
El pasado 28 de enero de 2026, en el salón Olmedo de la Universidad Andina Simón Bolívar, se llevó a cabo la presentación de una edición conmemorativa de Historia de un intruso, de don Marco Antonio Rodríguez, al cumplirse 50 años de su publicación. Compartimos con ustedes el discurso que doña Susana Cordero de Espinosa pronunció en el acto.
Discurso sobre la obra Historia de un intruso, del académico Marco Antonio Rodríguez
Querido Marco Antonio, queridos amigos:
Estas palabras titubeantes surgen, inmisericordes conmigo misma, de una cuidadosa y angustiada lectura de tu magistral Historia de un intruso, y asimismo, las han iluminado críticas y comentarios dirigidos a ti por los incontables lectores que desde hace más de medio siglo se nutrieron de tus personajes, sufrieron con ellos y aprendieron tantas cosas sobre sí mismos del Fermín y el Antero que existen en nosotros. Me refiero un instante al gran muralista José Luis Cuevas, pues esta edición se potencia con sus singulares dibujos: una amarga inquietud, especie de aparente inanidad y, a la vez, de extraña esperanza se dilata en nosotros, puros espectadores, desde los Fermines y Anteros de Cuevas, cuyas formas sombrías representa en cada página el genial pintor.
Para mí habría sido más fácil eludir el deber de decir algo sobre esta Historia hoy, pero es imposible negar a tu cortesía generosa esta presencia mía que, sin duda, tú juzgas positiva, pero que yo veo casi rota, torpe e indecisa ante una Historia tantas veces leída y vivida, que es la nuestra, la mía…
No solo se trataba de esquivar, sino de huir. En esta palabra está quizá la clave de mi sentimiento, pero¿quién huye de sí mismo? Como anunció Fermín ante Antero: huir es imposible.
Desecho mi deseo de evasión, y para completar y explicar mi mirada de Fermín, de Antero, releo unas palabras del párrafo que elegiste como prefacio de tu narración: corresponden al gran escritor francés Louis Ferdinand Celine y, a la vez, podrían ser su epílogo, pues condensan entero su sentido. Dicen así:
Es la edad que avanza, tal vez, la traidora, y nos amenaza con lo peor. La juventud fue a morirse al fin del mundo, en el silencio de la verdad. ¿Y dónde ir, les pregunto, en cuanto no tienen cantidad suficiente de delirio?
Así ilustraste, Marco Antonio, tu historia de dolor ante la pura pérdida que es la vida entera, quizás porque ellas anuncian también la suerte de pensar, avisar y prever, pues que todo en tu cuento es profecía, es decir sueño, delirio.
Para ti, Marco Antonio, para nosotros y para tu creación pasaron cincuenta años. ¿Cómo asumir en nuestro hoy, el contraste entre el Marco Antonio que creo conocer y el individuo múltiple, él y su íntimo intruso, que se examina a sí mismo y se acusa, y es capaz casi solamente de intuir y ver el mal?
Tu cincuentenaria historia trasciende los años vividos y van más allá, a manera de ese examen de conciencia que se nos pedía para la primera comunión, y para el cual, con nuestra infantil mala conciencia, leíamos el devocionario y apuntábamos, para confesarlos como propios, todos los vicios y pecados posibles, no por si íbamos a cometerlos algún día, sino porque intuíamos haberlos cometido, o porque ya esperaban en el corazón. En esta larga hilera del tiempo, todos protagonizamos tu historia. Vayamos a los personajes con los que la construiste, pues que ellos te construyeron a ti:
Aparece el Monseñor que castiga, ese, roído, vulnerable empecinado que, jamás intuyó que eras un niño regularmente bueno y aplicado, pero nauseabundamente tímido… ese pequeño que huía de integrar el coro, o ser el campanero o el acólito…
Impresiona, Marco Antonio, la capacidad de condensación con la que, en pocas líneas, creas personalidades, experiencias, miedos, vidas enteras. Y, por ejemplo, tu notable sensibilidad poética se adentra de este modo en el alma de la abuela ciega, que guardaba para ti golosinas bajo su almohada: Abuela, tu piel estaba hecha de mariposas viejas. De tus ojos nada dimanaba, excepto el polen de tu bondad. Pero cuando hablabas, abuela, … una lluvia de cerezos, un estallido de flores nos ahogaba… Abuelamorblancocabelloseda imborrable. …llegas todavía de vez en vez. Con tu ingenuidad de cromo. Con tu piadoso sonido de libélula.
Y evocas los boleros incansables que tocaba al piano tu padre, también ciego, él que, según Fermín, es decir, según tú, nació triste, rociaba de indiferencia su tristeza, a más de tocar el piano, le gustaba pensar. Trabajaba de pianista en La Delicia. De domingo a domingo…. Regresaba a la madrugada. A veces mojado hasta los huesos, otras embriagado, siempre insatisfecho. Tocaba el piano y pensaba… La vida flageló a papá, diariamente con puntualidad digna de mejor causa… ytermina Fermín: nosotros comprendíamos su coraje innumerable, su terrible pujanza. Acaso por eso le temíamos…
Siempre insatisfecho: tu cuento sufre un continuo volver atrás para adelantar y dejar al arbitrio del lector la nostalgia y la comprensión de que el del cuento es el mismo mundo que el nuestro, el de cada cual. Sus verdades esenciales están, sufren y dicen en nosotros.
Evoco los trapos y basuras cosechadas por Aguedita, la minadora de basura en El Censo y la criatura más pura del universo retratado por ti, cuya amistad tú, en Fermín y Antero, descubres y proteges y cuyo corazón reconocía y agradecía la insólita presencia de los dos: Vivía en un horadado de la quebrada y les decía: … ¡Qué hacen ustedes, es hora de que estén en el colegio… No es bueno, no es bueno!
Ellos iban a verla y querían ayudarla: Recogía botones, tarros de Nescafé, botellas enteras… —Aguedita, ¿le sirve este cartón? La buscábamos siempre y siempre la encontrábamos…
Lo que ella recogía se lo daba a don Teódulo, el capataz de ese mundo de abandono. Según él, el trabajo de Aguedita apenas era productivo. Un día, Fermín y Antero la pierden, y Teódulo se queja ante ellos amargamente: La vieja murió dejándome media vida; e indignado les entrega el cuadro de Jesús del Gran Poder en cuyo reverso Aguedita había pegado, para que el Señor protegiera a Fermín y a Antero, las fotos carnet que ellos le regalaron. Fue su forma de creer en su amistad, y de sobrevivir.
Llegan al lector las reflexiones de Antero y Fermín, las luchas que entablan consigo mismos para sentirse más allá de la verdad y la mentira, del mal y del bien; el cinismo caracteriza su reflexión ya madura, cuando empieza a preocuparles la apuesta segura de la muerte: A lo más, los seres más entrañables hacen lo posible por borrar tu recuerdo. Qué más da, hay que seguir viviendo… Y para presumir de desapego e insensibilidad ante la evidencia de la muerte, asumen saber que Nada se altera cuando mueres. El mundo necesita evacuar normalmente, igual que un animal y así, sin más, te vas a pastar chirotes en ninguna parte. Así presumen y se mofan de la batalla cotidiana de vivir.
Una vez más, me siento retratada en el principio y el inacabable fin de tu nostalgia y en el de las preguntas de estos personajes que entre adolescencia y madurez fueron y siguen siendo las de cada uno de nosotros. Cuando como escritor aún joven comenzaste tu Historia, la asumías, tal vez, como una inquietante e intrascendente fantasía. Pero no, Marco Antonio, porque el oficio de crear es así: sabemos cómo empieza, pero nunca, cómo terminará: tu Historia trasciende los cincuenta años vividos e irá más y más lejos, pues todos la protagonizamos. La continuidad es su realidad, como la de la vida.
Nunca lograré del todo, sin repetirte y repetirnos, redibujar los caracteres gracias a los que intuyo que Historia de un intruso, densa y definitiva, pervivirá en intocable y constante actualidad. Querría lograrlo, pero la genialidad de esta narración íntima y abisal radica en que todo se contesta en ella. Las palabras en su derredor apenas la desbordan: ella es el planteamiento y la respuesta.
Más allá de la misma vida, que mantiene para cada individuo una línea llamémosla normal y esperable: familia, estudios, preocupaciones, trabajo, esperanza, tu historia concentra más…, su poder transformó la cruda experiencia en significado para todos; ordenó y construyó un universo en que cada lector puede reconocerse, repudiarse, temerse. Antero-Fermín, su único protagonista nos entrega realidades experimentadas y conocidas, pero su Historia supera inmediateces, recupera vivencias y sentidos totales.
La vida es un relato en busca de narrador. Tu narración es más que vida, pues dolorosamente literaria y bella, además de permitir a cada lector mirar adentro, rehusarse, soñar en cambiarlo todo, lo cual ya es tanto, le urge a adentrarse en su propio existir, lo que es inmenso….
A riesgo de equivocarme, acepto que tú seas tu intruso auto narrado, tal como él puede ser yo y el otro, y que todos seamos uno, aunque me quede claro que nuestra intuición lectora nos impele igualmente a aceptar lo que no podemos ser; todo se entrevera en personajes que, cada uno, ilumina a su manera tu vida y la nuestra, tu decir.
En tu Historia no importa si Fermín eres tú o eres Antero o eres los dos a la vez. Importa que Fermín es Fermín y Antero, Antero, y que se encuentren y vivan en la ficción las etapas que todos conocemos: infancia, adolescencia, juventud, madurez…, tan auténticamente, que sus vidas representan a todos, pero más. Para este destino, aunque sin preverlo, la escribiste; la has presentado tantas veces y cada vez quien la leyó o releyó la encuentra nueva, rica en sugerencias, en formas de mirar la vida, de soñarla, de revelar el bien y el mal presentes en nosotros y ¡quien lo creyera!, de rebelarnos contra la certeza terrible de que el mal nos domina casi sin esperanza. Porque ¿qué magnífica, exigente fuerza interior te hizo inventarte a Antero, y aunque no necesitaras contarnos que él era tú mismo, que hay un Antero y un Fermín en nosotros y no son distintos uno de otro y están aquí, la maravilla de esta narración intensa, dura, cumple, a la vez, la gracia singular y la desgracia de su absoluta verosimilitud.
Creaste personalidades contradictorias, la de Antero y la de Fermín, en acerba crítica al íntimo horror, a la posibilidad de espanto que late, guía, miente en cada ser humano y no solamente: en cada grupo, casa, ciudad, Estado. Consumaste en tu libro y tu vida el difícil sueño sartriano de la autenticidad, esa que Sartre blandía como un arma en el tiempo durante el que tú describías a Fermín y a Antero, a la abuela y el abuelo, y cuando te esforzabas en decir para ser, para entenderte y permitir entenderse a los demás, para dejarnos, en fin, un texto-espejo de un tiempo, de mil vidas.
La palabra elección, a la que, según Sartre, nacimos condenados, te impulsó a ser el escritor que fuiste y eres, el que antes de denunciar se denuncia a sí mismo, antes de conocer al otro, lucha por mirarse y conocerse.
El niño tímido, inocente, callado que conoció en la escuela a Antero y al que este protegía, el que temía intuitivamente a monseñores y prefería ser castigado a ser mimado, y admiraba el orgullo de su padre ciego que negaba serlo; el que atendía como a un rito al tejido incesante de la abuela y por la noche en la vieja cama recibía cuanto ella le guardaba, he aquí la inocencia primera, la lucha adolescente por ser, las experiencias sucesivas en un mundo a menudo brutal, donde los sueños limpios se convierten en amarga, ruda constatación de la vesania, en denuncia del mal omnipresente.
Increíble que momentos de descripción tan duros hayan llegado a tantos, porque acaso en estas narraciones nos hallamos todos. Ellas dicen de oscuridad, de tanteo, de entradas y salidas; de la astucia de evitar el camino, pues pretender olvidar es más factible que desertar, pero como todo buen escritor ha de preservar la capacidad de delirio que evocó Celine y sus obras se sostienen en ella, tú, Marco Antonio, eres, a la vez, un intruso delirante, tu intrusión es la tuya en ti mismo… y nos urge a exclamar ¡feliz intruso, feliz intrusión!
Constatas duramente que el hombre está construido para su destrucción, pero también que nadie es capaz de vivir sin sueños.
A disgusto de todos, Antero fue su mejor amigo.
El niño creció. Los adultos repudiaban tu amistad con Antero, quien al inicio del cuento te sugería no ir a la fiesta, al intuir que ‘eras diferente de los demás’ y en tu adolescencia fue tu mejor amigo: “me enseñó a leer, a pensar, o sea, a joderme la vida” también el amor a la paz y al amor universal, aunque en ti se acrecentaba un craso escepticismo: el que cree que el bien y el mal existen solo para los que se conduelen, que el hombre está construido para su destrucción, pero aún asume que se puede soñar, y se atraca de sueños. Hoy y siempre nos llaman los sueños de poder, a través del dinero, del buen vivir, con casa, carro y cuanto se compra, pero Antero-Fermín nos anuncian cómo esos soñadores terminan verberados por la cirrosis. Sienten, los dos, que la vida no les fue feliz: ‘les noqueaba, la muy bellaca’. Crecen y se duelen de la pura verdad. Y también comenzaron a crear, es decir, a contradecir a la vida. Es impresionante cómo vivió y preservó su vida en el malandrín de Antero que lo sabe todo y sin embargo, sigue tratando de perfeccionarse. En pocas palabras lo dices todo. Eres Antero-Fermín, Marco Antonio, cantera inagotable y triste que ‘nunca conocerás a cabalidad’. Si Antero se muere, diré que fue un hombre bueno en su entierro y nos olvidaremos. Ninguna sepultura dura más en el recuerdo 53 días’.
Dejaron para siempre de ser niños y jóvenes… Ha pasado la vida, y llegamos a la realidad que Antero, Fermín, resumen en estas palabras: Hoy, en estos días, el resumen de vidas enteras es bebida y fútbol.
Habían vivido: Querían romper la rutina, pues todo les hastiaba. Hartos de la insípida dignidad de nuestra pobreza. Nada nos interesaba, nos llenaba de hastío. Tanta mierdosa mentira que en nombre de sociedad, porvenir y otros escuerzos se pretende acumular sobre los bisoños en todos los lugares del mundo; también podía ser que nuestro ánimo exaltado por las grandezas de Dios que nos habían contado, quería volar a encontrarlas en todas partes; que sentíamos por la omnipresencia del mal y sobre todo del aburrimiento… o que buscábamos un escape a la tristeza. Recorrieron ciudades: Todas son la misma peste. Plata, mercados, ventas, desperdicios comerciales, guardaespaldas… larvas arremolinadas.
Empieza un texto de Antero escrito sobre él, que es Fermín… ‘hasta cuando fue mi mejor amigo’.
Llego a la página 33 y me pregunto quién escribe ahora. Se cerraron las comillas del texto de Antero sobre Fermín. ¿Sigue vivo Antero en ti, luego de estos cincuenta años? Por tu discreción sobre ti mismo que, sin embargo, es capaz de exaltar entusiastamente a la persona a quien dedicas un libro tuyo, tengo la impresión de que eres un hombre tímido, pero consciente de su valía; ¿cómo se alían en ti la timidez y la amistad?
Finalmente, lo mejor de tu infancia permanece en ti: la honda intuición del mal y del bien… Y aunque parecieras un aprendiz a réprobo, hemos de confesar que para réprobo no aprendiste nada…
Finalmente, pretendo que tu historia, es decir, esta narración de ti mismo realista y sin juicios morales, pero no solo, que tu vida entera es relato que debe tanto, no solo a tu inocencia ni a tu sabiduría, sino a tu vivo sentido estético. No sé si los moralistas puedan ayudarme a reducir o, al menos, a hermanar el amor por la belleza con el amor por el bien, pero sé que belleza y bien no se excluyen; que trasladar al arte de la literatura los sentimientos y vivencias más íntimos es forma de justicia que no desdice del valor real de tus batallas; y creo siempre que tu trabajo más que la búsqueda del bien desnudo, es la de la estética del bien.
Conciliar los extremos fue un tormento para el niño que fuiste; más tarde ese afán rigió tu voluntad de crear; en tus párrafos mezclas el bien y el mal, la religiosidad y una viva experiencia sexual, aún infantil, amén de toda una reflexión sobre la ingratitud, el abuso de la amistad, las ganas de no haber sido bueno. El hombre sigue siendo para su ruina. Parece que pugnaras contra ti mismo por mostrar estéticamente el realismo basto y duro con que la vida pretendió abolirte, sin haberlo logrado.
Gracias, Marco Antonio.



