
Solo conozco a dos personas en Ecuador que han leído la heptalogía En busca del tiempo perdido, es decir, las siete novelas que la componen, publicadas entre 1913 y 1927, cuyos tres últimos títulos circularon como ediciones póstumas. Dos mil quinientas páginas, en un solo tomo. Yo he leído la primera y picoteado en las otras, sintiéndome miserable, pero admitiendo que ya no tengo tiempo futuro para esa hazaña.
Ahora que medito en este escritor y en su magna obra, me da por pensar en él y elucubrar sobre cómo trata la posteridad a los notables literarios. Me entero de que la segunda novela A la sombra de las muchachas en flor (1919), que ganó el Premio Goncourt ese año, hasta 1980, sin traducciones, vendió 437.000 y hasta 2022, 490.000 más: cifra que, si se compara con la creciente cantidad de ventas de El extranjero, de Camus, aporta un signo preocupante. ¿A los franceses les interesa menos su escritor emblemático y genial?
Hay razones para entender estos hechos. Se trata de un paso de la transformación de la narrativa contemporánea hacia una opción temática que podría haber dejado de interesar: el comportamiento y psicología colectiva de la aristocracia francesa de finales del siglo XIX (pero, ojo, también ha desaparecido el ambiente propio de los caminos castellanos de los tiempos del Quijote), plasmados con la prosa más envolvente y compleja, que mira la realidad desde una honda subjetividad. Sin embargo, Proust escribió en las décadas que del arte se esperaba experimentación y carga psicológica porque el mundo era según la mirada del creador.
Proust era judío y católico, y desde joven empezó a frecuentar un mundo que no le correspondía, a punto de ser “el plumífero” que asistía a banquetes y fiestas, por amigos, y le costó esfuerzo colarse para escrutar a determinadas figuras, de las que tomó notas para crear su pléyade de personajes, entronizar a la familia Guermantes y soltar desde ella los tentáculos que muestran a una clase ociosa, estricta, endogámica —a excepción de que grandes fortunas justifiquen otro enlace familiar—, capaz de vivir bajo rotundos códigos sociales. La palabra naturalidad significaba para ella la capacidad de ser siempre consciente de la mirada ajena.
Hubo tiempos en que se mencionaba siquiera en los programas de secundaria el nombre del escritor y otros en que algún aspirante a profesor realizaba sus oposiciones a base de una clase demostrativa sobre alguna novela que tenía que leer a las volandas porque no figuraba en su conocimiento universitario. Hoy puede resultar más interesante leer sobre Proust —vida singular de búho fiestero, homosexual refinado, que se carteó con muchísima gente, poseer una carta amarillenta era ser dueño de un tesoro— que concentrar la mirada en el torbellino de palabras de su narrativa.
Como era asmático, dicen que cubrió de corcho las paredes de su habitación para dejar afuera la contaminación y el ruido, escribió de madrugada y durmió de día. Le debemos la asociación del sabor del té con la magdalena mojada, como estímulo para el viaje de la memoria. Felices los lectores que se nutrieron de su poderosa manera de contar una forma y un tiempo de la vida.
Este artículo se publicó en el diario El Universo.



