
En el simposio «La Academia Ecuatoriana y el Estado nacional», organizado por la corporación y la Universidad Andina Simón Bolívar, el director de la corporación presentó una ponencia sobre don Antonio Flores Jijón. La compartimos con ustedes.
ANTONIO FLORES JIJÓN
Me apoyo en el erudito perfil que de este histórico personaje hiciera el connotado intelectual, académico de número y destacada figura pública, don Simón Espinosa Cordero, al conmemorarse los 140 años de la fundación de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, acto cumplido el día 28 de mayo del 2015.
Simón Espinosa pronunció entonces una notable pieza oratoria en la que se refirió, por una parte, al entorno familiar y político de Flores Jijón y, en particular a la figura de su padre, el general Juan José Flores, primer presidente de la República. Y, por otra, a Antonio Flores Jijón, uno de los fundadores de la Academia y destacado protagonista de la vida intelectual y política ecuatoriana del siglo XIX.
Lo referente a esa primera parte la podrán encontrar ustedes en el número 75 de las Memorias de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, correspondiente al año 2015. En esos párrafos, Simón Espinosa profundiza en lo que fue y significó para la República recién creada la controvertida figura de Juan José Flores, con sus sombras y luces, ubicándola, a breves rasgos, en el lugar que le corresponde en la ruta de nuestra atormentada historia.
En cuanto al primogénito de Juan José Flores, bautizado con el nombre de Antonio y nacido el 23 de octubre de 1833 en el Palacio de Carondelet, Espinosa desarrolla una lúcida semblanza, tanto en lo que atañe al político y diplomático, facetas en las que se destacó Antonio Flores Jijón, cuanto en sus ejecutorias como intelectual —poeta, historiador y hombre de gobierno—[1].
De su vida política, la instancia más importante de Antonio Flores Jijón fue el ejercicio de la Primera Magistratura entre 1888 y 1892, durante el llamado período progresista, una convulsa fase histórica de 12 años que va desde el derrocamiento del dictador Ignacio de Veintemilla y hasta el triunfo de la Revolución Liberal, en junio de 1895. El período presidencial de Flores Jijón se ubica entre el protagonizado por un personaje de oscura memoria, José María Plácido Caamaño, quien sería después la figura central del escándalo conocido como “la venta de la bandera”, y el de Luis Cordero Crespo, digno hombre público, poeta y reputado lingüista.
Hijo del primer presidente ecuatoriano, como queda dicho, Antonio Flores Jijón recibió una esmerada educación en Francia y luego en el Perú, en la Universidad de San Marcos de Lima. A su regreso al país, cuando ejercía la presidencia el general José María Urvina, el joven Flores Jijón intenta participar en política, lo que incide en su destierro, primero al Perú y, luego, a Chile. En este último país desplegó una activa labor literaria. Al respecto, Jorge Carrera Andrade, en su libro Galería de místicos e insurgentes, expresa lo siguiente: “la fama obtenida (más tarde) como historiador y político no igualó a la celebridad que ganó como poeta”. Y añade: “Guiado por Herrera y otros maestros españoles consiguió conmover a las gentes sensibles hasta extremos insospechados, como lo prueba el suicidio de la poetisa chilena Carolina Lizardi”[2].
Este episodio entró en la leyenda y fue muy controvertido. Pero debe subrayarse que Flores Jijón supo mantener frente a ello un caballeroso y prudente silencio, como lo afirma la ensayista ecuatoriana María Helena Barrera-Agarwal en su trabajo sobre este tema, “Los secretos de ´Adiós a la naturaleza”, un poema romántico que se atribuye a Flores Jijón y que, supuestamente, la suicida poeta chilena habría tenido en su mano al momento de su trágica muerte[3].
Antes de su ascenso a la presidencia de la República, ejerció diversos cargos públicos y diplomáticos con eficiencia —según algunos cronistas—, como resultado de una excelente educación, en Europa y en el Perú. Estudió la secundaria en el liceo Enrique IV, de París, y Derecho en la Universidad de San Marcos, en Lima. Fue diplomático en Colombia, Perú, Chile, Francia, Inglaterra, en los Estados Unidos e incluso ante la Santa Sede. En este último cargo se ganó la simpatía del Papa León XIII y logró la reforma del Concordato. Participó en 1860 en los combates por la toma de Guayaquil, bajo el mando de García Moreno y de su propio padre, Juan José Flores. Participó, asimismo, en el levantamiento armado contra Veintemilla, actuando como general honorario y director de la Reserva en Guayaquil.
Como gobernante fue tolerante y conciliador, lo que le granjeó incluso la simpatía de los liberales y, en contrapartida, los recelos y aun oposición de algunos de sus colegas conservadores. Procuró recomponer las finanzas públicas, favorecer a los pequeños propietarios rurales, para lo cual sustituyó el esclavizante y anacrónico impuesto del diezmo por el impuesto predial a las grandes haciendas. Fue un gobernante modernizador: renegoció la deuda inglesa emprendió obras como las relativas a los avances en la construcción del ferrocarril e intentó superar el secular conflicto territorial con el Perú. Para esta última gestión se suscribió el Tratado Herrera-García que finalmente no llegó a aprobarse debido a mezquindades en uno y otro país.
Desempeñó una intensa actividad pública y, paralelamente, dedicó su pluma fundamentalmente a la historia. Como tal, publicó, entre otros títulos, Memorias de los Virreyes, Historia Antigua, Para la historia del Ecuador —obra o memoria sobre su gestión presidencial—, La conversión de la deuda anglo ecuatoriana —tema que constituyó uno de los principales de su gobierno—, El asesinato del Mariscal de Ayacucho, un libelo que escribió para defender la memoria de su padre, el general Juan José Flores, de las acusaciones que pesaban sobre este en relación con una presunta participación en el asesinato de Sucre en 1830.
Al revés de lo afirmado por Carrera Andrade, su memoria se ha acentuado más en torno a su labor historiográfica y mucho menos en relación con su producción poética. Sin embargo, en lo que atañe a su labor literaria, deseo subrayar un hecho tal vez trascendente, de interés para la historia de la literatura ecuatoriana. La publicación en Chile, en el tiempo juvenil de su estadía en ese país, de dos novelas: una breve, Cándida Rosa, de 1852, y El Talión, 1854 (¿?), relato más extenso. Hasta la fecha, estas serían las primeras novelas ecuatorianas publicadas; lo que implica que La emancipada, de Miguel Riofrío, publicada en 1863, dejaría de ser la primera, como ha sido considerada hasta ahora.
Otro hecho curioso tiene que ver con la existencia de Flores Jijón: mientras residía en Nueva York en la década de los años setenta, recibió la noticia de que había sido elegido miembro correspondiente por el Perú de la Real Academia Española, a propuesta de los delegados peruanos. Con delicada diplomacia, Flores Jijón señaló que se trataba de un error, al tiempo que se concretaba la creación de la Academia ecuatoriana, de la que fue uno de sus fundadores. El episodio lo relata nuestro académico Gonzalo Ortiz Crespo en su opúsculo sobre la historia de nuestra institución, que se encuentra a disposición en el marco de este mismo simposio.
[1] Espinosa Cordero, Simón (2015). “Don Antonio Flores Jijón”, Quito, Revista Memorias de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, No. 75, pp.79-89.
[2] Carrera Andrade, Jorge (1959). Galería de místicos e insurgentes. Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana. P. 122.
[3] Barrera-Agarwal, María Helena (2012). “Los secretos de ‘Adiós a la Naturaleza’”, Revista Nacional de Cultura, No. 20, Quito, Consejo Nacional de Cultura, pp. 177-185.



