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«Pese a todo, el optimismo», por don Fabián Corral

La pandemia nos puso frente al espejo, por tanto tiempo enterrado, que nos muestra ahora las feas muecas de la política del espectáculo y de la vida como show. El dolor, la impotencia, la incertidumbre, desplazan a los políticos...

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Desde el encierro que impone la pandemia, la calle ahora es una realidad extraña, distante, riesgosa. El trabajo se cumple de otro modo. Ha vuelto el silencio que habíamos perdido. La ciudad sin tráfico, el aire sin smog, la cordillera nítida y, otra vez, el cielo azul. Algún pájaro que se aventura en el jardín. En la casa, se vive hacia adentro. La familia, gracias a la tecnología, virtual, cercana y lejana al mismo tiempo. El mundo convertido en un pañuelo de pesares y algunas esperanzas. Y las angustias de todos, compartidas.

Estamos asistiendo, quizá, al fin de un tiempo, al colapso de un sistema, a la caducidad de leyes que no se escribieron para regular circunstancias catastróficas y universales. Estamos asistiendo, en tiempo real, y paso a paso, a la quiebra de una economía que se queda sin pautas, sin mercados, sin competencia, al descalabro de la política, y a una crisis social que se gesta ante nuestros ojos.

Somos actores, en cierto modo, y testigos impotentes, asombrados, llegados desde la prisa de nuestras existencias, desde la voracidad de las obligaciones, desde la saturación que nos negó incluso la posibilidad de pensar con calma.

La pandemia nos puso frente al espejo, por tanto tiempo enterrado, que nos muestra ahora las feas muecas de la política del espectáculo y de la vida como show. El dolor, la impotencia, la incertidumbre, desplazan a los políticos y les arrinconan en su papel de magos sin talla, de manipuladores, de vendedores de humo.

Los personajes, los héroes, son ahora los médicos, enfermeras, personal de servicio, policías, guardias, proveedores de alimentos, agricultores, cajeras que siguen, pese a todo, al pie del cañón, demostrando una ejemplar tenacidad. Los personajes son los hombres comunes, los que no pierden la esperanza, los que comparten sus sensibilidades, lo que obran con responsabilidad y se quedan en su casa. Esta catástrofe nos enseña otra faceta de la vida y demanda de todos la solidaridad y la humildad olvidadas, y la franqueza para reconocernos como somos. Esta catástrofe impone, pese a todo, la necesidad de que guardemos un mínimo optimismo, un pedazo de esperanza.

Sí, pese a todo, el optimismo. El optimismo contra las noticias falsas, contra el desaliento. El optimismo que nos permite redescubrir la casa y la familia, valorar el tiempo que ha pasado volando sobre nuestras vidas, leer lo que la prisa no dejó que leamos, conversar mano sobre mano, trabajar en perspectivas distintas, imaginar, escribir cada día la memoria de la cuarentena.

Pese a la dimensión del descalabro, es preciso guardar reservas de optimismo, apostar a que el mundo que salga del torbellino que nos agobia, sea mejor, más humano, que ponga las instituciones al servicio de la gente. Que respete la naturaleza.

Este contenido se publicó en el diario El Comercio.

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