«Algunos apuntes sobre «El Talión» (1853), la primera novela ecuatoriana», por don Álvaro Alemán Salvador

El 26 de junio de 2025, en el marco de las conferencias conmemorativas por el sesquicentenario de la corporación, don Álvaro Alemán Salvador presentó una ponencia sobre la novela «El talión», de Antonio Flores Jijón. Compartimos el texto con ustedes.

El 26 de junio de 2025, en el marco de las conferencias conmemorativas por el sesquicentenario de la corporación, don Álvaro Alemán Salvador presentó una ponencia sobre la novela «El talión», de Antonio Flores Jijón. Compartimos el texto con ustedes.

Algunos apuntes sobre El Talión (1853), la primera novela ecuatoriana

Alvaro Alemán

Quiero iniciar mi intervención con un cálido saludo a la Academia Ecuatoriana de la Lengua (AEL) por sus 150 años de vida institucional. Mi entusiasmo al respecto consiste en señalar no solo la perseverancia de quienes han sostenido esta corporación a lo largo de los años sino en marcar su evolución. Como hemos podido constatar en este sesquicentenario, y como se puede leer en la magnífica historia de la fundación del proyecto de la AEL elaborada por nuestro subdirector, Gonzalo Ortiz, la corporación inició su vida en un momento de crisis política y, pese a las limitaciones de toda índole que enfrentó en sus primeros años de vida, no solo persistió, sino que se distinguió desde sus inicios por buscar diversidad de posturas en su conformación. Como hemos comentado internamente con varios académicos, la red de colaboración entre los fundadores, una vez que empezamos a recoger sus pasos, muestra consistencia y se distingue por el formidable espíritu de cooperación, apoyo y solidaridad entre todos ellos. La correspondencia entre los primeros académicos me ha abierto los ojos sobre la necesidad de trabajar de manera conjunta y ha terminado por deshacer la impresión falsa de estas figuras como eruditos despreocupados o desconectados del trabajo intelectual de sus contemporáneos. Al contrario, observamos en el cenáculo de fundadores un colectivismo firme que ha pasado desapercibido durante mucho tiempo y que, con la ocasión de la presente coyuntura, clama por su recuperación.

Decía que la AEL ha cambiado en 150 años y eso no es decir mucho, que ha cambiado de manera significativa y positiva sí lo es, he tenido el placer, en el breve tiempo de mi incorporación, de constatar un clima intelectual abierto, cordial, reflexivo y dinámico, de observar una Academia consciente de la necesidad de ofrecer un entorno hospitalario hacia la lenguas vernáculas de nuestro país, incluídas las lenguas muertas, de pensar el futuro de la lengua ecuatoriana, de custodiar nuestra enorme riqueza bibliográfica y de mantener viva la literatura del pasado estableciendo lazos con toda persona interesada en uno o varios de estos proyectos.

Fue entonces, en el transcurso de búsquedas sobre los fundadores de la AEL, cuando hallé el dato de una novela, publicada en 1854, por Antonio Flores Jijón. La información, para quien tenga interés me llegó en primer lugar de la mano de un libro de Carlos A. Rolando, uno de los notables bibliófilos del siglo pasado, en un texto titulado Los centenarios de 1933, publicado ese mismo año, en torno a cuatro académicos fundadores de la AEL que nacieron en el mismo año: Luis Cordero, Julio Zaldumbide,  Antonio Flores Jijón y José Modesto Espinosa. Este libro hace un inventario exhaustivo de toda publicación relativa a Antonio Flores Jijón y registra su bibliografía entera, desde panfletos de apoyo político a sus coidearios, pasando por poesías de ocasión aparecidas en diarios en Lima y Santiago, correspondencia pública, documentos oficiales, informes a la nación, traducciones y por supuesto, su producción narrativa. También consulté el excelente volumen de Carlos Manuel Larrea, de 1974, Antonio Flores Jijón, su vida y obra, una historia narrativa de la vida y producción intelectual de quien fuera el decimo cuarto presidente del Ecuador.  En estos, y otros documentos, encontré la curiosa noticia de las publicaciones de Flores Jijón durante su estancia en Chile a principios de los años 50 del siglo XIX. Se habla en estos archivos de dos textos: “Cándida Rosa” descrito como una “leyenda indígena” y publicado, aparentemente en 1852, en Santiago, y El Talión, una novela, publicada en Valparaíso, en la conocida imprenta y editorial de ese lugar que lleva el nombre de El Mercurio. Pude dar con el documento eventualmente y constatar, efectivamente su existencia. Lo leí con atención, lo transcribí y al presente, junto con la valiosa colaboración de Valeria Guzmán estamos tomando los pasos necesarios para contribuir con este documento al proyecto CORDIAM,  el Corpus Diacrónico y Diatópico del Español de América una base de datos que tiene como objetivo enriquecer el conocimiento de la lengua española y de la historia general para así estudiar o repensar fenómenos sociales, históricos y culturales de Hispanoamérica manifestados a través de la lengua española. Voy a entregar copia de El Talión a nuestro bibliotecario, Alejandro, para que la suba a nuestra página web de manera que cualquiera de ustedes, amable público, pueda consultarlo.

En lo que sigue me propongo tres cosas: la primera es presentar información relativa a Antonio Flores Jijón y la publicación de la novela, aspiro aquí presentar algo del contexto de su aparición y señalar la peculiaridad de la temprana novela chilena, que contrasta con la situación ecuatoriana. En segundo lugar voy a dirigirme a la condición novelesca de este documento. ¿Es o no es, esta breve relación una novela? Voy a hacer algunos apuntes en este sentido y referirme en particular a los inicios de la novela en el Ecuador. Por último voy a presentar el contenido de la novela y arriesgar una aproximación a la misma. Quiero señalar que, sobre todo en esta última parte me estoy aventurando en terreno incierto, no he tenido el tiempo necesario para procesar plenamente el documento, voy apenas a adelantar un acercamiento al mismo y sugerir otras vías de interpretación que aún no me encuentro en condiciones de formular con rigor. Para aquellos de ustedes que ya me conocen, mi presentación va a dirigirse a varios frentes, mi interés por ahora es explorar, más que afirmar; así,  ofrezco mis observaciones como parte de un ejercicio más amplio, aun inacabado. que se encuentra en tránsito hacia una formulación más cabal en el futuro.

Quiero anteponer a mis comentarios el reconocimiento público y mi deuda con el extraordinario trabajo académico de César Carrión, presentado como disertación doctoral, me refiero a La novela ecuatoriana del siglo XIX como relato del surgimiento de la nación (1855-1893), desde mi perspectiva, la más importante contribución a los estudios literarios ecuatorianos de la última década, si no de lo que va del siglo XXI. Para quienes no conocen este trabajo, ejemplar en su erudición, mesura, exhaustividad y consistencia, se trata de la más completa y comprehensiva aproximación al panorama no solo de la novela ecuatoriana en el siglo XIX sino también de la crítica literaria del XIX y el XX, pueden acceder fácilmente a este documento en línea. Una de las cosas que celebro en ese texto es su ambición intelectual, desde hace algún tiempo, la crítica literaria ecuatoriana ha dejado de pensar en grande, en ciclos históricos extensos, para limitarse a la producción presente, inmediata, cercana, César obra como esos grandes polígrafos decimonónicos en su texto, quiere comprender todo. Aplaudo ese ejercicio y aspiro seguir la conversación iniciada ya hace meses con el libro, a partir de esta modesta conferencia, con su autor.

Empiezo.

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Antonio Flores Jijón, dependiendo del punto de vista, es, o el sujeto y autor más representativo   y típico de la nación y de la literatura ecuatoriana o el más anómalo autor y ciudadano del Ecuador imaginable. Al decir esto hago eco de la afirmación de Víctor Shlovsky , uno de los teóricos más formidables del formalismo cuando señaló que Tristram Shandy ,  una novela fragmentaria y autoreflexiva, de 1759 , es la novela más típica de la literatura mundial. Shlovsky dice esto porque se trata de una novela que relata su propia elaboración, su propio acto narrativo. Podríamos aventurarnos a decir que toda novela, en algún momento, se convierte, al igual que el texto de Lawrence Sterne, en una narración de una narración, o una alegoría del acto mismo de narrar, que presenta la dificultad de contar, de ordenar los acontecimientos con palabras, de dar una versión completa de los hechos.

Antonio Flores Jijón, así, constituye, como autor de textos literarios, un problema de categoría: hijo del primer presidente del Ecuador, para muchos, el fundador del Ecuador, el general Juan José Flores, Antonio, uno de 14 hijos, que a su vez también fue presidente del Ecuador, nació en el palacio de Carondelet, su padrino de bautizo fue José Joaquín Olmedo. Circunstancias extraordinarias de celebridad politica y literaria. Si pensamos, todos nosotros, en una persona inequívocamente ecuatoriana, y esto no es asunto menor si pensamos en la enorme convulsión política del primer siglo de la república, difícilmente podríamos pensar, históricamente, en una figura más representativa que Antonio Flores Jijón. Mejor aún, si entendemos que el Ecuador como entidad política y también como proyecto nacional apenas existía en sus inicios y que estuvo a punto de colapsar en múltiples ocasiones por fuerzas internas y externas, tendríamos obligadamente que aceptar que el lugar en el que sí existía fue en nuestras letras, en nuestra constitución, en nuestro himno, en nuestros mapas. La nación ecuatoriana surge desde el poder de las letras, y el epicentro de ese poder es el palacio de gobierno. Si el Ecuador inicialmente estuvo constituido desde el poder de las armas, Juan José Flores, y luego se legitimó con el poder de las letras, el autor más representativo de esa alianza, entre poder, letra y legitimidad, es Antonio Flores Jijón.

Digo todo esto, y aquí me adelanto un poco a lo que vendrá más adelante, porque, en el complejo debate, trivial por un lado y por otro decisivo, sobre la primera novela ecuatoriana, vale decir que el texto que hoy nos convoca gana sin mayores dificultades, dos de tres de las distinciones en juego, cronológicamente es la primera, aparece en 1854, antes que El Pirata del Guayas 1855; en segundo lugar su autor no solo es ecuatoriano de nacimiento, es ecuatoriano por antonomasia,  a diferencia de la nacionalidad chilena de Manuel Bilbao; en tercer lugar, el asunto de la novela es ecuatoriano, tiene lugar en Guayaquil, en un período comprendido entre 1842 y 1852 y hace referencia a acontecimientos de la historia republicana del país, el asunto todavía por dilucidar es si se trata de una novela… puntos suspensivos.

Para la fecha de publicación de El Talión, Antonio Flores tenía apenas 21 años de edad, recibió sus primeras letras en Carondelet, en 1944 Simón Rodrigues, instructor de Simón Bolívar, que había recibido de Juan José Flores empleo como administrador de unas minas de sal de su propiedad y que había dejado instatisfecho esa ocupación, vuelve a acudir a Juan José Flores, y este lo envía a Latacunga, al colegio San Vicente, luego rebautizado Vicente León, para que ahí pueda implementar sus ideas educativas. Antonio Flores Jijón tiene entonces 11 años de edad y con toda probabilidad recibe instrucción de Rodrigues, célebre por su inconformidad ante la autoridad, por su curiosidad insaciable y su defensa del ideario liberal. Ese mismo año Antonio Flores Jijón viaja a París a continuar sus estudios, al Liceo Enrique IV, que fue la primera escuela francesa que se adjudicó el nombre de Lycée. Se transformó en una escuela para los hijos de las clases altas, a la que asistieron los hijos del rey Louis Philippe y de la alta nobleza. Entre sus alumnos constan algunos escritores franceses importantes, entre ellos Alfred Jarry, Alfred de Musset y Guy de Maupassant. El año siguiente, 1845 se da la revolución del 6 de marzo, la revolución marcista y regresa al Ecuador. Para entonces Antonio Flores Jijón ya es activo en las letras, en 1847 se encuentra en Santiago de Chile y, se dice, envió a la poetisa Carolina Lizardi un poema de corte romántico titulado «Adiós a la naturaleza» , poco después ella aparece desvanecida, se había envenenado[1]. De Santiago pasa a Valparaíso, en 1853.

El puerto de Valparaíso en el pacífico cumplió un papel destacado durante el siglo XIX, en la sociedad chilena fue el principal punto de entrada de mercadería y tecnología, y también el principal acceso de ideas progresistas, Valparaíso fue una ciudad fundamental para el desarrollo del pensamiento ilustrado, de la discusión política y del campo cultural. Esto queda manifiesto en la presencia de importantes periódicos, librerías, imprentas, bibliotecas y revistas.

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El Mercurio de Valparaíso incluyó, por iniciativa de su editor español José Santos Tornero, un folletín que se publicó en forma permanente. La incorporación de esta sección fue anunciada en el editorial del 4 de mayo de 1844:

La necesidad de introducir al folletín original en la prensa americana es innegable y El Mercurio tiene la satisfacción de ser el primer diario que la satisface en la prensa nacional. Decimos el primero porque, aunque es cierto que hay otros diarios y principalmente El Progreso presentaba folletines originales, su aparición era arbitraria y no sistematizada, como será la de los folletines de El Mercurio, que publicará al menos dos por semana.

El editor de El Progreso, Domingo Faustino Sarmiento, a su vez, escribe lo siguiente un año más tarde, en 1845: “El folletín, decía el autor del Facundo en un pasaje singularmente provocador, “se deslizaba cual oculto veneno, encapotado bajo el título indiferente de variedades, como los jesuitas se introducen en todos los países de donde han sido expulsados, bajo el nombre de padres del Sagrado Corazón”. Y más adelante, en tono burlón, agregaba: “¡Almas inocentes [los lectores] que no veían el veneno con que se iba a corromper la moral pública!”.

Entre 1854 y 1858 aparecieron en El mercurio de Valparaíso, varias novelas de Alberto Blest Gana, a quien se le atribuye la introducción del naturalismo en la literatura latinoamericana, así como de otros escritores americanos. Casi todos los folletines publicados en estos periódicos, eran reimpresos posteriormente en forma de libros por la imprenta de El Mercurio y comercializados en su librería, ese es precisamente el caso de El Talión, en 1854. Para dar algunas cifras, Entre el 10 de noviembre de 1842 y el 10 de octubre de 1845, solamente en el Diario El Progreso, se publican en El Progreso alrededor de ochenta y siete folletines.

Ahora bien, la enorme proliferación de este tipo de material de lectura en el cono sur, a partir de la década de 1850 no tiene una contraparte en el Ecuador puesto que la imprenta llega a nuestro territorio de manera tardía, apenas a mediados del siglo XVIII, y es controlada, desde sus inicios, primero por la iglesia, luego por el Estado, no es hasta la década de 1880 cuando en el Ecuador aparecen imprentas, y como extensión, casas editoras, privadas, que ven la producción letrada como una oportunidad de negocio con múltiples nichos y posibilidades. No existen, por lo tanto, como en el caso particular de Chile, empresarios como el migrante español José Santos Tornero, es una figura señera de la edición de diarios, revistas y libros en Chile. Fundó y administró La Española, primera librería pública existente en Chile; en 1842 adquiere El Mercurio de Valparaíso y la imprenta asociada a este diario. La imprenta a su cargo editó algunos de los títulos más destacados de fines del siglo XIX, Esto incluyó desde textos escolares y manuales (muchos elaborados, traducidos o editados por el propio Santos Tornero o sus hijos), hasta clásicos de la literatura y folletines.

Su experiencia como editor y sus impresiones del Chile de la época quedaron registradas en un breve libro de memorias, Reminiscencias de un viejo editor. Aunque allí no hace mención del episodio, José Santos Tornero encabezó una exitosa campaña de protesta periodística, similar a la que tuvo lugar en el Ecuador, con el fin de cambiar la letra del himno nacional chileno, argumentando que la versión original ofendía de forma innecesaria a España.

Santos Tornero cuenta ahí, que Sarmiento, que como se observa, causó un gran revuelo en el entorno cultural chileno en el que vivió su exilio, propuso una reforma ortográfica de la lengua castellana, en que, “desterrando las consideraciones de etimolojía (sic), derivación y demás principios adoptados por la Academia Española, y basando el nuevo sistema exclusivamente en la pronunciación de los pueblos americanos, constituía una reforma radical y completa”. La facultad de filosofía y humanidades suscribió el proyecto en parte y se implementó de manera desigual en los medios impresos chilenos, no, ciertamente, en El Mercurio, como señala su editor, salvo en la sección editorial. Los principales cambios fueron la supresión de la h en todos los casos que no suena, y de la u en las combinaciones, que, qui. Hago referencia a este episodio simplemente para anotar la ausencia, en el caso ecuatoriano, previo a 1880, de un editor laico, con orientación de negocios. Santos Tornero entendió de inmediato la oportunidad económica de publicar folletines como un mecanismo para aumentar las ventas de su periódico, y experimentó con distintos formatos, mecanismos y modos publicitarios. Esto, después de todo, había ya tenido enorme éxito, no solo en Europa, sino, de manera más cercana, como relata Hernán Pas en su extraordinario artículo “La educación por el folletín: prácticas de lectura y escritura en la prensa latinoamericana del siglo XIX” en el Brasil. Para ofrecer un dato nuevamente, “en marzo de 1843 el periódico francés Le Constitutionnel poseía 3 428 suscriptores; aumentó esa cifra a 16 mil en agosto de 1844, y trepó a 25 mil suscriptores en enero de 1845. El gran aumento de las ventas coincidió con la publicación por entregas de El judío errante de Eugène Sue: del 25 de junio de 1844 al 26 de agosto de 1845”. El editor Santos Tornero, no solo sacó provecho de esta coyuntura, también tuvo la cordura de oponerse a la fantasía ortográfica de Sarmiento, precisamente, para no alienar a sus compradores.

Sea lo que fuere, para el caso ecuatoriano, el folletín aparece, no con la persistencia de otros lugares del continente, por supuesto, y deriva rápidamente a la publicación, en este formato, de relatos y novelas ecuatorianos. De hecho, casi la mitad de todas las novelas ecuatorianas del siglo XIX; aparecen por primera vez, en periódicos; es decir, entre 1863, la ostensible fecha de publicación de La emancipada de Miguel Riofrío, la primera novela ecuatoriana publicada dentro del territorio nacional, y 1899, un período de 36 años. (El número es variable, depende de qué califica como novela, pero estamos hablando de una cifra en el orden de entre 20 y 30 documentos)

No voy a insistir más en esto, quiero únicamente señalar dos asuntos adicionales relativos a la literatura y la novela ecuatoriana decimonónica y la prensa. El primero de ellos, relativo a la circulación de folletines y materiales literarios folletinescos, importados y locales, es el plagio. Este es un asunto del que se habla poco, pero que tuvo enorme impacto en la manera en que circulaba la literatura en el XIX a partir de las nuevas tecnologías tipográficas y de impresión.

El hecho es que, para el caso del español, en la península ibérica y en las grandes metropolis hispanoamericanas, la circulación de obras de los grandes nombres de la literatura de aventuras significó una bonanza para los diarios, las novelas de Dumas, Balzac, Dickens, Sue eran rápidamente traducidas, a veces enmendadas y puestas en circulación, casi siempre sin el reconocimiento de derechos de autor. En la caótica situación legal y política del siglo XIX, muchas de las novelas de estos autores aparecían en portugués o español, recibían adendos apócrifos y circulaban muchas veces sin la atribución de autor requerida. Un caso emblemático, que cuenta, Hernán Pas, marca la circulación ilegal de El conde de Montecristo, que tuvo tanto éxito en Rio de Janeiro, que el traductor de la obra empezó a hacer circular su continuación, elaborada enteramente al margen del autor del original, el propio Dumas se enteró y escribió una carta en 1854 al editor del diario, sin resultado alguno, la obra apócrifa continuó circulando y las ventas siguieron en alza… la historia no termina ahí sin embargo, con el paso del tiempo el falso folletín llegó a imprimirse en Portugal, en forma de libro, hasta llegar a integrar, más adelante, las Obras Completas de Alejandro Dumas.

Traigo esto a colación para señalar la ubicuidad de este procedimiento en la prensa ecuatoriana del último tercio del XIX y de principios del XX. En mis investigaciones, y quisiera escuchar la experiencia de algunas personas que hoy participan en esta ponencia, he encontrado folletines similares, sin autor, o con autores desconocidos, o firmados con pseudónimos (En ese trance el libro de Carlos Rolando sobre pseudónimos de la prensa ecuatoriana es valiosísimo). El propio Antonio Flores Jijón fue acusado de plagio, por nada menos que Eloy Alfaro, luego de que publicó su traducción del libro de George Webber, Curso de Historia Universal, desde la creación del mundo hasta nuestros días en Lima, en 1858. Podría citar varios casos similares en el continente, la continuación de la primera novela de vampiros de la historia, El vampiro, de John Polidori, 1819, apareció en EEUU con el nombre El vampiro negro, meses más tarde, el editor aprovechó la enorme fama del Lord Byron, un autor leído con fervor en los EEUU, a quien se le habría atribuido falsamente la autoría de la novela original, y cosechó el resultado en ventas. El autor de esta obra apócrifa también utilizó un pseudónimo.

El segundo elemento de este estado de cosas que quiero relievar, es la circulación de la literatura de ultramar en el Ecuador, el papel de los traductores, locales y extranjeros fue fundamental en todo esto, de hecho buena parte de los novelistas ecuatorianos decimonónicos eran políglotas, el mismo Antonio Flores Jijón traducía libremente del francés y del inglés. La mundialización de la literatura así se da, no a través de la marca de autor y de su escritura hecha en reclusión sino, literal y públicamente a través de las páginas de la prensa. Como escribe Henri Jean Martin en su historia de la lectura, de manera categórica, “El siglo XVIII fue, a no dudar, el siglo del libro, el siglo XIX fue el siglo del periódico”. Todo esto para decir que la crítica ecuatoriana ha puesto muy poca atención en el soporte material de la lectura, y que esa es una tarea pendiente que debemos emprender.

¿Qué es una novela?

La discusión teórica sobre este asunto es extensa y complicada, la reputación histórica de la novela la asocia con la banalidad y el entrenimiento hasta la entrada del siglo XX. En la cultura hispánica su poco prestigio es palpable. Una novela es una obra de ficción, en eso todos podemos estar de acuerdo, su extensión es otro problema. Veamos por ejemplo la extensión de varias novelas ecuatorianas y extranjeras en términos de conteo de palabras:

Aura de Carlos Fuentes 12 mil, Por qué soy cristiano de Juan León Mera 15 mil, Bartleby de Melville 16 mil, Entre dos tías y un tío de Juan León Mera 16727, La muerte de Iván Ilych de Tolstoi 15 mil, La emancipada de Miguel Riofrío12838, Cumandá de Juan León Mera 77 mil, Capítulos que se olvidaron a Cervantes de Juan Montalvo 88 mil, La metamorfosis de Kafka 11 mil, La Tigra de José de la Cuadra, 8500, Paulina de Cornelia Martínez 5648, La receta de Francisco Campos Coello, novela ecuatoriana de proto-ciencia ficción, 26 mil, El talión 7360. 

El problema que nos atañe, dejando a un lado este asunto, cómico de por sí, es qué constituye una novela, en el Ecuador en el siglo XIX, como dice César Carrión, “Antes de cualquier valoración, debemos comprender qué entendían los escritores ecuatorianos del siglo XIX por novela”

Traigo a colación un solo ejemplo, Juan León Mera, dedica su novela, Entre dos tías y un tío, aparecida en el número 9 de La Revista Ecuatoriana, el 30 de septiembre de 1889, de la siguiente manera: “A mi querida prima Cornelia Martínez” (p. 337). Más adelante, en el preámbulo de esta obra escribe: “Si tú que cuentas cortos años de vida y apenas has visto tal cual escena del mundo, tienes no obstante recuerdos que te sirven para tejer una hermosa y delicada historieta como Paulina, ¿cuántas no tendré́ yo que he visto correr ya más de medio siglo?” (p. 337)

El fragmento cumple puntualmente una tarea: delinear el contorno de la forma novelesca, señalar su condición especifica como obra de ficción elaborada a partir de la experiencia y del recuerdo.

Un año más tarde, Mera pide a su prima nuevamente que colabore con La revista ecuatoriana en una carta del primero de noviembre de 1890, y esta vez, pronuncia la afamada palabra: “Tú, ¿tienes algo que me envíes para la revista? Me estás debiendo ese algo… ¡Vamos! Pluma en ristre, y échanos otra novelita. Si tienes algún recelo, te ofrezco recorrer despacio lo que me mandes, y quitar todo lo que merezca ser suprimido, o hacer cambios, etc. Si bien, en lo que has escrito antes no ha habido que hacer estas cosas, y menos lo habrá́ en lo que escribas después” (Juan León Mera Martínez, p. 48, el subrayado es mío).

Por último, está el asunto de la importancia de tipificar y normar la producción novelística. ¿Por qué es este un problema tan acuciante? Los críticos ecuatorianos han tomado posturas muy distintas en el tiempo. En el XIX este no fue un asunto importante, ni visible, ni válido, no se entendía, por fuera de discusiones en torno a la moralidad, por parte de las figuras notables de nuestra literatura, Mera y Montalvo presentaban un frente unido en esto, o se entendía poco sobre la importancia estratégica de la novela para la formación del campo cultural de ese momento. Pablo Herrera no se ocupó del fenómeno, pese a que hizo un inventario sobre la prosa, desde la colonia hasta la república, Mera, apenas se refirió a ello en su correspondencia, con sus familiares como hemos visto, con Juan Valera en un foro más amplio. La poesía lírica constituía la principal preocupación literaria, junto con la producción histórica y el alegato político. El siglo XX es punto aparte, Benjamín Carrión vio la novela ecuatoriana como rezagada y extemporánea, débil como producto literario en comparación a la producción poética o pictórica del Ecuador. Ángel F. Rojas, descuidando el XIX se concentró en sus contemporáneos, y estableció, en los 40, junto con Isaac J. Barrera, las bases para una aproximación sólida, sociológica e histórica a la novelística ecuatoriana del siglo XX.

La importancia eximia del problema de la novela surge más adelante, me parece, con el surgimiento de los estudios literarios como disciplina académica en la universidad ecuatoriana en la década de 1960. El estudio de la literatura ecuatoriana hasta ese momento había seguido el modelo de las viejas academias, incluida la AEL hasta entonces, es decir, había marchado al ritmo de individuos apasionados, rigurosos, la mayoría de ellos autodidactas, humanistas y conservadores a nivel metodológico, de derecha mayoritariamente. La Casa de la Cultura Ecuatoriana presentaba una alternativa igualmente politizada, y oposicional, desde las izquierdas, los investigadores que a su vez eran creadores forjaban su propio camino, comprometido fundamentalmente, desde la década de los años 30 en adelante, con el señalamiento de precursores para sus propias obras. El inicio de los estudios literarios universitarios en el Ecuador debió necesariamente nutrirse de la instrucción universitaria en otros lugares, en la mayor parte de ellos, el estudio de la novela constituía el principal componente académico de un currículo moderno. El hecho es que para entonces los estudios literarios occidentales se habían consolidado a través de un relato poderoso, el de la aparición significativa de la novela como expresión de la emergente clase media. Las historias de la literatura del primer mundo establecían un lazo firme entre la modernidad, la novela y el poder de la burguesía nacional. Esta historia, a nivel institucional, servía también para consolidar los estudios literarios universitarios, legitimados de esta manera como el registro del “progreso” material y cultural manifestado a través de la producción novelística. Esta hipótesis encontró asidero tanto en Inglaterra como en Francia y los Estados Unidos, en América latina, en países como Argentina y México. La novela y su estudio se vuelve así central a los estudios literarios nacionales, su origen y proliferación de alguna manera legitima la nueva disciplina y valida el relato del desarrollo cultural en marcha en el Ecuador. Se habla así de precursores en el XIX y de aciertos novelísticos locales, con Huasipungo y Juyungo a la cabeza. Es la profesionalización de los estudios literarios lo que impulsa el interés por la novela, y a la vez, lo que genera entre los críticos desazón al no encontrar, en el XIX, novelas a cabalidad, es decir, a lo europeo. A esto se suma el enorme impulso de la industria editorial global que posiciona a la novela, y sobre todo a la novela moderna, léase, experimental, como el paradigma de la producción cultural de vanguardia, como la piedra filosofal necesaria para comprender la complejidad del siglo XX.

La novela

El Talión.

La novela inicia con la relación de la infancia idílica del narrador y de sus primeros recuerdos gratos, en Guayaquil cuando conoce a la familia de Jaime de Moncada, un español trasplantado desde Valencia, que hace fortuna en Guayaquil como comerciante, pero que pierde a su esposa a una enfermedad y se queda con dos hijas, Zoila, la mayor, y Amelia la segunda. Esta última es de la misma edad del narrador y forja con él amistad y estrechos lazos de cariño. El padre de Amelia invita al narrador a diario a su casa y dice a ambos niños que en el futuro deberán contraer matrimonio. El narrador eventualmente debe despedirse y viajar a Quito, desde donde inicia una relación epistolar con Amelia. Tres años más tarde, viaja a París a continuar sus estudios y luego de 4 años regresa al Ecuador en viaje por el Atlántico, rodeando el cabo de hornos y llegando, luego de 3 meses en vapor desde El Callao a Gye. Durante el viaje descubre un profundo amor por su antigua compañera de juegos y al llegar al puerto visita la casa de los Moncada. Es recibido con cariño por la familia entera y con gran entusiasmo por Amelia, convertida ahora en una bella joven mujer. Amelia lo acompaña a recorrer el hogar de la familia y confiesa que, a sabiendas de que el narrador adolece de los pulmones, le ha preparado un dormitorio, para que regrese a Gye en las vacaciones, luego de viajar a Quito. El narrador descubre al visitar la alcoba de Amelia que esta lee novelas francesas “dudosas” y la reprocha por ello, señalando los peligros de esa actividad para una joven mujer. Más adelante, y antes de emprender viaje a la capital, acompaña a la familia a cenar y conoce ahí a Z un joven oficial peruano, pretendiente de Amelia ante el que siente celos. Al despedirse, Amelia le pide que haga la promesa de regresar en Julio a visitarla, y él a su vez, insinúa que ella rechace a Z.

Ya en Quito, el narrador ansía volver a Amelia, pero cuando se acerca la fecha se desata un levantamiento armado en Gye, esta situación se extiende hasta abril cuando, desesperado por la falta de comunicación escrita, recibe una esquela de Jaime Moncada, desde su lecho de muerte, señalando que tanto Amelia como Z lo han deshonrado, sin embargo, él los perdona porque se trata de la ley del talión, enviada por Dios para compensar “un crimen” de juventud. En el texto, Moncada lo llama “Mi amado hijo Antonio”. El narrador, desesperado, intenta suicidarse, pero desiste porque “Sería en mi infamia el no morir de mi dolor”. En un epílogo, el lector se entera de los pormenores: Z amenazó a Amelia de quitarse la vida si no era correspondido, viajó a Lima y ahí hizo un intento infructuoso de suicidio que le ganó fama de “héroe de novela”, esto le permitió seducir a Amelia y partir con ella a Lima. Una vez ahí, la familia de Z se negó a recibirla, deshonrada, fugó a Brasil, con un ministro de la legación de Brasil, ahí se pierde la pista y un viajero, que trae noticias de Ecuador al narrador, ya radicado en Valparaíso le dice que los rumores la sitúan o en un palacio lujoso en Río de Janeiro, o en un lupanar en Marsella. El relato termina con una exhortación del narrador, siguiendo las instrucciones de Moncada, de perdonar a Amelia y de llamarla a que “vuelva a la virtud”

Aproximaciones a El Talión

  1. Novela en clave
  2. Alegoría de la nación
  3. Juan José Flores publica en 1937 un opúsculo con su producción poética, titulado Ocios poéticos del general Juan José Flores, fundador de la República del Ecuador, y que se publican con un Elogio. El elogio, elaborado por el propio general dice así en su parte significativa:  Solo resta decir: ¡Feliz la Patria/Que un tal héroe fundó! ¡Feliz el día, /Que Flores tan hermosas produjera/Para ostentar primor y lozanía!

El primer presidente del Ecuador hace aquí un juego de palabras, hace un elogio de su propia labor fundacional y a la vez camufla, u oculta a plena vista, su apellido, convertido en el contexto de estos versos en figura honrosa y patriótica y adorno de la naturaleza.

El mismo año de 1854, cuando Antonio Flores Jijón publica El Talión en Valparaíso, publica un segundo libro en la misma editorial, titulado El proscrito. Se trata de un poema en que canta a la patria lejana a la vez que describe su geografía e historia. Es curioso que varios de los versos vienen acompañados de notas entre paréntesis, y que estas notas, ubicadas luego de la conclusión del poema, sean más extensos que el poema en sí. En un momento determinado el poema gira hacia un comentario sobre la historia ecuatoriana reciente, la de 1854, leemos ahí, por ejemplo: 

¡En más de cuatro lustros,
Nueve constituciones! ¡Qué progreso!
¡Qué civilización! ¡Qué luz! ¡Qué exceso
          De puro patriotismo!

¡Qué discurso, qué arengas,
Qué debates, qué juegos en la tribuna!
Para después quedarnos a la luna
          Cuando acaba el Congreso.

Tanto código y leyes
Han formado un monstruoso laberinto
Que acredita no más que el necio instinto
          De legislar sin seso.

Atónitos nos miran
Los chilenos, los yanques, los ingleses.
Viéndonos legislar todos los meses
          Con libérrimo brío:

Viéndonos de viajeros
Por el Norte y el Sur a centenares,
Por extranjeras playas, por los mares
          En invierno y estío:

Viendo que no se cumple
Ningún pacto, ninguna transacción,
Aunque se halle el honor de la Nación
          Comprometido en ello:

Que la heroica virtud
Y el patriotismo noble se pesquisa:
Que el honor y el saber se floreaniza
          Y se toca a degüello.

“Un monstruoso laberinto”, dice el poema, que concluirá con los versos: “Espero que muy pronto /Renacerán la paz, la libertad, /Y en su inmunda y monstruosa iniquidad /Se abismará el tirano”. Un poema que inicia con un tono pastoral y que se extiende hacia la geo política de pronto, hacia su medianía (hacia su ecuador), se vuelve oscuro, cargado de repudio y resentimiento. La monstruosidad, aprendemos, consiste en la traición a Juan José Flores por parte de sus aliados de antaño. Todo esto detona en la toma del poema por parte de la ironía, el autor acuña el verbo “floreanizar”, que significa la utilización del nombre y la reputación de Juan José Flores para señalar que algo se convierte en su contrario. La historia del Ecuador así se “floreaniza”, los héroes se convierten en villanos, los dependientes en líderes, el patriotismo en oportunismo. Lanzado a este universo de inversiones, el narrador del poema El proscrito pasa de descriptor y pintor de paisajes a polemista apasionado, de pronto, el texto poético se inunda de afecto, y la palabra “flor” empieza a bogar en distintas direcciones. El talión sigue un camino similar, de idilio romántico a tragedia dramática, la novela constituye una forma simbólica de retaliación, una operación desesperada por recuperar el capullo del poder floreano antes de que se convierta en ofrenda fúnebre.

Antonio Flores Jijón lee la historia del Ecuador así, como la historia de una monstruosa injusticia perpetrada contra su padre, el fundador. Todo esto es relevante porque en El Talión, una historia que también se podría leer como la historia de una traición al narrador, al igual que en El proscrito, observamos nuevamente la utilización simbólica de la palabra “flor”. Amelia, caminando por los jardines de la propiedad familiar junto con su pretendiente, recoge una flor ante la inminente separación de los amantes y dice: “–Si no volviéremos a vernos, como lo presiento, recuerda que tu infeliz amiga te ha dado estas flores el 16 de marzo al ponerse el sol”

La fecha es deliberada, el mes de marzo, en el que tuvo lugar la llamada “revolución marcista” y la “infeliz amiga”, la república, que presiente la separación definitiva de su pretendiente, le entrega unas flores (azahares, símbolo de fidelidad) al ponerse el sol. La palabra “Flor” de hecho aparece 8 veces (es la clave), en distintos lugares, en la novela, la palabra “flores” solo en esta ocasión.

Una lectura que sigue estos conceptos ubica el texto como un roman a clef, una novela en clave, dispuesta a entregar sus secretos a quien tenga la “llave”, en este caso, el relato como alegoría del derrocamiento y el exilio de Juan José Flores, traicionado por la misma república que él vio nacer. El texto, publicado en Chile, se presenta de una manera enteramente distinta ante un lector desprevenido de la realidad política del Ecuador de entonces. De hecho, la novela no circuló en el Ecuador ni en esos años ni de manera posterior, Antonio Flores Jijón ciertamente, no hizo esfuerzos para hacerla conocer en años posteriores a su publicación, posiblemente por la naturaleza excesivamente ingenua y transparente de su representación. En la novela, el protagonista, “Antonio” apenas tiene 15 años de edad, al igual que el objeto de su afecto; la república del Ecuador en ese momento, contaba con 24 años de existencia y su autor, con 21.

En cualquier caso, el texto se preocupa intensamente por las consecuencias de la lectura de novelas en sus principales figuras. El narrador previene de manera rigurosa a su amada, para que no lea novelas francesas de moral cuestionable, la referencia posiblemente sea, entre otros a la célebre El rojo y el negro de Stendhal, censurada en su momento de aparición, 1830 y ubicada por la iglesia católica en la lista de sus libros prohibidos. Esta admonición se repite al menos una vez más entre los amantes, y se vuelve a repetir en los labios de Jaime Moncada, cuyas últimas expresiones a su hija mayor son súplicas para que no lea novelas. Por último, el narrador, al describir el procedimiento tortuoso mediante el cual su rival, Z, seduce a Amelia, señala que éste se había convertido “en un héroe de novela”, por extensión, entonces, ella en una heroína. Lo mismo podríamos decir del autor de este documento, que, salvo la discrepancia de edad con el protagonista, repite todos los hitos biográficos del protagonista: permanencia por temporadas en Guayaquil en su infancia, estudios en el liceo Enrique IV, estudios de jurisprudencia, exilio en Valparaíso.

Antonio Flores Jijón de esta manera hace novela con su propia vida y experiencia al mismo tiempo que llama la atención sobre los peligros del consumo de la novela romántica francesa. Parecería sugerir así que la novela debe ser puesta al servicio de la virtud exclusivamente, de la misma manera que su novela nos previene sobre un uso indebido de la novela, como mecanismo imaginativo perturbador de la moral convencional. Desde nuestra perspectiva contemporánea, sin embargo, conocedores del futuro de Antonio Flores Jijón como presidente del Ecuador, el contacto con esta novela resulta, como señalaba al inicio de esta intervención, desconcertante: una ficción ecuatoriana, que recurre a la ficción como recurso para denunciar la instrumentalización de la imaginación literaria en prosa. Es como si la primera novela ecuatoriana tomara la decisión de novelar la historia republicana porque de otra manera sería ininteligible. Es el procedimiento literario de simbolización lo que permite al lector tener acceso a una realidad opaca por la interminable iteración de revueltas políticas y luchas intestinas. La patria en esta novela, escribe Flores, hace florituras, se desflora, se constituye como un lugar que no puede prescindir, ni siquiera en su ausencia, de Flores.

Y es aquí donde podemos observar la lógica profunda de la ley del talión, que no es otra cosa que un mecanismo literario, la figura literaria por excelencia, la metáfora. Una metáfora es, precisamente, una correspondencia exacta, diríamos más propiamente, feliz, entre un elemento y otro, entre tenor y vehículo, entre lo que se describe y el modo de describirlo. La ley del talión pide eso, justicia perfecta, y la figura literaria hace lo mismo. Otro modo de describir la recepción hospitalaria de la ley del talión en la literatura es a través del concepto de justicia poética, que no es otra cosa que retaliación. La novela en clave se ajusta perfectamente a este juego, bajo la forma “yo sé que tú sabes que yo sé que tu sabes”

La novela de Antonio Flores Jijón sustituye al padre del narrador, permanentemente ausente en el relato, por el padre postizo en la figura de Jaime Moncada, un español que tomó la honra de una mujer cuando joven, ahora, décadas después, otro hombre -Z- toma la honra de su hija. Figurativamente podemos sustituir a Jaime por Juan José, ahí donde el primer presidente del Ecuador separó al departamento sur de la Gran Colombia de su filiación política primeriza, el marcismo separó a la república del Ecuador de su “dominador” el general Flores. El paralelismo con el Perú también resulta interesante, Flores pudo sostener la independencia del Ecuador ante aspiraciones peruanas de anexión en la batalla de Miñarica, y es un peruano -Z- quien fuga con Amelia, la encarnación simbólica de la república, y potencialmente la lleva a la perdición.

Gracias.


[1] Para mayor información sobre este episodio y la autoría del poema, consultar el extraordinario artículo de María Helena Barrera Argawal, «Los secretos de “Adiós a la naturaleza”» en el número 20 de la Revista Nacional de Cultura (2013).