
Primera parte
Hombretón, impulsivo, hosco, un vendaval de buscavidas y aprovechador envolvía su figura. Pelo largo, bigote hirsuto, contextura de boxeador, desaliñado, aventurero contumaz, de aquellos que a fines del siglo XIX y comienzos del XX romantizaron esas vidas siempre al filo del abismo.
Un periodista francés de El Eco, 1891, le preguntó: “¿Se va usted a Tahití?” “¿A pintar?” “Me voy a vivir tranquilo —respondió el artista—, para librarme de la civilización. Quiero un arte sencillo: para eso necesito fortalecerme en la naturaleza virgen, tratar con gentes salvajes, vivir su vida”. Enfatizando que su voluntad era pintar como los niños.
Un artista en huida del mundo
Paul Gauguin (París, 1848-Islas Marquesas, 1903) fue hijo de un periodista francés y de una mujer de ancestros franceses y peruanos. Por motivos políticos, su padre decidió llevar a la familia al Perú, pero murió en el viaje, y su esposa e hijos llegaron marcados por la orfandad.
A los 17 años Gauguin ingresó a la Marina Mercante y dio vuelta al mundo durante seis años. Fue corredor de bolsa gracias al tutor de la familia. Él y un amigo suyo, corredor de bolsa también, influyeron en su pasión por el arte. Comenzó a frecuentar el estudio de un aficionado y se entusiasmó por los pintores impresionistas.
1876 señaló el inicio de Gauguin como artista pintor con su Paisaje en Viroflay. El cuadro se inscribe en el impresionismo, pero con la cromática suavizada por el pulso —mitigado e ingenuo— de su sensibilidad. Pinceladas sueltas y ligeras, Viroflay es un paisaje que exhala silencio y sosiego, pausa en el siempre convulso mundo del vivir cotidiano. Figuras evanescentes trajinan por el espacio del cuadro.
La crítica elogió la obra y él asumió su oficio, excluyendo su estabilidad económica y familiar. Viajó a la Bretaña francesa, una península celta saturada de maravillas medievales, paisajes contenidos por el tiempo, taludes que remiten a esculturas primigenias y comunidades del Medievo absorbidas por el presente.
El arte pictórico de Gauguin muta de su naturalismo ingenuo al vértice del simbolismo y lo misterioso. Zonas de color, territorios sagrados que manan de su ánima merodean su nuevo arte. El negro lo solemniza y sirve para fijar límites de los colores en su sintetismo, la vertiente plástica inaugurada por él.
¿Dejó de caminar este vagamundos empedernido? No. Viajó a Panamá y, fatigado por sus faenas en el novedoso canal, se trasladó a Martinica, donde se rehundió en el primitivismo que fue la fuente matricial de su arte.
De regreso a Francia fundó amistad con Van Gogh. Sin embargo, esa relación terminaría convirtiéndose en uno de los episodios más dolorosos de su vida. Arlés, donde vivió y murió el genio, fue escenario de las desavenencias entre ambos pintores.
Ostensiblemente distintos. Van Gogh, bipolar y adicto al ajenjo (licor en boga de ese tiempo), pintaba al aire libre, retando al sol y a la naturaleza. Gauguin pintaba de memoria. Recreaba lo que su imaginación disponía. A los dos les exasperaba lo que hacía el otro y ambos, irascibles, bastaba un gesto para que estallasen en furia. En una discusión, Van Gogh se cortó una de sus orejas. Al día siguiente de la disputa, Gauguin abandonó Arlés para siempre.
En Tahití vivió como originario de esa isla. La guardia de coral de sus arrecifes y lagunas encantadas. Sus entrañas de insólitos colores. Playas de arenas negras. Cascadas y murallones pétreos —volcanes difuntos—. Una lluvia menuda la abriga durante meses. Agua bendecida por sus dioses tutelares. Fue el nuevo panorama donde Gauguin vivió seis años, para luego viajar a las Islas Marquesas donde murió.
¿De dónde venimos? ¿Qué somos? ¿Adónde vamos?, 1897, es una de las últimas obras de Gauguin. Un mural que pintó en la fase final de su creación. Después el artista sufrió convulsiones y su cuerpo escamado provocaba repulsa entre los pobladores de la isla. Inicio de su fin.
Niñez, juventud y vejez. Imágenes resueltas con lineado simple van y vienen en multivarias posiciones, rodeadas por la hermosura de la isla. El verde en sus inagotables gamas y contrastes: esmeralda, oliva, agrisado… En las esquinas superiores un amarillo sustraído de un sol tardío pugna por seguir esplendiendo. En el fondo de la obra se yergue una figura mitológica que revela la vida en otra dimensión.
Primitivismo, candidez. Conciliación del ser y la naturaleza, huellas de folclorismo y arte popular. El mundo sobrenatural por donde vagó Gauguin se abre como un arcoíris. Indicios místicos se revelan en algunas de sus obras (600 registradas de su autoría). ¿Qué religión profesó Gauguin? Fue iconoclasta y anticlerical, pero asumió como una religión su búsqueda de un ser superior, hacedor de ese paraíso imposible que creyó alcanzar con su arte. Égloga doliente de un artista que vivió y murió huyendo de sí mismo.
Segunda parte
“negros y negras circulan todo el día con sus canciones criollas y un parloteo eterno. No creas que resulta monótono, al contrario, es muy variado (…) La más rica de las naturalezas y el clima cálido, pero con períodos intermitentes de frescor” (Carta de Paul Gauguin a un amigo, Martinica, 1887). Mensaje que abrevia su devoción por las islas encantadas, su naturaleza y su gente.
Fiesta de colores desprendidos del exotismo natural que Gauguin vivió en Tahití y otras islas paradisíacas, pero también de su desbordada imaginación. Nada le arredraba, salvo fracasar en su arte. Pero esa zozobra no fue la del creador que no puede lograr fama y fortuna —celadas impuestas a la gran mayoría de artistas—, sino con él mismo, con su turbulento ser creador que aspiraba a erigir su propio universo pictórico.
Subversión de colores. Intensidad. Ardimiento. Formas simbólicas. Simplismo. Parecería que bandadas de niños pintaban las manchas y trazaban las figuras. Rusticidad embellecida por la inocencia. Profeta del posimpresionismo, su obra influyó en los artistas de su entorno y en los que le sucedieron.
“La naturaleza tiene música para quien quiere escucharla”
El Cristo amarillo, 1889. Zonas de colores planos y gama de amarillos recogidos durante sus andanzas por los campos de las islas oscilan con vida propia. Las franjas de color reverberan, franqueadas por el inefable negro y líneas azules que escinden las parcelas cromáticas.
Es un Cristo que devela las oquedades del ser del artista, su primitivismo, el perdón que se otorga a sí mismo por las culpas que cree merecer. Sintetismo —como él denominó a su arte— en el cual vertió su vehemente y volcánica existencia.
Una mujer de espaldas luce un adorno en el pelo; al frente, otras dos completan las tres Marías. Frescor. Candidez. Un labriego corre a ver qué ocurre en el acto de la crucifixión. No es un Cristo sangrante, es un Cristo amarillo –divinidad y espiritualidad–, contraste logrado gracias a la magia de los colores en el contexto que lo abrasa, tierra hollada por pies campesinos.
El sol ilumina e infunde fervor. Solemnidad. Esperanza. “Ni siga en las procesiones / los pasos del Nazareno, / no lo busque de madera, de bronce, de piedra o de yeso, / ¡mejor busque entre los pobres su imagen de carne y hueso” (Mistral).
En el mismo 1889 Gauguin pinta su Autorretrato con Cristo amarillo. Una obra dentro de otra. En primer plano aparece el artista, luciendo su bronco y desafiante rostro. Asilado detrás del autorretrato, en primer plano también, destaca la imagen del Cristo amarillo invertida. Juego de espejos. El rostro del Cristo es igual al del artista. Autoinmolación. Desgarro. Martirologio de un hombre que renunció a todo por el arte —ofrenda y redención—.
Orana Maria, 1891, (Ave María). Figuras que migran del cuadro para apoderarse de los espectadores. Hechizo y liturgia. Sincretismo. Simbiosis de dos culturas, más aún, de dos civilizaciones. La del primitivismo y el occidentalismo. Figuras escuetas, explosión y reconciliación de cielo, tierra, árboles, frutos y plantas… Exaltación y exultación de la vida. Jesús y María como motivos estelares que simbolizan la persecución de la vida en su estado primario (anunciación), exenta de las excrecencias de la civilización.
Autocracia del color. Amarillos, azules, rojos, verdes y sus derivas, enluciendo todo. Redención del execrado paganismo. Metáfora de la luz que debería alumbrarnos, la de la criatura que duerme sobre las espaldas de su madre: la bienaventuranza del amor. Un ángel ronda por el cuadro, ¿oculto, retozando, verdadero? ¿El ánima del pintor?
El espíritu de los muertos en vela (Manao Tupapau), 1892. Una adolescente desnuda, de espaldas sobre una cama. Es Thea’amana, compañera y modelo de Gauguin. A los pies, erguida, una figura fantasmal, ¿custodiándola, amenazándola? El rostro de la muchacha es sombrío y muestra ansiedad. La obra revela el mundo oscuro del artista.
En sus cuadros trabajados en Martinica —los de Tahití llevan a la cima sus atributos de artista— representa el peculiar nudo de los pañuelos que se colocaban en la cabeza las mujeres: un nudo significaba que era soltera; dos, que su corazón estaba ocupado, y tres, que estaba ocupado pero que había sitio para otro más. Fue en Martinica que Gauguin empezó a dar rienda suelta a su libertinaje.
Gozo y culpa. En Tahití liberó definitivamente su espíritu libertino y violento. Alcoholizado, enfermo de sífilis y en pobreza extrema, junto a su cadáver se halló una botella de láudano consumida (opio resuelto en alcohol).
“El demonio se agita a mi lado; / y me llena de un deseo eterno y culpable. / Sabe de mi amor al arte, / toma forma de mujer, / y acostumbra mi gusto a nefandos placeres” (Baudelaire).
Este artículo se publicó en el diario El Comercio en dos partes. Primera parte | Segunda parte.



