
Todos estamos de acuerdo en que la novela es el reino de la ficción, de la inventiva, del resultado de la creación de realidades alternativas de variadísimos registros, por eso mantiene su sitio de honor en la preferencia de los asiduos a la lectura. Pero, siempre hay un pero, para quienes hemos dedicado algunas horas de nuestra ya larga vida a ejercer de ratones de biblioteca y de polillas de archivo, ciertas afirmaciones sobre el pasado incrustadas en novelas de temáticas diversísimas nos llevan a rechinar los dientes de la razón y del conocimiento. He aquí algunos ejemplos.
En cierta novela de un conocido escritor cubano se cita a un autor de novelas negras norteamericano quien en una de ellas se habría referido a “los fundamentalistas católicos afiliados al KKK”. No se requiere haber ejercido de ratón de biblioteca, etc., para saber que el macabro Ku Klux Klan odiaba a negros, judíos y católicos.
En otra obra de ficción de autor ecuatoriano, con otras obras de mérito, hay que decirlo, se asienta como cosa sabida y aceptada que en tiempos de la Real Audiencia de Quito, los criollos y españoles, aun sacerdotes, sostenían que los indios no tenían alma, entre otras falsedades notorias. Cualquier ratón de, etc., sabe con certeza que ni en nuestro país ni en otros lares alguien sostuviera tesis tan peregrina y falsa; lo que sí ha sucedido es que ciertos estudiosos han traducido mal un documento pontificio redactado en latín.
En una tercera novela, también de autor ecuatoriano, de notorio éxito de lectores, se dice con toda soltura: “Vemos con horror como la Iglesia ejecutó a hombres como Galileo y Copérnico por decir que la Tierra no era el centro del universo…” Invito al escéptico lector que vaya a cualquier enciclopedia impresa o virtual y consulte sobre la muerte de ambos sabios y verá que fallecieron en su cama.
No niego la libertad del artista, pero me preocupa la credulidad de los lectores, no solo por mi larga experiencia como profesor de Historia en dos universidades, sino por el talante mantenido sobre este espinoso asunto por intelectuales de valía y honestos por añadidura. Hace unas semanas, por ejemplo, una connotada académica aconsejaba la lectura de novelas de un popularísimo autor español para en ellas aprender Historia, siendo este personaje un evidente falsificador de los hechos del pasado.
Si el problema se quedará ahí, a lo mejor podríamos respirar tranquilos, total, la ficción sigue siendo tal. Lo grave es que el desprecio por la verdad trasciende los límites de la creación artística y se ha apoderado de vastos espacios de la vida pública y privada: así vemos y oímos a políticos de todo color, a comentaristas deportivos, a influyentes intonsos, a ignorantes atrevidos, a jueces venales, a intelectuales falsetas, a profesionales distinguidos, sentar cátedra sobre cualquier tema y mentir a diestra y siniestra. Por eso cada día tiene más vigencia la demoledora constatación del sabio y valiente Aleksandr Solzhenitsyn: “Sabemos que nos mienten. Ellos saben que mienten. Ellos saben que sabemos que nos mienten. Sabemos que ellos saben que sabemos que nos mienten. Y sin embargo, siguen mintiendo.” Esta es la repugnante realidad en la que nos ahogamos como en un estanque de lodo pútrido.
Sabido es que el mentiroso no lo hace por deporte o mera diversión sino porque busca sacar alguna ventaja en detrimento de quienes le creen; por ello es menester mantener el permanente ejercicio de la duda cuando nos quieran endilgar no solo ruedas de molino sino piedras pequeñitas como aparentes caramelos para nuestro goce.
Este artículo se publicó en el diario La Hora.



