
Cuando el Olimpo decide, la Polis sufre y observa.
La guerra es la confesión pública de que la civilización no logró domesticar plenamente la jerarquía humana. Cuando el orden se redefine por la fuerza de esa jerarquía, quedan expuestos los límites de nuestra supuesta racionalidad.
En la mitología griega, Zeus no gobernaba por santidad, sino por supremacía, frecuentemente ignorando el sufrimiento humano; Ares no encarnaba la justicia, sino la violencia organizada de la guerra y del castigo y era el más odiado de los dioses; Afrodita manipulaba el deseo y la pasión para sus propios fines; Poseidón, dios del mar y de los terremotos, actuaba según su temperamento volátil o por venganza. Procedían desde su jerarquía, más allá del bien y del mal en el sentido crudo del poder.
Si los dioses del Olimpo no eran divinos sino proyecciones amplificadas de lo humano —caprichosos, calculadores, protectores de sus intereses—, entonces la mitología no describía el cielo, sino la política. No eran metáforas inocentes: eran representación simbólica de la vida real.
La humanidad no es homogénea en capacidades. Existen asimetrías cognitivas y organizativas que generan jerarquías funcionales. No hay “seres superiores”, sino seres distintos cuya combinación de talentos y coordinación los sitúa en la cúspide de estructuras decisionales complejas, inalcanzables para la mayoría.
El reacomodo geopolítico contemporáneo —con la guerra como instrumento— bajo el cálculo de líderes como Donald Trump, Vladimir Putin, Xi Jinping o Benjamín Netanyahu no se decide en plazas abiertas, sino en cúpulas estratégicas. El resto de la humanidad no participa en esas deliberaciones; apenas reacciona ante versiones parciales de una realidad cuyo núcleo permanece inaccesible.
Los hombres-dioses del Olimpo fueron la explicación antigua de lo que superaba nuestra comprensión. Hoy, el poder nuclear y financiero global cumple con una función análoga. El ciudadano experimenta la misma sensación que el campesino griego: alguien fuera de su alcance decide su destino.
Y ese es el drama: no la existencia per se de jerarquías humanas, sino la fragilidad histórica de nuestra capacidad para contenerlas cuando convierten la guerra en instrumento. Donde no mueren quienes deciden; mueren quienes ejecutan o padecen la decisión. Siendo esta la prueba recurrente de nuestro fracaso moral como especie… y de que la ética siga siendo apenas una opción.
“La palabra ‘hybris’, de origen griego, significa orgullo o arrogancia. Los griegos utilizaban este término para hablar de la arrogancia humana frente a los dioses, que les hacía creer que, intoxicados de poder, podían conseguirlo todo”. [Wikipedia]




