
“Las cuentas de Isidra Llanos no cuadran. Empezó a trabajar como interna en una casa de Xochimilco, en Ciudad de México, a los 14 años. Trabajó 16 horas diarias (la mayoría de semanas sin ni siquiera tener libre los domingos) durante casi tres décadas. Después cumplió jornadas de 12 horas de lunes a sábado limpiando viviendas en la capital. Ahora, con casi 60 años, todavía está empleada un par de días al mes. Sin embargo, Isidra no recibe una pensión, ninguna ayuda del Gobierno mexicano, tampoco tiene derecho a atenderse en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS). Para el Estado, las manos pequeñas y los pies rápidos de Isidra Llanos no han trabajado nunca”.
Tomé nota de esta historia y de su comentario y pensé reproducirlo el Día de la Mujer para entender mejor y más, y para mostrar a las cientos de miles de Isidras Llanos que trabajaron, trabajan y trabajarán en el México de hoy, pero no solamente… Lo he pensado. Hasta pensé en no enviarlo, pero me animo a hacerlo en son de alguna forma de justicia y quizá más allá…
Y, sobre todo, porque hay Isidras Llanos en todos los países de América y Teresas Campoverdes y Rosauras Manzanos y Juanas Palomeques, mejor o peor pagadas, con o sin derecho a algo más que un sueldo. Una es la historia de las maltratadas, de las peor pagadas, de las que, una vez que ya no pueden más, luego de haber trabajado cuarenta, cincuenta años, quieren dejarlo todo y no pueden, o pueden, pero para ir a vivir en la miseria o depender de un hijo, una hija o una nuera, pero ¿quién le aguanta a una, ya vieja, en una casa de un cuarto dividido en dos con una cortina y un baño para todos los que viven en los cuartos del piso, que son siempre más de los que en realidad caben en ese espacio? ¿Quién?
Claro que era mejor seguir en la casa de esa familia que, en medio de todo, no era tan miserable. Porque el joven Patricito sí me daba alguito, una propina de vez en cuando, ‘para que vayas a ver la película en el cine de la esquina’, se burlaba, porque sabía que yo salía tardísimo y volvía prontitito de mañana pero era bueno, y para mí mejor, así no gastaba; “Isidra decía para mí adentro, busca otra cosa”; pero mejor sufrir a manos de esta familia conocida que en las de alguna otra, porque hasta cuando me quedé encinta porque a una le engañan…
Y el Onofre que le conocí en el baile de la fiesta de la Victorina del frente de la calle, parecía honrado y me buscó bastante, para qué también, y me decía que quería un huahua para vivir juntos, porque cómo te de dejar, Isidra, mos de encontrar un cuartito más grande, mos de vivir; un hijo o una hija, lo que venga, es siempre hijo, hija.
Y le dejé que haga lo que quiera. Y cuando la familia donde trabajaba se dio cuenta de que estaba encinta, solo lloré y lloré, qué más remedio para que no me manden sacando. Y sí, les ha de haber dado pena, porque me dejaron quedar, pero claro, yo era la tonta, la que se había dejado, y yo esperaba, esperaba: —El Onofre ya mismo vuelve del Cañar, se fue contratado para un viaje largo; pero el Onofre que dizque se fue a Cañar, desapareció. Así nomás.
Eso sí, las náuseas eran horribles, no me entraba nada en la barriga, todo vomitaba. Yo lloré y lloré, cierto, no me mandaron pero y pensando bien, ¿qué hubieran hecho sin una?, y la huahua nació de una y gratis en la Maternidad, pero cuando nació y me dijeron ‘mujercita, señora’, yo dije va a sufrir, como yo, pero porque yo soy su mamá yo he de sufrir por ella. Lo malo, francamente, es que fue mujer [¡qué mala suerte en este mundo!], porque un varón puede aprender a manejar un carro y se empieza aunque sea como controlador y como el chofer no puede vigilar si los pasajeros pagan completo o incompleto, el controlador puede ir ahorrando y ya con mi huahua les dije un día que eran más de quince años de trabajar toditos los días, y que o sábado o domingo quería libre, y pusieron el grito en el cielo, pero ellos también qué iban a hacer sin mí.
Y el Onofre, ingrato, pero cuando vuelva no le he de dejar conocer a la huahua…
Él ha de haber ahorrado un mundo porque trabajaba hasta bien tarde y yo tonta ya con la huahua que lloraba toditito el día en el cuartito que yo ocupaba con el baño, eso sí, solita yo con ella, y calentaba agüita sin que se den cuenta para bañarle cuando todos se iban a sus dizque trabajos, porque trabajar, trabajar. Pero yo…
Y yo siempre esperándole al Onofre que algún día tienes que volver porque así, eso sí, no he de dejar que me olvides, porque una cosa es cuando una es jovencita y no sabe de trámites y otra con mi experiencia que he de ir al registro civil a denunciarle. Porque ya no soy una huambrita que no sabe nada, y ellos tuvieron la suerte de que mi mamá me deje con ellos a trabajar y me dejó nomás, pobre mamá, con cuatro más y yo ya era grandecita, ella dijo que había querido tener uno o una y tuvo tantos, pero todos, eso sí reconocidos, con su apellido, el de mamá, porque los fulanos que le dejaron así desaparecieron, siempre desaparecían, y hasta mamá desapareció largo porque se fue cuando me dejó con los Riofríos, y yo lloré cuando el domingo no vino a buscarme, y lloraba cada domingo cuando no venía, pero la familia me decían pero por qué lloras, aquí tienes todo, y cierto, ¡el pan no me faltaba, ni ha de faltar a mi huahua, gracias a Dios!
Y yo me he de callar, porque para eso una dizque nació mujer, pero ahora, algún rato, cuando venga el Onofre porque a quién mejor que a mí ha de encontrar… y ha de querer conocer a la huahua y eso sí, no. No.
Este artículo se publicó en el portal Plan V.




