
Encontrarse a un metro de distancia, y únicamente separado por el cristal de la vitrina, con la Biblia de Gutenberg, la original, de 1455, muestra fehaciente del inicio de la imprenta. O unos pasos más allá, con tablillas de barro con escritura cuneiforme de hace más de cuatro mil años, el verdadero inicio de la escritura, es una experiencia conmovedora.
Son, para quien ama la palabra escrita, las dos estrellas más rutilantes de la exhibición Tesoros de la Biblioteca Pública de Nueva York que se despliega en el hall del primer piso de su edificio emblemático en la Quinta Avenida y calle 42, ese edificio neoclásico con columnas y amplias escaleras, flanqueadas por dos leones de piedra.
El alcalde Fiorello La Guardia bautizó a esos dos leones como Paciencia y Fortaleza. Les dio estos nombres en la década de 1930 para representar las cualidades que creía que los neoyorquinos necesitaban para superar la Gran Depresión.
Por más de 125 años, la biblioteca (NYPL por su sigla en inglés), y que hoy tiene 92 sedes en el Bronx, Manhattan y Staten Island, ha coleccionado, conservado y puesto al acceso del público el conocimiento del mundo entero.
Desde hace cuatro años, y renovada parcialmente cada otoño, la que se llama oficialmente Exposición Polonsky de los Tesoros de la NYPL, muestra los más extraordinarios de los 56 millones de objetos en las colecciones de la biblioteca.
Esos tesoros narran historias de pueblos, lugares y momentos que se extienden por cuatro mil años, desde la invención de la palabra escrita hasta el presente. El visitante que se escape del incesante shopping y el espectáculo permanente que es Midtown Manhattan, encontrará allí manuscritos, obras de arte, cartas, imágenes fijas y en movimiento, grabaciones y más objetos que le harán aprender, apreciar y soñar.
El inicio de la escritura
Hay varias secciones en la muestra “Tesoros”: una introducción, una segunda sección denominada “Inicios”, que presenta objetos que marcaron comienzos de todo tipo. Desde la Declaración de Derechos Civiles hasta las primeras grabaciones de ópera, en cilindros, de principios del siglo XX, hechas por Lionel Mapleson. Y, al fondo, frente a la entrada, la sección que me atrajo como un imán: “La palabra escrita”.
Es lógico que la mayor fortaleza de una biblioteca sean los libros que posee, pero lo que nos muestra la NYPL es que sus colecciones contienen mucho más: desde las tablillas cuneiformes hasta peluches y originales de la literatura contemporánea.
En los albores de la civilización, alrededor de los años 4000-3500 a. C., en Mesopotamia, se inventaron unas tablillas de arcilla para apuntar en ellas con un estilete con punta de cuña una variedad de temas: primero cuentas y deudas, y luego textos administrativos, religiosos, literarios, matemáticos y científicos, en diversas lenguas mesopotámicas como el sumerio, el acadio, el babilónico o el hitita.
Frente a ellas, pensaba que estos artefactos, usados durante más de tres mil años, son cruciales para comprender la historia antigua, porque ofrecen información sobre el origen de la escritura y también sobre la vida cotidiana, la economía y la cultura de la región. La venta de una casa, una oración, un proverbio, un ejercicio escolar, una lista de palabras, una ley o el nombre del monarca en cuya tumba fueron colocadas; todo esto está registrado en las tablillas.
Había oído de ellas, había leído sobre ellas, las había visto de pasada en algún museo europeo, pero ahora las tenía frente a mí, a escasos centímetros. Podía apreciar la forma y el grosor de cada una, los rasgos de las inscripciones, contemplar las más primitivas, en las que se usaban pictogramas, y apreciar su evolución hacia signos con valor fonético (silábico), lo que permitió escribir en diferentes idiomas. Era una experiencia a otro nivel.
También pensaba en los seis mil y más años que me separaban de las más antiguas de estas creaciones humanas, y cómo al inicio simplemente se las dejaba secar al sol. Pero las que tenía frente a mí habían sido cocidas en hornos, razón para que sobrevivieran hasta que yo pudiera verlas hoy, dándome una ventana única al momento en que despuntaba el sol sobre el oficio de escribir.
La audioguía gratuita que me he bajado al celular dice que la NYPL tiene cerca de setecientos de estos artefactos con inscripciones cuneiformes (porque no todos son tablillas; hay cilindros, cubos, unos pequeños tejos de una pulgada como lentejas).
Y que fueron donados a la biblioteca por su principal bibliotecario, Wilberforce Eames. “¿De dónde las obtuvo? ¿A quién se las compró? No creo que él haya ido a desenterrarlas”, pienso mientras corre la audioguía que me dice también que los expertos han identificado unos mil caracteres diferentes en las tablillas. Luego, el ser humano simplificaría los alfabetos a dos docenas de caracteres.
La revolución de Gutenberg
Regreso a mi derecha, a la Biblia Latina de Gutenberg de 1455, la primera gran obra impresa en Europa con tipos móviles de metal.
He aquí, me digo, el inicio de la imprenta en Occidente, el inicio de la revolución en la producción de libros, que hasta entonces se copiaban a mano.
Daniel Alarcón, el periodista radial que grabó la audioguía, me dice que “el libro impreso más antiguo del mundo proviene de la China del siglo IX. Sin embargo, durante muchos siglos, la mayoría de los libros seguían escribiéndose y copiándose a mano. No fue hasta mediados del siglo XV que se extendió el uso de los tipos móviles, y la Biblia de Gutenberg —el primer libro importante impreso en Europa— anunció un cambio radical en la forma en la que el mundo occidental se comunicaba”.
Esta edición de la Vulgata Latina, es decir, de la traducción al latín hecha por san Jerónimo, se realizó en el taller de Johannes Gutenberg en Maguncia, Alemania.
Me impresiona su gran formato, su belleza y los gruesos tipos góticos en que está impresa. En efecto, esta biblia es famosa por su alta calidad estética y, no se diga, por su importancia histórica.
Recuerdo haber visto un ejemplar en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, hace años, pero nunca tan cerca y tan tranquilamente como hoy. Observo que, aunque está impresa en tinta negra, los encabezados y las letras mayúsculas fueron adornadas a mano con tinta roja y otros colores, como parte de un proceso que combinaba la impresión en serie con la artesanía.
Se imprimió con 42 líneas por página, con el objetivo de rivalizar con los manuscritos hechos por monjes. Y en verdad, con esos caracteres góticos, la tinta roja, los otros colores, el producto era un digno rival. Solo que no era un ejemplar único: se imprimieron unas 180 copias.
La guía que pasa con un grupo de turistas, y que interrumpe por un momento mi concentración, no deja de decir que es uno de los libros más caros del mundo debido a su valor histórico y artístico, y a su condición de hito en la historia de la imprenta.
Y por ella me entero de que hoy solo se conservan 48 copias de la Biblia de Gutenberg, de las que únicamente unas veintiún están completas.
Al investigar un poco, más tarde ese día, sentado en el parque Bryant, a las espaldas de la biblioteca, un lugar casi sagrado para mí, me sorprendo al saber que en Nueva York hay tres ejemplares más de la Biblia de Gutenberg en la Biblioteca Morgan. Otros se hallan en diversas bibliotecas, museos e instituciones académicas alrededor del mundo. Ninguna, de lo que se sabe, está hoy en manos de coleccionistas privados.
De los 180 ejemplares que imprimió Gutenberg, 145 fueron en papel y 35 en vitela (piel de becerro tratada). De estas últimas se conservan solo cuatro (una de esas es la de la Biblioteca del Congreso). La de la NYPL es de papel, y me entero de que fue la primera Biblia de Gutenberg en llegar a América, pues la adquirió el ciudadano estadounidense James Lenox, en 1847.
Pienso en el carácter único de este libro, pues es el ejemplar que inició la revolución: el proceso de impresión de Gutenberg sentó las bases para la difusión masiva de información en Europa y en todo el mundo. A partir de él, los libros promovieron el diálogo entre lectores y académicos, codificaron las lenguas, fueron compañía en la soledad, inspiración en la penumbra. Todo comenzó en este libro.
Otros tesoros
En la misma vitrina encuentro otros libros notables: el primer folio de Shakespeare, publicado en 1623, es decir, la primera recopilación de las obras del gran dramaturgo inglés, que incluye dieciocho obras que no habían sido impresas anteriormente, salvándolas de desaparecer. ¿Se imaginan el mundo sin Macbeth? También está el segundo volumen de las obras de sor Juana Inés de la Cruz, la primera gran literata de América Latina, impreso en Sevilla, en 1692.
Y, a su lado, objetos como el bastón de Virginia Woolf y un cortapapeles de marfil, que tiene como mango la patita disecada del gato favorito de Charles Dickens.
Luego de largo rato me despego de la vitrina que me ha tenido absorto y recorro un poco el resto de la exhibición: en la sección “Exploraciones” veo el globo terráqueo de Hunt-Lenox de 1510, el más antiguo conocido que representa a las Américas. Me sonrío al ver la frase latina “𝐻𝐶 𝑆𝑉𝑁𝑇 𝐷𝑅𝐴𝐶𝑂𝑁𝐸𝑆” (“Aquí hay dragones”) en la costa oriental de Asia.
Al lado, en una sección llamada “Infancia”, me asombro al ver los primeros peluches de Winnie the Pooh y sus amigos (Piglet, Eeyore y Tigger) y me entero de que son los juguetes que inspiraron los libros de A. A. Milne y fueron donados a la biblioteca en 1987 por el hijo de Milne, Christopher Robin. La condición para la donación fue que los muñecos permanecieran expuestos públicamente, convirtiéndolos en una parte valiosa de su colección de literatura infantil.
Me encuentro con un libro enorme, que ocupa toda una vitrina, Las aves de América; a partir de los dibujos originales de John James Audubon, impreso en Londres, entre 1827 y 1838. Michael Inman, en la audioguía, me explica: “Es el libro más grande de la Biblioteca Pública de Nueva York y, sin duda, uno de los libros más grandes jamás impresos”. Audubon se propuso retratar cada ave en su tamaño real, de allí que el libro sea tan grande.
Frente a esta vitrina, al otro lado del salón, están el escritorio y la silla de Charles Dickens, y tengo la sensación de que hace un momento se hubiera levantado para pasear por el jardín —seguido seguramente por su gato Bob— y que regresará en cualquier instante.
Este artículo se publicó en la revista MundoDiners.




