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Respuesta de don Gonzalo Ortiz Crespo al discurso de don Carlos Arcos Cabrera en la ceremonia de su incorporación en calidad de miembro numerario

El 17 de enero de 2026 don Carlos Arcos Cabrera se incorporó a la academia en calidad de individuo de número. Respondió a su discurso de orden don Gonzalo Ortiz Crespo. Pueden disfrutar de esta respuesta a continuación.

El 17 de enero de 2026 se llevó a cabo la sesión solemne en la que don Carlos Arcos Cabrera se incorporó a la academia en calidad de individuo de número. Respondió a su discurso de orden don Gonzalo Ortiz Crespo, miembro numerario y subdirector de la instiución. Pueden disfrutar de esta respuesta a continuación:

Señor director de la Academia Ecuatoriana de la Lengua
Señores miembros de la mesa directiva
Señoras y señores miembros de la Academia Ecuatoriana de la Lengua
Queridas amigas, queridos amigos:

El ingreso de D. Carlos Arcos Cabrera como miembro de número de esta Academia invita a considerar una trayectoria intelectual que no se ha desarrollado en un solo registro, sino en la confluencia —exigente y fecunda— entre la universidad, las ciencias sociales y la literatura. No se trata, en su caso, de una acumulación de méritos paralelos, sino de un itinerario coherente en el que la reflexión sobre la sociedad y la escritura narrativa se han alimentado mutuamente.

Lo acabamos de ver, en la manera cómo Carlos Arcos hizo en su discurso el análisis de estas obras literarias, donde su conocimiento de las ciencias sociales y de la historia del Ecuador, su reflexión sobre esa sociedad, su sensibilidad ante el pueblo y los sectores más desfavorecidos de ese pueblo, le hacen notar las fallas, los huecos, los errores, pero también las continuidades, los entrelazamientos entre las novelas que escogió.

Uno mi voz al homenaje a Fernando Miño-Garcés, gran lexicógrafo y entrañable amigo, fallecido en 2024, a quien hace nada, hace 40 horas, rendimos homenaje en este mismo hermoso auditorio y cuya silla, signada con la letra X, ocupará Carlos.

Y también, por supuesto, al recuerdo a nuestro admirado colega, el presidente Rodrigo Borja, que falleció hace menos de un mes.

La presente respuesta, y para escuchar la cual les pido un poco de paciencia, porque la brillante ponencia de Carlos exige ponerse a la altura y tratar de aprovechar sus insinuaciones y sus ideas para generar algo más de conocimiento y reflexión, la presente respuesta, digo, va a estar dividida en cuatro partes:

  • I. El itinerario intelectual de Carlos Arcos
  • II. Nuevas reflexiones sobre la novela histórica
  • III. Las novelas históricas recientes y una nueva tesis sobre ellas
  • IV. La novela Un día cualquiera y el ascenso a miembro de número de Carlos Arcos

I. El itinerario intelectual de Carlos Arcos

Formado como sociólogo y politólogo en la Universidad Central del Ecuador y con estudios de posgrado en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales en México, Arcos Cabrera pertenece a una generación que asumió las ciencias sociales como una forma de intervención crítica en la realidad.

Esa vocación se expresó tempranamente en la docencia universitaria: fue profesor de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador durante más de una década, director de su Departamento de Sociología y Ciencias Políticas y subdecano de la Facultad de Ciencias Humanas. Más tarde, su labor en FLACSO Ecuador —como profesor-investigador, coordinador docente y responsable de programas académicos y de investigación— consolidó una presencia sostenida en la formación universitaria y en la reflexión sobre las políticas públicas, la educación y la cuestión social.

Esta trayectoria académica tuvo una proyección institucional significativa durante su rectorado del Instituto de Altos Estudios Nacionales, espacio en el que confluyen la universidad, el Estado y el debate sobre lo público. A ello se suma una extensa experiencia como consultor e investigador para organismos nacionales e internacionales, particularmente en temas de política social, pobreza, educación y derechos de niños y niñas, que dio lugar a una producción bibliográfica amplia y rigurosa en el campo de las ciencias sociales.

Su bibliografía académica es amplísima. El otro día que estuve en la biblioteca de la Universidad Andina Simón Bolívar busqué en el catálogo “Arcos Cabrera” y me aparecieron 91 fichas bibliográficas bajo el nombre de Carlos. Algunas, claro, eran citas de artículos de otros autores que habían aparecido en libros compilados por él, lo que inflaba un poco, pero solo un poco, el listado. Porque, en realidad, los libros y artículos académicos de su autoría son numerosísimos y de gran valor para las ciencias sociales ecuatorianas y latinoamericanas.

Sin embargo, sería insuficiente comprender esta trayectoria sin atender al otro eje que la recorre con igual densidad: la literatura. Desde Un asunto de familia hasta sus novelas más recientes, la obra narrativa de Carlos Arcos Cabrera ha construido un universo reconocible, atento a las fracturas de la memoria, a los vínculos familiares como espacio de conflicto y a las marcas que la historia deja en la vida privada.

Novelas como Vientos de agosto y El invitado, ambas distinguidas con el Premio Joaquín Gallegos Lara, o Memorias de Andrés Chiliquinga, esta última una obra genial, de las más leídas y reeditadas de la narrativa ecuatoriana contemporánea, confirman una escritura que dialoga con la tradición literaria nacional sin someterse a ella, y que entiende la ficción como una forma de conocimiento.

Ese diálogo se vuelve explícito en su obra ensayística sobre literatura ecuatoriana, sobre Jorge Icaza, sobre el canon, la invisibilidad y las continuidades y rupturas de nuestra narrativa. En Arcos Cabrera, el ensayista y el narrador no se superponen ni se neutralizan: se explican mutuamente. A esta dimensión se añade su presencia constante en el debate público, como columnista de los principales diarios del país y, en la actualidad, de la revista Plan V.

Entre las novelas que componen este itinerario narrativo, hay una que condensa de manera particularmente visible la relación entre historia, memoria y lenguaje: Un día cualquiera, publicada por Planeta en 2021.

En esta obra, Arcos Cabrera asume el desafío de la novela histórica no como reconstrucción monumental del pasado, sino como interrogación literaria de uno de los momentos más conflictivos de la historia americana.

Pero, antes de adentrarnos en esta última novela de Carlos, permítanme una reflexión más general sobre la novela histórica, en general, y la novela histórica ecuatoriana, en particular.

II. Nuevas reflexiones sobre la novela histórica

La lengua inglesa hace una distinción bien clara entre story y history. La narración de hechos reales o imaginarios es una cosa, mientras otra es le reconstrucción documentada de los sucesos acaecidos.

Es curioso que esta distinción está conspicuamente ausente del vocabulario de las lenguas romances: de la storia en italiano, a la histoire francesa y a nuestra historia en español, todos los derivados de la palabra latina historia mantienen su polisemia original.

Y, sin embargo, history-writing tiene que ver con storytelling. La reconstrucción historiográfica, como lo decía Carlos, es siempre una construcción narrativa. Como decía Georges Duby “creo que […], después de considerar todos los aspectos, la historia es un género literario, un género que tiene que ver con la literatura de evasión”.[1]

Por otro lado, no es difícil ver cómo, el proceso de secularización de la narración histórica —es decir, el cambio progresivo de una retórica de la persuasión (con la historiografía apologética que rigió hasta los sesenta) a la retórica de una argumentación lógico-inductiva, que se inicia en el Ecuador con los quince volúmenes de la Nueva Historia del Ecuador[2]—, ha dado paso en nuestro país, como lo demuestra la ponencia de Carlos Arcos que me honro en contestar, a un período de un fructífero entrelazamiento de literatura e historiografía.

Aunque hay un ejemplo anterior, con la antigua manera de escribir historia: Alfredo Pareja Diezcanseco teje esta dualidad consigo mismo como historiador de la tradición liberal y como novelista apologético de Alfaro.

Pasan décadas y, entre finales del siglo XX y lo que va del XXI, aparece esta nueva generación de novelistas que abordan la novela histórica. Justamente entre los autores escogidos por Carlos Arcos, podemos encontrar ese entrelazamiento puntual de literatura e historiografía.

Porque los novelistas estudian historia. No es que se lanzan a escribir sin documentarse previamente. Yo sé cómo lo hacen, la paciencia que ejercitan y la dedicación que empeñan para documentarse.

  • Enrique Ayala Mora y Diego Araujo,[3] son un ejemplo.
  • También mi novela, Alfaro en la sombra, tan generosamente calificada por el recipiendario, procura dar una visión distinta a la de Pareja, bebiendo de fuentes como el propio Ayala y Wilfrido Loor.[4]
  • 1822 de Íñigo Salvador bebe sobre todo de la abundantísima producción de su padre sobre la Independencia.[5]
  • Benjamín Ortiz tuvo en cuenta, sin duda, las obras del propio Eloy Alfaro, las de los historiadores de la Universidad Andina (Ayala Mora, Rodas Chávez) y la más reciente de Kim Clark.[6]

Entonces, lo que estamos viendo, y como bien lo ha señalado Carlos, es un conjunto potente de obras en esa particular forma híbrida entre historiografía y literatura que es la novela histórica. No voy a cometer el error de disertar sobre el estatus de la novela histórica como género literario, pues eso lo hizo muy bien en su discurso el doctor Arcos. Quizás solo señalar que el texto de Georg Luckács, citado por Carlos Arcos en su ponencia, da como fecha de nacimiento de la novela histórica 1814, el año de publicación de la novela Waverly de Walter Scott y del inicio del Congreso de Viena, y como fecha del comienzo de su declive 1848, el año de los Journées de Juin y de la elección de Louis-Napoléon Bonaparte como presidente de la Segunda República.[7]

Uno puede aplicar a muchas novelas históricas del siglo XIX lo que Northop Frye dice de Walter Scott, a saber: que la novela histórica, en general, se sitúa “en un tiempo de cambios rápidos, donde las viejas maneras de hacer las cosas sucumben a las nuevas, con el telón de fondo de una guerra u otro tipo de conmoción civil”.[8]

Pero la novela histórica, a pesar de lo que sostuvo Lukács en esa clásica obra de la crítica literaria marxista, no declinó entonces. Al contrario, aunque muchos críticos han señalado una ruptura de la continuidad de la novela histórica entre inicios y finales del siglo XIX, es obvio que las burguesías nacientes de Europa encontraron en la novela histórica un formidable vehículo cultural para sus aspiraciones políticas. Ahora bien, la forma de escribir las novelas y su relación con la historiografía fue cambiando hasta la ficción histórica postmodernista de la segunda mitad del siglo XX.

Si ya en la segunda mitad del XIX no se trataba de modelar la historia contando historias ejemplares o ejemplarizadoras, la novela del tornasiglo empieza a reflexionar en la posibilidad misma del conocimiento histórico. La novela de inicios del siglo XX llega a doblarse sobre sí misma para empezar a cuestionar la realidad de la historia y la posibilidad de contarla. Ya no tiene la función didáctica tal como la concibió Walter Scott, sino que se llega a lo que algunos han llamado la ficción histórica autorreflexiva.[9]

A lo largo de todo su desarrollo, la novela histórica llena una función de reflexión sea directamente historiográfica, sea metodológica. Su objeto es la historia o la historiografía, y entre nosotros se insinúa ese cuestionamiento o reflexión historiográfica al plantear maneras distintas de enfrentar hechos históricos como, por ejemplo, los asesinatos de García Moreno o de Eloy Alfaro.

Claro que aún no tenemos novelas como las que han aparecido en las últimas décadas en Europa o EE. UU., lo que podríamos llamar novelas históricas posmodernas, en la que el nivel de interacción con el pasado es contrafactual. Hay historiadores que apuestan porque se puede atribuir diversos significados al mismo hecho, una suerte de polisemia del registro histórico. Incluso hay novelistas que han construido novelas sólidas especulando sobre la posibilidad de que los hechos hubiesen tomado un curso completamente diferente, una especie de maleabilidad de la realidad histórica, dando lugar así a novelas contrafactuales.

Esto es especialmente notable en la literatura en inglés, la cual ha visto florecer ficciones de una historia alternativa, por ejemplo,

  • la obra de Ward Moore Bring the Jubilee (1953), en la que el General Lee gana la Batalla de Gettysburg;
  • la de Philip Roth’s The Plot Against America (2004), en la que Charles Lindbergh resulta elegido presidente en vez de Roosevelt y EE. UU. permanece neutral en la Segunda Guerra Mundial;
  • The Man in the High Castle (1962) de Philip Dick, en la que Roosevelt es asesinado por Giuseppe Zangara y las Potencias del Eje ganan la Guerra y, por fin,
  • la novela de Stephen King 11/22/63 (2011), en la que no se consuma el asesinato de John F. Kennedy.

En todas estas novelas históricas, pero de una historia alternativa, se lleva al lector a un punto en el cual los hechos narrados empiezan a diferir de la línea de tiempo de los hechos sucedidos, es decir en Gettysburg en julio de 1863, en Washington en noviembre de 1940, en Miami en febrero de 1933 o en Dallas en noviembre de 1963.

Pero no solo los novelistas, también los historiadores han realizado especulaciones contrafactuales. Uno de los primeros libros al respecto es If It Had Happened Otherwise,[10] donde, por ejemplo, uno se encuentra con un artículo por Winston Churchill titulado If Lee Had Not Won the Battle of Gettysburg. ¿Cómo es eso? Lee no ganó la batalla de Gettysburg. Lo genial y extraño de este capítulo es lo que hoy llamaríamos “un doble ciego”, pues Churchill se imagina estar en un universo paralelo escribiendo un ensayo en que también como producto de la imaginación desarrolla la hipótesis de que los Confederados perdieron la Guerra Civil de EE. UU. cuando, según la historia lo comprueba, triunfaron y procedieron a conquistar y anexionarse México, formando un país independiente, aunque, con el tiempo, la Confederación, los Estados Unidos, mucho más pequeños que los actuales, y el Imperio británico se unieron en una asociación que viene a ser una federación imperial, mientras Europa conforma una sola nación bajo el reinado del káiser Guillermo… ¡Vaya imaginación de Churchill!

Pero no vamos a meternos por allí, aunque todas esas historias imaginadas escritas por historiadores vendrían a ser narraciones literarias alternativas. La razón de no profundizar en estas especulaciones es que se han armado discusiones interminables, por ejemplo, desde el marxismo por su enfoque determinista de la historia: la historia gobernada por leyes de causa-efecto, de tesis, antítesis y síntesis. Incluso la escuela de los Annales podría esgrimir alguna crítica por su cierto determinismo geográfico y el principio de la longue durée formulado por Fernand Braudel. Todo esto, como puede apreciarse, puede escalar a discusiones hasta de filosofía de la historia.

Una crítica más puntual es la del historiador contemporáneo estadounidense Niall Ferguson, que escribe todas las semanas columnas de opinión, quien dice que hay que evitar la “historia de sobremesa”, es decir la de los buenos deseos, la de “lo que pudo haber sido y no fue”, que diríamos con el bolero, a veces como justificación del presente. Para que sea posible hacer historia contrafactual Ferguson exige criterios de plausibilidad histórica. Pero bien sabemos, desde que hablamos del efecto mariposa de Lorenz o de los principios de la física cuántica, cuán impredecible es el futuro.

La historiografía, al contrario de las ciencias duras, no pueden comprobar sus hipótesis de trabajo en el laboratorio. La única posibilidad, dice Ferguson, es precisamente la contrafactual. La formulación hipotética de la historia puede jugar un papel interesante. Pero los historiadores serios se oponen a la “mera fantasía” que, en cambio, es lo que privilegian los novelistas. “Los escenarios contrafactuales que necesitamos construir —dice Ferguson— no son mera fantasía: son simulaciones basadas en cálculos sobre la probabilidad relativa de resultados plausibles en un mundo caótico”.[11]

En el Ecuador aún no tenemos estos ejercicios contrafactuales pero creo que nos basta con el caos, el dolor y la corrupción que experimentamos, aunque, dados los avances de las ciencias sociales y de la historia, hay suficientes fichas de lego para seguir mezclando historia y ficción.

III. Las novelas históricas recientes y una nueva tesis sobre ellas

Lo que sí sabemos es que el grupo de novelas históricas que escogió Carlos Arcos para su charla de esta mañana tienen lazos entre sí y él lo ha demostrado a plenitud, precisamente hablando de las confluencias de unas con otras. Y yo diría que lo hacen porque usan la ficción literaria para provocar una reflexión crítica indirecta sobre los sucesos y personajes que nos han sido narrados hasta hoy por los historiadores. Y es en este período, que hemos definido que va desde fines del siglo XX a lo que lleva caminado el siglo XXI, cuando el género ha tomado nuevas connotaciones y un poder narrativo dotado de fuerza y atracción a los lectores.

¿Llenan estas novelas una función política? Sí, en tanto en cuanto dan una mirada crítica al pasado y, por tanto, reevalúan las fuerzas que han formado nuestro país. La novela histórica es ciertamente una ruta privilegiada para reescribir la memoria colectiva.

Por ello creo que al grupo de novelas mencionadas por Arcos quizás puede llamarse con un solo nombre, algo así como la nueva novelística histórica ecuatoriana o incluso la Nueva Épica Ecuatoriana. Esta es mi tesis. Sus características han sido descritas por Carlos Arcos en su ponencia, pero, si se me permite, yo añadiría una más: la conciencia de sus autores de la función política de sus obras. Y tal vez enfatizaría en que todas tienen una perspectiva fresca sobre los acontecimientos que narran, introduciendo personajes pertenecientes a distintos estratos sociales —aunque Carlos ya nos hizo notar que falta el pueblo— para darnos una mirada polifónica de los acontecimientos.

Por eso considero que la Nueva Épica Ecuatoriana es un género clave en que la literatura dialoga con el pasado para repensar la identidad, el poder y la memoria colectiva del Ecuador.

En este sentido empata con la novela histórica latinoamericana del siglo XX y del XXI, en que el género se vuelve crítico, experimental y reflexivo.

Relee el pasado pues no busca solo narrar hechos históricos, sino interpretarlos y problematizarlos. Mezcla historia y ficción, pues documentos reales conviven con personajes y situaciones imaginarias.

IV. La novela Un día cualquiera y el ascenso a miembro de número de Carlos Arcos

Un día cualquiera es una de sus más ambiciosas aventuras literarias del Ecuador: una novela histórica que despliega con rigor la gran trama de la conquista del continente americano, pero desde dentro de las subjetividades de sus personajes.

Ambientada en el año 1517 —en la España de la Inquisición y apenas un cuarto de siglo después del Descubrimiento de América— la trama sigue a los hermanos Diego y Francisco de Arcos, pertenecientes a una familia de judíos conversos forzados a renunciar a su fe para salvar sus vidas.[12]

Desde el inicio, la novela se propone mostrar la complejidad humana de este momento fundacional: no se limita a relatar hechos históricos como si fueran fechas y batallas, sino que hace del mundo narrado un entorno de límites difusos entre la ambición y la culpa, la violencia y el deseo, la codicia del oro y la conciencia moral. El mayor de los hermanos, Francisco, parte hacia las Indias buscando borrar su pasado y, en ese viaje, se ve envuelto en las luchas por la conquista de Cuba, México y Guatemala, donde aprende a matar, a amar y a vivir al filo de sus propias contradicciones humanas.

Lejos de reproducir un pasado estático, la novela trabaja con la historia en tanto construcción y ficción: la historia no es solo lo que sucedió, sino también lo que se reconstruye y se imagina desde la escritura. El autor mismo ha señalado que su proyecto es convocar al lector a convivir con ese mundo de fronteras en ruptura, dominado por la violencia de los encuentros y por la complejidad de los sujetos que los protagonizan.[13]

Miguel Molina Díaz opina que esta novela

es un testimonio, construido desde el rigor diáfano de la ficción, sobre una época definitiva de la historia: el ascenso de España como potencia hegemónica y teocrática, la sanguinaria invasión de América, y los primeros años del Quito colonial, diseñado a sangre y fuego, así como violentamente reprimido en la Rebelión de las Alcabalas. Tantos años y sucesos reconstruye Arcos Cabrera, de la mano de Francisco y Diego de Arcos, sus personajes, acaso destellos de lo que un día fue el mundo, la piedad, la atrocidad y la resignación.[14]

En esa misma lectura crítica, Molina Díaz observa que en la novela “no hay buenos ni malos, sino el devenir complejo y doloroso de la historia humana, que en este proceso funde etnias, culturas, lenguas y espiritualidades”, subrayando así la renuncia consciente del autor a toda lectura maniquea de la conquista.

Incluso cuando la narración se detiene en espacios que nos son cercanos, el tratamiento histórico evita la complacencia: Quito aparece, en palabras del crítico, “no el milenario que surgió en los Andes, sino el que nace con la cédula real de Carlos V y la espada ensangrentada de Sebastián de Belalcázar”, recordándonos que también nuestras ciudades y nuestra lengua son hijas de una historia conflictiva.

Ciudad espectadora del asesinato del Virrey Blasco Núñez Vela en la Batalla de Iñaquito, por defender las leyes nuevas, que abolían la encomienda y planteaban mejores condiciones para los indígenas de la América española. Años después, ciudad asediada por Pedro de Harana, el pacificador de la sublevación por las alcabalas, que terminaría asesinando a gran parte de la élite quiteña.[15]

Me adscribo a lo que dice muy bien Molina Díaz, que esta novela es

literatura, pura y dura, descarnada y lúcida. Es una novela sobre el ser humano, sus dogmas, su fanatismo, su capacidad ilimitada de vivir la ambición y la compasión. Así como sobre el hecho de que toda persona es una hoja en el viento. Y ese viento es la historia del mundo y, consecuentemente, del poder que lo ordena. Un día cualquiera ese poder llega a nuestras manos y, otro día, lo padecemos. Con o sin poder, al final solo queda “el impasible apagarse de los días”.[16]

No es casual que una obra de estas características conduzca, de manera natural, a la reflexión sobre la lengua. La literatura de Carlos Arcos Cabrera ha pensado el español no solo como instrumento de comunicación, sino como espacio de memoria, de conflicto y de creación; como lengua heredada de procesos históricos violentos, pero también como territorio en el que esas violencias pueden ser interrogadas, narradas y, en cierto modo, comprendidas. Esa conciencia lingüística, histórica y ética es la que da sentido a su ascenso a miembro de número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua.

Por todo ello, su ascenso en esta corporación no constituye únicamente un reconocimiento a una obra ya realizada, sino una invitación a seguir pensando, desde la lengua y desde la literatura, los dilemas de nuestra historia y de nuestro presente.

Esta trayectoria —académica, literaria y cívica— justifica con sobrados méritos su tránsito de miembro correspondiente a miembro de número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, no como gesto honorífico, sino como reconocimiento a una obra que ha pensado el país tanto desde las ciencias sociales como desde la lengua literaria.

Bienvenido, pues, Carlos Arcos, querido y admirado colega, al grupo de miembros plenos de la Academia Ecuatoriana de la Lengua.

Auditorio de la AEL
17 de enero de 2026


[1] G. Duby and G. Lardreau, Dialogues (Paris, 1980), p. 41, cit. por Vinale, Adriano, From History-writing to (Hi)story-telling: Historical Novel, Alternate/Counterfactual History and Implicit Uchrony, History, The Journal of the Historical Association (Mayo 2023). Artículo de libre acceso:  https://doi.org/10.1111/1468-229X.13354, consultado a partir de diciembre 2025.

[2] Respecto de la teoría de la evolución de la historiografía, ver Ginzburg, Carlo Clues, Myths and the Historical Method (Baltimore, 1989) and Threads and Traces: True, False, Fictive (London, 2012). Ayala Mora, Enrique et. al. Nueva Historia del Ecuador (Quito, Corporación Editora Nacional-Editorial Grijalbo, 1983-1995).

[3] Ayala Mora, Enrique, García Moreno: su proyecto político y su muerte (Quito, Universidad Andina Simón Bolívar / Paradiso Editores, 2024). Existe una edición anterior de 2016.

[4] Pareja Diezcanseco, Alfredo La hoguera bárbara: Vida de Eloy Alfaro (Quito: Casa de la Cultura Ecuatoriana “Benjamín Carrión”, 2003), 2 vol.; Pareja Diezcanseco, Alfredo, Historia del Ecuador (Quito: Casa de la Cultura Ecuatoriana, 2.ª ed., 1958), 2 vol. De ambas obras existen numerosas ediciones, muchas de ellas sin autorización. Loor, Wilfrido, Eloy Alfaro(Quito: Talleres Gráficos Minerva, 1982), 810 pp.
Esta es una edición corregida y ampliada de la biografía de Alfaro publicada por Loor en 1947. Ayala Mora, Enrique, Historia de la revolución liberal ecuatoriana(Quito: Universidad Andina Simón Bolívar / Corporación Editora Nacional, 3ª ed., 2018), 342 pp.

[5] Salvador Lara, Jorge

  • Breve historia contemporánea del Ecuador (México: Fondo de Cultura Económica, 1994. 638 pp.). Obra de síntesis histórica, con múltiples reediciones posteriores.
  • La Patria Heroica (Quito: Corporación Editora Nacional, 1988).  Obra fundamental sobre el proceso independentista ecuatoriano y sus actores.
  • Historia de Quito “Luz de América”. Bicentenario del 10 de agosto de 1809 (Quito: Fondo de Salvamento del Patrimonio Cultural de Quito (FONSAL), 2009). 479 pp.
  • La Revolución de Quito, 1809–1822, según los primeros relatos e historias por autores extranjeros (Quito: Corporación Editora Nacional, 1982). 486 pp.
  • La República del Ecuador y el general Juan José Flores (Quito: Academia Nacional de la Historia, 1980). 206 pp.
  • Escritos de la Independencia (Quito: Corporación Editora Nacional, 1995). (Compilación documental con estudio introductorio).

[6] Alfaro, Eloy, Historia del ferrocarril de Guayaquil a Quito: páginas de verdad (Quito: Nariz del Diablo, 1931); Clark, Kim, La obra redentora: el ferrocarril y la nación en Ecuador, 1895-1930, Quito: Corporación Editora Nacional / Universidad Andina Simón Bolívar, 2004, 225 páginas. Y seguramente también vio el libro exculpatorio de Harman por sus descendientes Brainard, Elizabeth Harman & Katharine Robinson Brainard, El ferrocarril en el cielo: la Guayaquil & Quito Railway en el Ecuador, 1897–1925, Quito: Corporación para el Desarrollo de la Educación Universitaria (CODEU), 2007. 202 pp.

[7] Ver Lukács, G. The Historical Novel (Londres, 1989). En español: Lukács, Georg. La novela histórica. México: Ediciones Era, 1966. 354 pp. Esta obra fue publicada originalmente en alemán en 1937 y ha sido ampliamente reeditada en español por Era

[8] Ver N. Frye, S. Baker, G. Parkins, ‘Historical Novel’, en The Harper Handbook to Literature (New York, 1985), pp. 227–8.

[9] Algunos ejemplos que se suelen mencionar son:  de Henry James, The Sense of the Past (1917), de Virginia Wolf, Orlando (1928) y de William Faulkner, Absalom, Absalom! (1936).

[10] J. C. Squire (ed.), If it Had Happened Otherwise (Londres, 1932). El editor aclara en su introducción que se trata de ejercicios de historia imaginaria.

[11] Ver: Ferguson, Niall, Virtual History: Towards a ‘Chaotic’ Theory of the Past’ en N. Ferguson (ed.), Virtual History: Alternatives and Counterfactuals (New York, 1999), pp. 1–90.

[12] El Universo, Carlos Arcos Cabrera regresa a los caminos literarios con la publicación de ‘Un día cualquiera’, 6 de febrero de 2022, https://www.eluniverso.com/entretenimiento/libros/carlos-arcos-cabrera-regresa-a-los-caminos-literarios-con-la-publicacion-de-un-dia-cualquiera-nota/ Consultado en diciembre de 2025.

[13] Ibid.

[14] Miguel Molina Días, Un día cualquiera, Diario El Universo, 19 de octubre de 2023, https://www.academiaecuatorianadelalengua.org/articulo-sobre-un-dia-cualquiera-de-don-carlos-arcos-cabrera/ Consultado en diciembre de 2025

[15] Ibid.

[16] Ibid.