
La escritura: ese imprevisto salvamento
Sobre Lo que salva, de Tomás López Vilariño
escribir con delicadeza
en una caja de Pandora, de dolor
Pereiro
La escritura obedece al deseo de inscribir algo sobre una superficie vacía. Dejar una impronta para contar algo sobre uno mismo o mascullarlo para dar orden a las ideas en la discreta soledad de lo íntimo. La escritura es un proceso salvajemente solitario. Inclusive, puede suceder, a lo Emily Dickinson, que aparezcan muchos escritos post mortem. La publicación, en cambio, obedece a otro deseo, hacer pública esa escritura, volverla patente y manifiesta, llevarla del plano personal hacia el colectivo.
Hay algo de rebeldía en dedicar tiempo a la creación de realidades ficticias, pues supone que la realidad no basta. Entonces se crean otras vidas, otros mundos. Y en la ficción vaciamos inevitablemente nuestras obsesiones, aquello que desdeñamos o amamos, eso que en la vida cotidiana no nos atrevemos a decir, hacer o conquistar.
Hay una reflexión en Lo que salva que resulta particularmente significativa. Sabela, el personaje principal, a propósito de Lois Pereiro, escribe sobre ese poeta-narrador que regresa desde la muerte a la vida, pero no necesariamente a la vida ya vivida, sino a otra que necesita aprender a habitar como si tuviera que nacer de nuevo. Esa posibilidad de reanudarse, de volver a la propia vida sin contagiarse otra vez de uno mismo, constituye una de las claves de la novela.
“Cercano está el dios / y difícil es captarlo. / Pero donde hay peligro / crece lo que salva”, escribe Hölderlin en el himno Patmos. Estos versos, que dan título al libro y aparecen varias veces a lo largo de la novela, expresan que ninguna crisis implica una destrucción absoluta. La capacidad humana para sobreponerse a la adversidad surge precisamente allí donde el peligro se manifiesta con mayor intensidad; allí donde nos muerde la angustia puede abrirse un camino hacia la salvación o la esperanza.
Lo que salva, publicada por Grado Cero en junio de 2026, narra la historia de Isabel Freixas (Sabela), una joven investigadora gallega que atraviesa un momento de incertidumbre personal y profesional. Mientras intenta terminar una tesis que ya no la entusiasma y reorganizar una vida sentimental llena de dudas, descubre por azar la historia de Antonio Gutman, un fotógrafo y artista uruguayo fallecido años atrás en Ribelle, un pequeño pueblo de la costa gallega.
Movida por una curiosidad que pronto se vuelve obsesión, Sabela inicia una investigación sobre los últimos meses de vida de Gutman. Lo que comienza como la búsqueda de información sobre un personaje desconocido se transforma en un viaje a través de una caja china de historias. A medida que lee y entrevista a quienes lo conocieron, la figura de Antonio se reconstruye mediante relatos parciales y a menudo contradictorios. Es hijo de supervivientes judíos marcados por la guerra, joven revolucionario, artista provocador, amante, padre y hombre atravesado por pérdidas y desencuentros.
Uno de los principales aciertos de la novela está en su estructura polifónica. Antonio Gutman se reconstruye a través de los testimonios de Félix, Alejandra, Margarita y Alberto, cuyas voces aportan perspectivas diversas sobre un personaje que nunca llega a narrarse a sí mismo. La novela combina un narrador omnisciente en tercera persona, que acompaña a Sabela, con narradores-personaje que revelan la naturaleza fragmentaria de toda memoria y la imposibilidad de conocer plenamente una vida humana.
Aunque la novela se caracteriza por una prosa sobria y poco dada al lirismo, otro de sus aciertos es la presencia poética de Lois Pereiro, Hölderlin e inclusive de la Carta a los Corintios. La poesía irrumpe e introduce otra atmósfera. La idea de habitar el tiempo de la muerte sin romper la comunicación con la vida constituye una de las piedras de toque de Lo que salva.
Quizá la mayor virtud de la novela sea la develación de la confianza en los vínculos humanos. Frente al dolor, el duelo o el fracaso, los personajes se sostienen unos a otros. La esperanza llega a través del otro.
Uno de los aspectos más discutibles es la proliferación de personajes. En poco más de cien páginas aparecen casi cuarenta. Aunque muchos contribuyen a construir el entramado humano que rodea a Antonio Gutman, varios aparecen de forma fugaz y apenas vuelven a intervenir, lo que dispersa la atención y resta profundidad a algunas relaciones fundamentales.
Con todo, como decía Vargas Llosa, “No hay novelistas precoces”. Todos los grandes novelistas fueron, al principio, “escribidores” aprendices cuyo talento se fue gestando a base de constancia y convicción. Lo que salva es, en ese sentido, la primera entrega de una apuesta literaria llamada a sostenerse.
Entrevista
La poesía de Lois Pereiro atraviesa la novela como una especie de horizonte ético y existencial. ¿Qué encontraste en Pereiro que te resultó necesario para pensar y escribir esta historia?
Se trata, en primer lugar, de un homenaje deliberado a un escritor que me gusta mucho y —en general— a la literatura en gallego: una lengua que conozco y amo desde mi primera infancia. Pereiro fue un poeta que, en las últimas décadas del siglo XX, produjo una obra breve pero de un altísimo nivel literario. Por eso quise darle un papel, y porque plantea la vida como riesgo con un radicalismo y una honestidad extraordinarios.
Muerte, ausencia y duelos inconclusos, ¿qué lugar ocupa para ti la escritura frente a esas experiencias? ¿Es una forma de ordenar el caos, de comprenderlo o simplemente de habitarlo?
La vida es una aventura difícil: cualquier persona —y, desde luego, cualquier adulto— lo sabe, por poco consciente que sea. Me ha interesado siempre la posibilidad de darle un sentido, de construir una vida digna de ser vivida; y a los personajes de mi novela también les preocupa el ideal de llevar “una vida buena”. El amor, el desamor y, por supuesto, la muerte son los temas centrales que debemos abordar si pretendemos vivir “en primera persona”. Pienso que la literatura ayuda a dejar planteado el problema, como diría un matemático, aunque no pueda ir más allá.
¿Qué sigue a Lo que salva?, ¿qué sientes que te ha enseñado este primer libro sobre tu propia relación con la literatura y sobre la necesidad de sostener ese trabajo en el tiempo?
La publicación de la novela lo ha cambiado todo y me vincula a Ecuador de una manera entrañable y definitiva, porque fue aquí donde ocurrió. He de confesar que, después verla publicada —un sueño hecho realidad que debo a la confianza del escritor y editor Santiago Vizcaíno— me han entrado ganas de escribir de un modo más consciente y más constante. Con toda modestia, tener el libro en la mano me ha hecho sentirme escritor por primera vez en mi vida; y ya pienso en nuevos proyectos.





