Entrevista a doña Gabriela Alemán en Revista Mundo Diners

En la más reciente edición de la Revista Diners apareció un artículo de Damián De La Torre Ayora sobe doña Gabriela Alemán Salvador, miembro correspondiente de la corporación. El texto incluye una entrevista con la académica. Lo reproducimos para ustedes.

En la más reciente edición de la Revista Diners apareció un artículo de Damián De La Torre Ayora sobe doña Gabriela Alemán Salvador, miembro correspondiente de la corporación. El texto incluye una entrevista con la académica. Lo reproducimos para ustedes.

Gabriela Alemán, entre lo real y lo fantástico

Nació en Brasil, creció entre el punk de Nueva York y el básquet de Paraguay durante la dictadura. Ahora narra el mundo desde sus márgenes. Esta es la historia de la escritora ecuatoriana Gabriela Alemán, cuyas vivencias superan cualquier ficción.

Dice que es como el mar, y su cuerpo como las olas que se mueven sin límites. Quizás esto se deba a que tan solo de meses la bañaban en playas brasileñas, mientras su padre cumplía una misión diplomática. De niña vio salir de una limusina a Salvador Dalí en pleno verano neoyorquino y se encontró con Pelé en una calle cualquiera. En el básquet halló una forma de ser menos retraída por sus lecturas voraces de libros de terror y cómics. Hasta que, un día, su nombre, Gabriela Alemán, apareció en el lomo de un libro.

Nacida en Río de Janeiro, en 1968, de familia ecuatoriana, la menor de tres hijos del matrimonio de Mario Alemán y Ligia Salvador, ha construido una obra que cruza géneros y fronteras. Ha sido reconocida por medios como The Paris Review y The New Yorker por sus libros Poso Wells, Álbum de familia, La muerte silba un blues y Humo. Ha recibido distinciones como la Beca Guggenheim, el fondo más importante del mundo para dedicarse a la creación de manera libre, y el Premio Joaquín Gallegos Lara. Fue finalista del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez y estuvo en la lista Bogotá39 del Hay Festival, que la situó entre las voces más potentes de la literatura latinoamericana.

Como cofundadora de la editorial El Fakir, junto a su hermano Álvaro, rescata “textos desestimados”: novelas pioneras de mujeres olvidadas como Cornelia Martínez; historias como la de Zoila Ugarte, y retratos gráficos como el de Matilde Hidalgo, que ella misma escribió tras años de investigación.

Gabriela, quien se siente la tía más afortunada del mundo desde su soltería, despliega sin filtros esa vida de mudanzas, encuentros legendarios, lesiones que la sacaron del básquet, pero que le enseñaron a persistir con una visión clara: la escritura como resistencia. Porque, como ella misma dice: “La vida no se trata de espejismos en redes, sino de caer, insistir y seguir”.

Origen y movimiento

—¿Eres una escritora ecuatoriana que salió al mundo o una autora del mundo que eligió el Ecuador?

—Soy ecuatoriana. No quiteña ni esmeraldeña, por raíces de una abuela. Antes de cualquier ciudad soy del Ecuador, así haya nacido en Río. Es cómica esa necesidad de señalar de dónde eres, como si eso determinara tu vida. Hice un doctorado y mi tesis fue sobre cine ecuatoriano; cuando realicé las entrevistas de los directores de los noventa y de dos mil recalcaban el ser de una ciudad. Siempre me pregunté por qué decir cineasta guayaquileño o quiteño cuando somos un país chiquito y, si bien puede haber costumbres locales, coges un bus desde la Sierra y en cuatro horas estás en la playa o en la Amazonía. Tenemos geografías distintas pero una historia en común. Nacer en Brasil, más que un pasaporte, me ha dado la oportunidad de acercarme a una música y cultura maravillosas.

—¿Cómo ha sido ese acercamiento a la cultura brasileña?

—Hay unas sensaciones que quedan. Mucho tiene que ver lo que te cuentan en casa. Yo siento el mar del Brasil. Tenía meses de nacida y me bañé en aguas cariocas. Mis hermanos mayores, Mario y Álvaro, eran unos revoltosos. Mi mamá tenía que cuidarlos y atender a una bebé. Ella estaba a cargo de todo mientras mi papá cumplía misiones diplomáticas. Ahí se hizo amiga de los pescadores. Así mis hermanos tenían con quien jugar y correteaban, mientras me hacían huequitos en la arena para llenarles de agua y meterme. Siento una cercanía real a esas aguas y me encanta pensar que los primeros contactos culturales los tuvimos con familias de pescadores.

—¿Después ya vino un contacto con todo el mundo?

—Tuve la suerte de moverme por varias partes, sobre todo por América Latina. Estuvimos en República Dominicana, después en México, hasta pasar un buen tiempo en Nueva York. Mi papá se especializó en temas de organismos internacionales en Naciones Unidas y coincidimos en un momento maravilloso de independencia de varios países africanos. Entonces, en ocasiones, mi papá me llevaba desde muy niña cuando participaba en las asambleas. Recuerdo que me hablaba de personajes históricos como Gandhi y pude ver de cerca a (Yasir) Arafat. Todo esto mientras me explicaba la relación geopolítica del mundo. Esos instantes te marcan.

—¿Cuánto marca crecer en Nueva York?

—Uff, sí era una especie de capital del mundo, un gran centro cultural donde explotaban cosas. Era el momento donde se posicionaba el punk y yendo en el metro podía ver a una monja, a un chico con cresta punky, a un vietnamita y a una mujer islámica con su velo sentados en una misma fila. Todo esto mientras escuchabas un montón de idiomas. De niña palpé un universo diverso y lleno de sorpresas.

—Cuéntame alguna de esas sorpresas.

—Una vez fuimos al Museo Guggenheim con mi mamá y mis hermanos. Era verano y había tremenda humedad. En la calle se parqueó una limosina y en medio de ese calor salió una garra, porque no era una mano, que se extendía en un gran bastón de madera. Ahí apareció un hombre con abrigo de mink y unos largos bigotes engominados… resultó ser Salvador Dalí… Otra vez caminaba por la calle con mis papás y apareció Pelé.

—¿Tremenda sorpresa para tu papá?

—Claro, porque mi papá jugó profesionalmente en el América y admiraba a Pelé. Él se quedó absorto y me explicó su legado como futbolista y que estaba terminando su carrera profesional en el Cosmos. No olvido la cara de papá, porque tenía la expresión de haberse encontrado con Dios.

—¿Es cierto que las cartas con tu abuela son tus primeras aproximaciones a la literatura?

—En parte, sí. Le escribía porque la quería muchísimo, y también porque tus padres te obligaban a mantener un contacto. Una niña, más allá de levantarse e ir a la escuela, no tenía mucho que contar. Entonces, no recuerdo exactamente qué le decía, pero sí que me inventaba cosas. Pero, por otro lado, está la obsesión que tenía por los libros. Era muy retraída y la lectura se volvió constante. Mi hermano Álvaro era el gran lector; él debía tener unos trece años, yo unos ocho y me ponía a leer sus libros. Él era amante del terror y mis primeras lecturas eran unas antologías de este género muy ligado a la sexualidad. Imagínate una chiquita leyendo a Bram Stoker, seguro no lo entendía, pero me entretenía. Sabes, al final esos son los textos que me gustan. Así me formé como lectora, buscando temas que no comprendía del todo, donde descubrí algo más que la palabra y la narrativa.

—¿También leías muchos cómics?

—Fue otro descubrimiento en Nueva York en los setenta. Había unas líneas de Spiderman y los X-Men, pero lo que me llamó la atención fue un personaje de Marvel que es el Hombre Lobo por la Noche, que apareció por esa época. Ahí empezó el gusto por la imagen y el texto.

—Un gusto que perdura hasta ahora y lo tratas como editora de El Fakir.

—Este proyecto editorial que formamos con mi hermano (Álvaro), César (Salazar) y Carlos (Villarreal) no podía estar lejano a cómo nosotros accedimos a la literatura, que fue a través del cómic. En El Fakir sacamos ese bellísimo libro que es Bestiario, con cuentos ilustrados de César Dávila Andrade y publicamos a autores como Alberto Montt, Powerpaola y Fabián Patinho. Recientemente sacamos el libro sobre Matilde Hidalgo con las ilustraciones de Glenda Rosero. El trabajo gráfico está muy presente en la editorial y en mí.

—¿Y cómo entra el canon en ti? ¿Cuál es la herencia de ser la nieta de un poeta como Hugo Alemán?

—Mi abuelo está muy ligado al canon literario ecuatoriano, cercano a Carrera Andrade o Pablo Palacio. Por los 120 años del nacimiento de Palacio, Alfonso Espinosa armó unas jornadas de lectura. Tengo Débora firmada y dedicada a mi abuelo y en un inicio pensé en leer alguna parte de esa novela, pero justo la mañana en que participaba se me ocurrió mejor leer el perfil que le hizo mi abuelo a Palacio. Quería que se entendiera la mirada de alguien que escribía sobre personas que después se volvieron el canon, pero que para nada estaban tras esa búsqueda; simplemente, el tiempo los puso en ese lugar.

—Hasta enterrarlos en una vasija de barro…

—Eso es bellísimo. Imagínate una noche de bohemia y que en la casa de Guayasamín termines escribiendo “Vasija de barro” con Carrera Andrade y Jorge Enrique Adoum. Mi abuelo es parte de esa historia y de crear este himno del Ecuador. Y piensa que lo escribieron en la última página de Por el camino de Swann de Marcel Proust. En la vida, como en la escritura, nunca hay un límite entre la realidad y lo fantástico.

—¿Conviviste con tu abuelo?

—Sí, pero no existió un trato personal, porque le dio un derrame cerebral y cuando estuve más cerca ya no podía hablar. Mi acercamiento fue con su biblioteca y conociendo su historia como escritor y político, porque fue uno de los fundadores del Partido Socialista Ecuatoriano. Recuerdo que me metía a su biblioteca y leía un montón de libros.

—¿Desde tu nombre ya estás atravesada por la literatura?

—A estas alturas de la vida sigo sin entender el mundo y qué es lo que te atraviesa. Con lo del nombre, mi mamá estudió en el Manuela Cañizares. Tuvo profesoras que pertenecieron a una generación de mujeres que fueron un pilar en la educación de este país. Fue alumna de María Angélica Idrovo y de Matilde Hidalgo. Como normalista, sintió una gran admiración por Gabriela Mistral, quien fue maestra. Ya tenía ese nombre en la cabeza y como nací en Brasil uno de los primeros libros que llegó a casa fue Gabriela, clavo y canela de Jorge Amado, que determinó que me llamaran así.

Resistencia y aprendizaje

—Eres muy unida a Álvaro. Más allá de la literatura, ¿los juntó el básquet?

—Me llevo muy bien con Álvaro y también con Mario, que fue el primero en meterse en el básquet. Recuerdo que en Estados Unidos nevaba y él con una pala retiraba un cuadradito para ponerse a lanzar. De ahí le siguió Álvaro y luego yo.

—¿Hasta llegar a ser jugadora profesional?

—Jugué en el Olimpia de Paraguay. Era la temporada final de la dictadura de Alfredo Stroessner. Gracias al deporte conocí también muchas ciudades. Solo que duró poco, porque al segundo año, tras un rebote, me empujaron y caí sobre el bloque que sostiene al aro y me destrocé la rodilla.

—¿Nunca jugaste en el Ecuador?

—No profesionalmente.

—Dónde hay más precariedad, ¿en el deporte o en la literatura?

—En ambos (risas). Me parece que, si no es el fútbol y si eres mujer deportista, hay más limitantes. Además, mira que pude ser profesional un ratito por esa lesión. Eso sí me da rabia.

—¿Qué te dejó el básquet?

—El deporte te da herramientas para persistir, ganas una disciplina brutal, porque sin entrenamiento no consigues nada. Digamos que fue corta pero muy significativa en mi estancia por el Olimpia. Creo que me puso de frente a la vida, algo muy contrario a lo que pasa hoy con las redes sociales, donde mostramos nuestros triunfos y estamos preocupados en decir: “lo logré”. Eso es un espejismo que no nos permite aterrizar, porque la vida es aprender, caerse, levantarse e insistir, y eso sucede más en la derrota que en los triunfos. Alguien no gana por ser maravilloso, sino por no dejarse derrotar pese a perder. El deporte me enseñó mucho sobre el trabajo colectivo, porque muchas veces la lectura puede aislarte.

—Ahí regresaste al Ecuador…

—Tras la lesión regresé pero, como estaba inscrita en el primer año de Periodismo en la Universidad Católica de Paraguay, tenía que volver para completarlo. Me puse a escribir y apareció una cosa que era una mezcla de ensayo, cuento y crónica, y no sabía ni qué carajo quería decir. Volví a Paraguay y había un concurso de cuentos; mandé este texto, que resultó uno de los ganadores y fue publicado en una edición cualquiera, nada encuadernada, pero tenía el nombre de la universidad. Luego en el periódico vi la convocatoria del Encuentro de Jóvenes Escritores de 1993 del Instituto de la Juventud en España. Los requisitos eran tener me­nos de treinta años, haber publicado algo y mandar dos ejemplares. Así se dio el ir a Mollina (Andalucía), donde compartí con autores consagrados, algunos ganadores hasta del Nobel. Ese viaje marcó mi vida, y no solo me refiero a lo literario: convivir con ellos te enseña más que sus propios libros.

La escritora

—¿Qué significó convivir con autores consagrados?

—Éramos un montón de jovencitos compartiendo mesas con Saramago, Ana María Matute, Jorge Amado… Muy delirante todo, en una España que estaba a quinientos años de haber llegado a América, de haber vivido las olimpiadas, de una Unión Europea aún no consolidada. Una época donde conocí a Juan José Arreola, de quien yo pensé ingenuamente que ya había muerto y era mi dios (risas).

—¿Todos sencillos?

—Eran unos viejos maravillosos. Creo que eso se quedó grabado en mi cerebro: que un gran escritor es generoso, escucha y comparte, que no hay mezquindad. Me encontré a Roa Bastos, que fue con sus hijos chiquitos que estaban gritando y correteando por todos lados. Dejando por momentos su rol de papá, te escuchaba con atención. Imagínate, una llegada del Paraguay donde su Yo, el supremo era una biblia. Gente consagrada y sin un ego desmedido, sencillos y generosos.

—¿Y cómo fue el encuentro con Jorge Amado, por quien en parte tienes tu nombre?

—Él fue con su maravillosa esposa Zélia Gattai, también escritora. Me acerqué un día y le dije: “Me llamo Gabriela, por su libro”. Lo más impresionante es que, tras eso, no estaba por ningún lado y los organizadores se empezaron a preocupar. Apareció en la noche con un ejemplar de Gabriela, clavo y canela que había ido a buscar hasta Málaga para regalármelo con dedicatoria.

—A partir de eso vinieron más becas y más premios…

—Nunca me he sentido una escritora porque gané un premio o una beca.

—¿Qué tipo de escritora eres?

—De las que no cree que escribir es sufrir o que eres un ser superior porque te dedicas a esto. Escribir me permite imaginar otros mundos, más posibilidades, otros encuentros. Algo lindo es cuando por ahí aparece un lector y te cuenta cómo entendió lo que escribiste. Veo la escritura como una posibilidad de lectura que te permite interpretar de manera libre. No entiendo la literatura como mirarse el pupo y regodearse.

—¿Cómo describirías tu trabajo literario?

—Lo veo como una cosa medio alquímica, rara, donde se suelta una energía extraña que acaba llegando a los lugares más inesperados. Cuando escribí Álbum de familia estaba tratando de entender al Ecuador. Y lo pensé fuera de los centros como Quito y Guayaquil, de una manera más lateral, entendiendo la periferia como una mirada al pasado. Así di con un glorioso equipo de básquet que peleó por ser campeón mundial o me encontré con unas Galápagos que fueron un centro estratégico de la Segunda Guerra Mundial.

—¿Qué te motivó a escribir recientemente sobre Matilde Hidalgo?

—Ni tan reciente (risas). Soy mucho de procesos, no de que te cae la inspiración. La Universidad Central trabajó una exposición sobre ella. A partir de eso se dio la oportunidad de escribir y presentarla como novela gráfica y quedó muy bien con las ilustraciones de Glenda Rosero. No solo estudié su vida, sino todo lo que se daba en el Ecuador y en el mundo por entonces. Esto me llevó a un grupo de mujeres que pelearon por sus derechos y a entender el nacimiento del feminismo en el país. Todo esto lo hice en seis años de investigación. No fue que me levanté un día y dije: “Ahora hay que escribir sobre Matilde”.

—Más allá de Matilde con el puño abierto, ¿sientes que tu trabajo es feminista?

—Desde que empecé a escribir me propuse separar lo político de lo literario. Eso sí, en mi obra planteo que las mujeres lleven la acción narrativa. Esto puede responder a que siempre se lee más el trabajo de hombres. Por otro lado, si bien por mi papá tuve un abuelo poeta; por mi mamá tengo el ejemplo tremendo de mi abuelita. Ella se enamoró de un señor que la sacó de Tumaco a los trece años. Una niña costeña llegó a la Sierra. Su marido desapareció en Quito y se quedó con dos niños. Por suerte conoció a un médico legista, lo que le permitió entrar a trabajar como amanuense y a ayudar cuando faltaba personal en la morgue. De pronto, recibió entrenamiento para hacer los levantamientos en casos de violencia sexual. Se convirtió en la primera mujer oficial de este servicio y se retiró como inspectora de sanidad. Suena bonito, pero el sueldo de la Policía Nacional en esos años no alcanzaba. Entonces, mi abuelita llegaba del trabajo y cosía para sacar adelante a sus hijos. Mi mamá, además de profesora, terminó la carrera de Leyes. Dime si eso no te motiva para escribir sobre el accionar de las mujeres.

—¿Y cómo es el trabajo de editora?

—El Fakir se ha vuelto una arqueología de la literatura ecuatoriana. Tenemos autores vivos, sobre todo los de novela gráfica, pero como solemos decir: nosotros estamos especializados más en los muertos. Mira, hay un canon que no se ha escrito, que se ha diluido en el tiempo. Tenemos la idea de lanzar una mirada hacia atrás, sobre todo de lo que hicieron las mujeres. Por eso sacamos un libro como Paulina, la primera novela escrita por una mujer en el Ecuador, y que se sepa el trabajo de Cornelia Martínez, quien ha pasado desapercibida. O sacamos un libro póstumo como el de Hernán Rodríguez Castelo que estaba listo, Zoila Ugarte de Landívar, la escritora, donde se destaca el trabajo pionero de esta periodista.

—Entre escribir y editar y haber vivido en muchas partes, ¿cuál es tu lugar en el mundo?

—Me siento muy ecuatoriana; pero tengo una conexión especial con Nueva Orleans. Primero, porque ahí, además de investigar, también di clases, y si me preguntas qué es lo que más extraño, es la docencia y prefiero eso que escribir y editar. Pero, no solo enseñé, más aprendí: entendí el ciclo de la vida. La primera vez que presencié allí un funeral, me alucinó ver un desfile que celebraba la vida. Sí, hay un momento de recogimiento y dolor, pero se termina celebrando. Eso me cambió el chip en la cabeza. Cuando estuve metida en sus archivos me enteré de que el primer periódico en español de Estados Unidos se fundó en Nueva Orleans y el apellido del director era Alemán. Esa ciudad tiene un contacto brutal con América Latina y con el Ecuador, porque el último gobernador de Luisiana en su etapa española fue el barón de Carondelet, que se vino de los pantanos a Quito. Entonces, estar allá es como estar acá: en mi propia casa.