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Discurso de incorporación en calidad de miembro numerario de don Carlos Arcos Cabrera

El pasado 17 de enero se llevó a cabo la sesión solemne en la que don Carlos Arcos Cabrera se incorporó a la academia en calidad de individuo de número. Aquí podrán disfrutar del discurso de orden que el neonumerario leyó en la ceremonia.

El pasado 17 de enero de 2026 se llevó a cabo la sesión solemne en la que don Carlos Arcos Cabrera se incorporó a la Academia Ecuatoriana de la Lengua en calidad de individuo de número. A continuación podrán disfrutar del discurso de orden que el neonumerario leyó en la ceremonia.

Hitos para una cartografía de la novela histórica contemporánea en Ecuador

En primer lugar, deseo manifestar mi profundo agradecimiento a los miembros de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, quienes, con singular generosidad, propusieron mi nombre para ser admitido en calidad de Miembro de Número. Extiendo esta gratitud, tanto a los miembros de la Asamblea que aprobaron mi candidatura, como a todas las personas que me acompañan en esta ceremonia y a quienes, que por diversas razones no han podido asistir, y que me han hecho llegar sus saludos y felicitaciones.

Rindo un breve pero sentido homenaje a quien me antecedió en esta distinción. Ocupar la silla vacante dejada por Fernando Miño-Garcés constituyen un privilegio y una gran responsabilidad. Fernando Miño-Garcés fue un académico preeminente, con formación en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, en Estados Unidos y con una extensa trayectoria docente en universidades ecuatorianas, americanas y europeas. En un contexto como el nuestro, donde resulta extremadamente complicado desarrollar una carrera académica, particularmente en el ámbito de las humanidades, Miño-Garcés hizo de la lingüística una auténtica vocación, en el auténtico sentido que Max Weber dio a este término: una profesión de fe. Sus contribuciones al estudio del español en Ecuador, materializadas en numerosos artículos, alcanzaron su consagración en el Diccionario del español ecuatoriano. Esta obra amplió la tradición lexicográfica nacional, sumándose a hitos como el Diccionario Quichua Español de Luis Cordero Crespo, publicado en 1892 y aún vigente, y El habla del Ecuador de Carlos Joaquín Córdova, encomiable labor que ha continuado nuestra academia. Estas palabras, aunque insuficientes, constituyen un reconocimiento a quien me precedió como Miembro de Número en la Academia Ecuatoriana de la Lengua. Espero estar a la altura de su legado.

También quiero referirme a Roque Espinosa Chávez, escritor, historiador, incansable lector y erudito. Entre su producción literaria destacan Imágenes en un espejo ciego (1990), la obra de teatro Hacia un mismo anhelado comienzo (2000) y el libro de cuentos Me descambias la vida (2006). Estas obras representan tan solo una pequeña muestra de una vasta creación literaria inédita, que espero pueda ser publicada por la Universidad Andina Simón Bolívar, su casa de estudios. Entre sus contribuciones como historiador resalta el libro Desmemoria y olvido: la producción arrocera en Ecuador, 1900-1950 (2014), un aporte a la historia económico-social del Ecuador del siglo XX. Espinosa recuerda que pocos se han detenido a reflexionar sobre la producción arrocera, salvo el escritor Enrique Gil Gilbert en la novela Nuestro pan (1942).

Asimismo, expreso mi reconocimiento al estadista Rodrigo Borja Cevallos, Miembro de Número de nuestra Academia, recientemente fallecido.

Liminar

Un pensamiento inicial: el único compromiso del escritor con la historia es reescribirla o inventarla.

La conferencia y su título exige una explicación del concepto de cartografía, más aún cuando su uso implica una osadía intelectual de mi parte. Esta noción fue empleada por Wilfrido H. Corral, distinguido colega de la Academia, en una de sus significativas aportaciones en el ámbito crítico literario; concretamente, en su obra Cartografía occidental de la novela hispanoamericana. El uso de tal concepto permite la determinación de hitos necesariamente temporales, en virtud de la naturaleza dinámica y mutable del universo literario. El propósito de esta exposición es precisamente proponer un sinnúmero de puntos de referencia, asumiendo la provisionalidad de estos, alrededor de un conjunto de novelas a las que podemos denominar «históricas».

¿Qué significado atribuimos a la «novela histórica»? Las voces «novela» e «historia» mantienen una tensión insoslayable. Desde su perspectiva disciplinaria, la historia constituye un empeño sistemático y riguroso—fundado en investigaciones académicas—por reconstruir procesos, hechos, acontecimientos o instituciones del pasado, en consecuencia, hace referencia a una realidad. Por contraste, la novela se define esencialmente como una creación ficcional, producto de las fantasías, inquietudes, sueños, pesadillas, deseos y conflictos de quien la concibe.

Si bien novela e historia pueden coincidir en la elección de un mismo periodo histórico, compartir circunstancias o incluso aludir a personajes que efectivamente existieron, dicha coincidencia oculta una diferencia esencial. El relato histórico y su autor procuran demostrar que su versión es la más fidedigna de la forma en que se desarrollaron los hechos, aspirando a que su interpretación sea la más realista y plausible entre las posibles.

En cambio, para quien escribe novela histórica, la «verdad» de los hechos resulta secundaria, aun cuando pueda tenerla como punto de partida. Su objetivo primordial es construir un relato capaz de adquirir realidad y credibilidad ante la persona lectora, sin que necesariamente coincida con la historia documentada. Lo esencial es que quien lo lea se vea involucrado con los personajes, comparta su subjetividad y establezca un diálogo con quienes pueblan la ficción. Según George Lukács, la novela histórica permite al lector sumergirse en el espíritu de una época, comprender las subjetividades de quienes vivieron esos momentos y acceder a perspectivas diferentes de las comúnmente aceptadas.

La compleja relación entre este género de novela e historia ha sido motivo de abundantes reflexiones y análisis en el ámbito intelectual. Una de las más reveladoras proviene de Hayden White, quien en su ensayo El texto histórico como artefacto literario invita al análisis del modo en que ambas disciplinas comparten una frontera difusa. El propósito aquí no es polemizar con los historiadores ni desmerecer su labor, sino explorar esa zona limítrofe, sutil y gris, donde historia y literatura se encuentran y dialogan fecundamente.

Según White, la tarea del historiador no se limita a recopilar datos, sino que, inevitablemente, implica la construcción de relatos. Esta construcción materializa a partir de registros, crónicas, probanzas y otros documentos, todos ellos mediados por palabras y por la subjetividad de quienes los originaron. Estos testimonios, en sí mismos, carecen de sentido pleno hasta que el historiador los reorganiza y les da forma narrativa, creando así un relato coherente del pasado. Es en este proceso donde la historia se aproxima a la imaginación literaria, pues requiere de las mismas herramientas narrativas que utiliza la literatura para dotar de estructura y significado a los acontecimientos. Así, tanto el ejercicio historiográfico como el literario dependen de la capacidad de articular y dar sentido a experiencias humanas a través del lenguaje. La línea divisoria entre ambos, entonces, no es absoluta, sino que se despliega en un continuo donde la creación de sentido y la construcción de relatos constituyen un fundamental punto de encuentro.

Criterios para delimitar la Novela Histórica

La tensión inherente a la novela histórica obliga a establecer ciertos criterios, aunque sean transitorios, para definir su alcance y naturaleza y delimitar el conjunto de obras que pueden considerarse dentro de este género, en el contexto ecuatoriano, desde la perspectiva de este análisis.

Distancia temporal entre Autor y Acontecimientos

Las novelas históricas se caracterizan por abordar hechos y episodios que se encuentran separados por décadas o siglos respecto al momento en que vive y escribe el autor. Esta brecha temporal significativa constituye un rasgo esencial, ya que sitúa la narración en un entorno distante y permite distinguirla de otros géneros novelescos que se ocupan de la contemporaneidad.

Existencia histórica de personajes y acontecimientos

La presencia de personajes, tanto principales como secundarios, que tuvieron una existencia histórica real, así como la referencia a acontecimientos efectivamente sucedidos en el pasado, es otro de los elementos definitorios. Esta vinculación con personas y hechos documentados dota a la novela histórica de una dimensión particular, diferenciándola de la pura invención literaria.

Documentación y estudios sobre el periodo

Suele existir una base de estudios, investigaciones y documentos que indagan el periodo histórico tratado en la novela. Esta abundancia de fuentes, de acuerdo a los acontecimientos narraos, puede ser de gran utilidad para el escritor al momento de construir el relato, pero al mismo tiempo, puede convertirse en una limitación al imponer ciertas exigencias de rigor y veracidad que restringen la libertad creativa.

Utilidad y limitaciones de los criterios señalados

Si bien, desde una mirada especializada, estos criterios pueden resultar insuficientes para abarcar la complejidad del género, sí permiten elegir un conjunto relevante de novelas y facilitar su análisis. Para quienes se acercan como lectores, estos puntos constituyen herramientas útiles para comprender y aproximarse a la producción literaria nacional publicada en los últimos años.

El dilema del Lector de Novela Histórica

El lector de novela histórica se enfrenta a un dilema fundamental: puede analizar los acontecimientos y personajes ficticios desde la óptica de los estudios históricos y de la información historiográfica disponible, o bien, optar por interpretar la historia a través de la ficción. No obstante, intentar fusionar ambos enfoques suele resultar poco fructífero. De ahí surge la pregunta ¿Desde qué perspectiva conviene leer la novela histórica?

La pregunta cobra especial relevancia al examinar novelas de Ecuador escritas por autores ecuatorianos, cuando el lector también es ecuatoriano, en la medida en que tiende a comparar la ficción con los datos de la historia “real”.  De un lado, apoyarse en fuentes cargadas de ideología o en la historia oficial para entender la novela histórica puede llevar a imponerle criterios ajenos a su naturaleza. En estos casos, es preferible evitar la lectura. De otro lado, la leyenda y la historia oral, con su componente de invención, comparte territorio con la ficción literaria. Personalmente, opto por leer las narraciones literarias en sus propios términos, separándolas de la historia construida y permitiendo que me cautiven por lo que expresan, sin buscar una validación externa, incluso si desde la historia “real” se sostiene que los hechos no ocurrieron de esa manera. Prefiero leerlas como lo que son: ficción pura.

Así, entidades como la Real Audiencia de Quito, la Gran Colombia o el país denominado Ecuador, así como los conocidos personajes de la historia pueden ser comprendidos como creaciones literarias. Sigo la recomendación de H. G. Gadamer: tanto el poema como la novela son realidades lingüísticas que se explican por sí mismas.

La Novela Histórica Contemporánea en Ecuador

La novela histórica en Ecuador tiene su propia trayectoria. Podríamos decir que la primera gran ficción histórica la escribió el padre Juan de Velasco, afirmación que no deja de ser polémica. En el siglo anterior, un hito fue La hoguera bárbara (1943)de Alfredo Pareja Diezcanseco. Otra obra clave de referencia por la polémica que suscitó es El Santo del patíbulo (1959) de Benjamín Carrión.

En una lista referencial de obras, necesariamente parcial de este género, publicadas durante las últimas décadas, constan novelas que abarcan la conquista y la colonia como Morga (2007) de Alfonso Reece Dousdebés y Un día cualquiera (2022) de mi autoría. Novelas que giran en torno a la Independencia y sus personajes: Manuela (1991) de Luis Zúñiga; El fuego interior (2022) de Águeda Pallares, y 1822 (2022), de Íñigo Salvador.

Respecto a la época republicana se han publicado entre otras: Rayo (1997) de Luis Zúñiga; Sé que vienen a matarme (2008) de Alicia Yañez Cossío; Alfaro a la sombra (2012) de Gonzalo Ortiz Crespo; Expiación, (2012), de Juan Ortiz García, Los montoneros de Dios (2018), de Alfonso Reece; El bicho que se bajó del tren (2021), de Benjamín Ortiz Brennan, y Las secretas formas del tiempo (2021) de Diego Araujo Sánchez. Estas obras abarcan un período que va desde el complot y asesinato de Gabriel García Moreno hasta las peripecias en torno a la construcción del ferrocarril y la matanza de los Alfaro. Para esta ponencia he seleccionado tres novelas de la independencia y cuatro novelas de la temprana república.

Las Novelas de la Independencia

1822, de Íñigo Salvador

Es una novela vibrante que se distingue por la intensidad de su construcción, cercana a la de un guion cinematográfico. El uso reiterado de la marcación del tiempo que transcurre antes, durante y después de las batallas imprime un ritmo ágil y tenso; estrategia narrativa que resulta eficaz, en tanto logra atrapar al lector y sumergirlo en el devenir de los acontecimientos.

Encuentro de Visiones Políticas y Tensiones Regionales

Uno de los aspectos más interesantes de la novela es la descripción del primer encuentro entre Sucre y los representantes de la élite guayaquileña, quienes, una vez haber alcanzado la independencia por su propio esfuerzo, la ven amenazada ante una serie de descalabros militares. La llegada de Sucre, enviado por Bolívar y al mando de tropas colombianas, despierta esperanzas de protección frente a los peninsulares, pero paralelamente tensiones. Los líderes políticos de Guayaquil, o al menos una parte de ellos, se resisten a una adhesión automática a Colombia y se inclinan por mantener la autonomía o, en su defecto, considerar la anexión a Lima. Esta decisión no es sencilla ni unánime. Aprovechando hábilmente la debilidad militar de Guayaquil, Sucre logra imponer su voluntad, aunque esta no es plenamente aceptada y genera resistencias.

La Batalla de Pichincha y sus consecuencias

Sucre emerge como el personaje central de la novela: un héroe convencido de su misión y de la visión de mundo que está forjando, incluso en medio de derrotas. Todos los hilos narrativos confluyen en la batalla de Pichincha, que marcará la independencia del Departamento del Sur de la Gran Colombia. La victoria de Pichincha traerá consigo derrotas: de un lado, los autonomistas del puerto deberán aceptar la vinculación con Colombia, y de otro, los peninsulares, abandonados por su rey y a la espera de una armada que jamás llegará.

Guerra civil y dinámicas sociales

La novela plantea interrogantes en torno a  la naturaleza de la guerra entre criollos y peninsulares, mostrando que más allá de la lucha por el poder y los privilegios, ambos grupos compartían lo que Pierre Bourdieu denomina habitus: un conjunto de elementos culturales y sociales profundos, no siempre conscientes, que determinan conductas, valores y cosmovisiones, a partir de los cuales la religión y la vida cotidiana —vecindad, lazos familiares mediante matrimonios, entre otros— tienen un rol fundamental. Queda la pregunta de cuándo ese habitus dejó de regular la vida en la Real Audiencia. Más que una confrontación entre pueblos o naciones, la novela sugiere que se trató de una guerra civil, en medio de lo cual cambios de bando eran frecuentes. Los únicos realmente ajenos a esta dinámica eran los indígenas, los excluidos de la historia.

Humanización de la Épica: Historias de Amor y Eros

El relato de Íñigo Salvador se enriquece con dos historias de amor que aportan humanidad y matices a los personajes y a los acontecimientos heroicos. De una parte lado, la relación de Sucre con la mulata Tomasa, de la que nacerá una hija marcada por un destino fatal; de otra, la del joven Abdón Calderón, apasionado y convencido de su papel en la historia, con la audaz y bella Ángeles, una mujer de origen humilde que trabaja en la herrería —oficio típicamente masculino— y que representa el arquetipo de la mujer autónoma e independiente. Ángeles decide seguir a las fuerzas independentistas y su realismo desafía las convicciones idealistas de Abdón. Ambas historias, especialmente la de Abdón y Ángeles, introducen elementos de amor y eros que oxigenan y refrescan la intensa descripción bélica que domina la novela.

El fuego interior, de Águeda Pallares

Esta novela se configura como un espejo frente a la obra de Íñigo Salvador, pues comparten el contexto histórico temporal y personajes. Sin embargo, las similitudes iniciales se diluyen por la significación que adquieren los personajes femeninos, en especial las mujeres quiteñas, en la novela de Águeda Pallares. Estas, sin perder su individualidad, actúan como un coro al estilo de las tragedias de Sófocles, exigiendo a Sucre que no las abandone y que vengue la muerte de los caídos en Quito, en manos de los peninsulares. El grupo femenino es un reducto de conspiradoras y espías, urdiendo planes mientras tejen, disfrutan de chocolate y dulces, y participan activamente en la vida social, incluso con mujeres de la élite afines al Rey. Sus acciones, audaces y sin límites, incluyen la liberación de Mires —oficial cercano a Sucre capturado tras la batalla de Huachi— y la seducción del general Aymerich por la misteriosa Fernanda, la noche previa a la batalla de Pichincha, debilitando así la capacidad de decisión del líder realista.

Figuras Femeninas destacadas

Además de este coro de mujeres, sobresalen por su fuerza narrativa Tomasa Bravo, de ojos verdes, y Mariana Carcelén, marquesa de Solanda, adolescente coqueta y caprichosa. Teresa es notable por su decisión de seducir a Sucre, dando origen a un romance apasionado y a una hija, como ya lo contó Salvador. Teresa, con personalidad cautivante, pone en duda la subordinación de Sucre a Bolívar, convencida de que él posee méritos propios para actuar con autonomía, frente a lo cual Sucre responde a la defensiva.

Mariana, por su parte, ejerce gran influencia gracias a su belleza y posición familiar, seduciendo a Sucre y generando en él vacilaciones respecto a su lealtad a Bolívar y su dedicación a la causa independentista. La separación forzada por el deber militar aviva las dudas del héroe, quien se cuestiona si Mariana lo ama verdaderamente o solo admira su poder y gloria.

Un Héroe Complejo y Humano

El Sucre de Águeda Pallares difiere del presentado por Íñigo Salvador: no es el héroe mítico e infalible, sino un personaje que experimenta momentos de indecisión frente a la adversidad y la muerte de sus hombres. Tras la derrota en Huachi, Sucre contempla el suicidio, siendo Tomasa quien interviene con cautela para impedirlo. Aunque muestra empatía por los adversarios heridos y derrotados, y extiende la mano al vencido Aymerich, Sucre se transformar frente a los partidarios de la Corona en Pasto, permitiendo a sus tropas actos de crueldad extrema contra soldados y civiles. Estas contradicciones convierten a Sucre en un héroe atrapado por las circunstancias, vulnerable y sometido a profundas tensiones internas.

Perspectiva Histórica y Destino Regional

Tomasa de Águeda Pallares ofrece una visión esclarecedora del sentimiento autonomista de los porteños, explicando que la distancia con Quito fortalece la afinidad de los guayaquileños con Perú, que consideran a Lima como su segundo hogar. El desenlace histórico será la incorporación definitiva de Guayaquil a la Gran Colombia, que para los partidarios de la autonomía es una derrota.

Contrapunto de Visiones: Sucre y los Personajes Femeninos en la Ficción

Las novelas de Águeda Pallares y de Íñigo Salvador entablan un diálogo literario en el que, aunque comparten personajes y el mismo contexto histórico, presentan perspectivas distintas sobre sus protagonistas. En ambas obras, el personaje de Sucre es central, pero su caracterización varía de manera significativa: mientras que en la novela de Íñigo Salvador se erige como un héroe incólume, seguro y casi mítico, en la de Águeda Pallares se muestra como un hombre que duda, tropieza y es endeble ante las circunstancias y las tensiones internas. Esta dualidad en la construcción del héroe enriquece la comprensión del personaje y permite explorar sus diferentes facetas.

La diferencia se extiende también a los personajes femeninos, que adquieren matices propios en cada relato. En la obra de Íñigo Salvador, destaca Ángeles cuya fuerza y realismo impactan y desestabilizan al acartonado Abdón Calderón. En contraste, Águeda Pallares sitúa en el centro de la vida social quiteña a Mariana Carcelén, quien, desde su posición de marquesa, ejerce dominio sobre el entorno de la élite y sobre el propio Sucre. Asimismo, resulta notable el distinto enfoque que ambos autores otorgan a Tomasa, mostrando la amplitud de interpretaciones y posibilidades que permite la ficción.

Manuela, de Luis Zúñiga

Luis Zúñiga ha incursionado en la novela histórica con tres obras: Manuela (1991), Rayo (1997) y Un as de alto vuelo (2010), esta última dedicada al aviador Elia Liut. En Manuela, el autor adopta una estrategia narrativa diferente a la empleada en sus otras novelas, optando por una biografía novelada.

Manuela: más allá del mito

Manuela Sáenz ha sido objeto de numerosas interpretaciones y especulaciones, hasta el punto de transformarse en un mito intocable. La novela de Zúñiga, no obstante, se aparta de esa imagen proponiendo una visión más íntima y compleja. La obra se articula como un diario escrito por la propia Manuela (cuatro libros que su criada, la Morita, logra rescatar del fuego). En este diario, Manuela expresa la paradoja de escribir para ser recordada, aunque desea que sus manuscritos sean incinerados tras su muerte, porque solo tienen valor para ella.

Infancia, Matrimonio y Vida en Lima

Son hechos archiconocidos. Exiliada en Paita, enferma y perseguida, Manuela rememora su triste infancia marcada por el encierro conventual y un matrimonio por conveniencia con el médico inglés Thorne, a quien no amaba. En Lima, Manuela se transforma: es seducida por la ciudad y rápidamente se integra en la élite limeña. El matrimonio la hastía, y su carácter osado y atractivo la impulsa a buscar nuevas experiencias, entregándose a la pasión, y a relaciones amorosas extraconyugales.

El Despertar Político y la Causa Independentista

El interés de Manuela por la Independencia surge en Lima, donde se vincula con grupos conspiradores y opositores a la presencia española. En este entorno, igual que en Quito, la frontera entre las facciones políticas es permeable y su propio hermano, oficial realista, participa en el movimiento. Su compromiso con la causa independentista será reconocido por San Martín, quien la incorpora a la Orden del Sol.

Manuela regresa a Quito junto con su padre poco después de la batalla de Pichincha. Un hecho fortuito, una corona de flores lanzada por Manuela que golpea a Bolívar, marca el inicio de su relación con el libertador y un cambio en el rumbo de su vida.

Una Relación Apasionada y Conflictiva

Lo más sugerente de la novela, que abre las puertas a la subjetividad del personaje y a sus emociones, es la relación entre Manuela Sáenz y Simón Bolívar que se caracteriza por la entrega total de Manuela, quien vive obsesivamente su amor por el Libertador, aun cuando él este no le guarda plena correspondencia. Bolívar mantiene relaciones ocasionales en cada ciudad que libera, lo que prende conflictos constantes entre ambos. Uno de los episodios más intensos ocurre cuando Manuela, en uno de sus encuentros amorosos en Lima, descubre una joya bajo la almohada de la cama de Bolívar: esto desencadena una violenta escena de celos. La intervención de los edecanes separa a la pareja, y Bolívar debe ausentarse durante unos días mientras se recupera de los golpes y rasguños de Manuela.

Tras este incidente, Bolívar le confía a Manuela la gestión de su correspondencia, lo que evidencia el complejo equilibrio de poder y dependencia entre ambos, marcado por la pasión y la distancia emocional. La intensidad de Manuela provoca hastío en Bolívar, especialmente tras el episodio en la fiesta de fin de año en Bogotá, donde Manuela le salva la vida.

Manuela y la Política: Críticas y Desencuentros

Las opiniones de Manuela de la situación política y sus críticas mordaces hacia los hombres de confianza de Bolívar generan tensiones y profundizan el distanciamiento de la pareja. La relación amorosa se edificaba en medio del amor y el desamor, la entrega y la insatisfacción, en un contexto político y personal complejo. Al final de sus días, Bolívar reconoce que Manuela no se había equivocado en sus críticas, pero rehúsa pedirle que le acompañe y muere solo.

El Destino Trágico

El diario de Manuela relata la tragedia y el fracaso de tres vidas: Bolívar, Manuela y Sucre. Sucre es asesinado, los sueños de Bolívar se desmoronan con la desintegración de la Gran Colombia, y Manuela termina perseguida, exiliada, pobre y enferma en Paita. El amor de Manuela solo fue correspondido parcialmente por Bolívar y su vida estuvo marcada por la tragedia. Se abre una interrogante de su realización personal, sus esperanzas y su fracaso.

 Tres Miradas sobre los Héroes: Salvador, Pallares y Zúñiga

Íñigo Salvador, Águeda Pallares y Luis Zúñiga nos presentan tres novelas ambientadas en una misma época y pobladas por personajes cuyas trayectorias y destinos se entrecruzan. Aunque comparten figuras históricas y un trasfondo común, cada obra se distingue por su punto de vista narrativo y por la manera en que explora el mito, la tragedia, las virtudes y las flaquezas humanas. Existe un diálogo constante entre estos relatos, pero simultáneamente se evidencia una diferencia en la interpretación de los hechos y en la construcción de los personajes centrales.

Las novelas dan vida a héroes que oscilan entre lo mítico y lo trágico. Estos personajes transitan por momentos de convicción absoluta, en los que sus ideales parecen inquebrantables, pero también enfrentan dudas profundas y contradicciones. La narrativa expone sus triunfos: cimas de gloria que definen el imaginario colectivo, y al mismo tiempo relata derrotas sin remisión, donde la esperanza desaparece y solo queda espacio para la desilusión, el dolor, la soledad, la desventura y la caída.

Mientras que las dos primeras novelas culminan en el apogeo de sus protagonistas, exaltando sus logros y la relevancia histórica de sus hazañas, la obra de Zúñiga se aparta de este esquema y avanza en el tiempo. Allí, la narrativa se adentra en el destino adverso que les espera tras el resplandor. Este contraste narrativo permite evidenciar cómo, detrás de la figura heroica, persiste el ser humano vulnerable a la tragedia.

Las Novelas Republicanas

Existen marcadas diferencias entre las novelas de la independencia con las novelas republicanas. Las primeras comparten un marco temporal, circunstancial y de personajes; de allí, que en estricto sentido, puedan ser cotejadas unas con otras. No es el caso de las novelas de la temprana república. Las singulares divergencias con las novelas de la independencia me obligan a replantar la estrategia de análisis y- en honor al tiempo- resaltaré aspectos sustantivos. A quienes interese les el tema, pueden leer la versión in extenso de estas reflexiones que será publicada por la Academia.

Antecedentes

Ecuador ha surgido luego de sucesivas rupturas y conflictos; ha dejado de ser la Real Audiencia de Quito después de la batalla de Pichincha, para convertirse por poco tiempo en el Departamento del Sur de la Gran Colombia y convertirse en un país independiente con un nombre sin relación alguna con su historia. Las tensiones regionales, los intereses de las diversas élites, la debilidad institucional, comienzan a pesar en el intento de crear una nación de la nada o de fragmentos de una realidad pre nacional. Ha iniciado un lento proceso en el que los enfrentamientos entre caudillos están a la orden del día, los riesgos de disolución están siempre presentes, al igual que asonadas y rebeliones. Analizaré brevemente cuatro novelas: Alfaro a la sombra (2012) de Gonzalo Ortiz Crespo; Los montoneros de Dios (2018), de Alfonso Reece; El bicho que se bajó del tren (2021), de Benjamín Ortiz Brennan, y Las secretas formas del tiempo (2021) de Diego Araujo Sánchez. ¿Qué identifica estas novelas como parte de un conjunto? ¿Qué las distingue, las confronta, las separa? Son algunas preguntas que intentaré resolver.

 Las novelas republicanas crean su ficción en un amplio marco temporal que va desde 1875 aproximadamente hasta poco después de 1912, en que el nuevo país experimenta las dos iniciativas más consistentes de crear una institucionalidad nacional, desde perspectivas ideológicas y políticas opuestas: la de García Moreno que intenta formar- lo que Fernando Hidalgo Nistri denominó- la República del Sagrado Corazón y la República Liberal resultado de la revolución liderada por Eloy Alfaro. Cada una abarca un fragmento de este marco temporal: la de Diego Araujo reconstruye la conspiración y asesinato de García Moreno en agosto de 1875, la de Alfonso Reece, la resistencia popular a la triunfante revolución liberal, hacia fines del siglo XIX, la Benjamín Ortiz, la construcción del ferrocarril entre 1897 hasta su llegada a Quito en 1908 y la de Gonzalo Ortiz, se sustenta en el trasfondo de la caída y muerte de los Alfaro en los aciagos años de 1911 y 1912. Son fechas referenciales. Es una identificación más bien azarosa y frágil de las novelas y que crea una gran autonomía en la narrativa.  

Sincronías Narrativas en la Novela Republicana

Existen sincronías entre algunas de estas novelas, particularmente entre Las secretas formas del tiempo, de Diego Araujo Sánchez, y Alfaro en la sombra, de Gonzalo Ortiz Crespo. A mi juicio, las dos constituyen los aportes más valiosos y representan un hito en la narrativa dedicada a la época republicana de Ecuador.; sorprenden al lector y desafían las interpretaciones tradicionales. Comparten la estructura en dos tramas paralelas que transcurren simultáneamente, lo que les confiere una particular riqueza y profundidad.

Las Secretas Formas del Tiempo: Doble Thriller y Revisión Histórica

Las secretas formas del tiempo desarrolla un doble thriller, en el cual los protagonistas Carlos Sánchez, Mauricio Salvador y Lucía Salvador emprenden una investigación con relación al asesinato de Gabriel García Moreno. El primer nivel narrativo se sitúa en el presente y está marcado por sus propios desafíos, dramas y absurdos. Esta búsqueda, entablada más de un siglo después del magnicidio, se orienta hacia una verdad escurridiza, construida en la militancia de quienes han escrito sobre el tema tanto a favor como en contra de García Moreno.

El segundo plano narrativo, está constituido por la conspiración, las víctimas y las voces de los conjurados y los testigos del asesinato de García Moreno. En este nivel, la novela replantea radicalmente tanto la historia, con creatividad y rigor, como el papel de cada conspirador, sus aliados y del propio García Moreno. La interacción entre pasado y presente se intensifica de manera progresiva: en el pasado, la conspiración avanza hacia el magnicidio; en el presente, la investigación revela hallazgos, desafía los relatos convencionales de la historia a la vez que el grupo debe enfrentar sus propios conflictos.

Alfaro en la sombra: novela negra y diálogo epistolar

Alfaro en la sombra, la novela de Gonzalo Ortiz Crespo también transcurre en dos planos, simultáneos. El primero se caracteriza, de igual modo, por elementos de la novela negra, en la que un asesinato sirve de eje y es relatado por Bill, oficial de la armada norteamericana, a quien se le encomienda contra su voluntad, la investigación de la muerte del oficial al mando del navío estadounidense anclado frente a Guayaquil. Aunque el informe médico atribuye la muerte a la fiebre amarilla, enfermedad que azota el puerto, la explicación no convence y surge la posibilidad de un asesinato. La indagación se desarrolla en medio de la guerra civil y los enfrentamientos entre facciones del alfarismo y la vida cotidiana del puerto con sus bares, prostíbulos y fumaderos de opio.

La segunda historia transcurre en paralelo y se construye mediante las cartas entre Miguel Echandía, comerciante de Quito y su hija Isabel, quien permanece en Guayaquil para gestionar trámites de importación. Este diálogo epistolar combina las dificultades administrativas el negocio derivadas de la inestabilidad política, con la narración y reflexión sobre los sucesos políticos del momento.

Las Narradoras

Un segundo aspecto que comparten las dos novelas es el papel protagónico de los personajes femeninos: en Araujo Sánchez un personaje clave es Lucía Salvador, estudiante de historia y figura central, tanto en el relato tanto de los acontecimientos del presente, como en la reconstrucción del pasado. Lucía se enamora de Carlos, un hombre mayor que padece una enfermedad terminal. Desde una perspectiva de género, ella asume una postura crítica hacia la historia oficial y se pregunta quiénes son realmente los triunfadores en una sociedad patriarcal, concluyendo que son los hombres; cuestiona el machismo inherente a la historia tradicional. Su perspectiva le permite descubrir el protagonismo de las mujeres en la conspiración, como es el caso de Juana Terrazas, quien participa activamente en el complot contra García Moreno tanto por sus convicciones, como por su relación amorosa con Abelardo Moncayo y por la influencia de su hermano el canónigo anti graciano, José María Terrazas.

Lucía halla un libro de Miguel Valverde en el que se esclarece el papel de Juana en la historia. Lucía da voz a Juana Terrazas, quien recrimina al espectro del General Francisco Sánchez, un hombre cercano a García Moreno por su traición y por haber engañado a los jóvenes complotados, incluida ella misma. Tal recriminación marca un giro en la narración de los hechos históricos. Otras figuras femeninas como Eufemia Rubio, Rosario Maldonado y Mercedes Carpio despiertan su interés. Lucía desmonta versiones previas del papel de Mercedes Carpio, esposa de Rayo, uno de los principales victimarios, de quien se decía fue amante de García Moreno, que no lo fue y que en consecuencia Rayo actuó por celos.  

Isabel es personaje femenino clave en la novela de Gonzalo Ortiz Crespo. En la correspondencia entre padre e hija se detallan las intrigas, rumores y acontecimientos que, inevitablemente, conducen a la tragedia: el asesinato, la masacre y el sacrificio no solo de los Alfaro y sus seguidores, sino también de quienes fueron adversarios en algún momento. Isabel se ve involucrada en la guerra civil al tratar de auxiliar a los heridos; se transforma en testigo directo de los graves incidentes políticos en Guayaquil y de la matanza de Montero, el aliado de Alfaro. Sus reflexiones son agudas y de igual manera termina por involucrarse en la investigación de la muerte del marino norteamericano, al establecer una relación con Bill, sostenida por una cierta atracción sentimental.

García Moreno y Eloy Alfaro como Personajes

En la novela de Diego Araujo Sánchez, García Moreno tiene voz propia y aparece convencido de que su vida tiene una misión que trasciende sus delirios políticos: alcanzar la santidad a través del martirio, lo que solo puede lograrse en una lucha sin tregua contra liberales y masones, aunque eso implique la muerte. Ante las amenazas, responde con la convicción de que su existencia es instrumento de la voluntad divina. Tengo la impresión de que su aparente indiferencia ante los rumores de asesinato puede interpretarse como una búsqueda deliberada de la muerte, de un anhelado martirio. ¡Quería ser santo!

En la novela de Gonzalo Ortiz, Alfaro es una sombra, de allí lo acertado de su título. Se habla de él, se especula sobre sus propósitos, se juzgan sus actos, pero no tiene voz, lo que deriva en una gran tensión narrativa. Es el demiurgo oculto de muchos hechos y de su propio martirio pues es incapaz, a la luz de lo que los narradores dicen, de reconocer que es un hombre derrotado.

La Visión de los Gringos

Otra sincronía se advierte entre las novelas de Gonzalo Ortiz y la de Benjamín Ortiz. Las dos dan voces a «los gringos». A Bill en la primera y a William Joseph Walsh, apodado el Bicho, en la segunda. Desde la perspectiva externa de Bill, la sociedad local se muestra como un entorno incivil, violento y marcado por el odio. Los derrotados se convierten en víctimas de la muchedumbre, mientras las autoridades, movidas por intereses políticos y cobardía, muestran una ambigüedad moral y buscan excusas para eludir su responsabilidad.

Walsh es presentado como un escéptico oportunista. Abandona a su prometida embarazada, generando un escándalo en su pequeño pueblo de origen. Tras un viaje por las Antillas, llega a Guayaquil, donde inicia una nueva vida marcada por la huella de su pasado. Uno de los aspectos más sugerentes de la novela Benjamín Ortiz es el intento de construir una interpretación de la realidad ecuatoriana y del proyecto alfarista desde la perspectiva de los «gringos». Los extranjeros, comprometidos con la visión de Alfaro, creen en el progreso técnico y el libre comercio. Walsh nos proporciona esa visión, aunque es incapaz de adaptarse y aceptar plenamente a las costumbres locales.

Los montoneros de Dios, de Alfonso Reece Dousdebés

Un Acercamiento a la Oposición al Liberalismo

Los montoneros de Dios, de Alfonso Reece desafía la interpretación histórica y literaria tradicional del Ecuador, centrándose en el movimiento de resistencia al liberalismo y al alfarismo. Este tema ha sido frecuentemente ignorado por la narrativa nacional dominante, que suele reducir la resistencia a las asonadas populares que culminaron en la muerte de los Alfaro. La lectura de la novela evoca el estudio de Jean Meyer sobre La Cristiada, a partir del que se inmiscuye en el movimiento de resistencia a los gobiernos emanados de la Revolución Mexicana. Con habilidad e imaginación, Reece Dousdebés logra un resultado sugestivo, revelando el tema en un contexto en el que el alfarismo fue el discurso ideológico dominante en la segunda década del siglo XXI. Los montoneros de Dios, da voz a otros derrotados de la historia, es una estrella solitaria.

Reflexiones finales

La Representación de los Antihéroes y la Violencia en las Novelas Republicanas

Las novelas enmarcadas en el periodo de la independencia ecuatoriana suelen estar protagonizadas por figuras heroicas que, inmortalizadas en el imaginario nacional, encarnan los ideales fundacionales de la nación ficticia llamada Ecuador. Sin embargo, el panorama cambia radicalmente en las novelas ambientadas en la república, donde la figura del héroe clásico es reemplazada por personajes complejos y ambiguos: los antihéroes, caracterizados por una doble moral y una actitud cínica, que ejercen el poder de forma arrogante, sin reconocer o integrar a la comunidad política o social en la construcción nacional. Lejos de representar modelos de virtud o integridad, estos personajes revelan profundas carencias morales y éticas y se erigen en jueces supremos, quienes deciden la vida y la muerte de sus adversarios.  

Desde la perspectiva literaria, la independencia no logró consolidar una sociedad de ciudadanos con valores compartidos, sino que propició el surgimiento de facciones enfrentadas y desprovistas de sentido comunitario. La narrativa republicana pone de manifiesto el fracaso en la construcción de una nación cohesionada, con identidad propia y en la que la violencia es un elemento clave de la vida política: las víctimas de los episodios narrados, más allá de sus posturas políticas o historias personales, son despojadas de su humanidad y reducidas a simples cuerpos marcados por la muerte violenta.

La confusión entre la masa violenta —que actúa de manera colectiva y descontrolada— y quienes ostentan el poder es una constante. La narrativa no otorga indulgencia ni justificación a ninguno de los dos polos. Los observadores y testigos de estos hechos no logran comprender el trasfondo de los acontecimientos, y enfrentados a la barbarie y a la irracionalidad, fracasan en su intento por entender una realidad dominada por intereses y pasiones políticas extremas.

Ecuador que surge de la ficción republicana: está construido sobre un pasado sangriento y no resuelto. Al cerrar las páginas de estas novelas no se dejan de escuchar las voces de los asesinados a machetazos, a balazos, masacrados a golpes y de los quemados en hogueras bárbaras, que preguntan vanamente por algo llamado justicia, y sus cenizas, lo que quedó de sus cuerpos, levantadas por el viento oscurecen el aire: queda en el lector la sensación de que lo que nació de allí es una sociedad incapaz de cicatrizar las heridas de su origen. La ficción literaria adquiere el poder de crear realidades alternativas o de llevar al extremo las interpretaciones que ofrece la historia tradicional.

El Auge de la Novela Histórica y su Función en la Resignificación del Pasado

Emerge la pregunta sobre las razones detrás del resurgimiento de la novela histórica en Ecuador. Siguiendo las reflexiones de Lukács, este género suele estar asociado a grandes transformaciones socioeconómicas y políticas en Europa; con todo, en el contexto ecuatoriano, resulta difícil establecer una relación directa a partir de condiciones socioeconómicas específicas. La hipótesis que puede plantearse se orienta a la creciente necesidad de resignificar el pasado y traerlo al presente mediante una narración épica del proceso de formación nacional. Esto se entiende en el marco de crisis internas sistemáticas, no resueltas hasta el presente, y de las fuerzas globalizadoras que han debilitado la soberanía nacional. La historia de los siglos XX y XXI evidencia que imperios, naciones y estados no son eternos y pueden desaparecer o ser objeto de injerencias externas. En definitiva, la propia idea de Estado nacional está en entredicho, sin posibilidad de retorno a antiguas soberanías nacionales, ya heridas de muerte. En medio de este contexto, los novelistas han asumido la tarea de recrear el complejo proceso de formación de la nación e intentar darles un nuevo sentido.

Los de Abajo

Para concluir, deseo señalar que, con la excepción de la novela de Alfonso Reece y la breve mención de Diego Araujo a Daquilema y Manuela León, y de igual forma de los dos hermanos pescadores del río Baba enfrentados por la fuerza, pues deben servir a los bandos en guerra, en la novela de Íñigo Salvador, el mundo de los sectores populares permanece ajeno al foco de interés de la ficción histórica. Salvo en estos casos, la literatura no ilumina la vida de «los de abajo», quedando sus historias en la sombra, vacío dice mucho de su ausencia en la construcción novelada del Ecuador.

Reitero el pensamiento con que inicié esta exposición: el único compromiso del escritor con la historia es reescribirla o inventarla.

 Tómese lo dicho como notas para una cartografía provisional de la novela histórica en Ecuador.

¡Gracias!