«Los ángeles no van al baño», por don Carlos Freile Granizo

Ni meten la pata. ¿Por qué? Porque carecen de cuerpo material y porque como espíritus están confirmados en la bondad de sus actos. En cambio los seres humanos estamos sujetos a las necesidades de nuestra condición corporal, pero también a las flaquezas de nuestra imperfección…

Ni meten la pata. ¿Por qué? Porque carecen de cuerpo material y porque como espíritus están confirmados en la bondad de sus actos. En cambio los seres humanos estamos sujetos a las necesidades de nuestra condición corporal, pero también a las flaquezas de nuestra imperfección; por eso nos equivocamos, cometemos errores, “podemos prometer y traicionar” en cuanto somos libres, como decía Gabriel Marcel.

Las equivocaciones son parte de nuestra herencia de Adán, inevitables, diarias, recurrentes; en ellas podemos incurrir todos, también los sabios y prudentes, incluidos los poderosos, los gobernantes, los intelectuales y los vanidosos. El aspecto positivo de esta realidad es la posibilidad de enmendar los errores, de voltear la página, de emprender un nuevo camino, pues mientras hay vida hay esperanza.

Con la esperada anuencia del lector, me permito copiar un largo párrafo de un libro de mi autoría:

Estas reflexiones no solo se aplican a las personas en sus relaciones normales en la familia, en el trabajo, en el tiempo libre, sino también como anillo al dedo a los políticos y a los directivos de cualquier institución. En toda persona con poder sobre otras la tentación de la vanidad es más insidiosa, entre otras razones porque nunca faltan los aduladores de profesión, expertos en ocultar los errores y magnificar los aciertos del “jefe”. De allí el consejo dado con frecuencia a los poderosos: “Si no tienes un amigo que te diga tus defectos, paga a un enemigo para hacerlo”. Esos falsos amigos, cortesanos ya sin rey pero con melosa condescendencia, “soplan de su boca el calor o el frío” para agrada siempre, como decía Erasmo, son en realidad los más dañinos enemigos: “La peor raza de los enemigos son los aduladores” (Tácito). Los tiranos se rodean de hombrecillos serviles, dispuestos siempre a la alabanza ditirámbica, seguros del premio merecido: migajas de la mesa del patrón. El adulador se convierte de manera voluntaria en el más vil de los esclavos, por eso escribió Orwell: “El hombre verdaderamente libre es el que dice lo que los demás no pueden oír”. Sobre todo si entre “los demás” se cuentan los poderosos de turno[1].

Colofón para mentes inquietas:

«Guarde para su regalo
esta sentencia, el lector:
si el sabio no aprueba, malo;
si el necio aplaude, peor».

Este artículo se publicó en el diario La Hora.


[1] Carlos Freile: El Principito: El sentido de la vida (reimpresión de la 2ª edición, corregida y aumentada), Quito, 2016, pp. 80 s.