«Palabras en homenaje a don Luis Cordero Crespo», por doña Susana Cordero de Espinosa

En el simposio «La Academia Ecuatoriana y el Estado nacional», organizado por la corporación y la Universidad Andina Simón Bolívar, doña Susana Cordero de Espinosa presentó una ponencia sobre don Luis Cordero Crespo. La compartimos con ustedes.

Rechazo instintivamente las exaltaciones delirantes, de las cuales mucha gente puede servirse —y se ha servido— para aludir a Luis Cordero Crespo, y acudo, más allá de los “atestados de legitimidad y limpieza de sangre” de la familia Cordero, al texto escrito en la cubierta del primer volumen del poemario publicado en el centenario de su muerte por la Universidad Católica de Cuenca, titulado, bella y sencillamente, “Mi abuelo Luis”, obra de la muy querida Fina Cordero de Crespo, miembro honorario de la Academia Ecuatoriana de la Lengua:

Dice el Eclesiastés: “Feliz el hombre que se dedica a la sabiduría y que se hace preguntas hasta encontrar respuestas. Al fin será premiado con dejar un nombre que no se olvide”… Qué bien se aplica este versículo a la vida y la obra de Luis Cordero Crespo, nacido en Surampalti enraizado en la tierra como los árboles y las mieses, conoció la guarida de los animales, la maravilla de la vida de las abejas, el poder misterioso de las plantas, las quiebras de la montaña en donde se alojan el viento y la neblina. Y sigue Fina: el dulce idioma de los pastores, con los que compartía el amor a los rebaños, la ruta de los astros, el vuelo de las golondrinas que emigran cada año a una hora precisa, los puntos en donde se asienta el arcoíris, los colores del amanecer y del crepúsculo. Cabalgó por los caminos defendiendo del maltrato a las mujeres, partiendo su pan con los viajeros, enterrando a los muertos. Escribió Enumeración botánica y el Diccionario quichua, como bellamente dice:
“Mas como entre indios nací, / sus cabañas frecuenté, / con sus párvulos jugué, / sus penas supe y sentí, / su doliente quichua fue / nuevo idioma a para mí”.
Llegando a su momento final, al testar, suplica a sus descendientes amor y compasión para la raza vencida y en un gesto digno de un niño o de un profeta ordena dejar siempre abiertas las ventanas de los graneros para que se alimenten las aves del cielo y los infelices indios puedan sustraer algo para el sustento de sus familias.

Y termina:

Al cumplirse un centenario de su nacimiento, he querido hablar del aspecto humano de este personaje que pasó por la vida haciendo el bien.

Ella, querida colega de la Academia Ecuatoriana, nombrada con sobra de méritos su miembro honorario, pariente cercana y amiga del alma, me conmina a decir que ninguna otra alabanza, ninguna otra forma de mirar a Luis Cordero (1833-1912) resulta más auténtica, más adaptada a la personalidad de este singular prohombre —y que él me perdone el uso de término tan poco adecuado a su campesina sencillez— como este texto escrito por ella para la edición de la Universidad de Cuenca.

Los dos primeros hijos del matrimonio de Josefa Crespo y Gregorio Cordero fueron Luis, el futuro presidente de la República, y Vicente, padre, a su vez, de Octavio Cordero Palacios. Detalles singulares de su vida me piden incluir aquí este último nombre: el primero, involuntario, aunque determinante, su íntimo parentesco con Luis Cordero Crespo, cuyo primo hermano fue; el otro, su interés por el quichua que, junto con el cañari, fueron tema central de su libro El quichua y el cañarí, texto que ganó, en 1924, la Palma de Oro de la Municipalidad de Cuenca. Del estilo y la vida singulares de este sabio políglota y escritor, abuelo de Simón Espinosa y mi propio abuelo, afirmaba Simón en su discurso de ingreso a la AEL en calidad de miembro correspondiente: “…su vida fue una mezcla de erudición, filosofía, sentido común, espíritu crítico y humor”, además de una profunda fe cristiana, añado yo.

Otra coincidencia extraordinaria, explicable, no solo por el cercano parentesco sino por las circunstancias que se vivían en la Cuenca de entonces, es el traslado de la familia de Octavio Cordero a su fundo de Surampalti, el pueblo de la infancia de Luis Cordero, y hablo de esta decisión de abandonar Cuenca por su valor, en referencia a la vida y los sucesos de la época:

Los jóvenes esposos cuencanos Gregorio Cordero Carrión, modesto agricultor y comerciante, y María Josefa Crespo Rodríguez decidieron en 1831 trasladar su residencia de Cuenca a un fundo propio en Surampalti, a 22 km de la ciudad. Según Simón Espinosa:

Emigraron porque su almacén de la calle Real, hoy Bolívar, había sido varias veces saqueado. La década de 1820 no ofrecía seguridad al comercio cuencano por el movimiento de tropas españolas y patriotas, las requisas de gente y bienes para las campañas de Junín y Ayacucho y para la guerra contra Perú en 1828 y 1829. Surampalti era un lugar apacible flanqueado por el cerro Ñamurelti y regado por los ríos Bayandel y Déleg.

Luis Cordero cumplió en su vida la extraordinaria previsión que surge del discurso inicial de Pórtico, novísimo volumen editado, además del primer Diccionario académico de ecuatorianismos y el volumen César Dávila Andrade, antología e interpretación, en homenaje al sesquicentenario de nuestra Academia Ecuatoriana. Pórtico es libro que incluye los discursos más influyentes de los fundadores y de otros antiguos académicos seleccionados y prologados por Simón Espinosa. Dicho discurso inicial fue el de don Pedro Fermín Cevallos y se refiere en él a la idea peregrina que alguna vez circuló, sobre todo en el ‘cono sur’ de América, de que bastaría con una sola gran Academia Americana de la Lengua, para que el español estuviera bien representado en nuestro continente; Cevallos expone como necesidad ineludible la existencia de academias de la lengua en cada una de las naciones americanas, y escribe:

“Una sola academia para tantas y respectivamente lejanas secciones americanas […] no hubiera podido tomar asiento en ninguna de las capitales […] pues todas, cada una para sí, habrían apetecido la comodidad y preferencia y ninguna [habría] convenido en mantener a sus académicos fuera de casa a través de mares opuestos y cordilleras intransmontables.

Y sigue don Fermín, proféticamente: “… el filósofo, el geólogo, el botánico, el poeta, principalmente, se halla aquí en su propio techo, el espacioso y virgen campo que han menester para dar con las fuentes, vida, causas y efectos de las cosas”; así resume el papel de la lengua, cual es el de nombrar, labor humana por excelencia, que Luis Cordero asumió en tantos y tan distintos ámbitos en los cuales por vocación, educación y responsabilidad privada y pública la vida le urgió a desempeñarse.

En Cordero, el mayor entre catorce hermanos, la vida infantil en Surampaltideterminó y dispuso para él, un amor indeclinable por “los objetos visibles e inaparentes del globo en que moramos”; como respuesta a su destino campesino, estudió en todos sus aspectos las plantas que lo rodeaban, al entender que conocerlas bien era la manera más profunda de amarlas; las examinó y analizó desde su estructura y crecimiento hasta su papel en la naturaleza; observó en qué condiciones crecen y cómo responden al ámbito en que viven, su diversidad y su papel en el ecosistema, definido por el Diccionario de la Lengua como ‘Sistema ecológico constituido por un medio y los seres vivos que habitan en él, así como por sus relaciones mutuas’; una labor incesante, decíamos, que dio lugar a Cordero a escribir su libro titulado Enumeración botánica de las principales plantas, así útiles como nocivas, indígenas o aclimatadas que se dan en las provincias del Azuay y Cañar de la República del Ecuador.

Cito las siguientes referencias a su excepcional interés y amor por la naturaleza, información casi anecdótica aunque cabal, obviamente muy posterior a lo dicho y que vale la pena incluir, a manera de colofón, sobre su pasión por los tesoros más arraigados en la Tierra; él fue, un ‘ecologista’ a carta cabal, mucho antes de que la prensa universal nos impusiera el término.

“En agosto de 1875 viajó a Lima, ciudad de donde trajo nueve pequeños ejemplares de árboles araucaria excelsa, y asu regreso a Cuenca sembró ocho de ellos en la plaza Vargas Torres, actual parque Calderón, y el restante en el jardín de su casa. Según datos de 2014, esos árboles todavía están en pie. En 1880 envió a la Exposición Nacional de Guayaquil una colección completa de cereales azuayos, minerales y plantas de esa provincia; obtuvo por esta contribución Medalla de Oro y de Bronce, y fue designado Miembro Honorario de la Sociedad Filantrópica del Guayas.

Aprendió el quichua con sus pequeños amigos indígenas, a quienes amaba con la íntegra sencillez con que ama un niño; compartía con ellos en plenitud la vida del campo, sus búsquedas y sueños, descubrimientos y datos ingenuos; todo lo miraba con una visión que muestra, desde mi punto de vista, dos caracteres centrales de su carácter: la inteligencia y la ternura.

Paso a otro ámbito de su preocupación: Si hubo alguien en el Ecuador que desde niño dominó el español y el quichua, esta última lengua casi a manera de otro idioma materno para él, pues su convivencia con los indígenas del servicio de Surampalti y con sus pequeños hijos (a quienes llama ‘parvulitos’ en el poema citado y en otros momentos) fue Cordero Crespo, en cuya experiencia vital el quichua fue coetáneo con el español, al haberlo escuchado y asimilado al mismo tiempo que nuestra lengua general.

Así, Cordero aprovechó tan plenamente su existencia que, concorde con su experiencia y su cultura, escribió el que sería durante muchos años el mejor, el más amplio y nutrido Diccionario quichua-español, español-quichua, de contenido minucioso, ejemplar. Tanto en el título de esta obra magistral, como en cualquier mención a la lengua indígena, llama a esta última quichua, no, quechua; el quichua fue y es hasta hoy, luego de alrededor de setenta años de dominio incásico sobre otros grupos indígenas que habitaban la zona, la lengua fundamental por su permanencia e influjo en el español del Ecuador que se ejerce hasta la actualidad.

Otra breve e importante evocación familiar: mientras mi abuelo, Octavio Cordero Palacios, tituló su libro fundamental, El Quechua y el cañari (contribución para la Historia Precuencana de las Provincias azuayas) que recibió en 1924 la Palma de Oro de la Municipalidad, todavía llamaba quechua a nuestro quichua; solo Luis Cordero se anticipó a la decisión académica de aceptar para el habla indígena principal del Ecuador el término quichua porque, como lo aclara en su diccionario, en el quichua hablado en el Ecuador se usan solo las vocales a, i, u, no e ni o. Más de un siglo después, don Carlos Joaquín Córdova, ex director de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, solicitó expresamente que el Diccionario de la Lengua española, nuestro diccionario general, recogiera en adelante, en artículos aparte, lo siguiente: quichua, ‘variedad del quechua hablada en el Ecuador’; quichuismo, ‘palabra o giro de la lengua quichua empleada en otra lengua’ —en nuestro caso en el español del Ecuador— y quichuista, ‘persona versada en la lengua y cultura quichuas’.

En referencia a su diccionario reproduzco, no sin nostalgia, una brevísima alusión recogida en la “Biblioteca Virtual de la Filología Española”:

En 1892, fecha en la que Luis Cordero Crespo ascendió a la Presidencia de la República, ya tenía preparada la que sería su obra más importante: el Diccionario quichua-español, español-quichua (1895), un nutrido repertorio bidireccional, completado por unos retazos de la gramática de esa lengua, que fueron publicados también de forma independiente un año antes. La edición príncipe de este diccionario, impresa en 1895, coincidió con la fecha de su destitución como presidente, motivo por el que la impresión fue frenada, y la difusión de los ejemplares ya impresos, muy restringida; hasta tal punto llegó el veto que, en la actualidad, se considera prácticamente como una edición desaparecida.

[No creo en el veto, sino más bien en el descuido e indiferencia cultural que durante muchos años, aunque con notables excepciones, ha caracterizado nuestra idiosincrasia ecuatoriana, sobre todo en cuanto se relaciona con el mundo y la vida indígenas]…

El Diccionario ha sido reeditado desde mediados del siglo XX, en numerosas ocasiones: 1955 (Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito), considerada como la edición de referencia; 1968 (Universidad de Azuay, Cuenca) y las sucesivas ediciones y reimpresiones —1989, 1992, 2005, 2010— llevadas a cabo por la quiteña Corporación Editora Nacional. Finalmente, sus Estudios de lingüística americana,Carta a un americanista francés” sintetizan el contenido de una epístola pública, enviada al americanista y editor francés Léon Douay (ca. 1830-post 1900), que recoge las observaciones de Cordero sobre las Nouvelles recherches philologiques sur l’antiquité américaine [Nuevas investigaciones filológicas sobre la antigüedad americana] (J. Maissonneuve, París, 1900) obra que versaba sobre los idiomas amerindios del Cauca colombiano.

Han transcurrido, pues, más de ciento veintinueve años desde la publicación del Diccionario de Cordero pero según el texto de la “Biblioteca Virtual de la Filología Española”: todos los quichuistas valiosos que han elaborado nuevos diccionarios, [lo han hecho] sin duda apoyados en el de Cordero.

Es imposible abarcar una existencia como la suya, digna y prolífica en lo individual y familiar, en lo político y lo público.

Dado el límite de tiempo con que contamos los ponentes en este acto, apenas cabe hacer alusión a Cordero como el luchador político y expresidente de la República del Ecuador que vivió años amargos entre vicisitudes políticas, aunque siempre sirvió al Ecuador con su hondo sentido humanístico y vital y su vigorosa personalidad, como lo muestra el reconocimiento histórico a su dignísima existencia.