«Kurosawa, el cineasta que descubrió Japón al mundo», por don Marco Antonio Rodríguez

Descendiente de samuráis, humanista, existencialista, espiritual, occidentalista —siempre anduvo sobre las aguas del ultranacionalismo japonés—, Akira Kurosawa es el cineasta que más contribuyó a mostrar Japón al mundo…

I

Descendiente de samuráis, humanista, existencialista, espiritual, occidentalista —siempre anduvo sobre las aguas del ultranacionalismo japonés—, Akira Kurosawa (Tokio, 1910-1998) es el cineasta que más contribuyó a mostrar Japón al mundo. Hurgó en los laberintos interiores del ser humano: la búsqueda de una razón de vivir, el incesante sentido de superación, los valores morales y cívicos… y ese amasijo complejo que llevamos dentro y que es objeto de vacilaciones y quebrantos.

Algunos estudiosos atribuyen a su padre haber despertado en él la afición por el séptimo arte y su admiración por el de Hollywood; otros sostienen que fue su hermano mayor Heigo. Lo cierto es que el hermano ejerció decisiva influencia en el futuro cineasta.

La herencia de Kurosawa

El terremoto de 1920 en Tokio dejó cerca de 150 000 muertos. Heigo llevó a su hermano (contaba con 13 años) a recorrer las calles y el río poblados de cadáveres calcinados. Vencido por el terror Kurosawa rememoró el infierno budista. El siniestro espectáculo era peor, lo podía observar en toda su lacerante realidad. Mediante esta vivencia Heigo le enseñó que encarar el miedo es la única manera de vencerlo.

Su filmografía figura entre las más importantes de la historia del cine y, gracias a su estilo inconfundible, dio origen a una “escuela” de la cual se nutrieron grandes maestros del cine mundial.

Luego de largos decenios de aislamiento y de recibir severas críticas por la “occidentalización” de su arte, en el crepúsculo de su vida, un grupo de cineastas occidentales rindieron un memorable tributo a Kurosawa. —¡Era tanta la deuda que su trabajo tenía con el genio japonés!—. Se publicó un sinfín de ensayos, libros, reseñas y entrevistas.

Treinta películas conforman la herencia del cineasta. Apodado el Emperador, dejó una obra extraordinaria, integrada por filmes de la más alta y honda significación.

¿Los siete samuráis, 1954, es su obra maestra? Es, sobre todo, una lección de vida. Kurosawa retrata seres humanos, conscientes de su mortalidad. Sus samuráis viven para cumplir su código de conducta, que encarna valores universales: honestidad, lealtad, respeto, bondad, rectitud, honor… Amparo a los vulnerables. Sacrificio y austeridad. Defensa a ultranza de la justicia y la paz.

Apasionado por la pintura, lector insaciable, admiraba la filosofía de Hegel. Solía afirmar que era incapaz de entender la filosofía. Sin embargo, cuando debía responder con sutileza a quienes “filosofaban” sobre su “occidentalismo”, recurría al pensador alemán que sostenía que toda reflexión solo llega post festum, es decir, después de que los acontecimientos han ocurrido. Hegel lo expresaba con una metáfora: “La lechuza de Minerva emprende su vuelo tan solo al caer el crepúsculo”. La filosofía, por consiguiente, siempre llega tarde.

Kurosawa desarrolló una técnica propia durante los años 50 del siglo XX. Un lenguaje cinematográfico que introdujo, por ejemplo, el uso de lentes telefoto, convencido de que los actores mejoraban su interpretación cuando la cámara estaba lejos. Multiplicidad de cámaras para registrar una misma escena desde distintos ángulos. Elementos de la naturaleza —lluvia, sol, viento o nieve… reflejo de su pasión por la pintura— como componentes esenciales de la narración. En fin…

Perfeccionista, para recrear la imponente tormenta de otra de sus aclamadas películas, pidió que llenaran sendas tinajas con tinta negra para oscurecer el agua, lo que provocó sequía en toda la zona. Levantó un castillo en las laderas de un monte solo para incendiarlo en el pasaje cumbre de su memorable Ran, 1985.

Vivir, 1952, narra la historia de un veterano funcionario público, hastiado de la invariabilidad de su trabajo. Cuando conoce que tiene cáncer, decide otorgar sentido y color a su vida. Entonces una idea, que a los demás resulta descabellada, transforma su existencia: construir un parque infantil. Lo que para un modesto empleado parece algo imposible se convierte en una lucha contra los laberintos de la burocracia y la indiferencia.

En la escena clímax del filme, el viejo aparece meciéndose lenta, levemente, sobre la nieve, sentado en el columpio del parque infantil que logró construir. Canturreando, sonriente, espera su ineluctable final —nadie sabe si lo ha aceptado—. Vívida imagen del frágil hilo sobre el cual los humanos sobrellevamos —ignorando u omitiendo— el oscilar sempiterno del tiempo que nos arrastra hacia el final.

“A caballo en el quicio del mundo/ un soñador jugaba al sí y al no/ … Cabalgaba el soñador/ pájaros arlequines/ cantan el sí, cantan el no”… (G. D.)

II

Nada ha perturbado la sustancia milenaria del Japón. Saturado de tiempo —su guardián eterno—, se ha mantenido incólume. Ni guerras ni catástrofes lo han disminuido, peor transformado. Lo sagrado y el silencio. La devoción por la belleza y la armonía. La certeza de lo fugaz y el ensimismamiento para apreciar los instantes bellos porque estos se disipan más rápido que el vuelo de un halcón peregrino. El arte de reunir los fragmentos de algo que se quebró en nuestras manos…

La sangre como símbolo de honor. El seppuku o harakiri (lavar el honor en un torbellino de sangre y muerte). El trance místico. Los deportes que se han universalizado (todos bajo el fervor de las religiones), a través de cuyo tamiz parecieran transparentarse los fabulosos gladiadores del sumo o las disciplinas físico-espirituales. Los ejercicios regidos por la mente.

Su espiritualidad emana de los más profundos intersticios de su ser. Su fervorosa unción por la naturaleza. La pureza con que se debe ingresar a los templos y el culto a la limpieza, a la pulcritud…

De la literatura al cine

Akira Kuroswa es el cineasta más difundido de Japón. Venerado y desairado, ha oscilado entre la glorificación y el vacío, dentro y fuera de su lugar de origen. A su cine lo han calificado de violento, misógino, sensiblero, reaccionario… A punto de suicidarse por uno de sus estruendosos fracasos —política ultranacionalista de por medio—, fue reivindicado por cineastas de otros lares.

Su ópera prima fue La leyenda del gran judo, 1943, pero su peor aventura La más bella, 1944. Dispuesta por el régimen, es un filme propagandístico, cartelismo de la peor ralea. (Todo arte sometido a cánones dictados por el poder político es pasto del olvido).

¿Por qué El idiota, 1951, adaptación de la novela homónima de Dostoievski, ha sido objeto de críticas demoledoras? Kurosawa “orientaliza” esta obra. Un hombre, condenado a morir, salva su vida en el último instante. El impacto de sentir el aliento de la muerte deriva en ataques epilépticos, pero también moldea un espíritu bondadoso que florece al amor con la delicadeza de una vieja flor.

El cine es, quizás, incapaz de descender a las honduras a las cuales conduce Dostoievski. Para salvar esta distancia, Kurosawa instala silencios densos y mistéricos. Las miradas de los actores se cargan de sentimientos propios del alma japonesa. La cinta fue recortada y recompuesta varias veces en un ímprobo trabajo. El resultado fue un drama imperfecto pero estremecedor.

Las críticas despectivas que pesaron sobre el filme se han morigerado ostensiblemente en nuestro tiempo. Hoy se valora la maestría con la que Kurosawa logra el relato psicológico de una víctima de la guerra y sus secuelas. Tragedia y belleza se fusionan. Recientes críticas difundidas en plataformas dan fe de esta verdad. En definitiva, la cinta es el homenaje de un maestro del cine universal a uno de los escritores más grandes que ha dado la humanidad.

Las adaptaciones cinematográficas de obras literarias ocuparon un lugar destacado en la filmografía de Kurosawa: El idiota de Dostoievski, Trono de sangre y Ran de Shakespeare, Los bajos fondos de Gorki, Yojimbo de Hammett, El infierno del odio de Ed McBain…

Pero el nombre de Kurosawa fue consagrado mundialmente gracias al triunfo de su película Rashomon, 1950, adaptación de dos relatos de Akutagawa.

Rafael Azcona afirma: “Creo que el cuento es el género literario que mejor se presta a la adaptación: todo lo que hay que hacer es desarrollar lo que el autor se ha callado; en la novela, en cambio, se plantea el problema de eliminar mucho de lo que el autor ha dicho”.

¿Pierde méritos un filme por ser la adaptación de una narración de autor ajeno? De ningún modo. Lo decisivo reside en la resolución dramática y narrativa. Solidez estructural. Sobre todo en la capacidad del director para imprimir su propia cosmovisión.

La columna vertebral de Rashomon es el cuento En el bosque. Kurosawa recurre al relato Rashomon para contenerlo narrativamente y reorientarlo hacia su propia visión del mundo o —si se prefiere esa palabra demasiado manida— para articular el “mensaje”.

Los dos relatos son oscuros, conflictivos, desgarradores, desesperanzados. Labran el hundimiento del ser humano en la duda, cercenan los asideros más elementales: verdad, justicia, sentido… sin ofrecer un atisbo de luz. Los relatos son crípticos y cerrados a toda posibilidad de redención. ¿Hace Kurosawa lo mismo o, por el contrario, ofrece una salida?

“Todos pensamos que somos sinceros, aunque no lo somos./ Los seres humanos olvidamos lo que no nos conviene./ Creemos en nuestras propias mentiras./ Es lo más cómodo y fácil…/ Piensa un poco más de lo acostumbrado/ y te verás como ante un espejo frente a lo que te digo”… (A. K.)

Este artículo se publicó en el diario El Comercio en dos partes (parte I | parte II)