Texto de don Francisco Proaño Arandi en la presentación de «Último trago en Salango», de don Jaime Marchán

El pasado 9 de abril de 2026 se llevó a cabo la presentación de la novela «Último trago en Salango», de don Jaime Marchán Romero. En el acto, don Francisco Proaño Arandi leyó el texto que ahora compartimos.

El pasado 9 de abril de 2026, en el paraninfo de la Universidad Andina Simón Bolívar, se llevó a cabo la presentación de Último trago en Salango, la más reciente obra de don Jaime Marchán Romero, miembro numerario de la corporación. En el acto, don Francisco Proaño Arandi, director de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, se dirigió a los asistentes con las palabras que ahora compartimos:

Último trago en Salango, novela de Jaime Marchán Romero

Empiezo por agradecer al autor por haberme invitado a participar en la presentación de esta su más reciente novela, Último trago en Salango, un hito más de especial relevancia en la espléndida prosecución de su periplo creativo y una obra cuyo solo título promueve ya el presentimiento de variadas connotaciones, desde aquellas de orden subjetivo hasta las que nos remiten a la intelección de un paisaje recreado con particular delectación: Salango.

Antes de proseguir, debo señalar o reiterar lo que acabo de afirmar, aquello que he conceptuado como el presentimiento de variadas connotaciones. Se trata, en efecto, de una obra compleja que, sin embargo, se lee con facilidad y placer, como resultado de las cualidades de la escritura del autor, una escritura sustentada en imágenes precisas y coloridas y en la creación de personajes sobre los cuales, cualquiera fuese su condición, proyecta siempre una mirada llena de comprensión humana. Excepto con la figura de cierto decano, representación de un espíritu burocrático, obtuso y hostil. Ya lo verán ustedes.

De entrada, el personaje narrador, profesor universitario de literatura y escritor, nos hace conocer que ha logrado se le conceda un año sabático. De las dificultades que para obtenerlo ha debido afrontar el referido docente nos hablará, él mismo, en distintas instancias del texto. Siempre he escuchado que los profesores universitarios aprovechan el año sabático para distintos propósitos: viajar; escribir un libro; concluir una investigación; o simplemente dedicarse a cuidar su jardín. En el caso que nos ocupa, el narrador se propone dos objetivos: terminar una novela de cuya trama jamás nos enteraremos y escribir un ensayo sobre una figura capital de nuestra literatura, personaje real, cuyo nombre nos reservamos por el momento.

Todo irá hilándose en torno a ese objetivo central. El año sabático va convirtiéndose más que nada en un período de preparación y de espera hasta la plena aparición del personaje objeto del ensayo que emprende el narrador. Esta suerte de espera, crea en el devenir de estas páginas una certidumbre de advenimiento, la sensación de que algo clave y de singular trascendencia está cobrando relieve, gracias a las precisas alusiones que dejará por aquí y por allá el narrador, es decir, nuestro profesor. Desde las primeras páginas va delineándose en la imaginación del lector esa presencia, una suerte de héroe epónimo del relato que finalmente el autor rescatará en términos de reinvención y homenaje: se trata, digámoslo de una vez, del recordado poeta, novelista y dramaturgo Francisco Tobar García, de quien, de aquí a dos años, en el 2028, conmemoraremos los cien años de su nacimiento.

En el momento en que Tobar García, personaje real, pero rescatado y transfigurado en la ficción, haga evidente su presencia en el plano de la escritura, devendrá sin duda en la figura fundamental de la novela, opacando todo lo anterior e iluminando de otro modo su sentido.

Me permito leer un pasaje que me parece sintetiza aquello que he calificado de advenimiento o de período de preparación. Antes de leerlo, no obstante, debo explicar que el narrador ha acabado de descubrir en un cajón, llevado desde la ciudad, una obra capital de su padre, jurista reconocido. Una de las tantas cosas que ha traído a su exilio de Salango y que se orientan a poner en orden algunas cosas de su vida.

Feliz por el hallazgo —nos cuenta—, subí a mi camioneta y fui a ‘celebrar’ a solas en El Delfín Mágico. Pedí una docena de percebes. Me supieron a gloria, con el aroma y el sabor incomparables del sexo de la mar. Mientras terminaba de beber mi Pilsener, pensé cuán productivo había sido hasta ahora mi plan de tomar un sabático en Salango; había recuperado la obra de mi padre, avanzado en mi ensayo académico sobre Francisco Tobar García, velado como un caballero medieval el manuscrito de mi novela y resucitado con Celia mi capacidad de amar.

Celia, el nombre de una hermosa arqueóloga que en esos días ha concitado su atención y entusiasmo amorosos. “Velado como un caballero medieval”: alusión que yo no solo la atribuyo a lo que tiene que ver con el manuscrito de su novela, sino más bien, o conjuntamente, con la concreción, en el papel y en la realidad, de ese ir al encuentro de aquella presencia esperada: el poeta Tobar García. O quizá al encuentro o reconocimiento, o reconciliación, con su propio ser, un personaje, el narrador, que llega herido a Salango por varias vicisitudes, algunas trágicas, y de las cuales el lector deberá enterarse en su momento.

Encontradas y complementarias líneas estructurales o subtextos narrativos, como quieran llamarse, marcan la escritura de esta novela, discursos que el autor logra ensamblar dejándonos como lectores la oportunidad y yo añadiría el placer de proseguir con creciente interés sus distintos y a la vez, confluentes contenidos: personajes contradictorios, designios personales y lugares —vegetaciones, playas, crepúsculos— que nos iluminan y proyectan una verosimilitud acendradamente sensorial de lo que ya citamos: el paisaje.

Nos encontraremos, por ejemplo, una vez más, con ciertas características emblemáticas de la obra anterior de Marchán, entre ellas, por citar algunas, el tema del viaje, recurrente en sus diversas aventuras narrativas; la reiterada visión de una época que el autor, viajero y crítico incansable, no deja de contemplar en sus cambios más determinantes; o la inmersión, siempre sorpresiva, en personajes narradores que gravitan, perspicaces y dolidos, que leen y reflexionan, en el ámbito de una realidad que nuestro autor disecciona y aborda con ejemplar humanismo.

Personajes que generalmente, incluso y especialmente aquellos que asumen la función de narradores, se nos aparecen inmersos, por causas muy bien sustentadas en la trama, en espacios ajenos a su cotidianidad, ajenos o hacia los cuales han debido escapar; espacios geográficos y humanos que exploran desde una perspectiva hasta cierto punto fronteriza, desde su condición de observadores como periodistas o artistas, o cronistas del mundo que les rodea porque la situación que enfrentan así lo determina. Ello suele infiltrar un aire marcadamente cosmopolita, un clima de descubrimiento que, de una u otra manera, no deja de reflejarse también en lo que piensan o escriben o intentan descubrir, esos personajes, en sus propios proyectos creativos.

Último trago en Salango no escapa a esa especie de signo distintivo. Pese a desarrollarse el hilo fundamental de la historia en un rincón paradisiaco de la costa ecuatoriana, la pluma de Marchán no deja de obrar nuevamente el mismo sortilegio, en tanto la mirada y, sobre todo, la sensibilidad del narrador, descubre los encantos, las secretas intrigas y esa atmósfera humana que trasciende implícita la realidad del pequeño paraje y tiende a universalizarse. Yo diría que, sin abandonar el horizonte en que transcurre la historia, o las historias, el ámbito simula extraterritorializarse; de allí, su magia, y, a la vez, la pluralidad de sus planteamientos.

Breves, pero significativos indicios, desplaza el autor para lograr ese efecto. Pistas, señales, vislumbres adecuadas a variadas circunstancias: ya en lo gastronómico, ya el entorno, ya en la emergencia de situaciones que llevan a recordar pasajes de la literatura, de la historia, de la cultura en general. Se refleja allí el propio escritor, dueño de un bagaje de experiencias que se transparenta gracias a una escritura cuyos atributos señalamos más arriba, y todo ello en un tránsito imaginativo que abarca, en un solo haz, lo cultural y lo paisajístico, para decirlo de alguna manera.

Como en algunos de sus textos anteriores, el narrador no dejará de llevar —casi siempre— en su interior las problemáticas de un pasado, creciente o remoto, que intenta explicar, explicarse y resolverlo afrontando las circunstancias de su realidad presente. Algunas, derivan de verdaderas tragedias de las que, de alguna manera, habrá de sobreponerse. Problemáticas que, en muchos casos, tienen que ver con la eterna confrontación que de un modo u otro se presentarán siempre en la compleja urdimbre de las relaciones humanas. Inclusive, la muerte. Este aspecto presta a sus diferentes historias un nivel de tensión mediante el cual se logrará siempre sondear las honduras del corazón humano, o de la condición humana, en sus complejas variantes.

En el proceso, desde la perspectiva o, mejor dicho, en la conciencia de la primera persona se va construyendo, más que un calidoscopio, una suerte de poliedro, permítaseme esta licencia geométrica; es decir, una figura en la que son evocadas, a manera de facetas independientes, pero confluentes, distintas historias cuyo epicentro, finalmente, deviene constituido por el propio narrador. Personajes y lugares, que, entre el pasado y el presente, sustentan el tiempo, un tiempo que, tal como transcurre en la conciencia del narrador, es sobre todo presente. El autor va enhebrando esas historias, que le atañen, mientras avanza el advenimiento del objetivo principal, la meta buscada o ansiada: concluir el ensayo sobre Tobar García.

No puedo dejar de señalar la hermosa edición de esta, la más reciente novela de Jaime Marchán. Un verdadero libro-objeto, realizado bajo el signo de Ediciones El Nido, impreso por Gráficas Iberia y magníficamente diagramado por Ernesto Proaño Vinueza.

Antes de terminar, quisiera referirme, muy brevemente, a una coincidencia que enlaza, en su nivel estructural, Último trago en Salango, con la última novela escrita por Francisco Tobar García, publicada en 1994, bajo el título El ocio incesante. En la obra de Marchán, los personajes y los acontecimientos giran en torno a una conciencia vigilante: la del narrador, centro de la historia. En la de Tobar García, de manera análoga, los hechos se suceden a una velocidad de vértigo a través de los paisajes y ciudades visitados por el gran poeta en su exilio cosmopolita por el mundo: Guayaquil, Caracas, Puerto Príncipe, Madrid, Ciudad de México, Barquisimeto, Bayona, Playa Villamil, La Citadelle, Bogotá, Miami, la “ciudad maldita”, esto es, Quito. Pero todo ello gira recordado y tal vez estigmatizado y a la vez sublimado por una sola conciencia que le presta unidad y coherencia: la del gran poeta y narrador, nuestro entrañable Paco Tobar, de cuya memoria y legado incomparables la novela que hoy se presenta, Último trago en Salango, constituye un primer y significativo homenaje.

Mis congratulaciones a Jaime por esta magnífica novela y a todos ustedes mil gracias por su presencia.