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«Truman Capote y sus espejos», por don Marco Antonio Rodríguez

Pequeño, delgado, endeble, su apariencia era la de cualquier mozalbete de su ciudad natal, Nueva Orleans, cuna del jazz. Engrosó en su madurez por su dipsomanía y otras adicciones. Truman Capote creció con parientes…

Primera parte

Pequeño, delgado, endeble, su apariencia era la de cualquier mozalbete de su ciudad natal, Nueva Orleans, cuna del jazz. Engrosó en su madurez por su dipsomanía y otras adicciones (Clarke, 2006). Truman Capote (Estados Unidos, 1924-1984) creció con parientes maternos. Su madre, divorciada, prefirió que ellos lo criaran. Su padrastro, cubano, lo adoptó y lo inscribió con su apellido. De niño conoció a Harper Lee, la autora de Matar un ruiseñor, con quien fundó amistad hasta su muerte.

El rostro ambiguo del escritor en la portada de Truman Capote, un camaleón ante el espejo de Elena Ortells, 2009, devela su enrevesada personalidad. El cabello peinado hacia la derecha, la mirada divagante de cristales rotos, las manos apretando su cabeza como si quisiera protegerla o arrancársela. La iconografía de Truman es vasta, supera las 4000 imágenes; le fascinaban los espejos evanescentes de la fama, los oropeles de la alta sociedad, verse cortejado por sus “cisnes”, los centenares de admiradoras.

Marilyn, la actriz cuyos valores aún permanecen en la opacidad tramada por el sistema, lo nombró su “único amigo”. “Apenas llegaba a mi departamento solía quedarse viéndose en mis espejos”, contaba Marilyn sobre Truman, sin que a él le estorbara en lo más mínimo esa confesión. Confidente de Monroe, se distanció un tiempo, pero siempre la ensalzó en todo su esplendor.

Un genio dentro de una burbuja

Truman publicó su primera novela Otras voces, otros ámbitos, a los 23 años y en ella difundió su homosexualidad. 1948, tiempos en que se demonizaban las preferencias sexuales. Pronto formó parte de los círculos literarios y sociales elitistas de Nueva York. Refinado, excéntrico, único, cuando escribía reseñas sociales, consagraba o exterminaba. Quizás por eso, pero también por sus notables dotes de conversador, era invitado a fiestas más exclusivas.

“Soy alcohólico, drogadicto y homosexual. Soy un genio”, proclamó alguna vez, aturdiendo a quienes profesaban frontal o secretamente religiones y vidas conservadoras. Incisivo, mordaz, desleal, recogió secretos de sus amigas de las élites neoyorquinas todas lo veneraban y los reveló en su novela inacabada Plegarias atendidas, cambiando sus nombres. Sin embargo, el daño estaba consumado.

Episodio nefasto el de su felonía para la esplendorosa carrera de escritor y cronista. Según Clarke, se le cerraron todas las puertas. Se recluyó en dosis masivas de drogas y barbitúricos y apuró su muerte a los 59 años. Dejó una de las herencias literarias más valiosas del siglo XX. Al fin y al cabo, como dijo en el prefacio de su Música para camaleones: “Cuando Dios te da un don, también te da un látigo”.

Hay una página poco mencionada de la vida de Truman: su estancia en Cuba. Lo aborda de manera ligera Gerald Clarke: “el hombre que más sabe de mí… mi espejo preferido”, afirmó Truman sobre su biógrafo oficial. Su padrastro lo llevó con él. ¿Por qué se ha encubierto este pasaje, al igual que el fervor con que fue leída su célebre novela A sangre fría, 1965-1966, lectura prohibida por el régimen cubano?

Kansas, 1959, ocurrió el brutal crimen de la familia Clutter (padre, madre y dos hijos adolescentes). ¿Perry Smith, uno de los asesinos del crimen nuclear de A sangre fría, fue su amante? Ese vínculo fue tan intenso que motivó a Truman para interceder ante las autoridades a fin de que no lo suban al cadalso. Capote sufrió una profunda depresión y llegó a quebrar su agnosticismo, varias ocasiones “rezó públicamente para que Perry no muera ahorcado”. Incluso logró que saliera una marca de zapatillas para recaudar fondos con el nombre adulterado de Smith. Pero su dolor, quizás, fue más allá de lo soportable: en el fondo de sus convulsas interioridades, quería que Perry muriera para concluir su novela con hechos reales.

El talento creador de Truman lo indujo a escribir la novela en un estilo soberbio amalgamado con un excepcional rastreo periodístico que supuso numerosos viajes a la prisión, estudio de la vida de los asesinos, investigación policial y más detalles. Un nuevo género había aparecido: la novela testimonial o no ficción.

Abundaron biografías, ensayos, documentales, filmes, reseñas… alabando la novela de Truman. Pocos escritores estadounidenses han merecido tantos laudatorios comentarios. Autor de decenas de novelas, cuentarios, obras de teatro, guiones… es la voz fundacional del nuevo periodismo. Cineastas y documentalistas han adaptado sus ficciones y “recreaciones”, así como su propia, glamorosa y truculenta vida.

¿Cuál es el mejor filme sobre Truman Capote y cuál el mejor logrado sobre A sangre fría? ¿Hay otros sobre otras novelas del controvertido escritor? “La historia tiene que vivir con lo que aquí hubo, / Aferrándonos y casi perdiendo todo lo que teníamos. / Es tan aburrido y espantoso cómo morimos, / A diferencia de la escritura, la vida nunca termina”, R. L.

Segunda parte

El cine ha sido cautivado profundamente por la vida y la obra del multifacético Truman Capote. Tres adaptaciones de A sangre fría e incontables versiones de otras novelas, cuentos, reseñas periodístico-literarias… conforman el acervo fílmico que da cuenta de su itinerario existencial y creativo.

Las versiones de su novela cumbre son las que más interés han suscitado. Dos de ellas se internalizan en la investigación que supuso su escritura seis años de su vida, viajes y diligencias sin tregua, desgarro emocional y físico, pero la de 1967 es la única que exhibe una propuesta novelada de la historia narrada.

Filme en blanco y negro de Richard Brooks. Vida y muerte. Los colores primarios. La película estrenada un año después de publicada la novela de Capote es una inmersión en su sustancia narrativa. Oscilante entre el documental y el drama policial, encauza la ejecución del crimen de la familia Clutter, sin omitir la urdimbre zozobrante que palpita en el texto.

El material novelístico queda intacto y cobra vida visual. En los oídos resuena el jazz de Quincy Jones, mientras los dos asesinos abren la lacerante realidad que aloja un país en el cual sobreviven miles de seres como ellos, sin otra opción que la de matar muriendo.

Capote, el villano genial

Alumbrado por la biografía de Gerald Clarke sobre Truman, en 2005, Bennet Miller vertió en otra película el escabroso camino que recorrió la consumación de los crímenes de A sangre fría. Para el crítico David H. Richter (citado por Elena Ortells), este filme devastó la ética del escritor, al develar “la crudeza de las ambiciones literarias de Capote, sin mostrar el poder evocador de su prosa”. Miller, en efecto, erige a Capote como alguien lo suficientemente abyecto como para traicionar a quienes le encomendaron sus vidas, a fin de que atenúe la deshumanización a la que fueron condenados por su crimen.

Este filme biográfico rutila en la memoria de las últimas generaciones, acaso por la magistral interpretación de Philip Seymour Hoffman, uno de los grandes actores del cine arte. Consumido por el alcohol y las drogas, vástago irreverente del imperialismo, Seymour Hoffman murió por sobredosis. “Capote me robó muchos sueños, mucha vida dijo en una de sus últimas entrevistas, no solo míos, sino de tantos que creen en un país que no existe. Los paraísos son meras invenciones del hombre”.

La tercera película data de 2006: Infamous. Semejante a la de Miller, es una sumersión en la pesquisa del asesinato de los Clutter, amalgamada con fases de la vida social de Truman, deslumbramiento y abismo, las amistades que lo glorificaron, y la cancelación que padeció por la codicia de extraer el olor azufrado de sus intimidades y exponerlas en su inconclusa novela Plegarias atendidas.

Desayuno en Tiffany’s, 1961, de Blake Edwards, fue un éxito cinematográfico. Una joven y excéntrica mujer (Audrey Hepburn) se apodera de las miradas de la alta sociedad neoyorquina, mito de oropel que impuso la moda en vestuario, joyas y poses sofisticadas.

¿Quién fue Lulamae Barnes, la elusiva muchacha que habita la novela de Capote? Una joven de raíces humildes que se debate, solitaria y atormentada, en un mundo que no quiso. Buscó desesperada un lugar sin hallarlo.

¿Fue únicamente Barnes a quien Truman escogió para modelar su personaje novelístico? No. Él buceaba en las aguas de la cúspide social y conoció numerosas mujeres que libraban encarnizados duelos con su pasado y sus vidas diluidas en reclusorios de baratijas doradas, fantasmas del ayer y de sus sueños imposibles.

Holly Golightly, el ícono de Desayuno en Tiffany’s, obligó a miles de mujeres a enfundarse en pequeños vestidos negros luctuosos, guantes largos de apariencia interminable, gafas exorbitantes, cigarrillos con boquilla… Pero, ¿no es la misma “dama de compañía” aterrada con la inmensidad de la ciudad que la devora y por los señoritos del jet set que hacen lo propio, como Lulamae Barnes?… ¿Disgustó a Truman el filme, porque se cambió el final y se edulcoró a la protagonista?

Este diablillo alcohólico y drogadicto, soberbio y depresivo, mitómano redomado, fatuo, ostentoso y desolado, encarnó la simbiosis que inspiró a Harper Lee para la creación de uno de los personajes de Matar un ruiseñor. La consagración de la novela hirió el orgullo de Truman aunque, a la postre, él siempre supo que Lee fue su única y más leal amiga.

Truman Capote quiso vivir para él mismo, pero vivió para los otros. Legó una prolongada tradición de “relaciones promiscuas” entre dos oficios: periodismo y literatura. Solo él fue capaz de llevarlos hasta un mismo horizonte, demostrando cómo ambos pueden fundirse en su fin común: utilizar la palabra como vehículo para crear, recrear y comunicar realidades, sean verídicas o ficticias.

Este artículo se publicó en el diario El Comercio en dos partes (primera parte | segunda parte).