«Iván Carvajal 1948-2026: ‘La poesía es lo más propio de mi ser’», por doña Grace Jaramillo

El pasado 29 de septiembre se llevó a cabo un homenaje póstumo a Iván Carvajal, donde además se presentó su libro «Poesía reunida 1970-2022». En el acto, doña Grace Jaramillo leyó el texto que compartimos con ustedes a continuación:

Yo no debería estar aquí. Pero cuando el poeta Iván Carvajal me saludó diciendo:

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París —y no me corro—

(Primeras líneas del poema “Piedra blanca sobre piedra negra,” Poemas Humanos, 1939)

Yo respondí:

Quiero, para terminar,
cuando estoy al borde célebre de la violencia
o lleno de pecho el corazón, querría
ayudar a reír al que sonríe,
ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca,
cuidar a los enfermos enfadándolos,
comprarle al vendedor,
ayudarle a matar al matador —cosa terrible—
y quisiera [yo ser buena contigo]en todo
.

(última estrofa del texto “Me vienen ganas hay días…”, Poemas Humanos, 1939)

César Vallejo, el centro de conexión poética que siempre tuvimos en nuestra maleta de mano, otra vez nos asistía. Mucho se ha discutido si Vallejo presentía el lugar y la forma de su muerte cuando escribió este poema, pero nunca se ha llegado a nada conclusivo. Por el contrario, Iván Carvajal sí tenía la certeza de su muerte. París era su ilusión para estar acompañado de Amaranta —su hija— más que de Vallejo cuando llegara el momento de la partida.

La llamada telefónica sucedió, tras recibir una carta que me pareció una mezcla de despedida y sumario de instrucciones. Eran las 3:30 de la madrugada y —en su larga disquisición seguramente provocada por el dolor— reflexionaba sobre sí mismo, sobre la amistad, la grandiosidad de Bach y el eterno debate entre arte e intelectualidad. Empezó contándome que desde hace algún tiempo usaba el término “fármaco” y no “medicina”. Y cito textualmente a continuación una epístola que pareció escrita como parte del discurso que pensaba presentar en esta oportunidad y no alcanzó a hacerlo.

Seguía su carta: “Los griegos tenían una comprensión cabal de la inexorable articulación del aspecto medicinal, curativo, del pharmakon, y de su aspecto destructivo, venenoso. Como se sabe, la genialidad de Platón le llevó a pensar el lenguaje verbal y sobre todo la escritura como pharmakon, desde luego en relación con su teoría de las Ideas, a menudo tan mal comprendida”. Me decía él, “que conste que no soy muy platónico (incluso en mis caídas, sobre todo de adolescente y de joven, pero luego también, en el amor platónico por Glenda Jackson, por ejemplo). Siguió él contándome que Bernard Stigler retomó esta ambigüedad del término para caracterizar las tecnologías, con especial énfasis en las vinculadas a los algoritmos. En mi caso, uno de los efectos de la quimioterapia es que esta me ocasiona insomnios durante un par de días, como ahora mismo, un efecto “venenoso”; aunque no nauseas o dolores. Y el veneno, contradictoriamente, en el insomnio me lleva a meditaciones.” Recuerdo que uno de mis profesores, el jesuita Terán Dutari, me obsequio un ensayo suyo sobre el budismo zen con cierta aproximación a lo poético, y solía leer y escuchar a otro jesuita, de una línea intelectual y política divergente, Marco Vinicio Rueda, que practicaba la meditación en ese sentido “oriental” y se aproximaba al budismo zen. Un poeta argentino ochentón, Hugo Mujica, que acaba de ganar el premio Löwe de poesía en España, por cierto, con mucho merecimiento, va por esa línea. Huyó de Bs. As. muy joven, fue hippie y pintor en su juventud ya en Estados Unidos, y terminó —como Ernesto Cardenal— en manos del poeta y monje católico, apegado también al budismo zen, Thomas Merton…

De regreso a sus pedidos, me decía: “ten siempre presente que me considero ante todo un poeta, un buscador de poemas, alguien que ha anhelado alcanzar alguna vez en su vida un poema. Que lo haya logrado o no, es otra historia. Me horroriza que me llamen ‘académico;’ y no he aceptado las generosas invitaciones de algunos amigos para que me integre en la Academia Ecuatoriana de la Lengua. Cuando me mencionan como filósofo, procuro aclarar que, aunque me he pasado unas seis décadas leyendo filosofía, intentando penetrar en los discursos de algunos filósofos, no soy filósofo. Sí me reconozco como ‘intelectual;’ tal vez algunos de mi generación seamos, o, dicho con mayor precisión, hayamos sido los últimos intelectuales, en ese sentido heredado de la Ilustración, en este país. Desde luego, yo mismo considero que hay vínculos indudables entre las ideas poéticas desplegadas en mis poemas —si es que son poemas, como solía decir el poeta venezolano Eugenio Montejo, premiado con el Reina Sofía— y mis trabajos intelectuales. Más aún, considero que hay un fluir subterráneo, a menudo contradictorio, entre algunas opiniones en torno a la historia o la historicidad, a la temporalidad histórica, o a la “identidad” y por tanto a la diferencia y al mestizaje, a lo largo de mi escritura poética y en mis ensayos. Creo que ello es evidente en mis ensayos sobre poetas o sobre el poema. Cada vez me gusta menos ese término poesía, prefiero poemas, es una posición ‘teórica.’ Firmó Quito, 23 de abril de 2026, día del Libro, en memoria de Cervantes, Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega, muertos en la misma fecha, en 1616, aunque con unos días de diferencia por los calendarios que entonces se usaban en Inglaterra y España. Ya ves tú cómo la muerte unió a semejantes genios.”

¿Necesitamos acaso argumentos adicionales sobre su erudita capacidad de discutir no solo literatura, arte, filosofía o política desde una profundidad pocas veces vista? El era una luz en medio de en los pequeños circunloquios de la intelectualidad global, que tiende tanto a la especialización extrema? Lo que siguió fue una larga conversación telefónica que incluyó disquisiciones francas sobre la muerte y la trascendencia. Volvimos sobre aquella duda existencial que persistía sobre el como poeta y que parecía duda metódica: “Que lo haya logrado o no, es otra historia.” ¿Qué quería decir con eso? Le pregunté en un tono entre irritado y desafiante. ¿No era acaso uno de los más grandes poetas que ha dado este país con nombre de línea imaginaria,asunto sobre el cual también había escrito copiosamente? ¿No se habían hecho libros enteros comendando su obra poética como Fulgor del Instante? No había acaso la Academia Ecuatoriana de la Lengua —que hoy nos convoca— promovido su nombre para el prestigioso premio Reina Sofía? ¡Ah, —le dije— tu eterno síndrome del impostor, que en el fondo entiendo sufro del mismo mal! Al final, sólo concedió: “quería morir cuando haya escrito el poema de mi vida.”

Le pregunté: ¿Cuáles son esos, los mejores poemas de tu vida, al menos los tres que te van a permitir morir tranquilo? Fue entonces que dijo sin ambages: La ofrenda del cerezo y los tres poemas últimos de su poemario, Siempre Todavía: Rembrandt en Jodenbreestraat, Amsterdam, Mar en la Caracola y A Deus un poema póstumo a su madre. Finalmente, reconoció que con el primero, el poema sobre Rembrandt-Espinoza puede morir en paz, que fue lo que más le ha gustado en su forma y en su fondo. Como señaló un poeta ecuatoriano, la poesía tardía de Iván “es un yo convocado en el silencio” (Fulgor del Instante, 2008, p. 69).

En los meses precedentes, antes de aquella epístola que oscilaba entre un adiós cariñoso y un manuel de instrucciones, traté de que cumplir algunos últimos deseos gracias a las virtudes de la videollamada, como visitar los monumentos a los filósofos en Ediburgo, el cuasi-altar a Walter Scott o los mármoles inscritos con los poemas de Tennyson. Una verdadera ciudad literaria e intelectual musitaba él, tal como lo había esperado. Su emoción fue evidente cuando le mostré el edificio de la facultad de Filosofía de Saint Andrews donde David Hume y Adam Smith habían concedido el doctorado honoris causa a Benjamin Franklin, ¡ese sí merecido!, en 1759. Era lo que menos podía hacer por la generosidad y la confianza de alguien a quien había conocido desde los 17 años y que cada vez que lo encontraba en la vida, siempre me enseñaba o corregía algo, desde cómo entender mejor textos académicos hasta cómo editar libros en español, donde la selección y concepción del texto son tan cruciales como el cuidado del lenguaje y detalles estilísticos como fuente, tipo de papel y diseño de portadas. Eso sí, sin dejar de amonestarme —siempre que podía— por mi uso de anglicismos, dada mi bifurcación profesional.

No sorprenderá entonces que uno de sus proyectos más apeticidos y del que hablabla constantemente era la traducción del controversial libro de Henri Michaux (1899-1984) sobre el Ecuador. Entender y traducir la oscura escritura de Michaux al español, a la luz de sus contemporáneos Alfredo Gangotena (1903-1944) y Jorge Carrera Andrade (1903-1978), no es tarea fácil. Precisamente por eso, estaba fascinado con ello. Y había temporadas que no quería ver a nadie con tal de encerrarse a terminar un par de párrafos hasta que queden perfectos, por lo menos para él.

Estimados miembros de la Academia de la Lengua y los amables asistentes: Señalo estos detalles personales no sólo para demostrar el elevado sentido literario y linguistico de Iván Carvajal, sino también de su generosidad extrema para formar futuros escritores, editores y pensadores jóvenes. El poeta Carvajal no sólo fue un buen padre para sus hijos Ismael y Amaranta, sino un padre intelectual y firme para todos quienes querían adentrarse con seriedad en el mundo de las letras ecuatorianas. Eso sin contar con su eterna fascinación por encontrar amigos y estudiantes con aquellos con quienes podía discutir tanto Kant como Kavafis, Shakespeare como Eluard. Y esto explica porqué estoy aquí, aunque no debería. Hay decenas de peotas y literatos —ecuatorianos y extrajeros— mucho mejores que yo para presentar esta introducción. Yo apenas he sido una mera consumidora de los mismos. Tal vez sólo estuve en el momento las circunstancias precisas para que la palabra y la voluntad del poeta se exprese en los avatares de los últimos días.

Insisto, no debería estar aquí porque aquí debió estar el gran poeta Carvajal recibiendo finalmente algo que siempre mereció pero nunca aspiró: ser miembro honorario de la Academia de la Lengua y tener un último acto poético, tal como el quería, donde se hablara de lírica y no necesariamente sólo de la suya. Hoy, apenas puedo hacer de ventrílocua de sus deseos e insistir otra vez sus palabras: “te confieso que me horrorizaría un acto de ‘homenaje’, sería como una ceremonia fúnebre, no lo aceptaría jamás.” Este ser humano que vivió, practicó y sufrió la poesía, en cada verso, en cada estrofa y en cada mirada lúgubre al Rucu Pichincha y a los amaneceres nublados de Quito, durante sus caminatas reales e imaginarias por Madrid, Barcelona, México, Santiago y Buenos Aires tenía el íntimo y sencillo deseo de que se lea su poesía y de pasar sus últimos días caminando aceleradamente por los jardines de Montparnasse .

Iván Carvajal fue ante todo poeta, buscador de poemas, alguien que ha anhelado alcanzar alguna vez en su vida un poema. Mi labor de ventrílocua termina leyendo aquellos tres poemas que mencioné, los que él consideró la cumbre de su obra artística.

Muchas gracias.