«Una hermosa respuesta de la vida», por doña Susana Cordero de Espinosa

La inacabable llanura del amanecer, rosa y dorada, yergue al viento las espigas altas, a causa de la reciente lluvia. Lejos, un árbol parece mirarlo todo en soledad y majestad antiguas…

Traigo a este espacio mi alegría y el corazón rebosante por narrar la experiencia extraordinaria de haber pasado dos meses en el África, inmenso continente aún desconocido. Estuvimos en Nairobi, Kenya, y me referiré a la incomparable sabana en la cual la vida salvaje es todavía posible y verdadera. La inacabable llanura del amanecer, rosa y dorada, yergue al viento las espigas altas, a causa de la reciente lluvia. Lejos, un árbol parece mirarlo todo en soledad y majestad antiguas. La brisa ondula las espigas y el paso de los animales que se adivina, como cuando al tercer día de nuestro safari (viaje, en swahili), vimos los leopardos que, transparentes en la llanura, parecían brotar de un agua reluciente, límpida, en movimiento perpetuo. Jamás habría imaginado la sabana limpia, abierta al cielo y secreta, a fuerza de guardar en su seno tanto misterio vivo.

Cada día de nuestro safari asistimos al paso nervioso y bello de las gacelas de diversas tallas, de colores que van desde el rojizo suave hasta el cobre profundo, dibujos y colores de perfecta simetría en la piel de los flancos y las ancas, en la de sus delgadas patas ágiles; ojos como de niños, profundos, mansos y alertas; cuernos que las anuncia entre la hierba, de formas y tamaños diversos según las variadas especies de antílopes que pueblan la llanura; asistimos a su carrera suave, apenas audible; al despliegue de inocencia de su instinto que no las defiende de ser devoradas por fieros leones o leopardos, carnívoros inofensivos, una vez saciados. Es increíble que a un solo grupo, el de los antílopes, pertenezcan las delicadas gacelas tanto como los torpes búfalos, los ñus grandes y jorobados, con rostro de tontos, y las vitales y finísimas gacelas de Grand. Los viejos topis de cuernos oscuros parecían sacerdotes para ritos brutales y necios, de ojos pequeños, sombríos, inexpresivos y separados entre sí, situados en lo alto de su larga cara, estrecha desde la frente hasta el hocico, cuya piel oscura, como la de las ancas, dibuja una especie de máscara viva. La sabana se mancha de árboles casi azules; de ríos lodosos en cuya ribera rocosa enormes hipopótamos toman el sol o resurgen con fuerza inusitada desde su gozo sumergido, para tocar el aire y volver a hundirse en una especie de fiesta enlodada en la mitad de la corriente lenta de mediodía.

Pudimos ver muchos animales salvajes, incluso algunos que nunca imaginamos. Conminamos al guía del safari para que nos ayudara a encontrar los elusivos leopardos. Él, en sus doce años de práctica, sabe que en un safari nada se puede prometer, que hay que viajar con los ojos abiertos, llenándose de los matices de la luz, adivinando presencias y ausencias, buscando bajo los arbustos; que solo la paciencia tiene premio, y yo me di cuenta de que ser pacientes no significa solo esperar con resignación, sino que la paciencia misma es ya un encuentro. En los breves espacios de la llanura inmensa salpicados de vegetación, puede verse solo un árbol contra el cielo; su copa extensa en ramas horizontales crea una sombra acogedora para nidos de aves extrañas que se multiplican en ellas. Algo más lejos se ven conjuntos de arbustos bajos con alguno más alto, de no más de tres metros, como aquel en el que encontramos dormido, a caballo en la rama más alta, a un leopardo.

Desde que se entendió que el equívoco placer de la cacería humana ponía en serio riesgo la sabana y su vida animal que nos sostiene, anima y soporta, se prohibió la cacería indiscriminada. Hoy cazamos a las fieras en las fotografías, a los antílopes en su frágil belleza, en su color que ningún pintor habría podido crear, en los fascinantes dibujos de su piel; a los elefantes de orejas fabulosas como inmensos abanicos, hojas de frágil tejido sobre la gruesa inmensidad del cuerpo; gozamos de las aves de todo tamaño y color que se posan sin miedo en cada mínimo recodo de verde, en cada arbusto.

¡Los veloces leopardos; los lentos y grotescos hipopótamos! De repente, a la orilla del río, el guía nos mostró que algo grande se movía en el agua. Apenas logramos ver un lomo pardo oscuro, pesado y poderoso, y supimos que un hipopótamo esperaba allí, solazándose… Sacaba la cabezota ingenua para respirar, destapar las orejas y emitir su voz maciza y brusca. Otros iban saliendo de más lejos, y sobre las piedras distantes había al menos tres o cuatro más, tomando el sol. Luego entraron al agua. Según el guía, el hipopótamo es el animal que más víctimas humanas causa en la sabana. De entre las mujeres masai que van a lavar ropa a la orilla del río, alguna no vuelve a los suyos, tal es el tributo que cobra el hipopótamo cuando alguien irrumpe en su mundo. El agua del río tiene casi el mismo color de su piel oscura y arrastra mucha tierra, pero el río es limpio para la bebida de los animales.

El mínimo movimiento visible en la pradera o en el agua es signo de vida intensa y frágil. Las bestias salvajes que colman la sabana se congregan de día, de noche, a horas distintas. Vimos hienas tras los grandes carnívoros, para comer los restos ya casi carroña que dejan estos ‘cazadores’; atentas, esperan a que termine el banquete para lanzarse sobre lo que aún queda. Vimos grupos de leones, nunca solos, de cerca tal vez menos majestuosos de lo que imaginamos, acostados perezosamente al sol o a la sombra, digiriendo la comida nocturna. La leona cuida a los pequeños, que salen de debajo del árbol a cuya sombra se cobijan. Verlos en acción es mucho más hermoso, más digno, que verlos digiriendo acostados, revolcándose de espaldas en la tierra para asustar y dominar a los mosquitos. El hacer, por cruel que sea, los vuelve más importantes, más ellos mismos, más dignos de su naturaleza: la distancia que recorren, lo majestuoso de su ser y su horror solo es visible cuando actúan: el movimiento los reivindica. La primera vez que vimos una manada no creíamos que fueran ellos, tanta fue nuestra emoción, tan difícil creer que a tres metros del jeep que nos llevaba, se hallaban no menos de doce leones jóvenes; dos leonas se disputaban la carne de un antílope cazado al amanecer; una leona madre salía con varios pequeños a su lado, mientras las otras compartían al sol un gran pedazo sangrante de costillas. Un león chiquitito esperaba tras ellas, atraído por el olor a sangre, y quería comer, pero bastaba el intento de rugido de una de las dos leonas para que se echara atrás y aprendiera a esperar. Otro león, joven todavía, tomaba el sol mostrando las cuatro patas tendidas hacia arriba, sacudiéndose para quitar los moscos del vientre o del lomo con la borla en que termina su cola. Parecían animales pacientes y tranquilos, si no se contaran a su haber muchas muertes y desgracias. Huyen ante un gran ruido y no atacan lo que es más grande que ellos. Otro día vimos un grupo de leonas en pleno descanso. Y algo lejos de aquellas, pero vigilantes, dos machos adultos, cuya crin alrededor del rostro era de un amarillo oscuro, sin brillo y relativamente corta.

Este texto apareció en el portal de Plan V.