«Borges, único ‘yo’», por doña Susana Cordero de Espinosa

Así sueña Borges a su propio Quijote. ¿No lo habrá sido él mismo, sin saberlo? ¿No se habrá confundido de sueño y de batallas, de mares y metralla? Pues todo puede ser en poesía, y Borges el cuentista, el ensayista es…

“Sueña Alonso Quijano”
El hombre se despierta de un incierto / sueño de alfanjes y de campo llano / y se toca la barba con la mano / y se pregunta si está herido o muerto. / ¿No lo perseguirán los hechiceros / que han jurado su mal bajo la luna? / Nada. Apenas el frío. Apenas una / dolencia de sus años postrimeros. / El hidalgo fue un sueño de Cervantes / y don Quijote un sueño del hidalgo. / El doble sueño los confunde y algo / está pasando que pasó mucho antes. / Quijano duerme y sueña. Una batalla: / los mares de Lepanto y la metralla.

Así sueña Borges a su propio Quijote. ¿No lo habrá sido él mismo, sin saberlo? ¿No se habrá confundido de sueño y de batallas, de mares y metralla? Pues todo puede ser en poesía, y Borges el cuentista, el ensayista es, igualmente, el gran poeta que lo escribe todo, que se dirige de tú a tú al viejo Quijano y que ya convertido en el Quijote ha dado al español otra palabra, como nos dio Cervantes. Busquemos nuevamente a ese Quijote que, sin saberlo, él quiso ser y fue, como si nada. Así, naturalmente.

Hay un Jorge Luis Borges al que habremos de perdonar que haya sido tan niño, ingenuo o desposeído que dejara que lo llevasen a vivir su cortísimo tiempo final lejos de Buenos Aires, lleno de su fervor, sin amor, en espera. (SÍ: es triste atrevimiento pretender que alguien como él haya muerto acompañado, pero quizá sin el amor que necesitaba; y, al respecto, algo muy, muy profundo puede contarnos su amigo Bioy Casares, que al saber de su muerte en Ginebra, ‘me consuelo —lo dice él mismo— sabiendo que Borges no murió solo, porque María, de origen japonés, [y seca y dura] lo llevó a Ginebra a sabiendas, ella y él, de que Borges moriría pronto, en 1986. Los dos viajaron juntos a Suiza a finales de 1985, después de una gira por Italia. Se instalaron en un departamento en Ginebra a principios de 1986. Borges eligió esta ciudad ‘La ciudad de la paz’ para pasar sus últimos meses; Bioy sabe también que lo visitaban dos amigos: Bernès y Bianciotti. Falleció allí el 14 de junio de 1986. Y sigue Bioy: ella me refirió que Borges sintió la muerte quince días antes: «Ha llegado. Está aquí». Le pregunté si la había descrito. «Sí, dijo que era algo externo, rígido y frío. Luego se repuso un poco y Bernès lo grabó cantando «La morocha» y otros tangos. En la grabación, Borges ríe con la risa de siempre”. “Con la risa de siempre”, ¡maravilla!

He visitado Ginebra en tiempos distintos y, cada vez, he ido al cementerio de los Reyes también llamado de Plainpalais, a visitar la tumba de Borges.

Hacia 1997 fuimos por primera vez para encontrar a Pedro José, mi hijo, que estudió y vivió largos años en ella; y hemos vuelto, porque Bernardo, otro de nuestros hijos, vive hasta hoy muy cerca de Ginebra, en Collonges sous Saléve, comuna en los Alpes franceses, en la frontera suizo-francesa, desde donde va en tranvía a su trabajo. Collonges es un lugar lleno de árboles, con una vertiente de agua, arroyo o regato frío y gris en invierno, lleno de luz en verano, en donde nosotros y Manchas, su precioso perro, paseábamos felices.

Entre lo que contó el mismo Bioy, “una de las últimas palabras de Borges que los amigos repitieron, fue: Soy escritor; recitó luego el Padre Nuestro en anglosajón, en inglés antiguo, en inglés, en francés y español… y explicó: Por si acaso”, ya con débil sonrisa.

Junto a él estuvo María Kodama. Sobre ella oí a una entrañable amiga quiteña, miembro del Grupo Cultural América, profesora en un famoso College de Boston, que hacia 1975, su College invitó a Borges a dar una conferencia; él llegó con la señora Kodama y, cuando al terminar, les ofrecieron una taza de té, Borges, al beberla, mojó su corbata. Kodama no disimuló su indignación y reclamó al poeta ciego por no haber tenido cuidado… Detalle dolorosamente decidor…

¡El último suspiro del inmenso Borges, que hoy descansa en el célebre cementerio, parque de altos árboles y sencillez muy suiza, como si cierta uniformidad fuese característica ineludible del descanso en el Plainpalais… Una piedra rústica, monolito alto e irregular, lleva al reverso la silueta de un jinete y dos fechas: 1574 y 1986, con la inscripción en latín «De Ulrica a Javier Otarola» cuento del borgiano El libro de arena, sobre el amor y la muerte. Al frente, hay un relieve tallado de guerreros medievales y una inscripción que dice «Jorge Luis Borges». Debajo, leemos 1899 y 1986, fechas de su nacimiento y de su muerte, junto a una cruz celta, y una frase en inglés antiguo que se traduce a algo comoque no temieran o que no temas, (menos impersonal)…

En otro viaje, ya lejano del primero en el tiempo, encontré, muy cerca y hacia atrás de la bella, severa y misteriosa tumba borgiana, otra, de la cual se cuenta que recibe a diario auténticos peregrinajes de curiosos, amigos, de añorantes y melancólicos. Es la tumba de Grisélidis Réal, vividora a fondo de la vida. En ella se lee: “Prostituta, escritora, pintora profesional y rebelde” (todo, escrito en la tumba, como ella lo pidió). Doña Grisélidis empezó su eternidad donde se entierra a ciudadanos que honraron a Ginebra, en el Cementerio de los Reyes. Y parece, yo no pude constatarlo, que sus visitantes, a manera de fieles y devotos peregrinos, dejan sobre la última morada de la dama andante, a manera de regalos póstumos, flores, lápices, bolígrafos, tubos de pintura, plumas, paletas, pinceles y mil otras muestras de devoción, exvotos sagrados con rango de eternidad que la evocan entre el misterio y la nostalgia, mientras la tumba de Borges sigue en su merecida y discretísima paz.

Por supuesto, y no sin razón, la señora Kodama protestó contra las autoridades que decidieron acoger a doña Grisélides en el Cementerio y la colocaron casi enfrente o adelante, o detrás —todo depende de donde la miremos— de la tumba del inmenso Borges. “El destino es el destino y la vida es pura ilusión”, dijo algún Shogun— y ella descansa tan cerca de Borges, porque, según se cuenta, Grisélidis influyó mucho en la vida ginebrina: fue hermosa, amada y odiada, y terminó por ser enterrada por los mismos ginebrinos, nada menos que en el Cementerio de los Reyes, cuyos reposados muertos dan grandeza a Ginebra.

¿Hay sincronicidad entre la tumba de Grisélidis Réal y la de su sobresaliente vecino de eternidad y de silencio?

Los dos cuerpos se hallan, para la eternidad, y pese a las vivas y efímeras protestas de Kodama a dos metros uno del otro. La tumba de Grisélidis vive repleta de cambiantes objetos de amor que llegan cada día; la de Borges, majestuosa y distante, señalada con el número 735, que conservo en la memoria, es “el lugar definitivo del escritor argentino más importante del siglo XX”.

Él, allá, en su eternidad, y ante tal compañía, debe sonreír, con su sonrisa de inteligentísima comprensión e ironía, ante los reclamos y la inútil ira de la señora Kodama, como sonríen los afortunados visitantes de las tumbas, sensibles a esa proximidad, casi de novela.

De La rosa profunda, 1975:

“Yo”
La calavera, el corazón secreto / los caminos de sangre que no veo, / los túneles del sueño, ese Proteo, / las vísceras, la nuca, el esqueleto. / Soy esas cosas. Increíblemente / soy también la memoria de una espada / y la de un solitario sol poniente / que se dispersa en oro, en sombra, en nada. / Soy el que ve las proas desde el puerto; / soy los contados libros, los contados / grabados por el tiempo fatigados; / soy el que envidia a los que ya se han muerto. / Más raro es ser el hombre que entrelaza / palabras en un cuarto de una casa.

Este artículo se publicó en la web del portal Plan V.