
En la edición del 4 de junio de 2026, la revista Vistazo incluyó un reportaje de Sébastien Mélieres sobre don Marco Antonio Rodríguez, miembro numerario de la corporación. Lo reproducimos para ustedes a continuación.
Marco Antonio Rodríguez: El clásico de la literatura ecuatoriana
Narrador, ensayista, poeta, docente y estudioso de la pintura y la música, Marco Antonio Rodríguez ha construido una de las obras más sólidas y singulares de la literatura ecuatoriana.
Por Sébastien Mélieres.
Antes de convertirse en uno de los referentes de las letras ecuatorianas, Marco Antonio Rodríguez fue un estudiante del Colegio San Gabriel que comenzaba a descubrir el mundo a través de la lectura. En esa etapa formativa, varias figuras marcaron su destino intelectual y humano: Hernán Rodríguez Castelo, Manuel Zabala Ruiz y “el viejo maestro blasfemo e iconoclasta”, Horacio Viteri Karolys, quien lo inició en la lectura de los poetas franceses —simbolistas, parnasianos y modernistas— y, sobre todo, le enseñó a ser libre de dogmas y fundamentalismos”.
Un breve texto sobre “La risa encadenada”, de Manuel Zabala Ruiz, llegó a las manos del editor del diario El Comercio y días después, el joven Rodríguez vio publicado por primera vez un escrito suyo. La pasión por los libros nació también desde lo visual y lo íntimo. En su casa había un solo volumen: “El mártir del Gólgota”, un libro enorme y pesado que le fascinaba incluso antes de leerlo. Luego llegaron la poesía ecuatoriana, los clásicos y los grandes autores universales. Desde entonces, sus verdaderos viajes han sido literarios. Rodríguez reconoce además que su sensibilidad artística proviene de sus raíces familiares. Creció entre talladores de madera, esculturas religiosas y el olor permanente del taller artesanal. “Mis ancestros eran tallistas. Yo veía atónito cómo preparaban la madera, la desbastaban, la pulían… de qué manera la encarnaban y vestían”. Esa cercanía con la creación manual y con la música —su padre era pianista, violinista y acordeonista— terminó moldeando una mirada artística integral que más tarde atravesaría toda su obra.
La literatura, la poesía y el combate cultural
Aunque obtuvo títulos en Jurisprudencia, Filosofía, Letras y Ciencias Políticas, Rodríguez desconfía del prestigio académico vacío. Para él, la verdadera formación siempre estuvo en los libros. Su pensamiento está marcado por una profunda preocupación por la cultura contemporánea y por el deterioro del pensamiento crítico en tiempos dominados por las redes sociales y la velocidad digital. Dentro de su extensa trayectoria, Rodríguez transitó por el cuento, el ensayo y la reflexión estética. Aunque algunas editoriales catalogaron Historia de un intruso como novela, él insistía en definirla como “un cuento extenso”. Publicada hace más de 50 años, la obra terminó convirtiéndose en uno de los grandes clásicos contemporáneos de la narrativa ecuatoriana. A ella se sumaron libros fundamentales como Un delfín y la luna y Jaula, textos que consolidaron su prestigio y ampliaron el alcance de su universo literario. “No sé qué es la fortuna, pero creo que mis libros han sido afortunados. Siguen siendo leídos”, asevera el propio escritor que reconoce que esas obras definieron una etapa esencial de su creación. La importancia de Historia de un intruso trascendió las fronteras ecuatorianas y despertó la admiración de grandes intelectuales latinoamericanos. El crítico mexicano Emmanuel Carballo llegó a afirmar: “Si Rodríguez hubiera sido mexicano, su Intruso habría tenido un éxito similar al de Pedro Páramo, de Juan Rulfo”. Para Rodríguez, el arte supremo sigue siendo la poesía que define como “el polvo eviterno que se escurre entre los intersticios de la razón”.
Su vínculo con las artes visuales también fue decisivo. Admirador y amigo de pintores como Oswaldo Viteri y Oswaldo Guayasamín, dedicó buena parte de su vida a estudiar y difundir la obra de artistas ecuatorianos. Esa pasión alcanzó una dimensión institucional cuando dirigió la Casa de la Cultura Ecuatoriana, etapa en la que impulsó recitales, exposiciones y colecciones literarias. Recuerda especialmente el proyecto “El poeta y su voz”, que llenó el Teatro Nacional con lecturas de grandes autores ecuatorianos. Para él, la cultura debía servir para integrar al país y dar espacio a las provincias, los artistas y los creadores marginados. “Quien me sucedió en la Casa de la Cultura fue patrocinado por un presidente nefasto para el Ecuador y para la cultura. Él terminó entregando la Casa a ese gobierno. Se creó un Ministerio de Cultura que, lejos de democratizar la cultura, sirvió para burocratizarla. Batallé cuanto pude junto a un grupo de ecuatorianos notables y a los presidentes de los núcleos provinciales. Perdimos. Pero servimos a artistas pintores, escultores, músicos, teatristas, pensadores, poetas… porque era nuestro deber”.
El tiempo, los clásicos y la permanencia
A sus 85 años, Marco Rodríguez pertenece a esa rara estirpe de escritores cuya obra termina superando el paso del tiempo. Esa idea parece reflejar también su propia trayectoria: una obra vasta y diversa que ha sabido mantenerse vigente. “Cuando el autor parte y su obra sigue siendo leída… es el triunfo de la obra sobre el invicto tiempo”, reflexiona. Su admiración por los clásicos griegos y romanos —Homero, Sófocles, Esquilo y Virgilio— revela una concepción profunda y exigente de la literatura. Para él, escribir no ha sido únicamente un ejercicio estético, sino también una búsqueda ética y humana como lo evidencia su película preferida “2001: Odisea del espacio” de Stanley Kubrick. Cuando se le pregunta quién es, responde con sencillez: “Un ser humano que quiso merecer ese nombre”. Y si tuviera que nombrar su autobiografía, escogería: “Un hombre que soñó ser bueno”.
Fiel a su vocación, Marco Antonio Rodríguez suele repetir una frase que resume toda su vida y su fe absoluta en la creación: “Moriré escribiendo mi mejor libro”. Y quizá allí resida la verdadera condición de los clásicos: hombres como él nunca mueren, porque permanecen vivos en las páginas que continúan dialogando con nuevas generaciones de lectores.



