
En su edición digital de febrero de 2026, la revista MundoDiners publicó un artículo sobre la novela gráfica «Matilde, con el puño abierto», de doña Gabriela Alemán Salvador y doña Glenda Rosero. Compartimos con ustedes el texto.
Gabriela Alemán y su retrato de Matilde Hidalgo de Procel
Hay varias razones para celebrar la publicación de Matilde, con el puño abierto: el regreso literario de Gabriela Alemán, su última novela se publicó en 2017; la aparición de una nueva obra gráfica con impronta local, la portada es de Carlos Villarreal y las ilustraciones de Glenda Rosero; y el retrato de Matilde Hidalgo de Procel.
La novela publicada por la editorial El Fakirfue un encargo que la Universidad Central le hizo a Alemán y en la que trabajó durante siete años. En 2024 apareció en una primera edición digital y a finales de 2025, en su primera edición impresa. Además de las ilustraciones, el libro incluye fotografías y copias de documentos de archivo del siglo XX.
Matilde, con el puño abierto
Machala, 1924. La doctora Hidalgo llega al Registro Electoral de la ciudad, para averiguar si —salvo la costumbre— había alguna prohibición legal que le impidiese votar en las próximas elecciones. Los entonces funcionarios de turno la empadronan, pero también le dicen que tienen que consultar su caso, porque hasta ese momento ninguna mujer había intentado votar. Un año después, embarazada, ejerce su derecho al voto.
Con este hecho de relevancia histórica, se cierra Matilde, con el puño abierto. Lo que se lee y se ve en las 100 páginas anteriores es la historia de cómo este personaje se convirtió no solo en la primera mujer que votó en América Latina, sino en la primera bachiller del Ecuador y en la primera médica graduada del país. Para armar este perfil, Alemán regresó hasta sus orígenes, a sus años de infancia y adolescencia.
Su historia, al menos en este libro, comienza cuando su abuelo paterno llega desde Venezuela hasta el sur del país. Matilde fue la séptima hija del matrimonio entre Carmen Navarro y Juan Manuel Hidalgo, quien murió meses después de su nacimiento. Atravesada por esta tragedia familiar y la sociedad machista de la época, lo más probable habría sido que Matilde terminara su vida como monja o como una prematura madre y esposa.
Nuestro personaje, lo cuenta Alemán, decidió torcer su destino. Su salvavidas fueron los cambios en educación impulsados por la Revolución Liberal. Se aferró al estudio con la misma fuerza que las raíces de una planta se agarran a la tierra. Desde niña, descubrió que su presencia en las aulas incomodaba a los hombres, pero ya se sabe: «lo que no nos mata, nos hace más fuertes» y decidió perseverar hasta convertirse en una pionera.
Un libro para revisar la historia
A diferencia de las novelas gráficas tradicionales, Matilde, con el puño abierto no es solamente una sucesión de páginas llenas de viñetas. En este libro, las ilustraciones de Glenda Rosero se mezclan con fotografías antiguas. En varias de ellas, Hidalgo posa frente a la cámara rodeada de hombres, sus colegas de trabajo. Para resaltar su presencia, Rosero la pinta de amarillo; al final, ella siempre fue faro, una luz.
En este libro, la vida y los logros de la protagonista cobran más relevancia gracias a que Alemán y Rosero muestran al lector los distintos contextos sociales y profesionales en los que tuvo que vivir, desde el encierro social en Loja, hasta las luchas del primer feminismo ecuatoriano durante los años que vivió en Quito. Jugando con la ficción y los datos de la época, Matilde entra en diálogo con Zoila Ugarte y María Angélica Idrovo.
La lojana nunca fue ajena a la precaria realidad económica y social del país a inicios del siglo XX, gracias a sus prácticas en el Hospital San Juan de Dios y en la maternidad; institución que está ligada a la historia de otras dos mujeres: Juliana Vallejo y Juana Miranda. En tiempos donde el positivismo marcaba el rumbo de la ciencia, Matilde y sus colegas luchaban para que los hombres no decidieran sobre su cuerpo y su sexualidad.
En ese empeño, Hidalgo se cruzó con personajes como el doctor Isidro Ayora, quien estaba a cargo de la maternidad desde 1910. Fue él quien, años más tarde, le encomendó supervisar el embarazo de Juana Martínez, una mujer de 40 años, pero con una estatura de una niña de 5 años. Realidades como esta marcaron el carácter de Matilde, quien en medio de su ajetreada vida profesional también decidió sobre su cuerpo y fue mamá.



