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Discurso de incorporación de don Francisco Proaño Arandi en calidad de miembro de número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua

Desde nuestros archivos publicamos el discurso con el que don Francisco Proaño Arandi se incorporó en calidad de miembro de número en sesión solemne celebrada en el Centro Cultural Benjamín Carrión, el 17 de octubre de 2012.

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Desde nuestros archivos publicamos el discurso con el que don Francisco Proaño Arandi se incorporó, en calidad de miembro de número, a la Academia Ecuatoriana de la Lengua en sesión solemne celebrada en el Centro Cultural Benjamín Carrión, el 17 de octubre de 2012. Le recibió doña Alicia Yánez Cossío.

Reivindicación de la palabra. Saramago como referente ético

Singular honor, que agradezco profundamente, el que me hace esta noche la Academia Ecuatoriana de la Lengua, Correspondiente de la Española, al recibirme, por decisión de tan prestigiosa institución, como Académico de Número. Más alto el honor, sin embargo, cuando se me ha comunicado que, al incorporarme en tal condición, se me ha otorgado el privilegio de pasar a ocupar la silla que perteneciera a un hombre excepcional del Ecuador y del mundo, el recientemente fallecido doctor Plutarco Naranjo Vargas.

Expreso también mi sentido agradecimiento a la Académica de Número y gran novelista ecuatoriana, Alicia Yánez Cossío, quien, con la gentileza que le caracteriza y gran generosidad, ha aceptado pronunciar en esta ocasión el discurso de bienvenida. Motivos tengo entonces, muchos, de gratitud, si tenemos en consideración que Alicia Yánez Cossío es una cifra mayor de nuestra literatura, cuyo nombre ha trascendido las fronteras patrias. Su vasta obra así lo atestigua. No voy a hacer aquí un recuento de su amplia bibliografía, pero sí quisiera señalar que obras como Bruna, Soroche y los tíos, Yo vendo unos ojos negros, Más allá de las islas, La casa del sano placer, La Cofradía del Mullo de la Virgen Pipona, entre otras, son notables aportes a la narrativa nacional, por la alta calidad de su estilo y sus bien logradas estructuras novelísticas. Bruna, Soroche y los tíos debe considerarse como representativa, a la vez que precursora, de la vertiente del realismo mágico en América Latina, en tanto que Más allá de las islas, sigue incidiendo en mi personal imaginario, dada su poética intensidad.

Todo esto deviene por demás significativo para mí.

De Plutarco Naranjo, sabía ya de él por sus libros y su prestigio científico, literario y político, cuando me fue deparada la ventura de conocerlo personalmente, en 1977. Quien les habla, ejercía en ese momento las funciones de Primer Secretario de la Embajada ecuatoriana en la extinta Unión de Repúblicas Socialista Soviéticas. Llegó entonces a Moscú el eximio investigador en calidad de Embajador, iniciándose una etapa, si bien breve, de profundo enriquecimiento para mí, habida cuenta de sus altas dotes como ser humano, de su vasta cultura y de las cualidades que pronto evidenció como diplomático y observador de la realidad política de entonces. Al mismo tiempo, y junto con Lía, mi esposa, fue de las más gratas experiencias conocer a doña Enriqueta Banda de Naranjo y a sus hijos.

Fundamentalmente médico, Plutarco Naranjo dedicó su fecunda existencia a las más nobles y diversas tareas, en todas las cuales fueron relevantes y decisivos su compromiso cívico y político, el humanismo que lo caracterizó siempre, tanto como, a la vez, sus elevadas dotes intelectuales. Escritor, periodista, investigador, científico, historiador, biógrafo, hombre público, diplomático, profesor universitario, autor de más de treinta libros y de otros tantos en calidad de coautor y de más de 500 publicaciones científicas en libros colectivos y revistas del país y del exterior, junto con su profusa obra periodística en la que no cejó hasta el final de sus días, Plutarco Naranjo emerge en el panorama cultural ecuatoriano como un verdadero humanista del Renacimiento trasplantado a los siglos XX y XXI, pero con el espíritu siempre alerta ante los últimos adelantos de la tecnología y de la ciencia. De sus obras, a más de sus escritos de carácter científico, cobran especial trascendencia sus estudios sobre Eugenio de Santa Cruz y Espejo y Juan Montalvo, en los que aportó ideas y perspectivas inéditas en torno a la vida y obra de esos dos prohombres de la cultura y la historia ecuatorianas.

De esta suma de realizaciones, lo que de modo más indeleble pervive en mi memoria y en mi conciencia es su palabra, una palabra profundamente comprometida con los imperativos éticos del ser humano e inclaudicable en ello, consecuente en la responsabilidad que emana de la condición libertaria del hombre, centrada en la tarea de contribuir, siempre, a la construcción de una sociedad como aquella que prefiguraron los griegos cuando consolidaron su idea de la polis, es decir, una sociedad democrática, incluyente, sustentada en el respeto a la dignidad y derechos humanos en su integralidad.

Creo, por ello, de mi deber, al asumir la condición de Académico de Número y acceder, inmerecidamente me parece, a la silla que dejara Plutarco Naranjo, y en homenaje a él, discurrir sobre algo que me parece fundamental para los tiempos que transcurren, esto es, sobre la reivindicación de la palabra, en orden a lo cual he juzgado oportuno referirme al pensamiento ético que nos ha legado uno de los grandes exponentes de la literatura de las últimas décadas, alguien que más allá de la muerte, y tanto como Plutarco Naranjo, sigue guiándonos en el camino de conjugar siempre lo ético a la acción, más bien riesgosa y llena de compromisos y secuelas, de la palabra. Me refiero al Premio Nobel de Literatura, José Saramago.

Quien recibiera dicho galardón universal en 1998, había nacido setenta y seis años antes, el año de 1922, en Azinhaga, aldea portuguesa de la cual y de cuyo entorno guardaría siempre una impresión central: la memoria de su abuelo Jerónimo, de quien dijo que era el hombre más sabio que había conocido, siendo como era un analfabeto. En esa experiencia con su abuelo, tuvo Saramago su primer contacto con la palabra, esto es, con una visión del mundo sabia y austera, justa y clarividente, como correspondía a un campesino arraigado en la tierra y poseedor de una sabiduría heredada de sus antecesores en el crisol de una tradición que se transmite oralmente a través de generaciones.

Muchos años después, en el 2003, Saramago puntualizaría la profundidad de esa experiencia primigenia: una sabiduría, dirá, refiriéndose a lo enseñado por aquel nebuloso y omnipresente Gerónimo, que implica fundamentalmente —dice— “el respeto del otro, la capacidad de entender lo que es distinto y todo aquello que a uno lo hace sentir que pertenece a algo que nos contiene a todos, a la comunidad humana”[1].

Saramago nace para la literatura en 1947, con su novela Tierra de pecado. Por esos mismos tiempos, se incorpora al Partido Comunista Portugués, con lo cual nace para la política, en un Portugal infamado, entonces, por la dictadura fascista y confesional de Oliveira Salazar, uno de los personajes más oscuros del siglo XX.

Luego de ello, y por casi treinta años, desaparece, pero a partir de 1976 asistimos a un verdadero renacimiento, en cuyo curso vertebra una esplendorosa saga de novelas que lo convertirán en uno de los más significativos escritores de nuestra época.

A partir de ese año también, pero sobre todo con posterioridad a la adjudicación del Premio Nobel, surgirá en el escenario del mundo un intelectual dispuesto a decir su palabra en la mejor tradición humanista, es decir, develando sin tapujos lo que piensa, siempre en una línea de repulsa a todo lo que juzga injusto, inicuo o violatorio de los derechos y libertades del ser humano.

Hay un eje central que atraviesa y sustenta el pensamiento y la actitud radicalmente críticos del gran escritor portugués: su escepticismo o, con mayor exactitud, su ateísmo, nacidos, uno y otro, de una posición primordial: el dudar. Ya lo había planteado Descartes cuando formuló como camino seguro para llegar a la verdad el de la duda metódica llevada al extremo; el dudar, así lo dijo, sistemáticamente de todo. En este sentido de la duda sistemática, para Saramago la verdad, como absoluto, esto es, como supuesto totalitario, no existe. Hay verdades parciales, dice. Y ante esta certeza, construye un pensamiento sustentado esencialmente en sus convicciones libertarias, cuestionadoras y, al mismo tiempo, transfiguradas por un sentido de la responsabilidad social y política.

Fue Saramago, como todos sabemos, un hacedor de frases contundentes, casi siempre certeras, como las que habría escuchado de su abuelo, cuando su niñez en Azinhaga, en el Portugal profundo. Una de ellas, entre las más difundidas y que podemos leer en su Cuaderno de Lanzarote, parece singularmente iluminadora, y ha causado no pocas discusiones entre los teólogos contemporáneos:

“Dios —dice Saramago— es el silencio del universo, y el ser humano, el grito que da sentido a ese silencio”.

Desde el terreno de la duda y el escepticismo, Saramago proclama allí, con esa sentencia, la extrema condición de la palabra, entendida como aquello que nos hace realmente humanos, capaces de recrear en el lenguaje el universo que nos rodea y de explicarlo, siquiera de un modo precario: el grito que da sentido, repito, a ese silencio.

¿Cómo entender el ateísmo de Saramago desde la perspectiva de la palabra, que, dada su condición de escritor, debía ser su preocupación esencial?

El mismo lo ha explicado y analizado repetidas veces. Y habiéndolo escuchado, me parece entender, ese ateísmo, desde tres enfoques, todos ellos confluentes: la disidencia, la honradez intelectual, el espíritu del respeto al otro. Iba a decir “el espíritu de tolerancia”, pero a Saramago no le gustaba esa palabra, porque la consideraba insuficiente (como un concepto nacido sólo para equilibrar su contrario, la intolerancia).

Un primer enfoque: Saramago fue siempre, en el estricto sentido de la palabra, un disidente. Lo fue frente a la dictadura portuguesa, y sin embargo, más tarde, luego de reconquistada la democracia en Portugal, a partir de la Revolución de los Claveles de 1974, siguió siendo un fustigador de la injusticia y, sobre todo, de los abusos del poder, en su país y en cualquier otro lugar de la tierra. Ello es demostrativo de su lealtad a lo que debería ser la condición esencial del escritor, del intelectual: el guardar incólume su condición crítica, su independencia frente al poder; en suma, si fuere necesario, su disidencia.

En segundo lugar, ya lo hemos señalado, la duda, el dudar, como fuente de conocimiento y de lucidez. Saramago cuestiona primero, en profundidad, lo existencia de un supuesto trascendente que nos sobrepase, antes de descreer en ello: síntoma inequívoco, esa dubitación fundamental, de honradez intelectual. La duda, entendida así, como camino que se fragua en la reflexión y el debate, será siempre la contrapartida al sectarismo y a la imposición sin beneficio de inventario de las verdades oficiales, tantas veces falaces. La duda, es el primer estadio del pensar, pero así como a Saramago este método de conocimiento lo conduce al ateísmo, a otros los encamina a su contrario, la fe. Creo recordar al respecto lo que un rabino de la comunidad judía Jabad-Lubavitch contestó a Elie Wiesel, el escritor húngaro, Premio Nobel de la Paz de 1986, cuando éste le preguntó si se podía creer en Dios después de Auschwitz. Aquel rabino respondió con otro interrogante: “¿Y cómo no creer en Dios después de Auschwitz?”. Lo importante aquí es lo subrayado arriba: la honradez intelectual que nace, no de la imposición, ni por autoridad ni por costumbre, sino porque antes se ha ejercido la facultad supremamente humana de dudar, como vía de conocimiento o, al menos, de certidumbre.

Lo anterior lleva a Saramago a un imperativo ético: el respeto a la opinión ajena y a la condición misma existencial de los demás, del “otro”. En ello fue irrefragable: luchó siempre, explícita o implícitamente, por la tolerancia, por el derecho a divergir, por una ética laica y humanista, como bases de una verdadera, auténtica democracia. Esta idea crucial, la del respeto a la dignidad de la persona humana, constituye uno de los temas centrales de sus obras más significativas. Recordemos al respecto el Jesús intensamente humano de El Evangelio según Jesucristo y, en contrapartida, el dios vengativo, ahumano, totalitario, irracionalmente cruel de una de sus últimas obras: Caín. En la misma línea, hagamos memoria de esas precisas metáforas de la historia, del poder y sus secuelas, que son obras como Ensayo sobre la lucidez, Ensayo sobre la ceguera, Las intermitencias de la muerte, y tantas otras.

Lo anotado le lleva a la construcción de una responsabilidad frente a aquello que promueve su interés fundamental: el ser humano concreto, la humanidad, su destino. Una noción de la responsabilidad que es de naturaleza sartreana —dado que el hombre está solo—, pero que a la vez edifica, en la perspectiva de Saramago, uno de sus más importantes legados: el concepto de una ciudadanía responsable y libre. Y ello, en varios sentidos:

Desde su punto de vista, lo que podemos llamar “un buen ciudadano”, si cabe el término, es aquel que posee y ejerce un espíritu crítico, “aquel que —son sus palabras— no se resigna, que no acepta que las cosas sean así, o así se vean sólo porque alguien lo ha decidido. Buen ciudadano —añade— me parece aquel que trata de mirar desde todas las perspectivas para ver qué es lo que hay por detrás de las cosas y actuar en consecuencia y con responsabilidad, sin bajar la guardia”. En ese orden de pensamiento, yo agregaría: un buen ciudadano es una conciencia alerta. Y también crítica. Y libre. De otro modo, ¿cómo podría ejercer esa facultad que ha conquistado: su ciudadanía? Si el concepto de ciudadanía se ve ligado a cualquier forma de autoritarismo, de un poder que eventualmente niega al ciudadano su condición crítica y deliberante, estamos entonces ante un imposible jurídico, histórico y político.

El sentido de la responsabilidad —ciudadana— por el que aboga Saramago va mucho más allá. No se limita al aquí y al ahora. Como el gran humanista que fue, se angustia por el futuro. En una conferencia que pronunció en la Universidad Complutense de Madrid, en octubre del 2005, habló de que estamos en una crucial encrucijada histórica, afirmación en la cual posiblemente tenga razón. Según dijo, estamos llegando al final de una civilización, sin que nos hallemos preparados, ética y culturalmente, para enfrentar lo que viene. De lo que hablaba en verdad Saramago era de la necesidad de un cambio de mentalidad. Éstas fueron sus exactas palabras:

“El cambio no es sencillamente hacer más autovías, ni impulsar avances que nos proporcionen una vida cada vez más fácil, el cambio que necesitamos es de mentalidad[2].

Esta angustia de Saramago, de la que participan otros importantes humanistas de nuestro tiempo, como Umberto Eco, por ejemplo, viene a añadir una tercera dimensión conceptual y factual a este despertar de la conciencia a escala universal que es el legado fundamental del siglo XX. La pasada centuria, en efecto, más allá de lo que fue ese siglo, y si bien fue el escenario de inauditas catástrofes humanas, nunca antes vistas, arraigó, por sobre ellas y precisamente por ello, una nueva conciencia planetaria en torno a los derechos humanos y a la necesidad impostergable, asimismo, de cuidar y preservar la única morada que tenemos: la Tierra. Saramago agrega otra importante preocupación, que deviene de las anteriores: la necesidad de preservar la Tierra y la cultura humana para las futuras generaciones. Un sentido de la responsabilidad que trasciende la coyuntura y cobra carta de naturalización más allá del presente.

Creo ver así, en todas estas connotaciones, el sentido profundo de la frase de Saramago que hemos citado: “Dios es el silencio del universo, y el hombre el grito que da sentido a ese silencio”. El hombre, es decir, la palabra. El hombre sustituyendo ese silencio, imprimiéndole sentido, hominizando el universo, consciente de ello, tomando en sus manos su destino.

Frente a las catástrofes que hoy siguen abatiéndose sobre la humanidad —la guerra civil en Siria, por ejemplo—, Saramago no cejaría en hablarnos nuevamente de la necesidad de una “insurrección ética” y de una “ética de la responsabilidad”. Conceptos que subyacen, incluso estructuralmente, al conjunto de su obra literaria.

Podemos ubicarlo, por ello, entre los grandes moralistas de la literatura universal, aunque estoy seguro de que a él no le habría gustado el que así lo clasifiquemos.

Porque, ¿qué son en definitiva sus grandes novelas? Sin duda, fábulas. Fábulas, a veces desmesuradas, como el Ensayo sobre la ceguera, el Ensayo sobre la lucidez, Las intermitencias de la muerte, La balsa de piedra, El hombre duplicado, El cuento de la isla desconocida. Fábulas, no obstante, que entrañan, como reclama el género, un profundo sentido moralizador, en la acepción humanista del género; es decir, no desde una perspectiva utilitaria, sino de permanente preocupación social y exigencia ética.

Se inscribe pues en una tradición que se ha expresado a lo largo de la historia en disidentes y cuestionadores claves frente al poder y a la sinrazón del poder como, entre otros, Rabelais, que escribió esa otra desmesurada parábola que es el Gargantúa y Pantagruel, Voltaire y su Cándido, o, en nuestro tiempo, Camus (La peste, El extranjero) y Sartre (La náusea).

Sorprendentemente, esa dimensión ética aparece implícita en la estructura misma de su estilo literario, en su tono, en su ritmo. En su recurrencia a la desmesura, por ejemplo, tanto como a la ironía, incluso al sarcasmo, si fuese urgente. Y, más profundamente, en el nivel textual propiamente dicho, en sus estrategias y efectos narrativos. Citemos, al respecto, lo que en alguna ocasión expresó el propio escritor:

“En cierto sentido se podría decir que, letra a letra, palabra a palabra, página a página, libro a libro, he venido, sucesivamente, implantando en el hombre que fui los personajes que creé”. “Sin ellos —añadió— no sería la persona que hoy soy”.

Equivale esto a entender la escritura como una forma de conocimiento y, si fuere posible, de interacción en la conciencia de sus contemporáneos. Empezando por la propia conciencia del escritor. Una forma, a la vez, de reflexión, a través de sus personajes, los que, sin duda, son al fin y al cabo el propio autor en su confrontación con el mundo, con la realidad.

Saramago —ya lo anotamos— no se siente, jamás, el detentador de la verdad, el que ha sido llamado por los dioses a predicar su verdad. Simplemente asume su realidad, reflexiona y sufre con ella y, en el proceso, se reconstruye, se modifica. En el otro extremo del texto, se supone, el lector también modificará su conciencia. De manera confluente, escritor y lector, cocreadores, sucesivamente, página a página, libro a libro, van implantando en ellos, en su ser, los personajes, su sentido, su palabra.

Saramago cuenta también que, mientras redactaba su novela Alzado del suelo, que refleja las condiciones de vida de los campesinos de la región portuguesa de El Alentejo, su escritura comenzó a reproducir, casi musicalmente, el ritmo y las inflexiones verbales de los personajes reales, aquellos aldeanos. Ese ritmo implicaba la sustitución, por decir lo menos, de la sintaxis convencional, por otra que, de manera más directa y verosímil, reproducía en el texto la realidad lingüística previa a la obra. Este procedimiento se convertiría, luego, en un método de escritura, vigente en novelas posteriores.

Coincidente o no, generado o no por el contacto con el habla de los campesinos de El Alentejo, lo cierto es que Saramago recoge y asume con maestría todos los hallazgos que, desde principios del siglo XX, fueron transfigurando la literatura contemporánea, a través de figuras, hoy paradigmáticas, como Proust, Joyce, Virginia Woolf o Faulkner. Entre otros recursos estilísticos, que nos ayudan a una mejor comprensión de la multifacética realidad contemporánea, Saramago adopta, por ejemplo, el de la multiplicidad de conciencias que enriquece y complejiza el texto narrativo, el monólogo interior directo o las rupturas de la linealidad temporal.

Podemos ver entonces que, incluso en la adopción de sus técnicas estilísticas late la opción ética, su profundo sentido de la palabra como vehículo que ha de llegar a la conciencia. Éste parece ser su principal legado: la reivindicación de la palabra. Ésta, la palabra, o, mejor dicho, el lenguaje, constituye el ser humano mismo. Hasta podría decirse que el hombre emerge como tal en el instante en que alcanza el lenguaje articulado. “El Homo sapiens surge en una pequeña zona del centro-sur del África. Con él aparece el lenguaje hablado”, nos cuenta el músico mexicano Carlos Prieto, en su bellísimo libro Cinco mil años de palabras, que él mismo presentó hace unas semanas en el seno de la Academia Ecuatoriana de la Lengua. De modo casi simultáneo a la aparición del lenguaje, lo cual quiere decir desde siempre, la palabra evidencia su radical ambigüedad: la posibilidad de su utilización, tanto para el desarrollo armónico y libre del ser humano, alcanzando cotas cada vez más altas —la literatura, el arte, la música—, cuanto a la vez para la represión y la subordinación del hombre por el hombre. En el prólogo al libro de Prieto, el gran escritor mexicano, Carlos Fuentes, remarca este dilema subyacente del lenguaje: “Manifestarse —dice— como acción o como reflexión. Ser a la vez vehículo de creación y de destrucción”.

Los estudiosos del lenguaje nos hablan del poder seductor de las palabras, lo que vuelve a éstas, eventualmente, una verdadera arma, como una granada o una bala.

Apoyado en anteriores investigaciones, el investigador español Álex Grijelmo, en su libro La seducción de las palabras, analiza el proceso que condujo a la consolidación del totalitarismo nazi mediante el uso deliberado y sistemático del lenguaje y la seducción de las masas, lograda precisamente a través de las palabras, y retoma, al respecto, los estudios hechos por el austriaco Karl Kraus, en los años mismos del ascenso de la dictadura nazi, sobre la estructura íntima del discurso totalitario de entonces: “Kraus descubrió —se subraya— los vínculos entre un falso imperfecto de subjuntivo y una mentalidad abyecta, entre una falsa sintaxis y la estructura deficiente de una sociedad, entre la gran frase hueca y el asesinato organizado”. “Si hubiéramos acometido un análisis más atento del lenguaje de los nazis —se agrega— habríamos podido detectar la llegada del fascismo a Europa y del nacionalsocialismo en Alemania. Se habrían podido advertir ambos con la progresiva corrupción y barbarización del lenguaje precisamente en la polémica política ”. Jean-Pierre Faye, en su libro Los lenguajes totalitarios, al que alude Grijelmo, señala que “el nacimiento y desarrollo de una nueva jerga precede a las fórmulas para una toma del poder”, mediante un “proceso de creación de (lo que denomina) la aceptabilidad”[3]. (La “aceptabilidad”, palabra siniestra si atendemos a su connotación más íntima: la sumisión, el allanarse sin beneficio de inventario).

Frente a todas estas posibilidades abiertas por la ambigüedad trágica y estructural del lenguaje, Saramago enarboló la bandera de la palabra intrínsecamente interpelante, interpretativa, jamás totalizadora o absolutista, puesto que, cuando lo ha sido, hemos tenido que asistir a la aparición, siempre ominosa y aún infame, del totalitarismo[4].

En este sentido, el gran escritor portugués fue un verdadero héroe de nuestro tiempo —parafraseando el título de la famosa obra de Lermontov—: un hombre que nos dejó un legado artístico, ético y político que deberá gravitar positivamente en nuestras sociedades; un hombre que supo disentir cuando había que hacerlo; que no dudó en señalar la injusticia o la estulticia cuantas veces éstas se manifestaban; un hombre, en fin, que, como lo hace el personaje de su novela Historia del cerco de Lisboa y como lo ha expresado un lector de su caudalosa obra, “nos enseñó a decir no cuando es no”.


[1] Saramago: “soy un comunista hormonal”, Conversaciones con Jorge Halperín. Ed. Capital Intelectual S.A., Buenos Aires, 2003. Pág. 78.

[2] José Saramago, Democracia y Universidad. Editorial Complutense, Madrid, 2010. Pág. 54.

[3] Alex Grijelmo, La seducción de las palabras. Punto de Lectura, México, 2011. Págs. 137, 138.

[4] Francisco Proaño Arandi, Arte y Poder, del libro Entretextos, ensayos sobre literatura. Editorial Casa de la Cultura Ecuatoriana “Benjamín Carrión”, Quito, 2009. Pág. 7.

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