
El 15 de enero de 2026 la Academia Ecuatoriana de la Lengua rindió un sentido homenaje a la memoria de don Fernando Miño-Garcés, antiguo miembro numerario de la corporación. En el acto, doña Susana Cordero de Espinosa, exdirectora de la academia, leyó el discurso que compartimos con ustedes a continuación:
«Diccionario del español ecuatoriano»,
una lectura en homenaje a su autor
Para hablar de la personalidad y el trabajo de Fernando Miño, y averiguar cuanto se atiene al estilo y la vida académica de cada miembro de nuestra Corporación, contamos con nuestras Memorias, volúmenes anuales en los que se une lo aparentemente irreconciliable: poesía y prosa, malas palabras, recogidas como muestra de nuestros decires, y expresiones poéticas bellas y tristes. Artículos de todo orden, cada cual revelador de un pensamiento, de una forma de mirar la vida, un ideal personal pero, a la vez, social, quizá político, ineludible en la vida de cada cual, contra lo que se previene explícitamente en nuestros estatutos pues lo nuestro, lo académico, es valorar la lengua, trabajarla, enseñarla en cuanto sea posible, y estudiar, conocer, registrar sus variedades en las distintas hablas de cada uno de los más de veintitrés países regidos por ella. ¿Regidos?, sí, porque la lengua es el medio espléndido con que contamos para ir siendo lo que somos, casi por azar, pues no elegimos vivir, ni elegimos el ámbito familiar, la patria ni la lengua, pero una vez aquí, todo ha sido regido por dádiva del azar, a la que respondemos cada momento, ojalá con conciencia y discernimiento.
En mi rememoración de la personalidad y el trabajo de Fernando Miño-Garcés, me siento tentada a enumerar el índice de nuestras Memorias 78 del año 2018, donde maravillan al lector artículos de asuntos genuinamente humanos, experiencias narradas con indiscutible encanto desde mentes dispares. Reprimo este deseo, no sin aconsejar a nuestros académicos y a mí misma que tengamos presentes en nuestra cotidianidad el significado y la exigencia de poseer nuestra lengua hablada y escrita y alimentarla con dichas lecturas, pues el idioma es regalo inapreciable que nos impulsa a ir más allá; en su práctica aprendemos a ser mejores seres humanos, nos contagiamos de la bondad y el bien que tantas veces buscamos sin darnos cuenta o que a menudo dejamos de buscar. Leer, decir, enriquecer, afinar y valorar nuestra lengua es vivirla. Y pues hablo de nuestras Memorias, me refiero, como ustedes lo vislumbran, a cada uno de los volúmenes que reproducen, encierran y abren al lector a la rememoración de lo vivido durante el año académico, a lo que singularizó nuestro empeño y quehacer intelectuales en esos meses, y justifica nuestra presencia corporativa. Las Memorias citadas me entregan las palabras que pronunció Simón Espinosa Cordero para referirse a la obra y el trabajo gracias al cual ingresó Fernando Miño-Garcés como miembro correspondiente a nuestra Academia Ecuatoriana. Años más tarde, en 2021, llegaría, con merecimiento por su trabajo lexicográfico, a la membresía de Individuo de número. Hoy le homenajeamos en justicia, al cabo de algo más de un año de su inesperada y penosa partida.
Lo conocí más y mejor en el trabajo bisemanal de nuestra Comisión Lexicográfica en la que redactamos nuestro Diccionario académico de ecuatorianismos presentado en el Congreso de la Asociación de Academias en noviembre de 2024 y no tuve que buscar con palo de romero las palabras que definieran su personalidad, porque ella era evidente, tanto, que nadie me contradirá. Las anoto aquí: Fernando fue un hombre sencillo…
Esta afirmación muestra su trato, su bonhomía; él no tuvo otro afán que el de mostrarse tal como era, ni más, ni menos, lo que, dicho de modo tan simple abona profundamente a su favor. Era un hombre sencillo; su sencillez conquistaba.
Simón Espinosa, miembro de número de la Academia Ecuatoriana, fue uno de los tres académicos que apadrinó la terna que firmaba la carta de petición de ingreso de Fernando Miño-Garcés a nuestra corporación en calidad de miembro correspondiente, y al mismo Simón correspondió, por decisión de la dirección de entonces, apadrinar su ingreso y leer el discurso oficial para recibirlo en esta casa académica nuestra, la cual, es, desde nuestra primera titulación, un nuevo hogar para cada uno de nosotros, solo que ingresamos en él, no como quien acaba de nacer y ha de aprenderlo todo, sino señalados por haber demostrado y propiciado en nuestras obras, el conocimiento y el cultivo, es decir, el amor por la lengua española y por estar continuamente en disposición de avanzar ese cultivo y propiciarlo en los ámbitos en que vivimos.
Simón, al recibir a Fernando, trazó el camino metafórico para que el nuevo recipiendario llegara y mereciera este nuevo hospedaje:
Si vienes a la casa académica, leía Simón, camina primero, por la calle Cuenca…, (pero antes de llegar a ella, él mismo se desvía y le insta a reconocer sus linderos): hacia el sur de nuestra casa se levanta el templo de San Francisco, en el fondo de cuya nave principal está la imagen de la Virgen que Legarda esculpió, y Simón sugiere a Fernando que, ante esa jovencita de quince años cuya dulce belleza y frescura son dignas de exaltación, rece con artículos, sustantivos, adjetivos, verbos, sinonimias, y más. Diga Simón lo que dijere, lo cierto es que para llegar a nuestra casa no tenemos que pasar por San Francisco; sin duda, él quiso resaltar la maravilla del templo y la plaza, únicas en la América colonial por su antigüedad y belleza. Todos podemos hoy seguir su consejo, y con el metro nuevito salir de la estación y enfrentarnos con la Iglesia franciscana, pero como en 2018 nuestro metro estaba en construcción, Simón lleva a Fernando al Cadisán, y desde él, a la Mejía, la Benalcázar y la Chile hasta que, caminando una cuadra hacia el Pichincha, nos encontremos con la calle Cuenca, cuyo nombre es el de la ciudad de nacimiento de Simón y de muchos otros académicos. Lo cierto es que ni Fernando ni ningún colega tuvo problema alguno para llegar a la casa que desde hace 120 años nos pertenece, no sin súplicas, batallas con munícipes y años de paz, ¡y que gracias al poderoso aporte de la Real Academia para restaurarla, habitamos oficialmente desde 2013!
Pero esta es otra historia y tan larga, que tiene más de un siglo, casi con exactitud, según los documentos que otro Fernando, Fernando Jurado, genealogista y conocedor de tantos y tan variados temas como su labor genealógica exige, la historia de nuestra casa se remonta hasta los primeros años de 1800 y la de su posesión por nuestra sesquicentenaria Academia Ecuatoriana tiene como fecha casi segura la de 1905, cuando el Congreso Nacional resarció a la Academia de la falta de cumplimiento del deseo del gran expresidente Gabriel García Moreno, quien, al aprobar la existencia de nuestra corporación en mayo de 1875, cuatro meses antes de su vil asesinato, ofreció a la Academia la suma de seiscientos pesos anuales para su supervivencia, suma que, como siempre, por incontrastables e insondables designios, nunca nos llegó. Hoy, y perdón, Francisco esta mención, pero creo que la del año 2025 tampoco ha aparecido… ¿Será, me digo, porque la labor que realizamos, no concierta, definitivamente, con la más mínima fluidez económica?
En el recorrido de estas calles, sigue Simón, hallamos baratillos, y topamos con ecuatorianos, colombianos, cubanos, haitianos, sinempleos, que venden baratijas del hambre; así, se junta el camino a nuestra casa con la conciencia crítica, a fin de que ningún académico se pierda en el camino hacia el bien y la verdad.
Esta última cita, baratijas del hambre, dolería y encantaría a Fernando si aún estuviera. Y está aquí, porque quienes lo conocimos, empezando por los suyos, Eugenia, sus hijos, sus nietos, lo guardamos en nuestro recuerdo y en la evocación de su amistad…
Simón, a la entrada de la sede, nos muestra las dos gradas de piedra donde suelen sentarse señoras del barrio, … madres con guaguas. Alegres en su tristeza, ignaras de los sintagmas nominales, y si la necesidad y el hambre les roen las entrañas, expertas en conjunciones copulativas y condicionales, y se dirige a Fernando en esa solemne circunstancia, sin ahorrar gracia ni verdad.
Pero una de estas circunstancias es la que se llevó a Fernando a otro sueño, a otra vida; la que ineludiblemente nos llevará a todos, quizá sin que nos demos cuenta en nuestra cotidianidad de que este viaje es el único que va sobre seguro, y ya no nos traerá a nuestra querida casa que estará aquí después, a la que todavía muchos académicos se resisten a llegar por comodidad o quizá por el desasosiego de seguir andando. Será entonces un viaje a la otra casa desconocida e incólume que nos espera, serena: la casa del fin.
Pero hoy no evocamos la muerte, sino la vida. Y Fernando está aquí, con su palabra.
Por mi parte, y rendida ante el humor tan serio de Simón y ante el trabajo de Fernando en su Diccionario del español ecuatoriano. Español del Ecuador. Español de España, cuya coordinación, no su elaboración él confiesa haber realizado, y se quita a sí mismo el protagonismo de su labor, repito el párrafo exquisito del poeta Pedro Salinas, que reproduce don Manuel Seco en la “Advertencia preliminar” de su magistral Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española, a la cual nuestro Diccionario panhispánico de dudas tanto debe. El párrafo dice así:
¿Tiene o no tiene el hombre como individuo, el hombre en comunidad, la sociedad, deberes inexcusables, mandatorios en todo momento, con su idioma? ¿Es lícito adoptar en ningún país, en ningún instante de su historia, una posición de indiferencia o de inhibición ante su habla? ¿Quedarnos como quien dice, a la orilla del vivir del idioma, mirándolo correr, claro o turbio, como si nos fuese ajeno? O, por el contrario, ¿se nos impone, por una razón de moral, una atención, una voluntad interventora del hombre hacia el habla? Tremenda frivolidad es no hacerse esa pregunta. Pueblo que no la haga vive en el olvido de su propia dignidad, en estado de deficiencia humana. Porque la contestación entraña consecuencias incalculables. Para mí la respuesta es muy clara: no es permisible a una comunidad civilizada dejar su lengua desarbolada, flotar a la deriva, al garete, sin velas, sin capitanes, sin rumbo”.
No, no lo es. Y Fernando lo sabía y lo vivió. Se aficionó tanto a nuestras palabras que las recopiló durante años junto a muchos de sus alumnos; averiguaron la existencia, el uso y el sentido de palabras, oraciones y frases que definen nuestro ser de cada día, guayaquileñismos, quiteñismos, lojanismos, cuencanismos y más allá y más acá…
Para preparar estas palabras de merecido homenaje a Fernando Miño-Garcés, he acudido, como no podía hacer de otra forma, a nuestras Memorias, cúmulo feliz, lo menciona su título, de acontecimientos que han ido definiendo la vida académica, de criterios y saberes variados sobre temas distintos, todos atinentes a aquello que es el condumio del sentido de la vida de cada uno de nosotros, pero no solamente, es sustento del sentido de la vida del ser humano sobre la tierra, de la maravilla de la palabra. Y quiero contarles que, como nos pasa siempre que ojeamos (con los ojos) y hojeamos, al pasarlas una tras otra y leer las hojas de un libro, descubrimos en ellas sueños vividos de mil formas, apreciaciones que pueden no condecir unas con otras pero que iluminan todo; al darme el lujo de leer sucesivos artículos editados en nuestras Memorias tras la maravilla de su calidad y variedad, he encontrado el gozo de los recuerdos personales que interesan a todos, que traslucen sabiduría, universalidad, apertura, y nos llevan a valorar mil veces lo vivido durante ciento cincuenta años de historia de nuestra Academia.
La lista de quienes la crearon incluye solamente a varones, pues tal era la vida hasta que ingresó a nuestra AEL, hacia 1965, la primera ecuatoriana, mi maestra y amiga Piedad Larrea Borja, cuya cátedra signada con la letra O heredé, por feliz coincidencia. Ella ingresó, recordemos, diez años antes de que la Real Academia considerara la candidatura de la primera mujer, doña Carmen Conde, en 1975; para entonces, la RAE cumplía ya 262 años de existencia.
Nuestra Corporación, emporio de personajes y saberes, comprende una lista singular de señalados nombres de académicos, hasta la llegada de doña Piedad hace ya sesenta años, luego de 91 de fundada nuestra Academia. Los acontecimientos tienen protagonistas, el mayor de los cuales es siempre un ser humano que los vivió y personificó, pudo reflexionar sobre ellos y soñarlos, crear, hacer, vivir en lo más alto, en esperanzas indecibles, para soñar las cuales solo tenemos la palabra; por haberlo intentado estamos aquí. Por esto, el condumio de cuanto quiero decir no evoca cosas que pasaron, sino las que están aún escritas por quienes las han vivido.
Si evocar el pasado no alcanza a consolarnos ni a mostrar el porqué de la partida de quienes hemos amado, la posesión del Diccionario en el que Fernando puso, con razón, tanto entusiasmo, nos alimenta y servirá a sucesivas generaciones de académicos. Con este libro grueso y calibrado sabemos y sabíamos a qué atenernos, aunque discrepáramos de su opinión: en casos en los que quizá tenía razón y no se la dábamos, o cuando no la tenía, aceptaba nuestra sugerencia sin afán de quedar bien, con delicadeza y suavidad.
Largo sería acudir a la minuciosa descripción de la hechura de este libro, resumir lo que Fernando enunció prolijamente: desde el punto de vista del concepto en que basó su elaboración, cuyas características principales implican su intención descriptiva que principalmente informa sobre elementos léxicos del español tal como se habla y se escribe en el Ecuador y su aclaración de que en este trabajo lexicográfico no existen criterios restrictivos; no buscó para crearlo ni la pureza de la lengua ni la defensa de su unidad; no se reflejan en él convicciones morales o estéticas ni se renuncia a nombrar palabras y expresiones que en otros ámbitos apenas nos atreveríamos a aludir.
Su orientación sincrónica se resuelve en el registro de unidades léxicas de uso actual. La información diacrónica indica, cuando cabe, el carácter obsolescente de ciertos términos aún vigentes; se marcan casos de alguna acepción genérica en la cual la unidad léxica es, por ejemplo, el nombre de una marca comercial.
Finalmente, para hacernos idea del valor de su trabajo, tengamos en cuenta que ya desde su introducción, cuya función es, según su autor “explicar la estructura textual de este libro”, se menciona un criterio central: en ella se evitaron términos lingüísticos que pueden constituir una barrera para su lectura, “se huye de tecnicismos propios de ciertas escuelas científicas y se evita el uso ambiguo de términos lexicográficos”. La elaboración de su diccionario incluye lista de cifras, letras, signos, símbolos, siglas, abreviaturas y acotaciones que permiten leer y descubrir mejor el fondo de lo dicho y las explicaciones de cada artículo. Un buen lector leerá la minuciosa introducción del libro, de la cual dijo Simón que era un “tratado de lingüística actual y de lexicografía”. Las palabras elegidas por él y su equipo lo fueron por su connotación diversa o su inexistencia en el español de España. Sin inquietudes morales ni culturalistas, ningún uso lingüístico corroborado en nuestro medio ha sido objeto de exclusión o condena como prescriben los preceptos de la lexicografía a actual.
Para terminar, leo algo que nos devolverá el placer de leer y de escuchar, es decir, el de oír atentamente: es un corto texto escrito en el ingreso de Fina Cordero de Crespo como miembro honorario de nuestra AEL, el mismo año en que Fernando ingresó, y que murió en Cuenca a los ciento dos años; escribió encantadores textos, uno de los que leyó en su ingreso a nuestra AEL a sus 97 años: nacida en 1921, ingresó en 2018: se le debía este reconocimiento, pero ella escribía secretamente. Empezó ya tarde a publicar cortos artículos sobre costumbres de Cuenca y hoy reproduzco el que ella leyó en su nombramiento: Se titula “Como es arriba es abajo”. Dice así:
¿Cuántas horas permaneció muerta? ¿Quién iba a saber, cuando ella ya no estaba, para contarlo? Rebuznó el burro horero, el sol empujando la neblina a la quebrada trepó hasta reflejarse en el techo de paja de la casa y volvió a caer. Los niños al salir de la escuela pasarían dando su ración de pedradas a la gallina clueca, las sombras se irían alargando, alargando hasta la oscuridad; después graznidos de las lechuzas, el cantar de los gallos y nuevamente el sol, las sombras, el canto, como toda la vida…
Hasta que llegó un momento que no se podría precisar y se rompió lo cotidiano; no encerró las gallinas y les devoró el chucurillo; a la yerba que cogió para los cuyes le cayó la shulla y ella, la María, tendida en una mesa entre cuatro ceras, atado el mentón con el pañuelo con el que se cubría la cabeza en la que se asentaban las ofrendas en la procesión del Corpus, sintió a los vecinos que acudían a su velorio y la plañidera entre lágrimas y cantos le hizo los encargos para el más allá: “dile al abuelo que el Gerardo no encuentra el comprobante de la conscripción”.
De pronto, sintió que se elevaba por los aires, atravesando el cielo y las estrellas, hasta llegar donde los muertos resucitan; el abuelo le decía “no es tu hora, regresa”, pero ella quería comer las papas que cosechaban y allí donde todo se sabe, averiguar por el comprobante de la conscripción. Y volvió, sabiendo que la llave del cofre estaba debajo de la piedra tullpa del fogón.
Este texto realista, mágico, triste y feliz, emociona y deleita… Alguno de los cuencanismos recién leídos, como horero, tullpa, chucurillo recogió Fernando en su diccionario; la maravilla es que desde él sigan sirviendo para entendernos, para guardar los recuerdos y hacer hablar al corazón…
Muchas gracias.



