«Quevedo y Góngora, archienemigos del Siglo de Oro», por don Diego Araujo Sánchez

En la España en la que nunca se ponía el sol, la literatura y las artes tuvieron también su grandeza y máximo esplendor; pero nunca fueron tan violentas las polémicas entre sus escritores como las que protagonizaron Luis de Góngora y Francisco de Quevedo.

En la España en la que nunca se ponía el sol, la literatura y las artes tuvieron también su grandeza y máximo esplendor; pero nunca fueron tan violentas las polémicas entre sus escritores como las que protagonizaron Luis de Góngora y Francisco de Quevedo, atacándose con versos insultantes.

Góngora contaba ya con bien ganada fama, pero a la aguda inteligencia del joven Quevedo no se le escaparon las debilidades del poeta cordobés, cuya vida clerical era más inclinada a los versos profanos y los juegos de azar que a las prácticas devotas. Pronto halló otros blancos de burla, como la prominente nariz, rasgo para atribuirle ascendencia judía, y, en el campo de la poesía, los laberintos culteranos.

Góngora respondió con el insulto ingenioso y apuntó para el ataque al precario conocimiento de la lengua griega de Quevedo, a su cojera, los ojos estrábicos y la afición por empinar el codo, por lo cual alteró su apellido por Quebebo.

Este soneto de Quevedo dedicado a su archienemigo, y el que sigue de Góngora contra aquel ejemplifican la agresiva hostilidad: “Yo te untaré mis obras con tocino/ porque no me las muerdas, Gongorilla,/ perro de los ingenios de Castilla,/ docto en pullas, cual mozo de camino;// apenas hombre, sacerdote indigno,/ que aprendiste sin cristus la cartilla;/ chocarrero de Córdoba y Sevilla,/ y en la Corte bufón a lo divino.// ¿Por qué censuras tú la lengua griega/ siendo solo rabí de la judía,/ cosa que tu nariz aun no lo niega?// No escribas versos más, por vida mía;/ aunque aquesto de escribas se te pega,/ por tener de sayón la rebeldía”.

Para que no “muerda” sus versos, el poeta anuncia que los untará con tocino, vedado a los judíos. El verbo anticipa el insulto perruno; además, lo trata de “apenas hombre”, sacerdote indigno y chocarrero, que significa no solo grosero y chabacano sino tramposo en el juego; e insiste en lo que, por prejuicio antisemita, pasaba por la mayor ofensa.

De Góngora contra Quevedo: “Anacreonte español, no hay quien os tope,/ que no diga con mucha cortesía,/ que ya que vuestros pies son de elegía/, que vuestras suavidades son de arrope.// ¿No imitaréis al terenciano Lope,/ que al de Belerofonte cada día/ sobre zuecos de cómica poesía/ se calza espuelas, y le da un galope?// Con cuidado especial vuestros antojos/ dicen que quieren traducir al griego,/ no habiéndolo mirado vuestros ojos.// Prestádselos un rato a mi ojo ciego,/ porque a luz saque ciertos versos flojos, y entenderéis cualquier gregüesco luego”.

El soneto se burla de Quevedo por mal helenista al traducir a Anacreonte; juega con el sentido de los pies dispares de la elegía para aludir a su cojera y alude también a los defectos en los ojos del escritor; sugiere que su poesía no tiene valor alguno al pedírsela para limpiarse el “ojo ciego” con ella.

Factor esencial de la enemistad es que el conceptista Quevedo rechazaba el lenguaje poético de Góngora por su recargado barroquismo. Sin embargo, ambos pasaron a la historia como cumbres mayores del Siglo de Oro español.

Este artículo se publicó en la revista MundoDiners.