«Julio Castro y Belisario Peña, dos personajes del inicio de la Academia Ecuatoriana», por don Gonzalo Ortiz Crespo

En el simposio «La Academia Ecuatoriana y el Estado nacional», organizado por la corporación y la Universidad Andina Simón Bolívar, el subdirector de la AEL presentó una ponencia sobre Julio Castro y Belisario Peña. La compartimos con ustedes.

En el simposio «La Academia Ecuatoriana y el Estado nacional», organizado por la corporación, el Colegio de América sede Latinoamérica y la Universidad Andina Simón Bolívar sede Ecuador, y que se llevó a cabo los días 14 y 15 de abril de 2025, el subdirector de la AEL, don Gonzalo Ortiz Crespo, presentó una ponencia sobre Julio Castro y Belisario Peña. La compartimos con ustedes:

De los fundadores de la Academia Ecuatoriana cuyos perfiles han trazado con amplios conocimientos y mejor pluma mis colegas académicos, quedan dos cuya vida debemos referir, aunque sea a grandes rasgos: Julio Castro Bastús y Belisario Peña Gómez.

Ambos nacieron en la década de 1830 y ambos en pueblos rurales, a poca distancia de la capital de sus países. Castro en Tabacundo, a pocas leguas de Quito, en 1836; Peña, en Zipaquirá, a pocas leguas de Bogotá, en 1834. Castro murió de 60 años en 1896; Peña vivió más largo, alcanzó los 72 años, y falleció en 1906.

Julio —hijo del coronel de la independencia José Castro y de Carmen Bastús, hija, a su vez, del oidor de la Audiencia José Bastús y Faya, uno de los últimos funcionarios de la audiencia—, fue criado en la hacienda de San Luis de Guaraquí[1], antes de traerlo a estudiar en Quito. Se graduó de abogado en 1857, a los 21 años, y de doctor en leyes a los 23.

Belisario —hijo de Lino María Peña Moreno, natural de Cúcuta, y Josefa Vicenta Gómez, natural de la Villa del Socorro— estudió las primeras letras en la propia Zipaquirá y a los 10 años ya se hacía notar por su cultura, generosidad y buen juicio. En 1845, los jesuitas le llevaron a estudiar en el colegio de San Bartolomé, en Bogotá. Cuando estos religiosos fueron expulsados de Colombia en 1850[2], Belisario fue con ellos y siguió sus estudios en el colegio que tenían en Kingston, Jamaica, donde estuvo un año, yendo en 1851 a otro instituto jesuita en Londres.

Los futuros académicos se destacaron desde jóvenes por su amor a las letras y por ser fervientes católicos. Castro más bien de la corriente católico-liberal y Peña muy devoto, poeta religioso, un verdadero “teólogo mariano”, según dijo de él su amigo Mons. Manuel María Pólit, arzobispo de Quito, que también fue académico de la lengua. Buenos amigos suyos fueron también Mons. Federico González Suárez, predecesor de Pólit en la silla episcopal y, desde jovencito, el Hermano Miguel, también académico, que llegó a los altares.

Peña vino al Ecuador en 1856 junto a otros dos profesores colombianos, Benjamín Pereira Gamba y Francisco Ortiz Barrera, contratados por Miguel Riofrío[3], para establecer un colegio en Loja. Al año siguiente inauguraron, con gran éxito, en esa ciudad el “Colegio de La Unión”. En 1860 el Gobierno trajo a Quito a Peña y Ortiz Barrera, para que establecieran un colegio similar. Ni bien inaugurado en 1861, García Moreno ordenó se lo fusionara con el colegio Nacional, a cargo de los jesuitas a quienes acababa de traer. La institución fusionada fue rebautizada San Gabriel, en honor al mandatario[4].

Ambos, Castro y Peña, casaron con mujeres acomodadas: Castro con Emilia Guerrero España, con quien tuvo un matrimonio feliz, aunque sin hijos, y Peña con Carmen Bueno Landázuri, con quien tuvo numerosa descendencia.

Castro, quien se destacaba por su simpatía natural, fue abogado y político y, al final de su vida, diplomático. Fue fundador del banco La Previsora, en Guayaquil, y del Club Pichincha, famosa institución social de Quito. Curiosamente, las dos entidades desaparecieron en la última década del siglo XX.

Peña, hombre refinado, culto y espiritual, fue profesor de escuela, colegio y universidad; fundador del Colegio de La Unión en Loja en 1857, del Colegio La Unión en Quito en 1861, del colegio San Gabriel em 1862, y del colegio de los Hermanos Cristianos en Latacunga, congregación de la que fue una suerte de asesor pedagógico general.

Después de vivir 40 años en el Ecuador, Peña fue desterrado por Eloy Alfaron en 1896. Regresó a Bogotá pero coincidió, algo que no sucede ni en las novelas, que fue elegido senador por Cundinamarca y, enseguida, presidente de la Asamblea Nacional de Colombia. Sin embargo, no se quedó mucho tiempo en su patria de nacimiento pues extrañaba sobremanera a su mujer y a sus hijos, y logró que, a través de gestiones con el vicepresidente de la República, Manuel Benigno Cueva, quien había sido su alumno, se le conmutara la pena del destierro. Emprendió en 1897 su regreso por la trocha de mulas de Popayán, Pasto y Tulcán, solo para encontrar en Quito que su esposa acababa de fallecer.

Aunque debería dar muchos más detalles de la vida de los dos personajes, quisiera solicitar su comprensión para, en honor al tiempo, destacar un solo punto: el papel poco menos que decisivo que jugó Julio Castro en la fundación de la Academia Ecuatoriana.

Él fue, me atrevo a decirlo, el promotor de su fundación, aunque es algo que no se le ha reconocido. Además, fue el segundo director de la Academia, tras la renuncia de Pedro Fermín Cevallos, desde 1892 hasta 1896, cuando falleció.

Habiendo hecho política desde los años universitarios, en oposición al militarismo entonces reinante, Castro fue nombrado secretario particular de Gabriel García Moreno, presidente del triunvirato revolucionario que se formó en Quito el 4 de septiembre de 1859. Luego, con el grado de sargento mayor, realizó con él la campaña militar contra la jefatura suprema del general Guillermo Franco, participando en la batalla de Guayaquil.[5]

Fue secretario de la Asamblea Nacional en 1861, y diputado en 1866-67. En el Gobierno de Javier Espinosa, que se inició en enero de 1868, fue ministro de Hacienda. Y aquí voy a anotar mi primera gran discrepancia con mi predecesor en la Academia, querido maestro de colegio e introductor en el periodismo, Hernán Rodríguez Castelo, quien afirma que, al momento de fundarse la Academia Ecuatoriana, Castro era amigo de García Moreno[6]. La verdad es que, a pesar de lo cercana que había sido la relación de los dos, esta se rompió cuando García Moreno dio el golpe de estado contra Javier Espinosa en enero de 1869.

No solo eso, sino que, debido a la persecución desatada por García Moreno contra los partidarios de Espinosa, Castro prefirió ausentarse del país y viajó a Europa con su esposa, donde se quedó tres años, pasando temporadas en Madrid, París y Roma. Y fue precisamente esa presencia suya en España lo que le convirtió en promotor de la Academia Ecuatoriana de la Lengua.

Castro dejó en 1883 en la prensa un testimonio de lo acontecido, el cual no ha sido recogido en ninguna de las narraciones sobre la fundación de la Academia Ecuatoriana, y que pude localizar. Relata el papel que le tocó jugar “no porque yo tuviese más prestigio ni mejores relaciones que el ínfimo de mis paisanos residentes entonces en Europa, sino porque por circunstancias imprevistas me encontré en la posibilidad de prestar este servicio a mi patria”[7].

En Madrid trabó amistad con al escritor colombiano José María Vergara y Vergara, quien le refirió, lo que había hecho para la fundación de la Academia Colombiana y le “exigió” que coadyuvara también de su parte “al establecimiento en el Ecuador de una corporación literaria semejante”. Con ese objeto le proporcionó una carta de introducción para el académico Juan Eugenio Hartzenbusch, con quien le recomendó tratar el asunto.

Castro no alcanzó a visitar a Hartzenbusch mientras se hallaba en Madrid, pues tuvo que salir apresuradamente a París, donde a su vez, quedó aislado por las complicaciones de la Guerra Franco-Prusiana, pero que tan pronto como quedó expedita la comunicación entre París y Madrid, “a consecuencia de la toma de esta ciudad por el ejército de Versalles”, envió una carta al renombrado académico el 20 de junio de 1871.

En la carta se presentaba, adjuntando la recomendación de Vergara y un ejemplar de la antología “La lira ecuatoriana”, y explicaba que el objeto que le animaba era ayudar a la formación de la Academia Ecuatoriana, para lo que sugería que se nombrase académicos a Juan León Mera, Julio Zaldumbide y Pablo Herrera, poniéndose a la orden para cualquier contacto con ellos.

Aquí otra discrepancia con mis antecesores, esta vez con mi admirado tío político Jorge Salvador Lara, quien sostiene que el 24 de noviembre de 1870, la Real Academia Española en la misma sesión en la que aprobó la creación de las academias correspondientes americanas nombró académicos correspondientes en el Ecuador a Castro, Mera y Zaldumbide, propuestos por la misma comisión que estudió el posible establecimiento de academias correspondientes americanas. También sostiene que, además, designó a Pedro Fermín Cevallos, Antonio Flores Jijón y Pablo Herrera, propuestos por el colombiano Dr. José María Torres Caicedo[8].

Pero lo que Julio Castro afirma es completamente distinto: recién en junio de 1871 sugirió él los nombres de Mera, Zaldumbide y Herrera.

Hartzenbusch le contesta enseguida, el 24 de julio de 1871, agradeciendo la carta, el libro “del cual no tenía noticia”[9], y los nombres sugeridos, que promete proponer a la RAE en cuanto esta vuelva a reunirse a mediados de septiembre. Es claro, entonces, que la RAE no los había nombrado antes y que ni siquiera había considerado esos nombres.

Pasan unos meses. En 1872 en una segunda carta (enviada a París y que luego de unos meses llega a Guayaquil), un urgido Hartzenbusch propone al propio Castro que él sea académico correspondiente y que indague a Mera y Zaldumbide sobre su disponibilidad[10].

Castro asumió la tarea y escribió a los dos, explicando con elegancia por qué su nombre estaba entre los tres escogidos. Ambos aceptaron.

Así, la Real Academia Española, en el pleno del 11 de diciembre de 1872, nombró a los tres, Castro, Mera y Zaldumbide académicos correspondientes en América junto con otras figuras de las letras americanas. En marzo de 1873 nombraría a Pedro Fermín Cevallos y, como relaté en mi ponencia en la segunda sesión de este simposio, ese fue el origen de la Academia Ecuatoriana.

He sobrepasado con mucho los límites impuestos, pero mi justificación es quizás que tenía que hacer los perfiles de dos de los académicos fundadores y, en especial, por haber descubierto el importante, y hasta ahora desconocido papel que jugó Julio Castro.


[1] Hoy un barrio de la parroquia La Esperanza de Tabacundo.

[2] Pérez Pimentel sostiene que fue en junio de 1849, pero para entonces no hubo ninguna expulsión, que se efectuó el año siguiente.

[3] Este regresaba al Ecuador, luego de haber sido encargado de negocios del Ecuador en Bogotá; los reclutó e hizo el viaje con ellos por la vía de Buenaventura-Guayaquil. Por cierto, Miguel Riofrío es autor de La Emancipada, considerada un tiempo como la primera novela ecuatoriana, aunque ese mérito se adjudica ahora a Cornelia Martínez Holguín (Ambato, 1863-1936), autora de Paulina, impresiones y recuerdos.

[4] Exalumnos de este colegio han sido varios académicos de la lengua, entre otros Mons. Pólit Laso, Mons. De la Torre, Velasco Ibarra, Tobar Donoso, Salvador Lara, Rodríguez Castelo, y lo son el actual director, Proaño Arandi, y tesorero, Araujo Sánchez, a más del autor de esta nota.

[5] Después, en 1861, lo acompañó en un viaje desde Guayaquil a Manabí, Esmeraldas, El Pailón y de vuelta a Quito por Guayaquil, del que escribió un diario: Páginas de una cartera de viaje. Fue reproducido casi un siglo después en el Boletín de la Academia Nacional de Historia, vol. XXXIII, n. 2 (julio-noviembre 1953), pp. 173-219. Más tarde también participaría en la guerra emprendida por García Moreno contra Colombia y estuvo en la derrota de Cuaspud, sobre la cual escribió también una narración.

[6] Lo dice, y reiteradamente en el artículo “García Moreno y la Academia Ecuatoriana” publicado en la página web de la academia https://www.academiaecuatorianadelalengua.org/primeros-academicos/

[7] Castro, Julio, “Documentos concernientes al establecimiento de la Academia Ecuatoriana correspondiente a la Española”, La República, No 1, 3 de abril de 1883, p. 2.

[8] Salvador Lara, Jorge, “Biografía de la Academia Ecuatoriana”, Memorias de la Academia Ecuatoriana Correspondiente a la Española, entrega No 37-38 (Quito, 1975), 93-94.

[9] Castro, La República, loc. cit.

[10] Ortiz Crespo, Gonzalo, Historia documentada de la fundación de la Academia Ecuatoriana de la Lengua (Quito, Academia Ecuatoriana de la Lengua, 2025).