«El ‘rey’ Claude Monet», por don Marco Antonio Rodríguez

En una taberna —cuenta la leyenda evocada por Gaston Bachelard—, Eugène Boudin, el mentor de Claude Monet, que le enseñó a pintar al aire libre, dijo a sus amigos: “Hoy hallé a quien va a ser el mejor pintor que todos juntos…

I

En una taberna —cuenta la leyenda evocada por Gaston Bachelard—, Eugène Boudin, el mentor de Claude Monet (Francia 1840-1926), que le enseñó a pintar al aire libre, dijo a sus amigos: “Hoy hallé a quien va a ser el mejor pintor que todos juntos; es más, será rey”… Los artistas rieron al descubrir que el futuro “rey” tenía 15 años y era caricaturista.

“Quisiera pintar como el pájaro canta”, dijo Monet. ¿Lo logró? Entrar a su mundo es abismarse en el paraíso predicado por religiones y creencias. Regocijo y calma, vivificación del ser. Agua bendecida por la luz. Agua abierta, forzada y amada por la luz.

Angustia, delirio y éxtasis

Recluido en su casa de Giverny, en sus últimos años, plantó un jardín artificial y en él un estanque de agua sembrado de plantas exóticas. Pintaba junto a esa agua —pantalones bombachos, blusones y gorra— para asediar la luz y su trajín intemporal, aprehenderla el instante exacto y llevarla a sus lienzos.

A sus 70 años empezó a perder la visión, pero siguió en su obsesión por sitiar la luz, someterla, profanarla y perpetuarla. Hasta que, en su ceguera, la luz y el agua pretendieron escurrírsele. Entonces, rehundió su mirada en su ser interior y continuó pintando, aunque sus ojos nublados iban desdibujando los contornos y la vividez de los colores sobre sus lienzos.

Los nenúfares aturden y confunden —el lado oculto de su “paraíso” —. Amarillos, malvas, blancos, azules, rojos… desvaídos, difusos. Pinceladas rabiosas, intensas, exasperantes. Angustia y exorcismo. Exaltación de un espíritu sumido en el arte. Óleos agrisados por la penuria de una visión herida por las cataratas, pero jamás antes ni después pintados. Monet alcanzó, en los 250 cuadros “documentados” (Fredericksen), lo más similar a la perfección. Memoria y luz de los confines de su ser.

Odiaba sus lienzos y a veces los destruía. Lobreguez. Abstracción. Furia y exorcismo. Sublevación y lidia con el infortunio de estar al borde de la ceguera. Esta serie se distribuyó en sendos paneles para levantar lo que se llamó la Capilla Sixtina del Impresionismo.

Gran parte de su vida vivió en la pobreza. Nacido en el París de primera mitad del siglo XIX, apenas recuperado del flagelo del cólera de 1832 y en medio del furor de transformaciones urbanas, Monet fue mucho más que un pintor de paisajes; fue un desaforado y silencioso revolucionario, un presagiador de nuevas nociones del arte que rompió con la academia y sus normas, prosélito y devorador de la belleza efímera de la naturaleza.

Renuente a operarse el artista soportó durante 14 años la paulatina pérdida de la vista. Finalmente se sometió a una cirugía y recuperó su universo de colores.

Explorador de mundos que existen bajo este mundo, llevó a sus telas cielos y puertos, volubles como la vida de esas figuras difuminadas y dispersas que deambulan por el puerto de El Havre y sus aguas cercanas o por las campiñas parisinas. “Era solo un ojo, pero qué ojo”, fue el apotegma con el que Paul Cézanne describió a Claude Monet.

El ruido atronador y estridente de la industrialización y el apogeo de la fotografía marcaban su tiempo. Él y su grupo pintaron al aire libre. “¡Al aire libre!”, fue su proclama. Búsqueda de la libertad que solo se halla con lucidez creadora y bizarría.

Desde sus primeras estampas costeras de Monet hasta sus históricos Nenúfares, cada lienzo convoca a contemplar la belleza sutil del mundo que nos rodea. Pinceladas raudas y cromática vibrante, pintó no solo lo que veía, sino más allá de la superficie: como pensaba y sentía.

Estación de San Lázaro, 1877. Al contemplarlo se escucha el silbido del vapor filtrándose en el parloteo de los viajeros. Se observa la luz cruzando, precipitada, los arcos forjados por el tiempo. La pintura usurpa el ánima de la ciudad en su ciclo transformador.

Mujer con sombrilla, 1875. El cielo pasa del azul tenue, al rosa y al naranja cálido. La brisa envuelve a la mujer que pasea por el prado junto a un niño. Ella resguarda su rostro de la luz y el viento con una sombrilla mientras camina. Los trazos breves, relampagueantes, atemporales borran los rostros de los dos paseantes.

La piedra milenaria de La catedral de Rouen, 1890 (cualquiera de su serie). El cielo del ocaso que se esconde abraza los óleos. El pincel susurra apenas. Los colores, hálito del viento. Es la ultimación del cromatismo; el silencio se enlaza con la luz menguante del atardecer para expresar lo inexpresable.

“Quiero tomar/ del eterno ensueño de jóvenes nenúfares/ la piedra que hundirá sus fragmentos dispersos…/ Yo iba, cuando a mis pies se enredan, florecidas/ del pudor de amar sobre este lecho casual,/ dos durmientes gozando el placer de ser dos” (Mallarmé).

II

Un hilo de sol ilumina la cabeza de Claude Monet y desciende sobre su larga barba y su poblado bigote blancos. Es acaso la misma luz que fue alfa y omega de su arte. Sus cejas agrisadas realzan su mirada que da la sensación de arrebatar lo que ve. Esta imagen fue forjándose durante su inmersión en el arte pictórico y en la gestación del impresionismo.

París, 1874, en el estudio de un fotógrafo —el novísimo arte en auge—, tuvo lugar la primera exposición impresionista. Desencantados por el rechazo del Salón Oficial, varios artistas pintores, entre ellos Monet, Renoir, Pissarro y Degas… organizaron la muestra.

Colores que ciegan e iluminan

El Jurado del Salón de París, nombrado por el Estado, falló así: “Se trata de una banda que persigue un arte nuevo y revolucionario. Algunos de ellos poseen talento. Pero si concediéramos a su grupo la aprobación oficial (…) ello significaría la pérdida del arte en mayúsculas y la tradición”.

Los seres humanos queremos ver lo que conocemos, no lo que es. La historia enseña que lo nuevo causa repulsa, miedo o admiración. Para ostentar el título de pintor había que pasar pruebas impuestas por la academia. Los impresionistas se rebelaron y abdicaron de pintar temáticas históricas, mitológicas o bíblicas que celebraban el tradicionalismo.

Socarrón y despectivo ante la obra de Monet, el crítico de arte Louis Leroy exclamó: “¡Los impresionistas!”. Nunca imaginó que sería recordado precisamente por bautizar, con aquella frase soberbia y menospreciativa, a este movimiento histórico.

¿Cuál fue el cuadro de Monet? Impresión, sol naciente, 1872. Una niebla brumosa resuelta en azul y naranja abraza el lienzo. Leves líneas esbozan el puerto de El Havre como fondo. La luz furtiva del sol se rehúnde en el agua, glorificando la monotonía del puerto que se apresta al tráfago diario. Figuras sueltas, suspendidas en el tiempo surcan el mar. Pinceladas vertiginosas para enfilar botes oscuros en primer plano. Un hálito de melancolía cruza la atmósfera.

Nada transforma tanto el color como el agua. Desde farallones y planicies, los impresionistas comprendieron que la luz anidaba en su camino atemporal y que solo existe un instante —un soplo, un murmullo—, en el que puede aprehenderse luz y color para convertirlos en arte. Por eso los trazos de Monet son raudos e instantáneos, y los colores despliegan sus matices como frutos maduros.

Camille Monet en su lecho de muerte, 1879. Este cuadro “aún no ha sido celebrado como merece” (Wildenstein, 2011). Se trata, sin duda, de uno de los más sentidos y vividos por el pintor. Camille Doncieux, su compañera y madre de sus dos hijos, yacía muerta a sus 32 años.

El rostro de Camille aparece esbozado en lo alto de un torbellino, en gris y blanco, propicios para los tonos helados. Hay quienes ven “armonía y calma” en este cuadro, sin embargo, lo que exhala es el ánima de Camille muerta. Es la misma bella y tímida muchacha de 19 años a quien Monet retrató en La mujer del vestido verde, 1866, su primera obra aceptada por la crítica, y quien se convertiría en modelo de algunas de sus obras emblemáticas.

Evocación del ser y el no ser. Monet se ve a sí mismo, hurga en su intimidad y se pronuncia ante la brevedad del vivir. El silencio cae como un aire funéreo.

Alice Hoschedé y sus hijos se unieron a Monet y los suyos, y formaron una familia. El apoyo de ella fue decisivo en la creación de los memorables Jardín de flores y Jardín de agua. ¿Fueron estos jardines la mejor obra de Monet? Tal vez, no, pero constituyeron el fruto de más de 40 años de trabajo sabio y denodado.

Durante sus últimos años Monet madrugaba para sumergirse en la efímera belleza que entraña el universo de las flores fluviales. Buscaba el rincón de los nenúfares y allí, en medio del campo —impregnado del olor de las flores recién nacidas y el apareamiento de aves—, reía, hablaba y lloraba su ceguera con ellas.

Los últimos años trabajó cerca de 500 obras. Sus sempiternos Nenúfares, a los que llamó “paisajes acuáticos”, fueron una obsesión doliente y jubilosa. El arte poseyendo su irrefrenable ímpetu creador. “Son superiores a mis fuerzas de anciano —confesó a un amigo— y, sin embargo, quiero ser capaz de seguir plasmando lo que siento”.

Los sauces llorones, 1918-1919. La primera conflagración mundial dejaba muerte y abatimiento, y la visión del artista sufría inclementes cataratas que nublaban su visión. El artista se agazapó en las aguas luminosas y conmocionadas de su espíritu. Abstracción. Difuminación de los colores. Caos, evocación y recreación.

El Rey cumplía 86 años y sus pulmones estaban consumidos por el cáncer. Dispuso que su cadáver fuera sepultado en silencio, en ese silencio cómplice que lo acompañó toda su vida. Fue el único ateo de los impresionistas. No repicaron las campanas, Los sauces llorones levantaron sus colgantes y delgadas ramas desde la tierra para saludar su breve cortejo fúnebre.

Este artículo se publicó en el diario El Comercio (parte I | parte II).