
Existen, grosso modo, dos clases de poetas: los poetas conceptuales y los poetas sensuales. El mundo de los primeros, como el de Quevedo, de Pope o de Borges, es el de los conceptos, de las sentencias, de la ética manifiesta. El de los segundos es el de las imágenes y de los sonidos, de las descripciones del mundo físico y del mundo imaginario, de la escultura del sonido, de una ética subterránea. Góngora, Lorca, Neruda, Carrera Andrade o Escudero pertenecen a este último género de poetas. Homero era un poeta visual; Lucrecio, un poeta conceptual.
Pero hay otra especie de poetas que se mueven con igual felicidad en el reino de las ideas que en el de las cosas sensibles: Virgilio, Dante, Valéry, Eliot, Paz. En este mundo mixto, privilegiado, se movió la poesía de Iván Carvajal.
Su poesía temprana era sobria, algo seca, descarnada y conceptual —como la del argentino Roberto Juarroz, con cuya Poesía vertical me empeñaba en comparar algunos aspectos de la de Iván, entre ellos la austeridad, las preocupaciones filosóficas e históricas—. Por cierto, a Iván no le agradaba Juarroz y tampoco mi comparación.
Esta poesía, seguida cronológicamente, ha evolucionado desde la oscuridad de Parajes y Del avatar hasta el estallido de Ópera, que es una deslumbrante mise-en-scéne poética, la representación —más que narración— de un curioso drama poético, cuyos escenarios son la página en blanco y el lenguaje. En Ópera (cuya relectura recomiendo desde aquí) cada verso de su apertura u obertura es el principio generador de cada uno de los veinte poemas subsiguientes. Cada verso de la obertura constituye el verso inicial de cada uno de los demás poemas. En Los amantes de Sumpa y en Inventando a Lennon ya hay una voluntad mayor de comunicación. A través del bello y misterioso ramaje verbal se alcanza a ver la luz de imágenes y conceptos. La filosofía y la historia —viejas preocupaciones del poeta— han devenido, cada vez con más frecuencia, presencias sensibles: visuales y auditivas. Me pregunto y también preguntaba a Iván, hasta qué punto es posible traducir a sonidos e imágenes las nociones filosóficas e históricas. No creo equivocarme al afirmar que este constituye uno de los desafíos y una de las aventuras medulares de su poesía. Sé que la tarea ha sido ardua: no basta con escamotear al lector la referencia histórica o mítica concreta y revelársela con deliberada oscuridad para transformarla en poesía. Pero Carvajal estaba preparado —había venido preparándose libro tras libro durante años— para hacer frente a los más grandes desafíos a los que su propia poética lo había arrastrado. Y digo poética porque Iván era uno de los raros poetas ecuatorianos guiados por una reflexión explícita sobre lo escrito. Léanse, por más señas, sus ensayos de A la zaga del animal imposible.
La ofrenda del cerezo combina dos tradiciones distintas de la poesía clásica castellana: la sentenciosa a lo Quevedo, a lo Borges, y la descriptiva a lo Carrera Andrade, a quien a todas luces rinde homenaje.
Escribe el poeta, sentenciosamente:
No durará tu hueso dos mil años,
Tus pensamientos nacen de la sombra.
O:
El niño que alimenta el fuego te sonríe.
Ya arderán las hojas que ahora pisas.
O esta estrofa que en su belleza serena, apolínea, replantea un problema del conocimiento:
Para ser, el árbol no necesita que
me detenga a contemplarlo.
No mora el cerezo real en mi palabra.
Mi palabra es tarda, sólo evoca
un cerezo que florecía en Washington
y aquel otro en el jardín de Arga
junto al Mediterráneo. Existen
una avenida que va al Potomac
y una ventana que da al jardín
para guardarlos, y en mi memoria
avenidas de diáfanos cristales
por donde llego al árbol que contemplo.
Es decir, como en Carrera Andrade y Neruda, las cosas residen en la tierra, afuera de la mente y no hace falta conocerlas para que existan. Pero la palabra poética les concede una indispensable existencia simbólica. El viejo problema de las palabras y las cosas.
Todo el libro está sustentado por el mismo aliento sereno, tan propio de los clásicos. Nunca se rebaja el poeta al gesto patético. Nunca se contrae su mirada. Había en Carvajal, como en todo gran poeta, esa sobriedad, esa cierta imperturbabilidad de los clásicos. La ternura, presente en varios poemas, como en su mirada compasiva sobre el actor Barahona, o en ese bello homenaje a la película de Wim Wenders, en que un ángel abandona su condición de ángel por amor a una trapecista, no es nunca una ternura gestual o patética sino sobria y serena.
Pero también escribe, sensual y descriptivamente:
Esta luz no acaricia:
serpiente de sílex
que se abalanza.
Esta luz vertical
hunde un diamante,
incendia el espino.
De “serpiente de sílex que se abalanza”, califica el poeta a la luz que no acaricia sino que hiere. Esta metáfora, como todas las del libro, me lleva a una conclusión: mientras en sus primeros libros la metáfora ocultaba, escamoteaba, en La ofrenda del cerezo la metáfora revela y descubre. De todas las metáforas del libro la más elocuente es, sin duda, la del cerezo mismo, árbol emblemático por obra y gracia de la poesía. Y esta parte final del libro, compuesta por diez poemas breves constituye, sin duda, la cima y corona del libro. Gran unidad temática y estilística, densidad intelectual, claridad y transparencia, belleza apolínea, son las características de esta parte final que recorre la trayectoria del cerezo y nos deja sin embargo con la sensación de sólo haber recibido un bocado de muestra, porque hubiéramos querido más de lo mismo.
Mis observaciones podrán sorprender a algunos: este gran poeta ecuatoriano utiliza ahora metáforas que revelan, no que ocultan. ¿Ha cambiado entonces esta poesía? Más que cambiar, ha encontrado un nuevo registro. Se afirma en la cuarta de forros que La ofrenda del cerezo es quizá el más confidencial y autobiográfico de los trabajos de este poeta irónico, reticente a la confesión. De acuerdo. Como Pasado en claro de Octavio Paz —estremecedor y extenso poema que es crónica, autobiografía, confesión—, La ofrenda del cerezo recorre paisajes de la infancia e invoca al padre, evoca a los hermanos en juego, recrea los íntimos patios. Pero la mirada es, más que panorámica, concentrada. «La ofrenda del cerezo», parte final del libro, nos regala y nos compensa, con su profunda concentración, unidad y aliento, de esa erranza que es la parte central del libro, compuesta por acuarelas un tanto azarosas de lugares: Quito, Celica, Montecristi, Pátzcuaro, el Guadalquivir. La sombra luminosa de Carrera Andrade se pasea por estas páginas y por todo el libro. La luz, la ventana, los objetos, los frutos y las flores —la del cerezo— constituyen referencias al mayor poeta ecuatoriano. Todo libro puede ser definido de diversas maneras, con múltiples perspectivas. La ofrenda del cerezo puede también abordarse como el homenaje de un poeta contemporáneo a otro de una generación pasada, o también como el lugar de encuentro entre un poeta esencialmente reservado y otro esencialmente luminoso y comunicativo. Romper una distancia generacional y lograr la difícil aproximación de dos miradas distintas del mundo es otro de los logros nada desdeñables de este libro clave de un poeta emblemático de la poesía ecuatoriana contemporánea.
Más tarde me ocuparé de Jacarandas, su poemario madrileño de 2018, del que soy honrosamente uno de los dedicatarios. El título nació precisamente en mi casa de México, contemplando las jacarandas que suelen florecer en la primavera y bañar de un morado litúrgico las calles de la ciudad.


