«Leamos la historia en tiempo real», por don Simón Espinosa Cordero

Con el paso del tiempo comprendí que envejecer no es lo mismo que quedarse atrás. La peor vejez llega cuando el mundo cambia y uno sigue opinando como si no hubiese habido el cambio, confundiendo nostalgia con pensamiento. No envejece…

El siglo XXI no espera a quienes insisten en pensarlo desde el siglo XX.

Con el paso del tiempo comprendí que envejecer no es lo mismo que quedarse atrás. La peor vejez llega cuando el mundo cambia y uno sigue opinando como si no hubiese habido el cambio, confundiendo nostalgia con pensamiento. No envejece quien suma años, sino quien insiste en pensar el presente con ideas y palabras muertas. Cuando esa vejez se instala, termina gobernando el lenguaje con el que intentamos explicar el mundo.

Hay que decirlo sin rodeos: las consignas ideológicas y dogmáticas heredadas ya no explican el mundo actual. Persistir en ellas no es coherencia; es anacronismo. La revolución digital y la inteligencia artificial no pertenecen a la derecha ni a la izquierda, ni a mitos, ni a fetiches conocidos. Pertenecen a otra época histórica, la que ya vivimos, y exigen capacidades distintas de comprensión y de gobierno.

Mientras sigamos discutiendo banderas antiguas, la IA reconfigura el trabajo, el poder, la guerra, la economía y el conocimiento. El mundo ya no evalúa identidades: evalúa competencias, datos, velocidad y eficacia.

Por esto, el fenómeno Trump o Putin debe leerse no solo en clave ética o moral, sino como expresión de una realidad ineludible y desalmada: un mundo en el que lo jurídicamente correcto ha cedido terreno a la eficacia del poder. Un mundo que está organizándose en polos de poder duro e implacable —Estados Unidos, China, Rusia— y en un actor inédito: el Crimen transnacional convertido en una estructura sistémica totalmente coherente consigo mismo.

En los últimos diez mil años, la historia ha registrado pocos giros de época comparables al actual: la revolución neolítica, la escritura, la imprenta, la revolución científica y de la industria. La revolución digital, la inteligencia artificial, la biotecnología y la amenaza nuclear pertenecen a esa misma estirpe, con una diferencia inquietante: avanzan más rápidamente que nuestra capacidad mental, política, ética y jurídica para asimilárselas.

Leer la historia en tiempo real significa renunciar a la comodidad expectativa y a no confundir ni enredar los efectos con las causas. Implica suspender reflejos ideológicos y dogmáticos para observar los hechos antes que los relatos y aceptar que el siglo XXI opera con lógicas distintas a las que heredamos… Hay que detenerse a estudiarlas.

No se trata de abandonar valores, sino de no confundirlos con vacías y repetitivas explicaciones que, en contextos frágiles son una forma ruidosa de ignorancia.