«Del español, el quichua y el cañari», por doña Susana Cordero de Espinosa

En septiembre de 1923, Octavio Cordero Palacios, sabio múltiple, que los había entonces, escribió a manera de prólogo en su libro titulado «El quechua y el cañari (contribución para la historia precuencana de las provincias azuayas)»…

En su cuarto de trabajo, en la profusión desordenada de libros, revistas, papeles, mapamundis, tablas logarítmicas, etc., tenía su vasta biblioteca. Allí estaba en su mundo; entre aquellas cuatro paredes —de empobrecido lucimiento— fueron floreciendo sus admirables páginas impregnadas de emotivo y plácido lirismo, de rica y documentada historia, de fervorosa dación a la ciencia. Su vocación fue la enseñanza y fue Maestro en toda la grandiosidad del sentido del vocablo. Fue ejemplo luminoso de método didáctico, de lógica rigurosa y de especulación cerebral llena de distintas facetas. Profesor de las cátedras de Filosofía, de Literatura, de Griego, de Matemáticas, de Moral y Cívica, de Historia, etc. Lejos de la cátedra, Octavio Cordero Palacios continuó enseñando, porque escribió para las nuevas generaciones convertido en custodio del riquísimo venero legendario de su pueblo, escribió el querido y valioso cuencano don Agustín Cueva Tamariz.

En septiembre de 1923, Octavio Cordero Palacios, sabio múltiple, que los había entonces, escribió a manera de prólogo en su libro titulado El quechua y el cañari (contribución para la historia precuencana de las provincias azuayas), las palabras que me permito repetir inmediatamente, al cabo de los ciento tres años de su muerte, que ocurrió, como él mismo lo había previsto, el 17 de diciembre de 1930, día en que se conmemoraban cien años de la muerte de Simón Bolívar, cuyas hazañas tanto admiró. Cordero Palacios había cumplido entonces los sesenta años: El conocimiento de las lenguas de un país constituye capítulo importantísimo de la historia de este país; y si estas lenguas han muerto o están para morir sin dejar literatura, cuanto por ellas se haga, hácese a lo menos por una arqueología sui generis, esto es, por lo del pensamiento de los pueblos que aquel país habitaron.

Asistimos en su voz al inicio de reflexiones distintas y valiosas, ya no solamente sobre el quechua y el cañari, lenguas de las que tanto y con tanto amor se ocupó Cordero Palacios, sino sobre tantas otras lenguas originarias que, sin duda han influido y entregado no solamente su léxico, mucha de su sintaxis, sus hermosos, claros y sencillos usos, sino su idiosincrasia, su presencia digna, inteligente y fraterna que tanto contribuye a expresar nuestro ser. Hoy, en la Academia Ecuatoriana de la Lengua accedemos a su recuperación, gracias al entusiasmo de nuestra académica correspondiente, doña Marleen Haboud, que tanto ha trabajado en favor de la permanencia de unas lenguas que no solo no han muerto, sino que enriquecen aún el ser del español ecuatoriano.

Volvamos a Cordero Palacios y al libro El quechua y el cañari, al cual hice referencia: ¿Cómo contentarnos, dice él, con allegar, clasificar y ordenar los restos del trabajo manual del hombre antiguo, sin hacer cosa semejante, al propio tiempo, con los de su trabajo intelectual? Mucho valen, mucho significan, mucho ayudan cántaros, urnas, joyas, piedras, cimientos y paredones de una civilización ya muerta; pero valen también y acaso más, y significan y ayudan en igual grado, sílabas, voces, desinencias, interjecciones y frases coetáneas de aquella misma civilización. Los monumentos del pensamiento no pueden estar por debajo de los monumentos de la mano.

En su hermoso proemio, Cordero Palacios defiende la existencia de la lengua cañari, que perdura a pesar de la influencia del quechua (él todavía llamaba quechua a nuestro quichua, a pesar de que Luis Cordero Crespo, expresidente del país y su tío carnal, había escrito el hasta hoy utilísimo Diccionario quichua-español, español-quichua, publicado por primera vez en 1895)… Añado aquí que la palabra quichua fue aceptada por la Real Academia e incluida en nuestro Diccionario de la lengua española, no hace más de treinta años, por solicitud fundamentada del exdirector de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, don Carlos Joaquín Córdova, para su inclusión en el diccionario oficial del español que la define como Variedad del quechua hablada en el Ecuador.

Cordero, al referirse al cañari, reivindicaba su uso, su belleza, su conocida y permanente toponimia: muchos términos que nombran montes, ríos, zonas comprendidas entre Azuay y Cañar llevan nombres cañaris, y aspiraba a que los cuencanos, que tenemos tantos y tan valiosos motivos para interesarnos por estas lenguas, las sintiéramos como parte de nuestra propia vida.

¿Qué decir de otras lenguas que nuestros pueblos originarios usan orgullosamente hasta hoy? ¿Cómo conocerlas mejor? ¿Cómo protegerlas, prolongar su uso, reconocerlas en nuestras relaciones?

No olvidemos que la lengua se ejerce desde la libertad. La comunicación se realiza gracias a nuestro dominio del idioma propio y ¡ojalá! al de alguna otra lengua que la vida actual exige que dominemos. Hablar, escribir son instrumentos de nuestra humanización, y cuantas más lenguas hablemos y cuanto más leamos y escribamos para expresarnos más a fondo, más rico será nuestro interior y más nociones nos enriquecerán desde ambientes disímiles y siempre trascendentes.

Vamos al quichuismo runa, sobre el cual Cordero escribe: Hombre, persona, gente. E ilustra así: Tuvieron los incas Amautas que (los que ‘sabían’) que el hombre era compuesto de cuerpo y ánima, y que el ánima era espíritu inmortal, y que el cuerpo era hecho de tierra, porque le veían convertirse en ella, y así le llamaban Allpacamasca, que quiere decir Tierra Animada, y para diferenciarle de los brutos, le llaman runa, que es hombre de entendimiento y razón, y a los brutos en común le dicen llama, que quiere decir ‘bestia’… En cuanto al cañari, léxico menos numeroso que el del quechua, encontramos, por ejemplo, achogcha, como ‘plata cucurbitácea’. Agchashua: Libélula. (Agchashua significa roba-pelo, ladrón de pelo; recuerdo que en Cuenca no los llamábamos libélula, sino así, robapelo. Luego llegó Rubén Darío a nuestras vidas, y no olvidamos aún el bellísimo poema ‘Sonatina’ cuyos últimos versos dicen:

La princesa no ríe, / la princesa no siente; / la princesa persigue / por el cielo de Oriente / la libélula vaga / de una vaga ilusión.

La obra de Cordero que citamos ganó en 1923 el reconocimiento del jurado como una tarea de lingüística y filología esencial para aquel tiempo:

Los hablantes de cualquier idioma eligen de entre la gran riqueza léxica disponible, aquellas expresiones que les permiten expresarse mejor, aunque dicha elección ha de realizarse siempre en total respeto con la estructura fundamental de la lengua. Sin tal respeto, nuestro decir se vuelve incomunicable: un ruidoso silencio

¿Cómo comunicarnos si no conocemos, aunque solo fuera limitadamente, la sintaxis, la ortografía, la fonética de la lengua en que nos expresamos? ¿Significa esto que no somos libres de comunicar mediante el idioma que hablamos? No: significa algo muy obvio, pero a menudo olvidado: que la libertad de decir se ejerce siempre como un ejercicio de responsabilidad. El uso del hablante y del escritor permite que ciertos términos aparezcan o desaparezcan de la lengua, les concede la permanencia o los borra del habla; el uso popular consagra la expresión.

¿Conocemos un país del cual podamos afirmar que en él se habla el mejor español? ¿Cuán cerca o lejos estamos de un habla correcta y bella los hablantes de Quito, de Guayaquil, los de Loja, de Cuenca; los de las provincias de nuestro litoral, cuya grata y vibrante pronunciación ha vuelto a su habla digna de envidia? Imposible decidir, pero recordemos que en España y en otros países se piensa que el español de los países andinos es el más dulce y bello de América. Luchemos por imprimir sabiduría y conocimiento a nuestra expresión.

Hago, finalmente, alusión a la circunstancia que provocó que un hecho aparentemente banal como mi evocación de una fecha pasada y de otra por venir, haya provocado estas referencias tan insuficientes a la persona sabia que fue Octavio Cordero Palacios y a su libro aparecido en Cuenca hace más de cien años. Confieso aquí que en 2004, cuando se publicó la primera edición de mi Diccionario del uso correcto del español, un periodista de Diario Expreso me preguntó: —¿De dónde viene su pasión por la lengua, cómo la descubrió? Y mi respuesta fue: —Bueno, de lejos… De Cuenca, ciudad con gran afán cultural; de mi tío bisabuelo Luis Cordero Crespo, y de más cerca, de Octavio Cordero Palacios, mi abuelo, escritor que en 1923 ganó un premio por su obra en la que estudió el quechua y el cañari.

El buen hablar y el mejor escribir corresponden en Cuenca a una antigua tradición, a una forma de amor por el bien decir de la que se enorgullecen aún muchas familias, muchos individuos, en un ambiente de gran poesía, de cultura y palabra.

Este artículo se publicó en el Portal de Plan V.