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Poema del día: «Cuaresma» (Alfredo Gangotena)

Ahora que una fuerza extraña hace crujir mis dientes / Y un oceánico silbo de tromba hace cerrar mis ojos, / En mi alma se extiende el eco de una voz profunda. / Soledades de un mundo abstracto...

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Ahora que una fuerza extraña hace crujir mis dientes
Y un oceánico silbo de tromba hace cerrar mis ojos,
En mi alma se extiende el eco de una voz profunda.
Soledades de un mundo abstracto,
Soledades a través del espacio melódico de los cielos,
Soledades, os presiento.

¡Oh Pascal!
El espíritu de aventura y de geometría,
En avalancha me sobrecoge.
¡Y acaso no soy sino un acróbata
Sobre las geodésicas y los meridianos!
Mas, como tú antaño, pequeño Blas,
Boca arriba bajo las sillas,
Con gran estrépito muerdo los travesaños.

¡Oh nupcial estación de la desposada!
El pentecostés de las hojas de otoño ilumina las ventanas.
¡Oh recuerdo! ¡Oh paciente y dulce memoria dignificando sus aguas.
En el amoroso y cálido recinto de las cortinas
¡Oh palpitación vertiginosa
De esas alas bajo las sienes!
(¡Sombra eterna de mis manos!)
Ruta solar de mi potencia
y ruta del pan: la espiga violenta.

Las pupilas ávidas del colegial se consumen a la sombra de los graneros;
las goteras siembran sus gladiolos de cristal
y toda la granja sucumbe bajo la gracia de Dios.

Torrentes, torrentes, ¡oh rieles de Aldebarán
Por donde resbalan los trineos!
El pintor revolotea y canta en el baile de los pájaros
Sobre nuestras cabezas, en el deslumbramiento de la paloma,

En la ardiente seda del movimiento.
¡Ah, que venga,
Flor apagada en el aliento de su tumba,
Nuestra madre hasta nosotros,
Nuestra tierna madre en la augusta presencia de los océanos!

Sobre ti, flora alada de mis manos,
Sobre ti mis ojos se cierran
Como labios
Al sabor de un vino más generoso.

¡Ah, muy pronto serán los remolinos de la penumbra!
Señor: Vuestras seis épocas en un collar.
El himno exaltado de la palabra nos sostiene
¡Y más fresco que todas esas hierbas
De nuestras salivas el pilar de donde salta el licor de los gineceos!
¡Manantial! confesión de un alma que se honra
En ser aún más blanca que la aurora.

Rompeos, puertas: El día que acaba de nacer
Llamea en la hoja límpida de la ventana.
La luna ya se extingue a las brisas del mundo:
Apresúrate,
¡Oh mi alma y despierta, en la octava de tu canto,
El florilegio de la pradera!
Como beben, al filo de la sombra, las vertientes y los valles,
Como se abrevan en esas linfas que brotan de la misma entraña metálica de la roca,
Yo me sacio en la garrafa del ventrílocuo.
¡Ah, bajo la amenaza de los signos siderales,
Huye amigo -cabalga los montes y las tinieblas-
Aún a riesgo de perecer
En la brasa relampagueante de los vitrales!

¡Escucha! Oye cómo cruje a lo lejos la encrucijada,
Génesis de tu soplo,
Teclado del viajero.
-En mí, el más noble ejemplar de las aves zancudas
Espumea y gruñe la saltante savia del caucho.
Esas voces del huracán, aún distantes, sacuden
El bosquecillo sonriente de las brisas en la mañana:
Como ellas me levanto en la verticalidad floral de mi impulso
¡Oh manantiales! Como ellos aspiro a las cimas
líquidas y seculares de la selva.

Cal viva y lustral de las lagartijas del cuerpo en harapos.
A la sombra de las secoyas meditan las formas barrocas
La herrumbre esponjosa de la tormenta rumia y se dilata
En la verde substancia del aire,
El relámpago estalla
En las piedras y en los bosques,
En la noche eocena del cazador.
-Oh flores,

Mi saliva es tan dulce como el elixir de vuestros cálices.
Tan emocionante en el llamado:
¡Ven, acude!
Ven, señor de las ondas y de las especias:
¡Oh navegante Cristóforo,
Dinos el esplendor subterráneo
De tus provincias veteadas de oro!
En el cielo la orilla de sombra, atropellamiento de fantasmas.
Llevad esos lagos, esas islas, esos arrecifes,
¡Oh brazos del semáforo!
Id, oh mis párpados, barcas locas, id a zozobrar incesantemente,
Id, entre las campanas de los náufragos, a tejer vuestras cortinas de plata!

El ángel ronca,
El ángel en acecho.
En el estruendo de mis oídos, el ángel prepara su nido siniestro.
Incansable, la espuma color de humo.
Emerge – baba inmunda de las bebidas de Baltazar.
Los palmípedos, los ganoides remontan la corriente
De esas aguas tumultuosas bajo las aguas,
De esas trombas ensordecedoras y submarinas del trueno.
El águila altiva,
El águila apocalíptica planea y reina sobre los vientos.
¡Tierra! ¡Tierra!
Yo me estremezco hasta las cenizas de mis huesos.
¡Tierra! ¡Tierra! Llegamos a la isla violenta de Pathmos.

Viñas de Noé, racimos de Jafet,
El vino me envuelve con todos sus anillos,
-Detrás de las vigas vigilantes del dintel .
Amigos, cumplamos la orden del alfabeto,
La visión y la estima conyugales.

El polen del solsticio, como la miel, en la basílica
Deslumbrante de mi oído,
Las harinas, las llamas del desierto,
¡El misterio del mundo abierto a mi conocimiento!
¡Ah, yo no tengo el secreto de las sutiles Matemáticas!
Mas los trucos y los nombres, los hilos del Algebra,
Me ayudarán a olfatearte
¡Oh tácita estrella de magnesio!
Ya, luminosa, te anuncias a la turbación de mi pensamiento.
Mis miembros ciegos exploran
las brumosas telas de araña.

El pájaro balsámico
No otea como etapas de su vuelo
Sino las sílabas inciertas de mi palabra.
-¡Detén tus bielas, las facetas de tu ojo,
Oh mosca dactilógrafa de mi sueño!
A grandes pasos subimos por la escala botánica:
¡Dios!
La casa se ausenta de nosotros, con el gran estremecimiento de sus persianas.

Antaño, en Florida, sobre campos de esmeralda y de pimienta
El Cordero Místico pastaba libremente.
¡Oh chantres sobre las colinas
Prestáos a la alborada que os cantan los metales.

-¡Es verdad! Ya no es el bello desorden de la oda:
¡Sobre la playa se expande la umbela del barbero!
Ondinas, oréadas, hijas eternales en éxodo
¡Aleluya! Ved
Aparecer -como zócalo el rumor angélico de las brisas-
En el aire diáfano, las Siete Iglesias.
Abre. las puertas,
Grita las palabras de tu Libro
¡Oh Juan!

¡Descansad
Descansad, astros!
¡Que el autómata vaya a retorcer su corbata de cáñamo!
El imán magnético desata los glaciares de la aurora boreal;
Es la hora
En que el ángel reposa sobre el estante de su sombra,
Para la espera final.
El espíritu de las flores visita las tumbas
Y la extraña morada,
La extraña y melódica morada de las aguas cenitales.

Llevo mi cabeza en la mano como San Dionisio
Desganadamente, Señor, ¿de qué país
Vengo para hacerme una imagen
de la amargura de Vuestro rostro?
Ahora que una fuerza extraña hace crujir mis dientes,
Me penetran como silbidos sordos Vuestras miradas.

(De Orogenia, 1928. Texto original en francés, traducción de Jorge Carrera Andrade)

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