«Libertad, igualdad, violencia», por don Fabián Corral Burbano de Lara

Mucho tiempo ha pasado desde los días en que los revolucionarios franceses provocaron el derrumbe del Antiguo Régimen, decapitaron a los reyes, liquidaron a la aristocracia e inauguraron la democracia como sistema. Tiempo ha pasado desde que la república inició…

Mucho tiempo ha pasado desde los días en que los revolucionarios franceses provocaron el derrumbe del Antiguo Régimen, decapitaron a los reyes, liquidaron a la aristocracia e inauguraron la democracia como sistema. Tiempo ha pasado desde que la república inició la tortuosa ruta que aún no concluye, épocas de declaraciones de derechos, constituciones, guerras y grandes migraciones humanas que han cambiado el mapa del mundo.

Libertad, igualdad y fraternidad fueron las metas de la Revolución francesa y sus enseñas. Los derechos humanos eran la infraestructura, la ciudadanía, la nueva forma de ser, y la política se pensó como tarea del poder al servicio de la gente. La democracia era el método. El pueblo era el actor, la nación era la cuna y la frontera. La paz sería posible cuando se domine a los generales y a los caudillos. El pueblo debía ser el protagonista, los mandatarios serían sus subalternos. A semejantes propósitos alguien llamó “los sueños de la razón”, y fueron, además, las causas de la independencia, las fuentes del laicismo, de la vigencia de la Constitución y de la ley, como frenos del poder, como expresión de racionalidad y justicia. Los hombres no solo tenían derechos, tenían deberes, y, como escribió uno de sus mentores, “la fuerza sin la ley no es sino violencia.”

Transcurrido el tiempo, transformada la sociedad en un conglomerado informe de masas, y los ciudadanos en consumidores, pervertidos los poderes, confundida la república, hoy tenemos un enorme desmentido de la libertad como virtud humana, de la igualdad como sensatez, y de la fraternidad como utopía. Francia es ahora el escenario de esos desmentidos. La razón ha sido suplantada por el fanatismo, los derechos trastornados por el abuso y la violencia como el primer argumento y como la justificación de todos los desmanes. Prevalece ahora el obscuro poder de la furia.

Y no es solamente Francia, es Europa, es la civilización occidental asediada, la democracia enferma, los Estados agobiados por la incapacidad y la corrupción. El derecho internacional convertido en enorme aparato burocrático. Son los liderazgos transformados en populismo, la serenidad derogada por la locura colectiva, la memoria olvidada, la historia negada. Es nuestro tiempo que desmiente el sueño del progreso indefinido, las guerras y el terrorismo que matan a la gente y a la paz. Son los poderes ciegos ante la realidad, los dioses que niegan derechos a las personas. Es la desinformación, la mentira, el terrorismo y la soberbia de creer que hemos llegado al fin de la historia y que la tecnología podrá adivinar el futuro y asegurar la salvación.

Las grandes migraciones han modificado la cultura, han colonizado a las viejas naciones y han contribuido a su decadencia, y esa decadencia contagia también a los países periféricos, mediatizados por la violencia y por la caducidad de las viejas creencias.

Tiempos difíciles y retos complejos más allá de las antiguas distinciones de izquierdas y derechas, y de las consignas ideales de libertad, igualdad y fraternidad.

Este artículo se publicó en el diario El Universo.