«Los poemas de Iván Carvajal o el fulgor de los instantes», por don Diego Araujo Sánchez

Compartimos con ustedes el texto que don Diego Araujo Sánchez leyó en el homenaje póstumo que la Academia Ecuatoriana de la Lengua le dedicó al poeta Iván Carvajal el 29 de septiembre.

El sábado 3 de octubre debía desarrollarse en la Academia Ecuatoriana de la Lengua el diálogo con Iván Carvajal por la publicación de su Poesía Reunida 1972-2022, libro que, con el auspicio de Dinediciones, vio la luz gracias a Caracola Editores. En homenaje a la trayectoria intelectual de Iván Carvajal se había previsto, a la par, su nominación como académico honorario. Sin embargo, el tiempo sanguinario, al que evoca el escritor con el verso de Shakespeare, acortó sus días.

El poeta, ensayista, filósofo, intelectual y profesor universitario prefería hablar del poema antes que de la poesía. El poema “como acontecimiento gratuito adquiere una significación cultural que lo asemejan al don y, en cuanto a placer estético, es un fin en sí mismo, a semejanza del placer erótico”, escribe en junio de 2003 en el número inaugural de “País secreto”, la hermosa revista de ensayo y poesía dirigida por Iván Carvajal y bautizada con ese título en homenaje al admirado Jorge Carrera Andrade. En esas páginas indaga sobre la naturaleza de la escritura poética y se refiere a esta como una “aventura indefinida…un perseverar en búsqueda de la cosa que no está en el verso, que nunca puede presentarse en el verso”, según escribe; quizás de ese animal imposible, proteico y misterioso en cuya búsqueda se afanó durante toda su vida, con resultados tan sorprendentes, originales y perdurables. Y afirma también en el mismo ensayo: “El poema no nombra un referente ausente para traerlo a la presencia en ´su ser propio´. El poema es más bien tentativa. Tentativa y zozobra en el ir y venir de la apertura de la intimidad, de lo abierto en la intimidad, de la incesante repetición de Lo Mismo en la Diferencia”. (País secreto, p. 6) Es muy sugestiva la relación que señala después entre el poeta y el lector de poemas. “Quien escribe da su palabra a otro que permanece ausente: el poema es un envío a un ausente, a un desconocido… El lector es alguien que al ser convocado por el envío adviene a su encuentro desde el futuro”. Es decir, el poeta surge con el poema mientras escribe. Después ya no pertenece al creador que, de alguna manera, imbricado en el poema, se multiplica en cada lector.

Poesía Reunida de Iván Carvajal permitirá ahora, en el acto de lectura, ir a su encuentro. Este quiere ser el sentido de mi homenaje en las páginas que siguen al poeta dolorosamente ausente para el homenaje que estuvo por venir y se realiza hoy en la Academia Ecuatoriana de la Lengua en reconocimiento a sus palabras que perduran: ir a su encuentro.

“La escritura y la lectura, como lugares del acontecer del poema, son apertura a la temporización, son los ámbitos del encuentro al que advienen el pasado y el futuro. El acontecer del poema es un medio, Meridiano, Intermedio, Intersticio, Pasadizo”, afirma el ensayista. (País secreto, p. 9). Es una forma de guerra contra el tiempo sanguinario y, según comenta en otro texto sobre el sentido que tiene escribir poemas hoy, es una posibilidad de “fulguración por un ligero instante al borde del silencio, de tentativa de negar la Nada en su condición de absoluto”. (“La poesía del país secreto”, p. 149)

Comentar más de medio siglo de creación poética reunida en un libro se convierte en una tentativa imposible de realizar en pocos minutos de forma íntegra en toda su complejidad y riqueza conceptual y estética.

Iré entonces al encuentro de ese mundo de modo parcial; en algunas de sus características retóricas, en los motivos o núcleos temáticos que me llegan de forma más reiterada a lo largo de la lectura de su Poesía reunida y en la evolución y desarrollo de su creación poética. Con este objetivo, me detendré solo en unos pocos poemarios.

El primer libro que conocí de Iván Carvajal fue Parajes, cuando recibió el premio nacional de literatura Aurelio Espinosa Pólit en 1983. Fue seleccionado entre 45 libros de poesía que participaron en el concurso. Tuve la fortuna de ser uno de los jurados que, en unanimidad con los demás, concedió el premio.

Antes de que se publicara el libro lo comenté en artículo publicado en diario HOY del 25 de octubre de ese año. Me excuso por la cita de ese texto, pero lo hago solo en testimonio de la emoción que me causó mi primer encuentro con Iván Carvajal en sus poemas:

“La lectura de la obra nos revela una poderosa voz de la actual poesía ecuatoriana. Parajes está dividido en tres partes: “Noche”, “Día” y “Peregrinaciones”. Del primero al último verso alientan algunas obsesiones: la de la acción desintegradora del tiempo, el ansia de encontrar en el canto la perdurabilidad que es negada por el tiempo, la poesía como un registro de la tierra, las cosas y los seres y una experiencia de conocimiento.

En versos de cauce ancho, como arrebatados salmos, en el paraje también recurrente de la noche, constata la presencia de la muerte y el mal: “por qué esta prisa hacia el abismo/ aun si breve la luz presagia por qué/ desciende la sangre incontenible/ hacia las rosas nocturnas/ acentuando hacia los espacios tan tosca tiranía…/ ¿también la vida gastada en el hombre/ irá a empozarse hondamente en los océanos/ donde los óxidos laboran destiñendo/ los límites de las eras?” —se pregunta. Pero desde esa experiencia sombría, la presencia de la luz va ganando, la conciencia del poeta que reconoce la identidad del mundo y, como en un primer día de la creación, da nombre a las cosas y a los seres, juega con ellos y los palpa. La acción de nombrar es una necesidad, una forma de vencer el azar y al caos. Después, la conciencia poética recorre la ciudad, registra la miseria de sus gentes; sale de ella, trajina por tierras fértiles y áridos parajes, constata el lamento de los indígenas en los páramos andinos, desciende a las tierras tropicales y, en euforia creciente, se entrega al mar, en donde siente “el certero golpe del infinito”.

Las peregrinaciones del yo poético llevan al lector de nuevo a la ciudad en la cual, entre la multitud, el poeta percibe señales de desintegración y dolor; percibe el país, su historia, el sufrimiento de generaciones abrumadas por la servidumbre. La conciencia del artista rompe el enclaustramiento. En su propia voz reconoce las voces del grupo, de la multitud; se abre a la experiencia de la solidaridad y el amor y, a la par que reconoce los cambios en sí mismo, señala las imposturas e injusticias del medio. No obstante, entre los tintes de mayor angustia, sabe que “es de la labor en las fauces abiertas en horas de tinieblas/ de donde brotan los cantos los enunciados/ los fragmentos de las nuevas verdades…” En la poesía de Iván Carvajal, modelada con lucidez y apasionada fuerza, se revela una conciencia estética siempre vigilante, en tensa batalla con las palabras, de tal modo que consigue una expresión rica, cargada connotaciones múltiples, como para ser leída y releída, descubierta y redescubierta en la sorpresa de cada imagen, en el sugestivo poder de cada verso. (“Los cantos brotan en horas de tinieblas”, HOY, 25,10,1983).

Con Parajes, Carvajal se ubica en la tradición mayor de la poesía ecuatoriana contemporánea. Las calidades de su libro traen a la memoria los nombres de César Dávila Andrade, Jorge Enrique Adoum, Efraín Jara Idrovo y lo convierten en lectura imprescindible para valorar el desarrollo de la actual lírica nacional”, escribí en las líneas finales de la contratapa de la obra publicada.

Desde sus primeros poemas en Del avatar, se muestran ya ciertas características expresivas: es frecuente en ellos un sustento narrativo, sugerido, elíptico, un tejido mínimo que no obstaculiza la expresión de las emociones. En el último libro mencionado, por ejemplo, en “Weewkend”, un grupo de cinco amigos avanzan en travesía de navegantes hacia desconocidos parajes y van tras una bandada de pájaros huidizos.

Uno de los amigos, José, diagnostica una crisis social y, mientras habla, “los círculos concéntricos de la onda en el agua/ evocaron las tesis de los monótonos/ los extravíos del pensar/hacen de la historia un tiempo repetido/circular/ y sin embargo infinito”. Clara observa que pequeños peces se pudren en el fondo del río; el yo poético sueña en una sucesión de asesinatos, aunque no señala al asesino. En tanto Alicia escucha sin interés esas voces y Enrique, el capitán, echa al agua la caña de pescar, feliz de que los peces no piquen el anzuelo. Tras este tenue hilo narrativo, se intercala un debate filosófico: si todo tiende a convertirse en su contrario, los peces a los que Clara considera muertos reflotarán, negándose a negarse, escuchamos en la voz de José.

Sin embargo, otro sentido estremece al lector cuando recuerda la dedicatoria del texto y lo inserta en el contexto de la terrorífica época de las dictaduras del Cono Sury lee las dos fechas y lugares que se registran al final: “A la memoria de José Voloch, desaparecido. A Clara, Alicia y Henry, de quienes perdí el rastro”. “Buenos Aires, 1971- Quito, 1977”.

El hilo narrativo se desarrolla apenas sugerido en los seis poemas de “Weekend”. Pero puede fulgurar condensado y en forma elíptica en solo diez versos: por ejemplo, en “La maldad” de Poemas de un mal tiempo para la lírica, en la secuencia de quien dirige la piedra contra un ave y en las acumuladas aliteraciones: “En la mano el guijarro/ en el vuelo el pájaro/ mano que lanza el guijarro/viento que empuja el pájaro/ piar de otro pájaro que clama al pájaro/ ala que apura al pájaro/pájaro que desespera del pájaro/ el guijarro describe la parábola/ perfecta”. (Poesía reunida, p. 120)

En su libro Estructura de la lírica moderna, Hugo Friederich se refiere a dos tendencias en esta poesía: la primera, la de una lírica formalmente libre y alógica y la segunda, la de una lírica intelectual y de formas rigurosas. Mientras Paul Valery, pregona que “el poema debe ser una fiesta del intelecto”, André Bretón dice que “el poema debe ser una derrota del intelecto”. (Friedrich. Estructura…, p. 186). Entre una fiesta de la inteligencia o una celebración de los sentidos, entre lo apolíneo y lo dionisíaco se ubican dos tendencias opuestas de la lírica. La poesía de Carvajal es una poesía intelectual, pero que no renuncia a la riqueza sensorial, a una original y profusa fiesta de las imágenes.

Viajes, peregrinaciones, travesías, exploración, navegaciones, desplazamientos en el espacio y el tiempo, constatación de los peligros de la destrucción nuclear, condena de las violencias, autoritarismos e injusticias sociales son motivos frecuentes en su mundo poético.

Los desplazamientos permiten al poeta, desde su primer libro, crear una intensa poesía amatoria “En las circunscripciones de Circe”. El poeta revive la figura del navegante Ulises que por el canto de las sirenas detiene su viaje de regreso con la ilusión del encuentro y el misterio del deseo en seguimiento de Circe, si bien sabe que toda morada es provisional. Ulises puede también sentir la soledad del navegante junto al mar lejos de su Ítaca y entre las gaviotas que vienen a sus pies por las migajas. La experiencia tras la ardorosa unión de los cuerpos le ha llevado a la desilusión y solo irrumpe en una risa estentórea cuando se menciona la palaba esperanza. “El olvido fusila sus Calypsos / sus Penélopes/ y solo el sueño saquea sus andrajos”, concluye el poeta.

Acierta Cristóbal Zapata en llamar a la de Carvajal poesía amatoria antes que erótica, si bien reconoce que el erotismo recorre como una corriente subterránea su poesía y emerge en múltiples de sus poemas. En realidad, los poemas de amor marcan una línea temática clave en su mundo poético. Es evidente que el poeta no oculta fuentes como el Cantar de los cantares o sus preferencias por Pedro Salinas o Luis Cernuda. Así, entre las peregrinaciones de Parajes reconocemos ya esa filiación cuando leemos: qué hermosa eres amiga mía/ qué hermosa// tus ojos de paloma entre tus cabellos/ alados caballos que se desbocan/ saetas que se derraman sobre un mar de llamas/ y tu lengua entre mis labios boa/ abrasa ahoga y tus pechos corderillos/segados en mis manos…” (Poesía reunida, p. 166)

Dos de los poemarios mayores de poesía amatoria son Los amantes de Sumpa y En los labios/ La celada.

El primero se compone de diecisiete textos precedidos por un número romano. En total son 169 versos. El texto menor, de apenas dos. El más extenso, de veinticinco.

Líneas iniciales que preceden al poema describen los hallazgos arqueológicos, en Santa Elena, de los esqueletos de un hombre y una mujer jóvenes abrazados, sobre cuyos cuerpos se colocaron al enterrarlos seis piedras y no se sabe a ciencia cierta el porqué: “…el hombre con su mano derecha en la cintura de la mujer y con el fémur derecho encima de la pelvis de ella, la que a su vez se encontraba sobre su cabeza”, precisa la arqueóloga que hizo el descubrimiento (Poesía reunida p. 179)

El gusano y las lluvias despegaron la piel, desnudaron los huesos, pero el abrazo de la pareja perdura diez mil años. En la soledad del cementerio —solo arena y sol— el yo poético se pregunta por la lejana huella de la pasión que provoca la visión de los restos de los amantes. Sin embargo, “ya nada puede el sueño de perpetuidad/ aun si los cuerpos al abrazo se aferran”, constata el poeta. La inteligencia señala que no solo se consume la carne, también se acaba la pasión. Durante su fugaz paso por la vida, el ser humano solo deja de su cultura huellas en la arena.

El motivo de la transitoriedad de la existencia personal y colectiva se formula por una serie de interrogaciones; “¿qué queda de la pródiga búsqueda del cuerpo? / ¿qué de las voces de llamada?/ ¿qué del ardor de la caricia de los labios?/ ¿qué del eléctrico contacto de los sexos?/ ¿qué resta en estos rastros guardados por un pueblo/ que escondió ferviente el misterio/ bajo las piedras?” (Poesía reunida, p. 189)

Junto a la tumba, hay otra pareja que repite el abrazo de los amantes y “desespera del amor que no perdura”. La inevitable tiranía del tiempo y se poder destructor se muestran en una sucesión de hermosísimas imágenes: “pronto la rosa agota su esplendor/ en días perece el bello escarabajo/ que en la larva germinara en meses/ y también la piel lustrosa del felino/ se aja y el rugido enmudece y al fin/ nos causa lástima su pupila sin brillo”. (Poesía reunida, p. 195). La devastación que causa el Tiempo se personaliza en la pareja junto a la tumba y en el yo poético, que presagia en un conmovedor treno: “borrará de tus pupilas todo el brillo/ y surcará tu rostro y en tus labios/ no sonarán joviales las palabras/ y yo iré para viejo y ya distantes/ iremos uno y otro/ a las arcanas sospechas de la muerte”. (Poesía reunida, p. 195). Entonces ¿no es el amor más constante que la muerte, según quería Francisco de Quevedo en su conocido soneto? Los seis últimos versos dan la respuesta en este magistral poema de Iván Carvajal: “la plenitud no está en la eternidad/ reposa en el instante de invención/ cercano a lo mortal estalla el gozo// bien puede el Tiempo arrasar y ser perverso/ logrará acabar con tu amor y con mi cuerpo/ más qué importa si ya la rosa vivió su esplendor”, (Poesía reunida, p. 196)

En los labios La celada se revela una voluntad de unidad, de afán totalizador. Se abre el libro con un poema “A la luz de Boticticelli” (Poesía reunida, p. 201), una visión de la esplendorosa belleza del “Nacimiento de Venus” del maestro florentino; después, sigue el extenso e intenso poema “Celadas”: en él hay un yo poético múltiple: tal vez Orfeo que quiere encantar a Eurídice con su poesía, tal vez Polifemo en el trance de amor no correspondido por Galatea, tal vez un navegante que ha caído atrapado por el canto de las sirenas; finalmente ninguno de ellos, los héroes del mito, cuando el yo poético confiesa: “¡Todo es mentira! Yo vengo con las manos vacías./ Apenas he cruzado la ciudad sorteando tachos de basura,/borrachos, botellas, gatos, un archipiélago/ del despilfarro, un gorro frigio, un ataúd,/ un cielo grisáceo y sucio como mi gabán…” (Poesía reunida, p. 205)

Mientras En los amantes de Sumpa se muestra el abrazo del hombre y la mujer, que persiste a pesar de los diez mil años de sal corrosiva y tiempo, este libro es de búsqueda, desencuentro y ausencia; hay en él ansia de posesión amatoria y, a la par, de rechazo y vacío. En “Tentativa y zozobra”, se expresa la euforia amorosa, la cercanía y gozo del placer de los cuerpos, pero en “Cacería” se muestra, junto a esa ansia de posesión, la ausencia y el rechazo del ser deseado.

La búsqueda de unión amatoria parece una figura del combate del poeta con las palabras, de búsqueda del verso. Así leemos en el tercer poema de “Cacería”: “El verso es arco que se tensa/ sin flecha que partir pudiera/ hacia tu pensamiento oculto,/ hacia tu voluntad tan lerda para mí.// Acaso/ no exista el verso que te acose, / que te circunde y cerque/ y te conmueva al fin,// pero tal vez exista / el verso o el gramo de silencio/ que te pudiese herir. / Y si parodio plegarias y epitafios/ es por buscarlo entre los restos/ y el enojoso reto que me lanzas/ sin pronunciar siquiera una palabra” (Poesía reunida, p. 215), reconoce el poeta.

Dos poemarios más siguen: en el primero “Memorial”, tras la unión de la pareja, se deshace el lazo y cada uno se siente a mayor distancia del otro. La separación es dolorosa. La presencia ominosa de los objetos que deja ella acrecientan el fastidio y dolor de él. En el poemario final, “Un abrazo, un lazo”, los versos de amor retoman el tema del verso que se tensa como un arco: pero esta vez sí hay un dardo que parte el aire tras los pasos de la amada. Como escribe con tanto acierto Juan González Soto, “En los labios/ La celada es un libro inmenso en un clima de tensión y búsqueda. El poeta ha sido capaz de convertir el desasosiego en expresión, la explosión en mesura. La amada, en su dolorosa ausencia, en su monólogo mudo, en su apartadizo silencio, ha sido convocada para, desde el vacío de su desaparición, desde el estremecimiento de su ausencia, formar parte de los versos más bellos, habitarlos. En los labios del poeta ha quedado cumplida la respuesta a la celada que se le tendió”. (La poesía el país secreto, p. 169).

El arco de la poesía se tensa y la flecha vibrando en el aire ha dado en el blanco. “La plenitud no está en la eternidad/ reposa breve en el instante de la invención/ cercano a lo mortal estalla el gozo”.

Quito, 29 de septiembre de 2026