
Según el saber tradicional, en la Grecia arcaica, hace más de dos mil quinientos años, un poeta, apodado Homero (“el ciego” o “el rehén”) habría compuesto un portentoso poema llamado La Odisea. Esta obra literaria narra el largo viaje de Odiseo (Ulises en su versión latina) desde la Troya vencida y destruida hacia su propio reino, Ítaca, donde le esperan su esposa Penélope y Telémaco, su hijo. Por disposición de los dioses, el viaje, que debía durar pocas semanas, se extiende por diez años. Esta historia, basada en antiguos mitos y leyendas, figura como una de las obras fundamentales de nuestra cultura occidental. Por esta razón, a lo largo de los siglos, innumerables autores, de todo tipo, se han sumergido en el relato para analizarlo, interpretarlo y reelaborarlo. Los tres procesos (análisis, interpretación, reelaboración) no pueden escapar al horizonte cultural en el que se dan.
Cada autor, ya sea poeta, novelista, cineasta, dramaturgo, pero también psicólogo, antropólogo, sociólogo…, se adentra en la Odisea desde su visión del mundo, a la cual no puede escapar, aunque lo intentara. Varios directores de películas han tomado elementos de la Odisea aunque el asunto se desarrolle en el lejano Oeste, en las calles de Nueva York o en el campo de Misisipi (en la película O Brother, Where Art Thou? —año 2000— de los hermanos Joel y Ethan Coen, con George Clooney, Homero figura en los créditos). Esta adecuación debió también suceder con la última película, la de Christopher Nolan, que está dando tanto que hablar. No la voy a juzgar, pues no la he visto. Solo constato que, en general, los expertos en literatura griega se muestran disconformes con la obra, con contadas excepciones; consideran que la Odisea de Nolan no es la de Homero por innumerables razones, tal vez la más profunda y crucial, porque el héroe de la película tiene personalidad y mentalidad muy diferentes al homérico.
Si el inquieto lector quiere conocer la Odisea no se reduzca a ver la película (además, existen otras versiones anteriores, así como series de televisión) sino lea el poema. Pero allí se encontrará con un obstáculo tamaño: siendo como era Odiseo un ser humano como nosotros, con la misma naturaleza, sin embargo, su código de valores era diferente, el marco cultural en el que Homero lo colocó tenía sus peculiaridades muy distintas a las de hoy.
He aquí un ejemplo, menos trivial de lo que podría parecer. El poema comienza con estas palabras: “Háblame, Musa…” Para nosotros se trata de un recurso poético, una alegórica llamada a la inspiración para entrar en materia, un modo literario, en suma. Para el griego no; para él, el poeta dependía totalmente de la Musa, “¡Oh diosa, hija de Zeus!” la llama unos versos más adelante; ella era la que contaba, narraba, cantaba… El poeta estaba poseído por ella. De esta creencia también surgía la veneración casi religiosa que el hombre común griego experimentaba por los poetas, pues de alguna manera estaban en contacto con una divinidad. La Ilíada comienza de manera similar: “Canta, Musa…” Sin esta idea de la permanente vinculación de los seres humanos con los dioses no es posible captar la esencia de la Odisea y demás obras de esos lejanos tiempos. No por nada, dos siglos después, Tales de Mileto afirmaba que “el mundo está lleno de dioses”.
Este artículo se publicó en el diario La Hora.



