El simposio «La Academia Ecuatoriana y el Estado nacional», organizado por la corporación y la Universidad Andina Simón Bolívar se llevó a cabo los días 15 y 16 de abril de 2025. Algunas ponencias se concentraron en los primeros académicos de la corporación. Compartimos con ustedes el texto que don Oswaldo Encalada Vásquez, miembro numerario, preparó para la ocasión sobre don Francisco Javier Salazar.

Francisco Javier Salazar Arboleda
Francisco Javier Salazar fue un notable hombre del panorama militar y cultural del Ecuador en el siglo XIX. Nació en Quito en 1824 y murió en Guayaquil en 1891. Fue abogado y llegó a ser general de la república en los tempestuosos e inestables tiempos de nuestra política en las últimas décadas del mencionado siglo.
Fue miembro de la Convención de 1869, Ministro de lo Interior, de Relaciones Exteriores, de Guerra y Marina; Gobernador y Presidente de la Convención de 1884; a más de plenipotenciario en Europa y América y candidato a la Presidencia.
General de la República, participó en la campaña de Guayaquil y toma de Babahoyo en 1860, en la de Tulcán en 1862 y en la de Manabí en 1864, acciones de armas que le valieron la condecoración y honores rendidos por la Convención de 1860. Jefe de varias unidades de ejército, Jefe militar de varias provincias y Comandante General de Quito y Guayaquil, en su carácter de Director General de Guerra en 1883, combatió a Veintemilla en las acciones de Mapasingue, Palmitas, El Carmen y El Salado[1].
Por sus múltiples intereses y su alta cultura —conocía el inglés, el francés y el alemán— fue uno de los miembros fundadores de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, junto con otros notables hombres de aquella época. Su valía también fue reconocida fuera del país, y por ello integró corporaciones y academias en otros sitios.
Perteneció a la «Sociedad de Ciencias» de Londres, de «Historia» de Madrid, de «Bellas Letras» de Sevilla, al «Ateneo» de Lima, a la «Academia Nacional Científica y Literaria», de Quito[2].
Murió en Guayaquil el 21 de septiembre de 1891, a consecuencia de la fiebre amarilla. En este mismo año Salazar había sido propuesto como candidato para la presidencia de la República, luego del período de Antonio Flores Jijón. Debido a su inesperada desaparición, quien tomó a cargo la candidatura del ala progresista fue Luis Cordero, que se enfrentó al sector conservador, comandado por Camilo Ponce Ortiz (abuelo de Camilo Ponce Enríquez, el fundador del partido socialcristiano y también presidente del Ecuador).
En su producción cultural se puede advertir las dos vertientes del hombre culto: el conocimiento de las armas y el de la cultura general, entre esta última, la educación, la lengua y la creación literaria.
Su labor como escritor fue fecunda. Así, podemos citar sus principales obras:
Métodos de enseñanza primaria, Pronunciación del castellano en el Ecuador, El Hombre de las ruinas, García Moreno, Rasgos descriptivos de varias poblaciones y sitios del Ecuador, Una excursión a Baños, y un fecundo poemario divulgado en varias antologías. Asimismo, dentro de su profesión de militar, escribió: Sistema de corrección penal, Reglamento de la penitenciaría, Instrucción de tiro, Instrucción de esgrima a la bayoneta, Instrucción de guerrilla, Tácticas de artillería, infantería y caballería vigentes desde 1874 a 1899, Tratado de servicio de campaña en la guerra moderna, Breves observaciones sobre ciertas palabras usadas en lenguaje militar, Prontuario militar para uso de los cuerpos de la guardia nacional, Las batallas de Chorrillos y Miraflores y el arte de la guerra y, especialmente, el celebrado Código Militar[3].
Como se ve, la expresión poética no estuvo ausente y dentro de ella compuso piezas muy notables.
Salazar escribió poesía lírica. Las composiciones que, en esta línea, hemos podido encontrar son las siguientes: «Soneto», «Resolución», «Plegaria» y «Werther».
Breve antología poética
Soneto
(En un aniversario)
Vuelves, oh sol, a señalar el día
en que viste pasar con raudo vuelo
junto a tu esfera, en dirección al cielo,
al ángel de mi amor y mi alegría;
Y a mí me viste en soledad sombría
puesto de hinojos en el duro suelo,
de la muerte implorando su consuelo
y tan sólo alcanzando su agonía.
Desde entonces, oh sol, es noche oscura
a mis ojos tu luz, y de la vida
la triste senda con mi llanto riego.
Amarga, cual la hiel, me es su ventura,
y un tormento su gloria fementida;
sólo en mi cruel dolor hallo sosiego.
Resolución
Déjame, pensamiento,
déjame por piedad un solo instante;
no apures el tormento
de las penas sin cuento,
que el corazón me agitan delirante.
Bien sé que condenado
estoy a recorrer la triste vía
que el dolor me ha trazado;
bien sé que no me es dado
arrancar de mi pecho la agonía.
No se para el torrente
al descender del monte a la pradera,
ni el ciervo que se siente
herido por el diente
del hambriento mastín, en la carrera;
gimen atormentadas
las olas de la mar y gime el viento
que allá, en las enlutadas
cumbres desmoronadas,
junto a la tempestad tiene un asiento;
y gimen noche y día
las linfas del humilde riachuelo
en la floresta umbría,
do la melancolía
sonríe en medio de su amargo duelo;
si tanto el pesar dura,
la dicha es cual meteoro deslumbrante
que por la noche oscura
con viva luz fulgura,
y vuelve a las tinieblas al instante.
Es el placer risueño
la ilusión del dolor, cuando delira
en los brazos del sueño,
y su dulce beleño
sólo es la realidad de una mentira.
A las vistosas flores
Dios no otorgó el dejar de marchitarse,
y el iris sus colores,
y el alba sus fulgores
ven brillar un momento, y disiparse.
Y la apacible aurora
por el ardiente sol es consumida,
y las nubes que dora
su luz encantadora,
disípanse en la atmósfera encendida.
La virgen inocente
que su divino rostro absorta mira
de la límpida fuente
en la faz transparente,
y saltando de gozo se retira,
pronto verá eclipsado
el suave resplandor de su hermosura,
y su cuerpo encorvado,
de males fatigado,
al borde de la fría sepultura.
Mas, al fin, un consuelo
es la ilusión radiante y fugitiva;
ella esparce en su vuelo
mil flores por el suelo,
y aún al dolor engaña y le cautiva.
Su néctar delicioso
en la mecida cuna al niño embriaga,
y al joven vigoroso
y al anciano achacoso
con risueñas visiones siempre halaga.
¿Y qué no es en la vida
fantástica ilusión, grata quimera?
Lo es la mujer querida,
la gloria apetecida
y la suerte feliz y lisonjera.
Ven, ilusión amada,
cubre mis ojos con tu hermoso velo;
ven, ven, idolatrada,
a esta alma acongojada
por el soplo infernal del desconsuelo.
¡Mas ay! mi ruego es vano;
la ilusión al dolor el campo cede,
y él con su férrea mano
me atormenta inhumano,
y a la crueldad en el sarcasmo excede.
Así las sonrosadas
plácidas nubes de una tarde hermosa
en tinieblas trocadas,
vuelan desparramadas
por la adusta tormenta estrepitosa.
Dolor, a ti me entrego;
tuyo es mi corazón y tuya mi alma;
no descenderé al ruego
pidiéndote sosiego,
sino del mártir la gloriosa palma.
También algunas flores
en tu convulso seno siempre anidan,
y sus suaves olores
y variados colores
a la sonrisa del placer convidan.
Tu expresión, bosquejada
en rostro varonil, más lo ennoblece;
la mujer angustiada,
llorosa, desolada,
con tus sombras, dolor, más se embellece.
Dolor, yo te bendigo;
no me arredran la angustia y la tortura
que siempre van contigo;
desde hoy te llamo amigo
y en tu cáliz de hiel libo dulzura.
Placer, no te deseo,
porque del vicio el campo fertilizas
con sin igual recreo,
y en tus dominios veo
sombras, espectros, destrucción, cenizas.
Plegaria
Sacred heart of the Saviour! O inexhaustible fountain!
Fill my heart this day with strenght, and submission and patience.
Longfellow
Si he de seguir en este ingrato suelo
de amargura y dolor,
rasga de lo alto el azulado velo,
¡por compasión, Señor!
Véala yo en el cielo, ángel o estrella,
vaga o radiante luz,
nubecilla, arrebol, paloma bella
anidada en tu cruz.
La hiciste una mañana esposa mía,
y gracias yo te di,
y no expiraba el comenzado día
cuando ya no la vi.
Fui dichoso un instante, y luego, triste,
lloro el perdido bien;
en espinas el mirto convertiste
que ceñía mi sien.
Siempre a mis ojos el diamante brilla
de su anillo nupcial;
mas ¿dónde está su mano sin mancilla,
su mano sin rival?
Mano que de mis labios desprendía
el cáliz del dolor,
y en copa de oro ansiosa me vertía
felicidad y amor.
¡Ah! ¿dónde está la mano milagrosa
que daba la salud
a quien yacía en soledad luctuosa
junto al negro ataúd?
¿Dónde el talle gentil, el rostro bello
que mi alma cautivó?
¿Dónde el dorado undívago cabello
que Venus envidió?
¡Ay! todo se ha acabado, amor, contento,
felicidad de ayer;
ellos pasaron como raudo viento
para no más volver.
Me estremece del día el gran bullicio,
espanto me da el sol;
es de la tarde para mí un suplicio
el plácido arrebol.
Sólo la noche de estrellado manto
alivio a mi alma da;
porque a su sombra suelto libre el llanto
que contenido está…
Al fin, Señor, me oíste; humilde y bella
pidiendo está por mí;
no es nube, ni arrebol, ángel ni estrella
ni lindo colibrí,
es la hermosa virtud recompensada,
el amor celestial;
la heroïca virtud por Vos premiada,
la paz angelical.
Y yo, el polvo amasado con el lloro,
el pobre pecador,
¡ay! no era digno de ese gran tesoro
de santidad y amor!
El epígrafe del poeta norteamericano Henry Wadsworth Longfellow (1807-1882) se lo traduce como: “¡Sagrado Corazón del Salvador! ¡Oh fuente inagotable! Llena mi corazón hoy de fuerza, sumisión y paciencia”.
Werther
La Aurora.
Yo le miré; cual húmedo rocío
bañaba sus mejillas flébil llanto,
el ¡ay! de la agonía era su canto,
y su albor el pesar triste y sombrío.
El Mediodía.
Yo lo miré; inextinguible fuego
su corazón y su alma devoraba;
el rayo del dolor su faz surcaba.
Mi luz era para él la luz del ciego.
La Tarde.
Yo le miré de palidez cubierto,
de la tristeza envuelto en el sudario.
Anheloso buscando y solitario
la flor de la esperanza en el desierto.
La Noche.
Yo le miré cual sombra fugitiva,
deslizarse veloz por el panteón,
y vi que del amor la llama activa
ardía en su enlutado corazón.
Quito, a 13 de noviembre de 1861.
En esta poesía se nota la presencia y el influjo del romanticismo, las ideas de la brevedad de la vida, la búsqueda de las horas del ocaso y cierta lamentación por la felicidad ya pasada.
Pero, además de esta poesía, ciertamente nada desdeñable para su momento histórico, tenemos que Salazar fue el iniciador, al menos en nuestras letras, del poema en prosa.
Y no sólo ensayó la poesía en verso con éxito brillantísimo, sino que es en nuestra literatura uno de los más afortunados precursores del poema en prosa. Sus grandiosos cuadros «El Chimborazo» y «El Altar», que pueden apreciarse por primera vez en esta colección, presuponen un magistral dominio de la forma. Cuán lejos estaba el General-poeta de adoptar servilmente los patrones en boga; los del neoclasicismo de los Moratín y Meléndez Valdez, con sus prados, bosquecillos y arroyuelos convencionales[4].
Para comprobar la aseveración que antecede veamos los textos de prosa poética:
He ahí el coloso de los Andes, elevado como el pensamiento de Bolívar, majestuoso como la creación todavía informe, surgiendo del caos al empuje del omnipotente brazo de Jehová.
Sombrío y solitario, se parece al Satanás de Milton cuando en su descenso al infierno hizo alto en la tierra, y dirigió la palabra al sol con el lenguaje del remordimiento y la desesperación.
Monarca de las montañas, contempla a sus plantas los picachos más altos de la cordillera occidental, toca al cielo con su cabeza, y ostenta a la faz de una gran parte del pueblo ecuatoriano su nítido ropaje, en cuyos anchos y variados pliegues se hallan, casi desprendidas, rocas de diversas figuras y tamaños, en ademán de lanzarse de un momento a otro a las profundidades del abismo.
Inmóvil en medio de la soledad, se presenta a cada paso a los ojos del espectador en actitudes y formas cada vez más sorprendentes y sublimes.
Despejado, como el firmamento en una tarde de verano, es un prisma inconmensurable cuyos lados, refractando la luz del sol, se revisten de los brillantes colores del iris. Por su magnitud y hermosura se diría que es un nudo formado por los dedos del Altísimo para unir el Cielo con la Tierra.
Cúbrese, luego, con su manto gris y nebuloso, como para concentrarse en sí mismo y meditar tristemente en que algún día debe desaparecer su corpulenta mole al soplo de la ira del Señor.
Óyense, en efecto, sus gemidos melancólicos y prolongados que vagan en el espacio en alas de los vientos, y resuenan en las cóncavas grutas de las inmediaciones. En su despecho sacude la encrespada cabellera y arroja de ella millones de partículas de nieve, las cuales, al pálido esplendor de un sol opaco, parecen otras tantas perlas descendiendo en vistosa lluvia sobre los campos circunvecinos.
Sus rugidos son entonces más imponentes y continuos: ellos abruman el alma, sobrecogen el corazón, y hablan a la inteligencia con más energía que todos los oradores y poetas que ha producido el globo en que habitamos.
Sólo el que supo decir a las generaciones «Yo soy el que soy», es más sublime en sus palabras que el titán americano en su lenguaje inarticulado.
Rasga, de súbito, el manto que le oculta a los ojos del viajero, y aparece tras un velo diáfano como el tul para echar una mirada severa sobre sus dominios de plata. El sol, sin nubes interpuestas, ostenta toda su brillantez, y el silencio sucede al eco atronador de los vientos.
Mas el «Rey de los Andes», como si estuviese celoso de compartir su imperio con el monarca del día, o como si se enfadara de que éste se atreviese a espiar sus misterios, llama a sí con nuevos bramidos a las lejanas nubes; ellas acuden con la rapidez del huracán, y le envuelven por todas partes en sus densos vapores.
Concentrando en este modo todas sus fuerzas, se prepara a la lid y lanza en derredor sus falanges de nubes, las cuales se precipitan sucesivamente en espesas columnas, como rápidos torrentes, y luego ascienden al espacio formando fantásticas figuras: ya es un cóndor de gigantescas alas, duplicadas en la movible sombra que hacen en la plateada llanura del arenal; ya es una cadena de titanes en ademán de escalar el cielo; ya, en fin, una serie de montañas que, rodando por el espacio, amenazan al mundo con su próxima caída.
Las parciales columnas forman después en un solo cuerpo y, desplegándose majestuosamente en las regiones superiores, roban al sol de la vista del viajero, y dan al día el aspecto sombrío del crepúsculo.
Se extienden, luego, sobre la elevada plataforma del monte, y a manera de un transparente velo, dejan ver de hito en hito al astro rey que, despojado de su vivo esplendor, aparece pálido y melancólico, como la luna en la mitad de una noche de invierno.
Entre tanto, el gigante de las montañas comienza a despejarse por su base, y su cabellera de nubes le asciende por la espalda a la cima en marejadas semejantes a las de la mar enfurecida; le cae luego sobre la frente, como las frenéticas y espumantes aguas de una catarata, y se esparce al fin graciosamente sobre los hombros en brillantes y caprichosos rizos. La antigüedad le habría tomado por Neptuno, aderezando su cabello, descompuesto por la furia de las tormentas, para asistir al banquete de los dioses.
Torna a esconderse tras el negro pabellón que le rodea, y con su aliento de hielo estremece a las acémilas que, con las orejas tendidas hacia atrás, el cuello prolongado y el ojo moribundo, marchan con paso vacilante, manifestando con tristes quejidos su fatiga y abatimiento.
Fuera del silbido de los vientos y del susurro de varios riachuelos que se deslizan por entre los peñascos, se oye alguna vez el penetrante grito de un arriero. Falto de abrigo y de aliento, marcha el infeliz con la planta desnuda sobre la escarcha y la nieve, conduciendo algunos cereales y unos cuantos cestos de pan, amasados con sus lágrimas, a trueque de una ganancia mezquina e incierta.
El área inmensa dominada por el Chimborazo se halla, en lo bajo de su parte occidental, llena de matorrales de paja, en medio de los cuales se ven de cuando en cuando algunas flores amarillas, y rara vez uno que otro árbol enano y poco frondoso, inclinado sobre las pendientes de los despeñaderos. Estas plantas cubiertas de nieve, ofrecen por varias leguas el aspecto de una vegetación artificial, cuyos troncos, ramas, hojas y flores parecen de bruñida plata.
Más arriba, la vida vegetal desaparece, y una llanura de arena muerta como una gran alfombra de cristal encanta por su hermosura, y hace un espléndido contraste con los campos de esmeralda y oro que se divisan allá, en lontananza, por la parte oriental.
Al costado de la cuesta que conduce al Arenal se halla una elevada galería, con enormes peñascos volados sobre el camino. En ella se ven de trecho en trecho algunos hombres rendidos por el cansancio y la intemperie, en grupos más o menos caprichosos.
Por mitigar los rigores del hielo han atado la cabeza con un chal, a manera de turbante, y se han envuelto en sus grandes ponchos rojos salpicados de nieve, o medio enterrados en ella; sus miradas lúgubres y penetrantes, y sus fisonomías adustas y concentradas revelan la melancolía del desconsuelo o la amargura de la desesperación. ¡Ah, Miguel de Santiago!, si en este momento pudieseis desde la eternidad confiarme vuestro magnífico pincel, el cuadro sería indudablemente digno de vuestro renombre.
Con pesar dejo el grande espectáculo del Chimborazo; él ha arrebatado mi espíritu a las regiones de lo infinito, y ha suspendido, por algunos momentos, en mis labios el cáliz del dolor que el destino me hace apurar en todos los instantes de mi existencia. Quiera la fortuna que antes de bajar a la tumba, vuelva yo a encontrarle en medio del frenético furor que ahora le agita. Sólo entonces ostenta toda su magnificencia, y es para el alma un manantial inagotable de sublimes inspiraciones[5].
Arrojaré una mirada sobre la montaña del Altar y descifraré los sublimes jeroglíficos trazados sobre sus rocas diamantinas por la mano del tiempo.
¡Ruinas de Atenas y Roma! ¿Qué sois vosotras ante los elevados restos de la naturaleza conmovida? Humildes partículas de polvo destinadas a representar, en el oscuro horizonte de lo pasado, grupos confusos de seres humanos sepultándose con sus vicios, sus locuras y sus escasas virtudes en la noche de la eternidad.
Las columnas de Phocas y de Trajano, inmóviles a pesar del embate de dos mil años, ¿pueden acaso compararse con las dos pirámides coronadas de nieve que se elevan desde las extremidades del Altar, hasta perderse en el espacio azul?
Los capiteles y escalones de mármol que, rotos y confundidos, señalan al viajero el lugar donde solía resonar la poderosa voz de Marco Tulio, ¿significan algo comparados con los sublimes fragmentos de granito, testigos del airado acento de Jehová, repercutido en la soledad por el rugido del huracán, el retumbar del trueno y el ruido de las aguas desencadenadas un día por la cólera del cielo para castigo del mundo?… Hablad, monumentos erigidos por los hijos de Adán, ¿cuál es vuestro destino en medio de las generaciones que pasan delante de vosotros como las olas agitadas de la mar? Os comprendo: queréis hacer eterna la memoria de ciertos hombres que brillaron en la noche de los tiempos como la breve luz de las luciérnagas, para apagarse como éstas en el oscuro fango en que nacieron. Cumplid, pues, vuestro destino antes que plazca al Ser por excelencia confundiros con la nada, que yo, olvidado de vosotros y de mí mismo, contemplo absorto las majestuosas ruinas del Altar.
Los ecos repiten, en medio de los salones solitarios, formados por inmensas moles de pedernal, un nombre apenas articulado, y este nombre es lo único que atestigua la pasada magnificencia del Altar. ¡Oh montaña querida, sublime en tu abatimiento como en los tiempos de tu gloria! ¡Dichosos los que te vieron en los días de tu grandeza! Tu corona de diamante se elevaba quizá sobre las regiones del rayo, como la austera virtud sobre las tempestades del vicio.
En vano agitaría el cóndor las silbadoras alas para posar un instante sobre tu augusta cabeza; en vano las nubes conmovidas se esforzarían por eclipsar el resplandor de tu frente; y en vano el actual monarca de los Andes pretendería mirarte de igual a igual, al medir su corpulenta mole, bosquejada sobre las tersas y brillantes aguas del Pacífico. En medio de una atmósfera siempre luminosa, verías acaso al día huyendo despavorido a presencia del genio de las tormentas, y a la apacible noche cerrar antes de tiempo los ojos de la naturaleza maltratada, para arrullarla cariñosa en su tranquilo seno. Hoy tu plateada cima, reducida a pesados fragmentos, hace entrever un abismo sin fondo, rodeado de peñascos que amenazan con su caída a las vecinas comarcas; y sin embargo te alzas con orgullo sobre los picachos que te circundan, y ostentas tus deslumbrantes perfiles en una curva en cien partes hendida, al solo amago del brazo del Altísimo.
Sea que el Sol te vista con el nítido resplandor del medio día, o con la desmayada luz de la tarde; sea que el adusto invierno se siente sobre tus rocas a gemir con el viento glacial de las alturas, tu belleza me sorprende, tu majestad me enajena.
¿Quién podrá igualarse a ti en esas noches apacibles en que se deja ver el astro de la melancolía al través de ese arco infinito que sustentas sobre tus hombros, como un monumento erigido por la tierra para dar paso a la eternidad ataviada con los despojos del vencido tiempo? Plácida, como el sueño de la inocencia, recibes, cubierta con tu manto de gala, a la reina del firmamento que parece detenerse sobre tu cima para meditar en tus ruinas. ¡Oh Luna!, revélame por piedad lo que te dice el silencio de la montaña; tal vez él te refiere lo que pasaba en estos contornos, allá en los confines de los siglos que fueron. Puede ser que en los yermos campos que domina el Altar se haya oído en épocas remotas el sordo murmullo de ciudades populosas. Paréceme que miro, al pie del excelso monte, a la vil codicia extendiendo una mano engañadora al angustiado padre de familia para sepultarle después en los vaporosos antros de la miseria; a la sedienta ambición subiendo al trono por escalones de sangre, y al amor iluso degradándose en brazos de la torpeza. ¡Más lejos de esto, quizá nunca la planta del hombre imprimió sus huellas en los collados melancólicos que se presentan a mi vista! Antes como ahora, el bramido del torrente y el retumbar del trueno se habrán unido en sublime armonía al susurro del arroyo y al suspirar de la brisa que juguetea con las flores amarillas del desierto.
El delirio que atormenta a las cascadas, las furias que desatan las cadenas de las borrascas aprisionadas entre las nubes, los vientos que gimen entre la silbante paja, y la augusta soledad cortejada por el silencio y la melancolía, habrían sido, como son hasta el día, los únicos habitadores de esos palacios de bruñida plata, formados por los eternos hielos de la destrozada montaña.
Mas, ¿qué te importa, ¡oh Altar!, la presencia del vulgo de los hombres, si todo lo bello, lo grande, lo majestuoso y lo sublime encierras en ti mismo? Sobre tu cima desgarrada aparecen las estrellas pendientes del azul infinito del espacio, y las estrellas son «la poesía del cielo» y, para los amantes, las imágenes preciosas de los ojos seductores de la mujer idolatrada. Los suaves destellos de la aurora alumbran tu alba frente, antes que el melodioso canario la salude con sus trinos desde lo alto de las palmeras; el sol te comunica su pompa y brillantez, y el crepúsculo de la tarde esos tintes vagos como los pensamientos de la infancia, pálidos como la luz de la luna al sumergirse en el ocaso.
Y si el trueno recorre retumbante los dilatados bastiones de tus ruinas; si las nubes acuden a tu contorno y se apiñan enlutadas sobre ti; si el relámpago te ilumina y rápido se esconde detrás de los negros pabellones de la tormenta; si el rayo, serpenteando sobre las tinieblas que te rodean traza en ellas, con caracteres de fuego, el nombre de Jehová, y si tu amenazante mole retiembla, sacudida en sus cimientos, al ímpetu del trueno… ¡Ah!, entonces, las sublimes poesías de Dante, Ossian, Byron, y Goethe, aparecen delante de la tuya, como la tenue luz de las estrellas comparada con los esplendores del Sol al medio día…
La voz del deber me aleja de ti, montaña encantadora, y me obliga a lanzarme de nuevo en el torrente de la sociedad que, envolviéndome en sus amargas ondas, me empuja de escollo en escollo, hasta estrellarme en breve en las puertas del sepulcro. Allí mis huesos se confundirán con el polvo del olvido, y tú continuarás siendo el templo augusto de la Creación, el verdadero altar en que la naturaleza arrodillada se ofrecerá al Señor en holocausto para aplacar su enojo en el último de los días[6].
Ciertamente, los dos cuadros son majestuosos. Salazar ha captado como nadie la imagen colosal y grandiosa de los Andes ecuatorianos. Su descripción es magistral, con un lenguaje perfecto y épico, apropiado para semejante naturaleza agreste e imponente. Aquí, el ser humano es una partícula diminuta y pasajera.
Es la primera ocasión en que la naturaleza ecuatoriana es objeto de una expresión poética tan elevada.
Y, además, hemos encontrado un pequeño relato en prosa, es a medias relato y a medias descripción, más que nada, de un estado de ánimo o de una aspiración. Aquí nuevamente se vuelven a presentar los rasgos románticos, con la idea de la melancolía, la insatisfacción y la consecuente búsqueda de algo que está más allá de las condiciones humanas y terrestres: la felicidad, el sueño, la ilusión, lo inaprensible. Se trata de un texto que fácilmente puede escalar al nivel de lo alegórico.
Mi estrella
Mir erloschen ist der süszen
Liebessterne goldne Pracht,
Abgrund gähnt zu meinen Fuszer…
Nimm mich auf, uratte Nacht!
I
Vine al desierto de la vida y en él crecí sin ver otros objetos que las nubes del cielo y las arenas de la tierra.
Alimentábame con las amargas raíces de la desventura y bebía en el cáliz del dolor una agua turbia y salobre que devoraba mis entrañas.
Errante un día por la inmensa y monótona llanura, fatigado y sediento, me tendí en el suelo, apoyé la frente sobre las manos, y un raudal de lágrimas rodaba por mis pálidas mejillas.
El sueño descendió al fin sobre mis ojos, como una montaña de plomo, y los rindió.
De repente, una deliciosa fragancia pareció despertarme, como despierta el aliento de la madre al hijo que duerme en la cuna cuando imprime en sus labios el beso del amor.
Volví la vista a mi derecha y encontré a mi lado una azucena más blanca que la nieve, suspendida sobre su tallo de esmeralda.
Un ángel resplandeciente y hermoso, como la aurora boreal, vertía sobre ella con una copa de oro el rocío de la mañana.
II
Y yo le dije, puesto de rodillas: no la desamparéis; porque sin vos los rayos del sol la agostarán, y el aquilón de la tarde, arrancándola de cuajo, la sepultará en la arena abrasadora del desierto.
Y él me respondió: despréndela de aquí y plántala en tu cabaña. Con esto desapareció.
Apresureme a obedecerle; mas al tomar la preciosa flor tornose ella en una mujer de esbelto talle y rostro semejante al del ángel que la cuidaba. Sobre su torneada espalda flotaba en hebras de oro su larga cabellera; en sus ojos resplandecían los encantos del amor, y de sus labios de coral brotaban raudales de armonía.
Absorto en su belleza le pregunté: ¿Quién eres tú? Y ella me dijo: Dios me envía.
Y, al punto, el desierto se convirtió en vergel; vistosas flores, mecidas por suave brisa, embellecían el suelo y llenaban el aire de fragancia; cristalinos arroyos serpeaban en fajas de plata por el florido césped; avecillas de espléndido plumaje se columpiaban en las flexibles ramas de olorosos rosales, y un cielo azul y sin nubes se extendía hasta el horizonte, como un inmenso pabellón de zafir.
Así, ella había hecho un paraíso del desolado campo de mi existencia, a la manera que los resplandores del Rey de los astros dan alegría, calor y belleza al hondo valle envuelto en las pavorosas sombras de la noche.
Dos ángeles me acompañaban en el destierro: el uno, invisible, cuidada de mí, y el otro visible la embellecía.
El infortunio, envidioso de mi dicha, venía con frecuencia a sentarse a mi lado; mas ya era impotente para angustiar mi corazón y sólo me causaba esa vaga melancolía que los rayos de la luna producen en el amante correspondido que suspira en el silencio de la noche al pie de la ventana de la estancia en que duerme tranquila la mujer por él adorada.
Si esto era ilusión de un sueño o hermosa realidad, no sabré decirlo; mas, es lo cierto que ello pasó como el relámpago, dejándome de nuevo en el desierto de la vida, sin ver otros objetos que las nubes del cielo y las arenas de la tierra.
Y en el cáliz del dolor incomparable con que tortura mi alma el recuerdo de mi dicha de un instante, bebo sin cesar mis propias lágrimas.
Lima, septiembre de 1882.
El epígrafe del texto (que está en alemán), al pasarlo al español dice:
El dorado esplendor de las dulces
estrellas del amor se ha apagado para mí,
el abismo bosteza a mis pies…
¡Acógeme, dulce noche!
A la par que su notable contribución en el campo poético tenemos su trabajo en el ámbito de la lengua, del español en su forma nacional. En este sentido, Salazar, junto con Pedro Fermín Cevallos, son los iniciadores de los acercamientos a los estudios dialectales. Dentro de este tipo de trabajos tenemos su obra La pronunciación del castellano en el Ecuador, obra que aun hoy mantiene su plena vigencia, por la agudeza de las observaciones del General y por la propiedad de las descripciones. Sobre esta singular contribución, hace algunos años trabajamos un capítulo de un libro nuestro: Regionalismo, lengua y contrastes en el Ecuador (2011). De esta mencionada obra extraemos algunos fragmentos donde destacamos el pensamiento del General Salazar:
1.9.1 La S. La letra S tiene una pronunciación particular en la costa ecuatoriana. A veces se la elimina completamente. Este hecho es caricaturizado por el novelista Jorge Icaza: “Su charla exagerada, su tosecita constante, de la cual se disculpaba como síntoma de alguna enfermedad de ‘etómago’, y su color pálido verdoso, eran lo único desagradable”. (Icaza, Media vida, 2009:69).
O bien se la aspira hasta producir un sonido casi inaudible:
“Se critica a los habitantes de nuestras costas el defecto de suprimir casi siempre esta letra en las sílabas inversas y palabras terminadas por ella; pero si se las atiende bien se nota que lo que hacen es sustituirla con una ligera aspiración semejante al sonido que se cree tenía el griego lo que en dicho idioma se llamaba espíritu rudo, representado por una cedilla. Esta manera de pronunciar el costeño da a este cierto aire vulgar y muy impropio que le despoja de su natural energía y majestad, por lo cual sería de desearse que cuidaran de no incurrir en esta falta las personas cultas y con especialidad, las espirituales y donairosas señoras de Guayaquil”. (Salazar, 1889a, p. 214).
Actualmente en los estratos populares de la ciudad de Guayaquil se escucha con frecuencia el sonido S, que acompaña a la pronunciación de muchas palabras, en una especie de sonido enfático. De este modo se pueden escuchar frases como: La gente-ss no colabora.
En la región de influencia quiteña este sonido se pronuncia sin ninguna variación fuera de la norma. En cambio, en el Azuay, en algunas palabras y siempre en posición de sílaba final se pronuncia como si fuera una S sonora, semejante a la Z del francés. Así, la palabra “babosa” se pronuncia como /babóza/, sobre todo por parte de hablantes adultos. Otros ejemplos son: /mokózo/, /osiózo/.
1.9.2 La Ll. La letra Ll es la que tiene mayores dificultades de pronunciación y por lo mismo, mayor número de variedades. Así, en la costa tenemos:
“No solamente en las provincias ecuatorianas del Guayas, los Ríos, El Oro, Manabí y Esmeraldas, sino en las costas de Venezuela, Colombia, El Perú y en toda la república de Chile carece la lengua castellana del sonido de esta letra, el cual es sustituido por el de y, con la que se confunde también cuando se escribe. Así, pues se dice generalmente cabayo, cabayero, boteya, gayo &., por caballo, caballero, botella, gallo; y en cartas escritas por personas medianamente instruidas se lee balloneta, pallaso, lla por bayoneta, payaso, ya”. (Salazar, 1889a, p. 214)
Ángel Felicísimo Rojas habla de lo mismo:
—“Entonces, di lloro.
—Yoro.
—Vuelve a decir, pero lloro.
—Yoro, digo y déjame respirar. Y en diciéndolo, las erres saltaban como ruedas metálicas sobre el raíl”. (La gata, 2004, p. 80)
Sobre la Ll cuencana el General Salazar dice: “La lle se pronuncia correctamente aun por la ínfima clase del pueblo”. (Salazar, 1889a, p. 214). Esta afirmación da a entender que cualquier otra pronunciación diferente de la ll es propia de las clases populares y menos educadas.
Y sobre la Ll quiteña manifiesta: “pronunciase esta letra de un modo análogo a la ch, pero acercando más la lengua a los dientes, de lo cual resulta un sonido muy semejante al de la J francesa, o al que tiene en italiano la g delante de la e y de i”. (Salazar, 1889a, p. 212)
Un autor lojano como Rojas percibe esta diferencia de sonidos y dice: “habla con acento quiteño, adulterando el sonido de las elles”. (Banca, 2004, p. 76) Se refiere el escritor a un personaje llamado Mariano, quien ha pasado vacaciones en Quito y regresa a su tierra, con un dialecto diferente.
1.9.3 La R. La letra R también presenta variaciones muy notorias. Por lo general la zona serrana relaja mucho la articulación, mientras que la costa la pronuncia con claridad y sin relajamiento, lo que se conoce como rasgar las erres y a quien la pronuncia de tal manera se dice que es rasgado (generalmente porque ha regresado de la costa)
“Quien no haya oído el sonido que se da a esta letra en las comarcas altas del Ecuador podrá formarse una idea de él si trata de pronunciar la Z francesa o la romaica, pero con la lengua más apartada de los dientes, arqueándola de modo que se forme con ella una como canal. En las palabras terminadas en r la articulación de esta letra se acerca más a la de una s muy silbada, que a su correcto sonido en castellano”. (Salazar, 1889a, p. 212)
1.9.4 Otros sonidos. El diptongo ue también ofrece dificultades, perceptibles exclusivamente en la palabra pues, usada como latiguillo: “ue no se pronuncia por el vulgo en la partícula pues; ej. Así es ps, en vez de así es pues”. (Salazar, 1889a, p. 211). “Verasfs…no…mujer ca, vos amañaste y aura ca, seis meses tan nomás que casé y ella ca pariendo tan estafs ya”. (Fernández, 1985, p. 32) Se trata del reclamo que hace un indio al cura que le dio por esposa a una mujer embarazada ya por él.
Y si no es ps o fs, se vuelve pes.
De este modo es muy clara y perceptible la diferencia lingüística entre la sierra y la costa. La pronunciación serrana es percibida como humilde; mientras que la costeña es vista como incompleta:
Eclipsan sus más bellos discursos en el púlpito o la tribuna, expresándolos en un castellano que, despojado de la majestuosa armonía que le caracteriza, se arrastra humilde e insonoro, si el orador pertenece a alguna de las provincias interandinas, o va mutilado, como andando a la coscojita, si el que lo usa ha nacido en la costa. (Salazar, 1889a, p. 209)
Al finalizar la primera década del siglo XXI un escritor como Eliécer Cárdenas percibe y describe de esta manera el dialecto costeño. Al hablar del joven Gabriel García Moreno dice: “Ha cursado estudios en la universidad quiteña, aunque su familia proviene del litoral, razón por la cual habla con las consonantes deshuesadas como lo hacen los costeños”. (Cárdenas,2010:59). Al parecer esta frase debe entenderse en el sentido de que las consonantes costeñas están libres –en hueso- de los sonidos “parásitos” que acompañan el relajamiento de la pronunciación serrana.
1.9.5 La entonación. En el campo acentual y tonal el habla cuencana es la que llama más poderosamente la atención. Se trata de un dialecto tonal único, generalmente tomado como motivo de humor. El único escritor ecuatoriano de la costa que percibió esta peculiaridad y habló de ella fue Joaquín Gallegos Lara: “hablaba reposadamente, en un castellano que contrastaba con el ritmo de canto y los modismos morlacos de su hijo”. (Gallegos, 1983, p. 24). Esto hacia 1930.
Porque dentro de los escritores serranos hubo otros, más atentos a las características formales del habla. Por la mitad, aproximadamente, del siglo XIX, el lojano Miguel Riofrío, el primer novelista ecuatoriano notó las diferencias tonales y dijo:
Ha habido una competencia entre morlacos y costeños que no pude comprender, porque reventaba de risa al oír el guirigay que se formaba al alternarse el acento esdrujulario de los primeros y el puntiagudo de los segundos. El señooórito de Cuenca y señoriiíta de la costa hacen un contraste graciosísimo. (Riofrío, 1983:78).
Y hacia finales del mismo siglo el académico y General Salazar escribía lo siguiente:
“Ni es tampoco uno mismo en los tres antiguos departamentos de Quito, Cuenca y Guayaquil el acento con que se habla la lengua castellana.
En el primero se alargan más o menos ciertas sílabas en las palabras enfáticas, y además dichas voces suelen convertirse de graves en agudas. Ej. No digas vení sino ven. No digó así. Fuera de esto las vocales, como ya lo hemos dicho, son poco llenas, y las consonantes más asentuadas (sic).
En el segundo se hace cierto particular esfuerzo de la voz en la primera vocal de las voces polisílabas y las que son agudas tienden a tornarse en graves. Ej. Séñor Dón Mátias me álegro ínfinito dé verle.
Cuando en la frase concurren palabras bisílabas o, de seguida dos monosílabas se forman pies troquéos (sic) de este modo: Mála méla dédios, Sáncho, por ‘Mala me la dé Dios, Sancho’.
Pudiera decirse, en consecuencia, que el acento quitense se asemeja al doble de las campanas y el cuencano a un monótono y fastidioso repique.
El acento con que se habla en la costa se asemeja mucho más al andaluz que al de Castilla; las vocales se articulan bien, por lo general, y las consonantes, con excepción de la r fuerte, se pronuncian con más suavidad y rapidez que en las provincias situadas en la alta planicie de los Andes”. (1889a, p. 214-215)
Dentro del mismo campo lingüístico tenemos el interés que demostró el General Salazar en lo referente al aspecto lexicográfico. Fruto de ello tenemos un folleto titulado Breves observaciones sobre ciertas palabras usadas en el lenguaje militar (1889b). De este opúsculo extraemos tres definiciones, donde podemos notar el gran interés de Francisco Salazar por la corrección y la propiedad en el uso de la lengua y, además, por darnos noticias históricas y curiosas sobre la aparición de algunas palabras, en este caso, referidas todas ellas a la vida castrense:
CLÉRIGO SUELTO- CUCALÓN
En Colombia y el Ecuador se designa con el nombre de clérigos sueltos a las personas, que sin ser militares, siguen a los ejércitos en campaña por entusiasmo patriótico u otros motivos.
En Chile se da a dichos individuos, desde la época de la guerra llamada del Pacífico, el nombre de cucalones a causa de la muerte del joven peruano Don N. Cucalón que, sin pertenecer a la milicia de su patria, acompañaba a los marinos que tripulaban el Huáscar hasta que en una de las heroicas excursiones que hacían, cayó en el mar y se ahogó en circunstancia de ir esa nave vivamente perseguida por buques de guerra chilenos. (p. 440)
GENERAL. CON GE – CON JOTA
Sabido es que en algunas repúblicas sud-americanas y especialmente en Chile, se ha introducido en la ortografía castellana la novedad de sustituir con la j la g seguida de e o de i escribiéndose, por ejemplo, jeneral, jentil, en vez de general, gentil, como lo exige la etimología. Este hecho ha originado entre los militares del Ecuador las locuciones familiares General con ge, General con jota. La primera significa General que ha seguido su carrera en regla y que tiene pericia en la guerra, mientras con la segunda se designa al General improvisado por una revolución, y que como tal carece de los conocimientos que requiere tan elevado empleo. (p. 450)
SABLEADOR-SABLEAR
Hase dado en llamar sableador al oficial de caballería que se distingue por su arrojo en los combates, del verbo arbitrario sablear, si se me permite la expresión, en vez de la frase dar sablazos, como si consistiera la riqueza de una lengua en que se amontonen en ella, sin ton ni son, nombres y verbos derivados que no hacen falta. Si es lícito decir sableador y sablear ¿por qué no lo ha de ser decir también alfanjeador, alfanjear, cimitarreador, cimitarrear, espadeador, espadear &. ¿Acaso no tenemos en castellano las enérgicas voces acuchillador, acuchillar? (…)
Veamos ahora cómo se expresa Cervantes para significar el hecho de herir con la espada:
En esto oyeron un gran ruido en el aposento y que don Quijote decía a voces:
—¡Tente, ladrón, malandrín, follón, que aquí te tengo y no te ha de valer tu cimitarra!
Y parecía que daba grandes cuchilladas por las paredes… en el brazo izquierdo tenía revuelta la manta… y en la derecha, desenvainada la espada, con la cual daba cuchilladas a todas partes, diciendo palabras como si verdaderamente estuviera peleando con algún gigante. (pp. 465-466)
Referencias
Burbano, José Ignacio, editor (1960). Poetas románticos y neoclásicos, Quito, 1960, Biblioteca Ecuatoriana Mínima, en el sitio web de la Biblioteca Virtual Cervantes: https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/poetas-romanticos-y-neoclasicos–0/html/0010d13a-82b2-11df-acc7-002185ce6064_12.html
Cordero Crespo, L. (1999). Del surco a la cumbre, Imprenta Monsalve-Moreno.
Encalada Vásquez, O. (2011). Regionalismo, lengua y contrastes, Corporación Editora Nacional.
Salazar, F. (1889a). La pronunciación del castellano en el Ecuador, en Revista Ecuatoriana, T. 1, No. 6, s/ editorial.
Salazar, F. (1889b). Breves observaciones sobre ciertas palabras usadas en el lenguaje militar, en Memorias de la Academia Ecuatoriana correspondiente de la Real Española, I, entrega 7ª. Imprenta de la Universidad.
[1] Burbano, José Ignacio, editor. Poetas románticos y neoclásicos, Quito, 1960, Biblioteca Ecuatoriana Mínima, en https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/poetas-romanticos-y-neoclasicos–0/html/0010d13a-82b2-11df-acc7-002185ce6064_12.html
[2] Ibid.
[3] Ibid.
[4] Ibid.
[5] Ibid.
[6] Ibid.




