica”. De la televisión, es decir, del predominio de la imagen, hemos pasado, casi insensiblemente, a la “cultura telegráfica” que domina las redes sociales y responde a las urgencias de sociedades atolondradas. Del correo electrónico —que nos obliga a ser concisos, pero todavía un poco reflexivos— hemos llegado al Twitter,(X), esa abreviatura que pretende abarcarlo todo en forma sumaria y superficial. Así, el idioma se convierte en un sistema de mensajes cifrados, en los que cabe desde la destrucción de la ortografía, hasta la transformación de la lógica. Todo en beneficio de la velocidad y de la ansiedad de contar, transmitir, replicar, y ser un sui géneris “sujeto de opinión”.
La velocidad y la abreviatura que imponen las nuevas herramientas responden a la índole de la sociedad y condicionan a generaciones enteras, que se han habituado, sin reflexión alguna, a un modo distinto de relacionarse, que casi han olvidado la lectura y la conversación cara a cara y que exigen, en todo, mensajes cortos y síntesis “ejecutivas”. La cultura telegráfica induce a la convicción de que el mundo comienza y termina en la red, que lo verdadero es lo virtual, y que donde no hay conexión, no existe nada. Así el mundo, la política, la cultura se convierten en ficciones precarias, en visiones deformadas por la prisa y la superficialidad. La red es un poderoso instrumento que organiza el mundo y determina la mentalidad de los usuarios.
Todo esto es una revolución que ha transformado y transformará muchas cosas. La conexión instantánea tiene, sin duda, enormes beneficios. Ya no hay fronteras ni distancias. Pero la tecnología compite con gran ventaja sobre los padres y las familias, y constituye una poderosa fuente de información, desinformación y opinión de hijos y nietos. La red desplaza al profesor, torpedea la clase, distrae al alumno y crea una suerte de mundo paralelo donde naufragan constantemente los referentes de sociedades que no encuentran la forma, ni la calma, necesarias para entender lo que está ocurriendo. La red impone ese curioso anonimato de personas que están juntas sin hablarse, de seres distantes, distraídos y absortos en sí mismos, que proliferan en reuniones, autobuses, calles y plazas. Hay cada vez más individuos ansiosos, y a veces desesperados por conectarse, responder, transmitir mensajes y enterarse de la última noticia.
Así, pues, es preciso “pensar las redes”, y admitir que la economía, la política, la familia, la escuela, la universidad, inducidas por ellas, empiezan a correr sin orden ni concierto, y a formar parte de las angustias que son la sustancia de la cultura del telegrama. El problema es que las instituciones no están preparadas para correr esa maratón, y que la prisa, a veces, es mala consejera.
10.- Infocracia. Frente a la crisis, es decir, ante el colapso de las instituciones, el descrédito de los valores, la decadencia de la legalidad, el hundimiento de la política, la ausencia de élites y la desaparición de las mínimas condiciones de seguridad, y sin olvidar los problemas de la economía y las migraciones, solamente hay dos posibilidades: (i) quejarse, propiciar la angustia, buscar culpables, transferir la responsabilidad, o (ii) pensarla, buscar las causas y las razones y, con la necesaria serenidad, explorar los caminos para entender al menos algunas de sus facetas.
Un riesgo evidente es verbalizar la crisis, quedarse en los textos, agotarse en los chats y entonar el himno de la derrota. A este riesgo contribuye la desinformación, la saturación de medias verdades y mentiras, la especulación sobre causas y responsables, y por cierto, la construcción de miedos y fantasmas. Y contribuye también la extraordinaria dependencia de la digitalización y de la saturación informativa.
Byung-Chul Han, el pensador alemán/coreano, y uno de los intelectuales más leídos del mundo, dice con acierto: “La digitalización del mundo en que vivimos avanza inexorable. Somete nuestra percepción, nuestra relación con el mundo y nuestra convivencia a un cambio radical. Nos sentimos aturdidos por el frenesí comunicativo e informativo. El tsunami de información desata fuerzas destructivas. Entre tanto, se ha apoderado también de la esfera política y está provocando distorsiones y trastornos masivos en el proceso democrático. La democracia está degenerando en infocracia”.
La superación de la crisis requiere serenidad, pero la hipercomunicación contribuye a la agitación, a la especulación y a reacciones políticas irracionales. La superación de la crisis requiere de la maduración de un proyecto, de fundamentos, de razones que con frecuencia nacen del debate. En la infocracia no hay debate, es una guerra de información y de desinformación.
“En las campañas electorales entendidas como guerras de información, no son ya los mejores argumentos los que prevalecen, sino los algoritmos más inteligentes. En esta infocracia, en esta guerra de la información, no hay lugar para el discurso”. “La democracia se hunde en una jungla impenetrable de desinformación” (Byung-Chul Han; en Infocracia. La digitalización y la crisis de la democracia).
La ciudadanía, concepto que fundó la Ilustración, y que está en la base del sistema democrático, ha sido reemplazada por una masa de seguidores apasionados por el espectáculo. La opinión pública, que fue sustento del sistema, no existe. Hay un caos de las opiniones de cada cual, comentarios breves y párrafos sumarios, tiktoks o videos que apenas expresan la primaria respuesta a la noticia.
Así, pues, al pensar la crisis, habrá, además, que elegir entre la democracia y la infocracia, entre el examen de los conceptos y los problemas, o la adhesión a lo que diga el chat, a lo que sugiera el algoritmo, a lo que afirmen las redes sociales, o lo que cada cual concluya a su modo y según su prisa.
Don Fabián Corral Burbano de Lara leyó este texto en la
Academia Diplomática de Quito el 17 de junio de 2026.



